lunes, octubre 18, 2010

El placer de leer

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Recuerdo la tarde en que me regalaron mi primer libro. Debo haber tenido unos cinco años y era el fin de mi primer año de kinder. Las monjas de mi colegio, tan ceremoniosas y formales siempre, hicieron un acto en el que todos los padres de familia veían orgullosos cómo sus pequeñas se “graduaban” de su primer año en el colegio. Las monjas nos llamaban por nuestros nombres y nos daban medallas por buenas notas o buena conducta. A mí me dieron una banda de “perseverante”, porque no había faltado a clases ni un tan sólo día de todo el año.

Recuerdo que yo estaba parada sobre el escenario y desde ahí miraba a mi tío Ricardo que tenía un regalo entre las manos. Sabía que era para mí y no me aguantaba por recibirlo. Me moría de la curiosidad por saber lo que era y estaba segura que me encantaría porque mi tío Ricardo siempre me regalaba cosas que me gustaban.

Después de lo que me pareció una eternidad, el aburrido acto terminó y las niñas bajamos a reunirnos con nuestros familiares. Mi tío me dio aquel paquete envuelto en papel de regalo de colores pastel, con una chonga amarilla. “Felicidades”, me dijo, como si yo hubiera hecho algo realmente importante, al mismo tiempo que me daba un beso que me dejó húmeda la mejilla.

Tomé el regalo pero no lo abrí allí mismo. Tampoco lo abrí en el camino del colegio a la casa, que tardaba una buena media hora. Esperé hasta llegar a Los Planes para abrir el regalo. Lo abrí, como se me había enseñado a hacerlo, despegando la cinta adhesiva y procurando no romper el papel. Y cuando por fin lo destapé no supe qué pensar. Era un libro grande, de pasta dura, con la ilustración de un ratón dibujada en su portada.


Mi desconcierto se debía a que en mi casa había muchos libros. O sea, un libro no era un objeto novedoso, no era un juguete y me parecía que tampoco era algo propio para una niña. Además, y lo más grave, yo no sabía leer. Así es que ¿qué iba a hacer yo con un libro?



Mis padres no acostumbraban contarme cuentos ni leérmelos. No tuve más remedio que darle vuelta a sus páginas, examinar los dibujos con detenimiento e imaginar de qué podría tratarse aquella historia.

Cuando aprendí a leer al año siguiente, lo leí por mi propia cuenta pero recuerdo que nuevamente me desconcerté. Me parecía más emocionante el montón de historias que me había inventado que el texto real. Además, en cada repaso de los dibujos me inventaba una versión diferente a la anterior y bastante alejada de la historia real. El libro se llamaba Suavín, el ratón de palacio y su autor era Rafael Santamaría. Fue editado en 1965 en Bilbao. Al día de hoy sigo buscando aquel libro que se perdió, ya no sé cómo.

Un par de años después, cuando mi tío supo que ya sabía leer, me regaló un paquete de libros que incluía un condensado de los viajes de Marco Polo, la vida de Gengis Khan, algún libro de Emilio Salgari o de Julio Verne y la novela para niños Heidi, de la autora suiza Johanna Spyri.

Heidi fue la primera novela que leí (y sí, en ella se basaron los famosos dibujos animados posteriores). Comencé y ya no pude detenerme. Recuerdo el asombro que me produjo descubrir que no sólo podía entender cada palabra sino también, que comprendía la historia. Fue como aprender a descifrar un código secreto, un misterio largamente estudiado, porque en el colegio me esforzaba tanto por ir leyendo bien en voz alta, con la mirada severa de sor Ardón vigilándome, que no podía distraerme haciendo lo que llamaban “lectura comprensiva”.


Mi madre estaba fastidiada de verme sentada, con la nariz metida en el libro y sin poder hacer nada más durante los 3 o 4 días que me tomó terminarlo, pero no hice caso de sus reclamos y leí hasta el final. Y cuando lo hice, sostuve aquel libro entre mis manos, miraba sus pastas duras y me sentía orgullosa de mí misma por haber leído mi primer libro “serio”.

La emoción de haber terminado aquella historia perduró durante varios días. Leer me había permitido irme lejos, bien lejos, y de imaginar y visualizar a mi antojo todo lo que iba leyendo. Y pensé que eso era algo que me gustaría hacer: inventar historias y escribirlas para que otras personas sintieran lo mismo que sentía yo cuando leía. Escribiría libros. Estaba más que segura que ése era mi cometido en la vida.

Es a mi tío Ricardo y su manía de regalarme libros, a quien le debo, en gran medida, el descubrimiento de mi vocación literaria. Se llega a la escritura porque primero se aprende a leer. Se imagina a través del juego y de la lectura. Y aunque no todos los lectores terminan convirtiéndose en escritores, lo cierto es que la lectura es uno de los ejercicios más enriquecedores que puede realizar cualquier ser humano.

No importando la edad del lector, ni el tipo de libro que lea, ni siquiera si el libro es bueno o malo, leer forma gran parte de nuestras vidas. Y no hablo solamente de literatura. Imaginemos una vida sin libros, sin periódicos, sin manuales de instrucciones, sin letreros, sin internet y donde el acto de leer fuera exclusivo de una casta privilegiada como lo fue en diversas culturas y momentos de la historia.

Es frecuente la queja de que “cada día se lee menos” y no sólo se escucha acá en El Salvador sino también en países con una industria editorial envidiable como Alemania, Francia, España, Argentina y Colombia.

Leer es sin duda un hábito que comienza en casa. Es difícil imaginar que en una familia donde nadie lea, a los niños les agrade la lectura. Pero es en ese segundo hogar, en la escuela, donde el hábito también puede encontrar asidero. Desafortunadamente, los aburridos, obligatorios y poco imaginativos métodos de enseñanza de la literatura en muchos planes de estudio (no sólo nacionales, sino también en otros países del mundo), lejos de promover la lectura o de incentivar a los jóvenes a adoptarla como un hábito, los fastidia de por vida y les crea más bien un rechazo permanente a los libros.

Leer implica comprometer la subjetividad individual. Por lo tanto, calificarla igual que se califican las matemáticas no tiene sentido alguno. Que los profesores hablen de simbologías de personajes, significados de títulos o de resumir capítulos tampoco lo tiene. Y menos sentido tiene la obligatoriedad de las lecturas a partir de libros escogidos, quizás con el criterio de proporcionar a los alumnos un conocimiento mínimo de todos los períodos de la literatura, pero que no tienen la intención de que los adolescentes se enamoren de los libros, que es lo que se debe lograr si se quiere crear lectores a futuro.

Obligar a leer a alguien, lejos de incentivar la lectura, desalienta y causa rechazo. Acceder a los clásicos sin estar preparados para apreciar las sutilezas de una historia, la riqueza del lenguaje o la plena comprensión de sus páginas es desperdiciar el tiempo tanto de maestros como de alumnos. Finalmente, cuando el adolescente termina sus estudios, acaba tan hastiado de la literatura o por lo menos subvalorándola tanto, que leer novelas, cuentos o poesía lo considera “una actividad sin importancia”.

Pareciera que los planes de lectura no son elaborados por amantes de la literatura sino simplemente por burócratas que deben cumplir cuotas y metas sin tomar en consideración el factor humano.


En la novela Farenheit 451 de Ray Bradbury, los libros son quemados por los bomberos y quienes los poseen deben esconderlos. Las personas se entretienen con drogas especiales y pantallas televisivas que, supuestamente, hacen felices a la gente pues no tienen que preocuparse por pensar, cuestionar la realidad o imaginar nada. La poderosa metáfora distópica de Bradbury concluye con grupos de rebeldes que memorizan páginas y libros enteros para salvarlos del fuego y del olvido.

Es común que a los escritores se nos pregunte para qué sirve la literatura. Nunca he sabido cómo responder esa pregunta. Puede que la literatura no sirva para nada o que sirva, como han logrado los libros de Bradbury y de miles de autores más, para hacernos reflexionar sobre nuestra condición humana a partir de historias que sirven como metáforas o espejos de la realidad.

Pero nadie puede discutir que leer nos enriquece intelectual y espiritualmente. Y en la enajenada realidad que nos toca vivir hoy en día, rendirse al placer de la lectura es tan necesario y urgente como respirar.


(Publicado domingo 17 de octubre 2010 en revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica).


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