viernes, octubre 16, 2009

Libros centroamericanos en Librería Legado

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Me ha causado mucho gusto saber que Librería y Editorial Legado de Costa Rica está vendiendo, vía internet, libros de autores centroamericanos. Muchos de los libros son editados por la propia editorial Legado, pero así mismo, están ofreciendo libros de varios autores salvadoreños y editados en El Salvador por la DPI, UCA editores y otras editoriales.

La iniciativa es particularmente valiosa dados los eternos problemas de distribución de nuestros libros dentro de la misma región centroamericana y allende las fronteras regionales.

Hay libros de varios autores reconocidos como Roque Dalton, Horacio Castellanos Moya, Manlio Argueta, Salarrué y varios más. También se ofrecen dos de mis libros, Contra-corriente y El Diablo sabe mi nombre.

Así es que si tiene interés en comprar algún libro de autores centroamericanos, no dude en explorar esta página y hacer sus pedidos.



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miércoles, octubre 14, 2009

Tutti frutti

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- La página oficial del escritor panameño Justo Arroyo. Recomiendo en particular su cuento "La pregunta".



- Los noveles 36.



- Enfocarte.



- Istmo, revista virtual de estudios literarios y culturales centroamericanos. Este número 19 con el tema "Sexualidades en Centroamérica" y además, con imagen renovada.



- El ojo de Adrián, número bautizado como el "Imperio de los sentidos".



- El espectador imaginario, con un número especial dedicado al festival Sitges 2009.



- Tierra de árboles presenta lo bueno de Guatemala.



- Cátedra libre Roque Dalton.



- "Las monedas malditas", fotoreportaje de Mauro Arias sobre las fichas de cambio utilizadas en las haciendas salvadoreñas para pagarle a los jornaleros.



- La única imagen filmada que existe de Anne Frank (filmada durante el casamiento de una pareja).






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lunes, octubre 12, 2009

Ché, el argentino

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cheargentino.jpg

Para muchas personas, sobre todo para los menores de 30 años, Ernesto “Ché” Guevara es una silueta que suele aparecer en camisetas y posters, una figura más del mundo pop que junto con la Coca Cola, Marilyn Monroe, McDonalds y las Sopas Campbell hechas famosas por Andy Warhol, es parte de los íconos culturales de nuestro tiempo.

Los más informados podrán vagamente “saber” que el Ché era amigo de Fidel Castro y que algo tuvo que ver con la revolución cubana. Pero seguramente no saben que detrás de la imagen de las camisetas, está un médico argentino que escribió una obra ensayística de carácter político, y hasta algunos poemas, y sobre todo, el constructor de las bases ideológicas de la guerrilla cubana, que sirviera de modelo e influencia para la construcción de las posteriores guerrillas latinoamericanas en los años 70, y cuyos preceptos y nociones fueron puestos (o intentados poner en práctica), durante las guerras de los 80, particularmente en Centro América.

Intentar hablar del Ché no es cosa fácil. Hay mucho mito, mucha politización de la figura y finalmente, en algún lugar oculto, la verdad sobre la persona. Por lo tanto, probar una biografía es una empresa compleja, que necesita definir exactamente cuál de todos los hilos y versiones va a seguirse para esbozar parte de su retrato. Un retrato que, me parece, siempre quedará incompleto y siempre contará con el acercamiento subjetivo de quien lo emprenda. Porque el Ché ha trascendido la persona, la realidad, y en ese mundo alado del mito, se le ama, se le aborrece, se le mistifica, se le distorsiona, se le manipula.




Steven Soderbergh, en complicidad con el actor Benicio del Toro, han intentado hacerlo a través de dos películas, la primera de las cuales está exhibiéndose en Costa Rica (la segunda parte a estrenarse dentro de 2 semanas).

En la primera parte, Ché el argentino, la acción se concentra en la campaña guerrillera en la Sierra Maestra de Cuba con el arribo final a La Habana, luego de que Fulgencio Batista abandonara la isla. Las escenas de la guerrilla van alternadas con las primeas conversaciones entre Fidel y Raúl Castro con el Ché en México, cuando deciden viajar a Cuba y la visita posterior del Ché, en 1964, a las Naciones Unidas, para dar su muy famoso discurso. Estas escenas de Nueva York están en un blanco y negro granulado, que le da un aire de documental a esta parte.

Como película, me parece que Soderbergh ha creado un material balanceado y ágil (en lo personal, no hubiera tenido ningún impedimento en ver las dos partes, una detrás de la otra, así de buena es la tensión narrativa creada). Las escenas, salpicadas por una excelente fotografía, cuentan además con la caracterización de Benicio del Toro, como el Ché, una actuación que se roba la pantalla y que causa absoluta fascinación. No sé qué impresión puedan tener los que conocieron al Ché personalmente, pero el parecido físico y lo que uno ha visto del guerrillero en fotos o cortos videos, comparados con la actuación de del Toro causan mucho asombro.

En cuanto al contenido de la película, mencionaba que me parecía un material balanceado. Habría que agregar también que es sobrio. No se trata de contar toda la vida del personaje, por qué o de dónde le nació la conciencia revolucionaria ni de escarbar en posibles rumores de toda índole. Tampoco se trata de polemizar sobre el actual estado de cosas en la isla.

A diferencia de Diarios de motocicleta, que sí me parece intentó presentar una imagen romanticona del jovencito argentino que hace un viaje en moto y que durante su travesía cambia su mentalidad (romanticismo exaltado por la fotografía del paisaje, la música y la presencia de un Gael García Bernal idealizado por las muchachas), en Ché el argentino el planteamiento no es nada romántico y descansa sobre todo en textos escritos por el propio Ché.

No duda Soderbergh en incluir el fragmento del discurso ante la ONU donde el Ché mismo admite los fusilamientos en la isla y que continuarán ocurriendo. Tampoco se ahorra escenas en cuanto a la disciplina a los combatientes ni tampoco los pequeños detalles de carácter ideológico, como las alianzas “estratégicas” con ciertos partidos políticos que realiza Fidel, para lograr la toma del poder y con los cuales el Ché no está muy de acuerdo.

Me queda la duda de si alguien que no tiene cierto bagaje político pueda captar a plenitud el marco histórico de la época. Tres personas se salieron de la sala durante la película y me pregunté si fue que “se aburrieron”, si la sintieron “pesada” a nivel político. También me pregunto, si uno va a ver una película sobre el Ché, ¿qué es lo que espera? ¿Bombas, explosiones, acción militar sin fin y sin fundamento? ¿Chismes románticos? ¿O un nuevo Diarios de motocicleta, algo más ligera en su planteamiento?

Me parece que a pesar del contenido ideológico, la película se equilibra con momentos de humor y de drama humano. Y me causó asombro que los fragmentos seleccionados del material del Ché siguen teniendo vigencia al día de hoy.

Por lo demás, y de seguro, la película da para mucha reflexión, desde muchos ángulos. En lo personal, se me revolvieron muchísimos recuerdos personales de los años previos a la guerra y de la guerra misma. A fin de cuentas, sentada en aquella sola oscura, pensé que en aquel tiempo, mal que bien, equivocados o no, creímos en algo. Y lo creímos con intensidad y entrega y seguramente, también, con excesivas dosis de ingenuidad. Hoy en día, ¿en qué se puede creer en un mundo lleno de artimañas, mercantilismo e indiferencia; en un mundo en el que, cada día más, nos estamos dejando dominar por el miedo que nos produce la violencia en todas sus variantes y que vivimos encerrados en nuestras burbujas individuales, volteando el rostro para no comprometernos con nada ni nadie?



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miércoles, octubre 07, 2009

Entrevista en "Contravía"

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Cuando estuve en Guatemala, fui invitada a una entrevista radial en el programa "Contravía" de Marta Yolanda Díaz. El programa no sólo se transmite por radio (100.9 FM) sino también por vía webcam a internet simultáneamente.

La transmisión se hace desde el piso 19 de la torre norte de Geminis, en la zona 10. Desde ahí hay una vista realmente espectacular de buena parte de la ciudad de Guatemala. Como el programa comenzaba a las 6, pude apreciar un poco del atardecer de aquel martes 29 de septiembre. Así es que lo que se ve de fondo durante la entrevista no es truco, es un atardecer real (y por eso yo estoy como que mucho viendo para los lados, porque quería estar viendo el paisaje).

Marta Yolanda siempre convida a sus invitados a una copa de vino (o dos) y así nos deja bien contentos y con ganas de atender cualquier futura invitación. Fue una charla en la que hablamos de mis libros, del taller que di en Sophos y de algunos otros temas.

Les comparto la entrevista, por si tienen ganas, curiosidad y paciencia de verla y oírla (dura una hora). Tengan en cuenta que el sonido es la emisión por radio, y la imagen corresponde a todo el tiempo que estuve allí, incluso durante las pausas comerciales.

Va en dos partes. Si sólo quieren escuchar la emisión de radio, pueden descargarla en mp3 aquí.











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lunes, octubre 05, 2009

Yo, la demente

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Cuando tenía 6 años, lo primero que se me ocurrió que iba a ser “cuando fuera grande” era egiptóloga. La idea era irme a vivir a Egipto y descubrir muchas pirámides, momias y sarcófagos. Cuando pude comencé a leer sobre la fascinante cultura egipcia y a soñar con mi futuro montada en un camello, dirigiendo excavaciones como las de Howard Carter y dando conferencias de prensa al pie de la Esfinge para anunciar mis maravillosos descubrimientos, envuelta en exóticos turbantes.

Pocos años después, cuando me enteré que existían doctores dedicados exclusivamente a cuidar animales, pensé que también podría dedicarme a eso. No imaginaba nada mejor que ayudarle a un animalito a sanar cuando estuviera enfermo. Sin embargo, al saber que parte del trabajo veterinario incluye “dormirlos” cuando ya no hay nada qué hacer por ellos, desistí del asunto. Ya me imaginaba llorando a mares con cada animal que se me muriera. Eso no iba a poder soportarlo.

Así es que volví a mi idea original de la Egiptología. Y quizás a eso me hubiera dedicado si no fue porque me enamoré de la Literatura.




Cuando a eso de los 12 años comencé a escribir cuentos y cosas que yo llamaba poemas, a medida que leí libros más largos y complicados, supe con toda certeza que había nacido para imaginar y escribir historias. O retomando lo que dijo hace poco el escritor español Juan Goytisolo, fui genéticamente programada para escribir.

Me considero afortunada de haber tenido esa certeza tan temprano en la vida. Eso es reconocer tu propia vocación. Y la vocación es una combinación del talento natural pero también de una disposición interior que nos brinda la habilidad de realizar una tarea y al mismo tiempo, gozar de su realización.

Estamos en esa época del año en que muchos adolescentes se gradúan y comienzan a pensar seriamente en su futuro. En lo que estudiarán en la universidad, en el oficio al que querrán dedicarse. Por desgracia, muchos de esos sueños e ilusiones no llegan a realizarse por obstáculos de diverso tipo. Algunos son económicos; a veces, cuesta mucho saber lo que se quiere hacer y hay a quienes encontrar su vocación de vida les toma más tiempo; muchos quizás se topan con el desacuerdo familiar, que puede alcanzar dimensiones dramáticas, sobre todo cuando la oposición de los padres se torna en algo férreo.

Mi padre, por ejemplo, estaba obsesionado con que yo estudiara química y farmacia. Mi madre quería que estudiara idiomas para que fuera traductora en las Naciones Unidas. Ambos planteamientos me parecían irrealizables, sobre todo porque no tenían absolutamente nada que ver conmigo. Es decir, mis padres no me conocían verdaderamente y se imaginaban a una hija que nunca llegué a ser.

Siempre fui una hija obediente y sumisa, así es que llevarle la contraria a mis padres y anunciar que estudiaría literatura requirió mucho coraje de mi parte. Ese fue mi primer gran acto de rebeldía. Aquello se convirtió en un drama familiar de proporciones tan apocalípticas que nunca tuvo conciliación. Mi padre me dijo que me moriría de hambre y que estaba muy decepcionado de mí. Mi madre juró que yo estaba loca. Ambos tomaron calmantes nerviosos y un par de tragos para sobreponerse y pensar qué hacer con yo, la demente.

La contradicción de la educación a la que nos vemos sometidos no puede ser más evidente que cuando examinamos el papel que se le asigna al arte. Desde niños nos hacen cantar, bailar, pintar, actuar, escribir y declamar poemas, y ojalá también tocar algún instrumento musical. Los adultos aplauden gozosos ante los niños llenos de gracia. Pero si decidimos que queremos ser artistas, nos llaman a la razón y al orden y a escoger un oficio “decente”, algo que proporcione status social y por supuesto, una buena remuneración económica.

Ahí se origina la concepción del arte como un pasatiempo, como un entretenimiento, pero no como un oficio serio, como un trabajo merecedor de compensación salarial. Es un prejuicio al que se le suman varios otros, como pensar que todos los artistas se dedican a la “vida bohemia” (o sea: sexo, drogas y rock and roll). Como si los demás gremios profesionales jamás se echaran un trago y fueran unos santos consumados.

Debo decirlo: mi vida es un constante sobresalto económico. Un sobresalto que me tiene agotada interiormente. Debo luchar contra una serie de prejuicios absurdos que juzgan mi calidad como persona a partir de lo que escribo y no de lo que soy realmente como ser humano. Me enfrento muchas veces a personas que desde sus posiciones de poder (editorial, académico o administrativo), abusan sin vergüenza alguna y esperan que uno les trabaje de gratis o por limosnas que no compensan el tiempo y el esfuerzo realizado. Debo trabajar casi siempre en tareas alejadas de la literatura y que me secan el cerebro y el alma, todo para poder honrar mis deudas.

¿Pero saben qué? A pesar de todas las ingratitudes que la sociedad impone ante este oficio, no me arrepiento de ser escritora. Porque eso es lo que soy, para eso he nacido y es lo único que me importa hacer en la vida. Todo lo demás sería traicionarme, negar mi propia naturaleza. ¿Y cómo podría verme al espejo cada mañana si no me honro a mí misma siendo fiel a lo que soy?



(Publicado ayer en la revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica).



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jueves, octubre 01, 2009

Gato y Pez, Joan Grant y Neil Curtis

gato y pez.jpgYa mencioné lo difícil que fue tener que ir a Sophos todos los días para dar el taller y luego para otros asuntos. Lo difícil era resistir la tentación de tanto buen libro que hay allí. Tanto buen libro y uno sin plata... por puro deporte me puse un día a contar los libros que me llevaría si tuviera los centavos para hacerlo y paré de contar cuando llegué a 40.


A pesar de todo, por supuesto, tenía que salir con un librito bajo el brazo (y además, dejé un par de apartados para comprarlos en mi próxima venida). Uno de los que compré fue Diario de las estrellas de Stanislaw Lem y el otro fue Gato y Pez, un libro para niños.

Cuando alguien me vio con dicho libro se sorprendió de que fuera a comprarlo. ¿Para qué querés un libro para niños?, me preguntaron. Al principio dije que para leérselo a la Loli. La relación del personaje de la historia con la Loli fue instantánea, no sólo porque son gatos, sino porque la Loli ha tenido amistades, mmm, digamos algo inusuales para un gato: un conejo y una ardilla (no, no se comió a ninguno de los dos).

En el fondo, ya sé que el libro en realidad es para mí. De hecho tengo algunos años de comprar libros para niños, simplemente porque me gustan las ilustraciones o las historias. Me parece interesante además cómo han evolucionado las historias para niños y las ediciones de dichos libros y muchas veces se topa uno con verdaderas joyas de la impresión y de la ilustración. Y luego los textos. Algunos son tan magníficamente simples que son verdaderos tesoros minimalistas. Y me causa envidia, como escritora, porque me parece difícil comprender el mecanismo que lleva a escribir con tanta simplicidad pero a la misma vez, con tanta profundidad. Obviamente el acompañar el texto con ilustraciones de buen gusto ayuda bastante para convertir estos libros en algo atractivo también a nivel visual.

Gato y Pez es la historia de un gato y un pez que se hacen amigos. ¿Cómo? se preguntarán. La verdad es que yo iba leyendo y pensaba que en cualquier momento al gato se le iba a salir el instinto felino y su particular apetito por los pescaditos, pensé que iba a pasar algo como aquella vieja historia del alacrán y la tortuga, pero no pasó. Lo que nació fue una buena amistad entre dos seres disímiles, de mundos opuestos. ¿Y cómo preservar una amistad así? Bueno, los personajes en cuestión encuentran una alternativa salomónica que ya conocerán cuando lean el libro.

El texto de Joan Grant se complementa de maravillas con los preciosos dibujos de Neil Curtis, dibujos todos en blanco y negro y que, a pesar del monocromismo, están hechos con tal complejidad y encanto que uno no puede menos que enamorarse de los personajes y por supuesto de la historia.


Ya me la he leído como 6 veces y voy a por más. Y cuando regrese a las patas peludas y a la cálida pancita de mi amada felina, se lo leeré a ella también hasta que ronronee y se quede dormida y sueñe con sus inusuales amiguitos. Y me quedo pensando en que a la niña que sigo siendo le encanta este libro. Y que los así llamados “libros para niños” deberían de estar también en la sección de adultos, en medio de la buena literatura, y que deberíamos atrevernos a leer más de estos libros para volver a reír, soñar, creer, jugar y ser ingenuos y limpios de corazón de nuevo. Buena falta que nos hace, con tanto amargado y agresivo que anda por ahí...

martes, septiembre 22, 2009

Música para aeropuertos

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Esa desesperación de salir de casa, de confirmar la hora a cada instante. La planificación casi que de operativo militar sobre los detalles del viaje. Empacar la maleta, lista en mano. Un inexplicable temor de perder el vuelo (yo que jamás he perdido un vuelo en la vida. Tampoco una maleta, toc toc toc, toco madera).

El rostro lleno de reproches de la gata. Maleta grande significa muchos días de ausencia. Sobarle la panza y explicarle que vuelvo, que siempre vuelvo. Que jamás la abandonaré, que por ella yo siempre vuelvo a dónde sea, pero que jamás la abandonaré. Y salir rápido. Y montar en el taxi con sentimiento de culpa por dejarla.

Esa tierra de nadie en que se convierten las ciudades los domingos en la tarde.

Las maletas. Siempre las maletas. Niños que lloran. Madres que regañan a sus hijos. Alivio de no tener que viajar con hijos. Un hombre con una jaulita y una mascota no identificada adentro.

El acto de strip-tease obligatorio en el área de revisión. Monedas, llaves, laptop, bolso, zapatos, anillos. ¿Reloj? No, me dice la empleada. Y cuando paso, suena la alarma como si toda yo estuviera hecha de plomo. ¡Reloj! me dice un oficial levemente alterado.




Los personeros de las líneas aéreas gritando nombres de pasajeros atrasados a través de los pasillos. Pasajeros que llegan corriendo a las puertas de salida. Viajeros con una increíble variedad de tamaños, marcas y colores de laptops y netbooks. La gente y sus telefonitos. El frío del aire acondicionado. Señoras empujadas en sillas de ruedas. Alguien que me saluda y que tiene cara conocida pero que por más que intento recordar no sé quién sea. Los lentes oscuros. Mujeres que viajan solas. Una muchacha cargando una guitarra. Una señora indígena, no puedo saber si de Bolivia o Perú, con un pelo largo, largo, largo y un sombrero negro y un collar de piedras rojas. Los desesperados que caminan de un lado a otro para saber si les sirve la conexión de wifi. Los que están viendo sus pantallas como si allí aconteciera lo más importante del mundo.

Los incómodos asientos. Eso que llaman comida (hamburguesas, pollos fritos, sandwiches que son más pan que otra cosa). La tentación de las tiendas libres. Probar perfumes. Preguntar precios. Botellas de licor. Pensar que algún compraré esto o aquello.

La melancolía de viajes pasados. La nostalgia de las terminales. Los recuerdos de antiguas despedidas. Un hombre que se aleja visto a través del vidrio. Un correo enviado para un amante que se fue. La tristeza acumulada que queda guardada en las paredes, en los pasillos, en los asientos y que parece se contagia a las avalanchas diarias de nuevos viajeros con nuevas tristezas y nuevas despedidas. Puerto de entradas y salidas.

La sed. El siempre ácido café de los aeropuertos.

Deseo de escuchar Music for Airports de Brian Eno. Ojalá sonara en este lugar para no tener que escuchar esa abominable versión instrumental de “Tears in Heaven” de Eric Clapton. Pero gracias a eso, recordar esa belleza de canción, “River of Tears”, también de Clapton: “All I know is, since you’ve been gone/I feel like I’m drowning in a river,/Drowning in a river of tears”.

Las despedidas de los amantes en los aeropuertos. La pareja que se besa antes de entrar a migración, él con un ramo de rosas blancas. Los que se besan en la puerta de salida, apasionadamente, como en una película, él notablemente mayor que ella. Ella se va en el pasillo que la llevará al avión, él se va a su puerta a tomar otro vuelo. Recuerdo de mis propias despedidas. Mi corazón cruje como el corazón de la estatua del Príncipe Feliz en el cuento de Oscar Wilde.

La oscuridad que se hace afuera, despacio, imperceptible. Las siluetas de los aviones. Toda una vida de viajes. De aeropuertos. De rostros que jamás se vuelven a ver. De aerolíneas. De maletas. De autopistas. Ir y regresar y en cada viaje, lo juro, cambiar de alguna manera. Algo que uno aprende. Algo de lo que uno se desprende.

El rugir de un avión que despega. El rumor de un avión que aterriza. Las luces rojas, las señales. Afuera, en la zona de salida de pasajeros, imagino, habrá alguien feliz que espera un arribo. En alguna parte del mundo, quizás, alguien esperará por mí algún día.

Ese territorio extraño, ese mundo comprimido que es un aeropuerto.



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miércoles, julio 01, 2009

Shooting Dogs

shootingdogs.jpgLa hipocresía de ciertas instituciones y gobiernos en cuanto a su manera de reaccionar ante ciertos acontecimientos queda al descubierto una vez más en la película Shooting Dogs.

La película se enfoca en los sucesos de 1994 en Ruanda y en el genocidio contra los tutsis ejecutada por los hutus. En poco más de 100 días fueron masacrados casi un millón de tutsis, la mayoría a machetazos. Todo esto ante la indiferencia mundial y ante la inútil presencia de los Cascos Azules de las Naciones Unidas. Y digo “inútil” porque bien conocida fue la actitud del organismo al establecer el mandato de no disparar a menos que fueran agredidos directamente y que se limitaran a mantener “la paz”, una paz que no existía por ninguna parte.

Ya existen otras películas y documentales que hablan sobre esta tragedia y que ya he comentado aquí.


Sin embargo, me parece que Shooting Dogs plantea el conflicto con elementos nuevos y más brutales que los que habíamos visto. La película se centra en lo ocurrido en la Escuela Técnica Oficial, donde en su momento tomaron refugio miles de tutsis debido a que allí se encontraba un contingente de Cascos Azules. Allí, pensaban, estarían seguros. La Escuela, manejada por un padre católico, se convierte en un enorme campamento de refugiados y afuera de sus verjas, los hutus permanecen amenazantes, esperando la menor circunstancia para eliminar a los “cucarachas”, como dieron en llamar a los tutsis.




(Atencion, "spoilers").



La historia plantea un constante debate de términos éticos, morales y espirituales, no planteados en otras películas que he visto sobre esta tragedia. Y aunque filmes como Hotel Rwanda o Sometimes in April utilizan los elementos narrativos para que el espectador se involucre con la historia, Shooting Dogs me parece que lo utiliza de la mejor manera y devela uno de los ángulos más trágicos de la matanza.


Por un lado, está el absurdo mandato de las Naciones Unidas y la vana esperanza de los tutsis de sentirse a salvo bajo el amparo de los Cascos Azules y de algunos “hombres blancos” de la Escuela (representados por el Padre Christopher, el maestro John y un par de endurecidos periodistas de la BBC, además de un grupo de europeos que toman refugio también en la escuela).

Intensas e interesantes son también las discusiones espirituales. La población tutsi, en su mayoría católica, hace frecuentes preguntas al padre sobre Dios: ¿Dios ama a todos sus hijos, incluidos a los hutus? ¿Dios está aquí, con nosotros, los tutsis a punto de ser masacrados? ¿Estará usted, padre, siempre con nosotros?

La frustración del padre de poder ayudar a los tutsis y de continuar siendo leal a sus creencias se va haciendo cada vez más evidente, sobre todo cuando reencuentra a los antiguos amigos hutus y éstos se han tornado en asesinos irreconocibles, en ebrios de sangre y de la enajenación colectiva. Ya no hay amigos, sólo enemigos y sospechas en todas partes.

Hay una escena (y que es la que da título a la película), en que el capitán de los Cascos Azules advierte al padre que saldrán a dispararle a los perros, pues éstos se están comiendo los cadáveres y puede crear un problema de salud pública. El padre, indignado, le pregunta si los perros le han disparado. No, responde desconcertado el capitán. Entonces no debe dispararle a los perros, recuerde su “fucking” mandato, cúmplalo o mándelo a la mierda (dice literalmente el padre, luego de retornar de una incursión a la ciudad, donde descubre que unas monjas tutsis han sido violadas y asesinadas).

Las escenas contienen cierta violencia gráfica, pero creo que la violencia es más bien de carácter emocional. La angustia que se siente cuando los franceses llegan a evacuar solamente a los 40 europeos refugiados en la Escuela y cuando los Cascos Azules son finalmente ordenados de salir de allí (sabiendo que eso implica la inmediata matanza de los tutsis refugiados), es tremenda.

El padre el único que tiene los cojones como para permanecer en su lugar, dignamente, al lado de los tutsis y de intentar, todavía en el último minuto, de salvar a unos pocos. Finalmente, en esa Escuela, fueron masacrados 2,500 tutsis.

Me pasé llore y llore la última media hora. Llanto de indignación y de rabia, porque me pregunto, para qué carajos sirve algo como las Naciones Unidas, si no son capaces de cuidar la vida ajena en ninguna parte. Y llanto también por el abominable nivel de crueldad al que puede llegar el ser humano. Somos realmente seres despreciables.

Excelente película que le revolverá muchas reflexiones. Consultar futuras transmisiones en Cinemax aquí.

lunes, junio 01, 2009

Añorando un nido

shaw276.jpg





En estos días de fin de año me entretuve bastante leyendo “Writer’s Rooms”, una de mis secciones favoritas de The Guardian. En ella diferentes escritores hablan sobre el espacio donde suelen escribir, acompañado de la correspondiente foto. Para mí es fascinante la diversidad o lo común en todos esos espacios, lo particular para cada uno, lo que les gusta o no.


No todos tienen necesariamente una oficina o un estudio. Algunos escriben en la mesa del comedor, otros apoyando su cuaderno en el brazo del sofá o se van a alguna biblioteca pública a escribir. No todos escriben directamente en computadora, muchos hacen un primer borrador a mano. Algunos otros tienen una oficina especial fuera de su casa o apartamento, como John Banville, que alquila un pequeño apartamento en el centro de Dublín para escribir.

En la sección hay todo tipo de escritores, conocidos y desconocidos, pero también se cuela de pronto el estudio de algún compositor musical, de un dibujante o de un escritor de libros de cocina. Entre los conocidos los hay no sólo contemporáneos, sino también los lugares donde escribieron Virginia Woolf, Jane Austen y George Bernard Shaw, entre otros.

La mayoría suele tener en el estudio su biblioteca, pero fuera de esa obviedad, suelen rodearse de objetos queridos o inspiradores: fotos o imágenes de sus escritores favoritos, cuadros, máscaras, objetos de arte, fotografías familiares y similares. Varios tienen dos o más mesas de trabajo y muchos tienen un diván o sofá donde echarse a leer. Algunos tienen un televisor para seguir el fútbol o un equipo de sonido para escuchar música mientras escriben.





Me llamó la atención que varios de ellos se refieren a su espacio de trabajo como “un nido”, por lo confortable y acogedor que les resulta. Por lo demás comparto la noción de que el lugar donde uno escribe es casi que un santuario. Varios de los escritores impiden que el común de la gente entre en dichos lugares.

Esto me dejó pensando en algo que vengo diciéndole desde hace rato a mis amigos y que me miran como la loquita cuando lo refiero. Y es que el espacio de trabajo, sentirse bien en él, es importante para la escritura. Y es en parte por lo que siento que en este lugar donde habito se me ha hecho muy difícil escribir ficción.

Puedo escribir no-ficción (columnas, artículos y blog), en casi que cualquier parte. Pero siento que para la ficción el escenario tiene que ser uno que proporcione intimidad, privacidad y algo que me haga sentir segura, amparada. Porque a fin de cuentas, ahí es donde uno transcurre la mayor parte del día, y a la larga, de su vida. Difícil hacerlo si hay ruidos frecuentes, gente rondando o tocando a la puerta, teléfonos sonando y mil distracciones que rompen ese estado especial del ser en el que se entra cuando se escribe. Y difícil es si uno siente que hay alguna suerte de “amenaza” externa que va a romper esa placidez interior en la que me sumerjo al escribir.

En lo personal soy de las que necesita silencio absoluto mientras escribe (no escucho ni música y desconecto el teléfono), y el imprudente que osa tocar mi puerta mientras escribo se arriesga a conocer la ira de los dioses. Odio que me interrumpan mientras escribo.

Claro, todo escritor trabaja diferente, y los hay quienes pueden escribir su ficción en un café, en un hotel, en un aeropuerto (los que tienen la suerte de tener una portátil...). A ellos los envidio profundamente.

Todo eso me hizo recordar los lugares en los que he escrito. El mejor fue sin duda el estudio de mi casa en Los Planes, donde tenía mi biblioteca, un mueble y un baúl, ambos llenos de papeles y mi par de escritorios. Siempre, menos ahora, he tenido dos grandes mesas de trabajo, uno para la computadora y el equipo de impresión y escaneo y otro, un escritorio que mandé a hacer y que era ancho, con muchas gavetas y en las que hacía el trabajo “a mano”.

Lo mejor de ese estudio eran las dos ventanas de techo a suelo que, aparte de tener buena iluminación y ventilación todo el día, me permitían ver el jardín. Plantas y árboles visitados por ardillas y multitud de pájaros y en la grama, a mis dos gatas descansando plácidamente mientras yo batallaba con mis palabras. (Y no, por desgracia no guardo fotos de aquel estudio, no tenía cámara en aquella época).

Extraño muchísimo ese muy productivo nido. Ojalá este nuevo año me lleve a un nido nuevo. Porque aquí donde estoy no dan ganas de nada.



(En la foto, el estudio de George Bernard Shaw, uno de los que más me gusta, ya que estaba ubicado en una casita a un par de minutos de la casa donde vivía, con todas las comodidades básicas y hasta teléfono para llamar a su esposa y pedir su almuerzo. Foto de Eamonn McCabe).

miércoles, febrero 04, 2009

¡Hasta nunca, Mr. Bush!

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("Last Press Conference", de Aislin, The Montreal Gazette. Encontrada en Truthdig).


Todos venimos de Poe

200px-Edgar_Allan_Poe_2.jpgComo Edgar Allan Poe es inmortal, hoy cumple 200 años. Y está bien vivo y saludable.

Me preguntaba ayer qué canción le gustaría le fuera cantada (ciertamente no le gustaría el “japy berdey tú yú”). Pensé que quizás le agradaría un buen réquiem, acaso el de Mozart. ¿Y de pastel? Sin duda, uno de chocolate amargo en forma de escarabajo dorado... acompañado, claro, con un buen brandy.

Lo cierto es que Poe sigue siendo imprescindible para todos los que pretendemos ser escritores y en particular, para el que quiera dedicarse a escribir cuentos. Si hubo alguien que revolucionó, afincó, fundó y contribuyó a hacer del cuento lo que es hoy en día, fue sin duda él. Amén de sus contribuciones al terror, al suspenso e incluso al género negro. Todos venimos de Poe.

Y no creo con estos comentarios estar ni exagerando ni hablando a partir de mi amor personal por él, un amor que comenzó al primer susto, alguna lejana tarde de sábado viendo un animado siniestro sobre “El corazón delator”. Como ya mencioné por acá, el único cuento que realmente me ha dado escalofrío y el que sigue siendo al día de hoy, mi favorito de Poe. De hecho, si yo tuviera que hacer un top ten de mis cuentos favoritos, ése sería uno de ellos.


Y no voy a decir más ni a ponerme solemne porque seguro estarán leyendo mucho sobre él hoy en otros blogs o revistas literarias. ¿Celebraciones? Un par de libros publicados, como Una vida truncada de Peter Ackroyd, quien intenta reconstruir los últimos 6 días en la vida de Poe, días en los que no está muy claro qué pasó exactamente ni cómo llegó a ser encontrado totalmente ebrio tirado en una calle de Baltimore. Poco después sufriría un delirium tremens y moriría a los 40 años (sigh).

Otra publicación conmemorativa es la que lanzó Páginas de Espuma en España. La edición de los cuentos completos de Poe, traducidos por Julio Cortázar, preparada por Jorge Volpi y Fernando Iwasaki, con un estudio introductorio de Carlos Fuentes y otro de Mario Vargas Llosa y 67 escritores españoles y latinoamericanos que comentamos brevemente cada uno de los cuentos.

Suena a orquesta, pero sí, fui invitada a participar en dicha edición. Y pasó algo bien curioso: para repartir los cuentos entre todos los escritores, se usó el estricto orden alfabético entre autores y cuentos. Y en ese estricto orden, me tocó en suerte justa y precisamente “El corazón delator”. Cuando lo supe, no pude evitar otro escalofrío.

Así es que ¡salud Poe!

lunes, enero 12, 2009

En busca de la belleza

Nos pasa a todos: vamos a una exposición, a una función de danza o teatro, vemos una película o leemos un libro. Y al terminar nos preguntamos si eso que recién vimos, escuchamos o leímos es arte. Uno visita una galería y suele escuchar a alguien diciendo en voz bien alta “si hasta yo podría hacer eso”. Y es que desafortunadamente hoy en día muchas de las manifestaciones que nos quieren hacer pasar por artísticas están plagadas de un facilismo tal que pareciera que cualquier garabato que alguien hace en un papel puede terminar colgado en una sala de exposiciones.

Algunos artistas parecen encontrar una fórmula y la repiten en todas sus variantes hasta cansar al espectador. Otros encuentran en la morbosidad y en la enfermiza fascinación por lo asqueroso un recurso que explotan al máximo. Otros más se regodean en el retrato meticuloso de la realidad subestimando, en muchos casos, a la imaginación y el verdadero trabajo que implica el acto creativo.

Pero el arte no ocurre en un momento de “inspiración espontánea” ni es un golpe de suerte sino el resultado de un complejo procedimiento. El arte, en todas sus manifestaciones, implica siempre disciplina, trabajo, reflexión, estudio, prueba y error y todo un proceso interior por el que atraviesa el artista. Lo ideal sería que el proceso de creación terminara siendo, a la vez, un proceso de auto-descubrimiento y de transformación personal, de manera que el artista que comenzó la obra no sea el mismo que la terminó.





Sin embargo, pareciera que el artista contemporáneo prefiere realizar el mínimo esfuerzo posible y presentar el lado más feo de la vida y del ser humano. Es posible que muchos justifiquen sus trabajos como “reflejo de la realidad social” y quieran transmitir algún mensaje de reflexión a través de su obra.

Aceptemos que el momento actual de la humanidad no es una edad de oro sino más bien, una era de piedra, una era de decadencia absoluta, un Kali Yuga al final de cuya senda nos espera nuestra propia destrucción. Si vamos a retratar fielmente la realidad, ¿estamos condenados entonces a la fealdad en el arte?

El empeño del artista para hacernos reflexionar sobre algún tema no es desacertado. ¿Pero cómo transmitir un mensaje al espectador de manera que la obra artística nos impacte y nos haga reflexionar, y no solamente cause repulsión o morbo? Es una de las eternas discusiones de la estética. Como lo ha sido también el suponer que la obra de arte tenga como único objetivo la búsqueda de la belleza. Habrá quienes supongan que la belleza es algo vano, vacío y estrictamente ornamental, no importante ni necesario y que, por lo tanto, su utilidad en relación con el arte ha terminado. Pero en lo personal, no creo que la belleza y el buen gusto estén reñidos con el arte como transmisor de un mensaje constructivo o como retrato de la realidad.

Vivimos un tiempo en que la realidad nos colma y nos abruma por todos los flancos posibles. Los medios de comunicación (prensa, radio y televisión), internet, los juegos de video, la música, las películas, todo nos reproduce, de una manera u otra, la realidad de violencia, de cinismo, de pérdida de valores y de agonía de la esperanza que vivimos. Y no sé ustedes, pero yo en lo personal me siento saturada ya de todo eso. Cuando busco un libro, una película o una función de danza estoy buscando algo que me haga sentir asombro, que me haga soñar y emocionarme y creer que el espíritu del ser humano es capaz de ser noble y de crear belleza y armonía, ya que con todos sus demás actos parece ser el paradigma de la destrucción. Y eso no significa que estoy negada a reflexionar sobre temas trascendentales como nuestra mortalidad o lo que hacemos o dejamos de hacer por nuestro prójimo.

Soy una persona abierta a todo tipo de propuestas y comprendo que no todo será siempre de mi gusto o mi entendimiento. Pero me niego, por ejemplo, a elevar al rango de “música” al reggaetón, que visto fríamente, no deja de ser una repetición anodina de un ritmo básico, donde los “músicos” no tienen ningún tipo de destreza en la ejecución de un instrumento musical y donde las letras denigran a hombres y mujeres por igual; eso las que trabajan en algo sus letras, porque los que repiten cinco mil veces que “quiero más gasolina y dame más gasolina” trascienden los límites de la estupidez.

Es difícil entender lo “artístico” en los “performances quirúrgicos” de la francesa Orlan, quien se utiliza a sí misma como “el mármol” en el que, mediante una serie de cirugías plásticas, pretende transformar su propio cuerpo en el summum de la belleza representada en obras clásicas: ella quiere tener los ojos de la Psique de Gérome, la barbilla de la Venus de Boticelli, la boca de la Europa de Boucher y la frente de la Mona Lisa. Esto, según ella, para representar “el sufrimiento contemporáneo sobre la presión social para ser bella”.

No entiendo qué tienen de artísticos un montón de animales conservados en bloques de formol, algunos con cortes transversales para poder ver sus vísceras, que es lo que hace el británico Damien Hirst, el mismo que forró una calavera humana con poco más de 8,600 diamantes, y que se ha hecho multimillonario con su “arte”.


Si bien es cierto que los conceptos de arte, belleza y fealdad son subjetivos, también lo es el proceso de recepción de la obra por parte del espectador. Y lo que a unos guste y fascine, a otros causará desconcierto y rechazo.

Al final, creo que lo importante es que el artista se niegue al facilismo, al oportunismo, a lo comercial y a la explotación de la morbosidad y que enfrente el proceso creativo con honestidad, con todos sus retos y aprendizajes. Aunque “lo feo” esté de moda y venda más que nunca.





(Publicado domingo 11 de enero en Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica).

sábado, enero 10, 2009

Ayuda para damnificados del terremoto

Cuentas para depositar dinero en efectivo:

Banco de Costa Rica | cuenta: 001-250-0 | SINPE 15201001000025008

BAC San José | cuenta: 908524192 | SINPE: 1020000-9085241925

Banco Nacional | cuenta colones 100100-7 | cuenta dólares 68666-7



Envíe un SMS al número 1423 para donar ₡1.000 colones | Al número 2423 para donar ₡2.000 | Al 5423 para donar ₡5.000 | Al 9423 para ₡9000.



Donar en especie: Punto de acopio frente a Laguna de Fraijanes | Hotel San Gildar (Escazú) | Tiendas Gollo en todo el país | Cruz Roja en todo el país | Radio Columbia (Zapote) | Teletica (Sabana) | Estaciones de bomberos en todo el país | Casa presidencial en San José | Estaciones de policía en todo el país.



¿Qué llevar? Tiendas de campaña, colchonetas, cobijas, capas, baterías, linternas, cocinas de gas, agua, leche de larga duración, alimentos empacados y de fácil preparación, enlatados con abrefácil, café. Implementos de aseo personal: jabón, papel higiénico, etc.



Veterinarios que quieran ayudar a atender a los animales en la zona, contactar a ghuertas@wspala.org o info@wspala.org.



(En Twitter continuamos informando. En Search Twitter u otros buscadores, buscar la info relacionada bajo los hashtags #cr y #temblor. Tomado de Fusil de Chispas y fuentes diversas).

La mañana después

La noche pasó con más tranquilidad. Hubo réplicas, algunas bastante fuertes, pero siento que no fueron ni con la intensidad ni con la constancia como cuando los terremotos de El Salvador. Allá sentíamos que lo peor eran las réplicas, porque no parecían cesar nunca y habían unas hasta de grado 5 y pico.

Desde alrededor de las 11 de la noche hasta ahora ya no he sentido ninguna. Pero no dormí muy bien. Me desperté como a las 4 y me costó volver a dormir. Me levanté casi a las 9 y media, cansadísima.

Todo parece estar más en calma hoy y los cuerpos de ayuda están intentando llegar a las zonas afectadas para ayudar a los que quedaron aislados, atrapados, etc. Todavía hay números inciertos sobre el total de víctimas, pero las imágenes de la destrucción, sobre todo fuera de San José, son muy impresionantes.

Les comparto un video que resume un poco los sucesos de ayer. Y aprovecho para agradecer a los amigos y los lectores del blog que enviaron numerosos mensajes de apoyo y cariño, averiguando como estoy (y hasta saludando a la valiente Loli, que se lo toma todo con mucha calma/hay que aprender de ella). Gracias, de veras.





viernes, enero 09, 2009

Terremoto en Costa Rica

A las 13:21 de la tarde me encontraba en el gimnasio. El gym está ubicado en el cuarto piso del Mall San Pedro, si no me equivoco, uno de los primeros malls construidos acá en San José.

Estaba a punto de sentarme en una máquina para ejercitar deltoides, pero alguien había dejado puestos dos discos de 45 libras y el entrenador comenzó a quitarlos para poner los de 25 que yo iba a ocupar. Sacó el primer disco y cuando iba a ponerlo en el mueble donde se colocan, el suelo vibró. No me asusté. Eso suele ocurrir cuando los “samsones” que entrenan tiran las barras con los pesos con demasiada fuerza. Me di vuelta para ver quién había sido el que había tirado algo y vi que el entrenador todavía tenía el disco entre las manos.

Nos quedamos viendo. La vibración continuaba con algo de fuerza, era oscilante, pero de pronto la sacudida tomó una fuerza tremenda. Mi primer impulso fue salir del gym, pero... sentí que era inútil: estaba en el cuarto piso de un edificio, y no había para dónde salir más que al parqueo del mall. Así es que decidí quedarme donde estaba. El entrenador todavía puso el disco en el mueble correspondiente.

La remezón aumentó. Era impresionante. El gym está forrado de espejos y el techo es de concreto (en algún momento fue de hecho, parte del parqueo). Eso me tranquilizó un poco, pues pensé que estaría reforzado como para soportar el peso de los vehículos. Pero también pensé que, si aquello se caía, estábamos fritos. O mejor dicho, simple y sencillamente, aplastados. ¿Pero qué hacer?


Me invadió una extraña resignación. Nada qué hacer/quedarse quieto/esperar/om tare tutare ture soha/si se empieza a caer el techo, ahí sí, buscar qué hacer.




La sacudida era tan fuerte que me tuve que agarrar de algo y lo único que tenía a la mano era, ejem, el entrenador, con su cuerpo de concurso y sus músculos de acero. La entrenadora de planta le advertía a la gente que se alejara de los espejos, pero de hecho, la mayoría de los que estaban salieron del lugar.

El sismo parecía no terminar jamás. Siempre tiene uno esa sensación, de que los terremotos son eternos. Creo que pasó apenas un minuto.

Desde donde estábamos, vimos que caía polvo de la sección de cardiovasculares. Yo miraba las vigas de concreto, buscando rajaduras, grietas, alguna señal que me advirtiera que ya, estábamos en las últimas.

Por suerte no pasó. Lo que pasó, por fin, fue el sismo. Aunque no estábamos seguros. Uno siempre queda con la sensación de que el temblor continúa. En lo personal siento que es como una especie de electricidad que le queda a uno por dentro y te hace seguir vibrando, dando la impresión que el asunto continúa.

Poco a poco nos atrevimos a caminar, a fingir normalidad. El entrenador intentó llamar a su casa por el celular para chequear si su familia estaba bien. Me dijo que su madre y su hermana se ponen histéricas con los temblores. Yo me fui caminando detrás de él y salimos al parqueo. Al fondo había unas 50 o más personas aglomeradas, todos intentando hablar por sus celulares. No había señal.

Junto al gym está una de las dos plantas de cine del mall. Se rompieron un par de marquesinas y también parte de la decoración. Del lado del parqueo que da a la calle entraba una gran nube de polvo.

Como buena salvadoreña, nuestra vasta experiencia con terremotos me decía “esto no fue un temblor cualquiera”. Pero era imposible obtener noticias y de remate, se fue la luz. El mall activa la planta de emergencia.


Casi todos los que estaban en el gym se fueron. Yo no sabía muy bien qué hacer. Salir a la calle y que me agarrara otra remezón, no me agradaba la idea. Quedarme y pasar adentro de aquel cajón de concreto una nueva sacudida, tampoco. En todo caso, decidí quedarme, pero la verdad es que sin mucho ánimo. Terminé pronto mis ejercicios y salí.

No había elevadores funcionando, pese a que se había restablecido el servicio eléctrico. Bajé por las escaleras. Al llegar a la primera planta, vi varios negocios cerrados y los pasillos casi sin gente. Afuera del mall, mucha, pero mucha gente congregada. Empleados con uniformes, gente intentando comunicarse por celular y el tráfico aunque poco se notaba algo descontrolado, con buses, carros y motos, encaramándose incluso en aceras (sin mayor necesidad), como con prisa por llegar a alguna parte.

Mientras caminaba a mi morada, examinaba y miraba dónde podía colocarme en caso de otro temblor fuerte. Iba por la principal de San Pedro, toda llena de postes de luz y teléfono, edificios y una calle altamente transitada. Pensé en la Loli, seguramente algo sacada de onda. Y estaba segura que se habrían caído los libros de un librero que tengo, que no es muy estable.

Al fin llegué y en efecto, libros en el suelo. Pero no se miraba nada roto ni rajado. De inmediato a la tele a ver noticias: 6.2 en la escala de Richter (aunque por lo superficial de la profundidad, se sintió como de magnitud 8).

Pasó algo curioso. Desde hacía unos días andaba con la curiosidad de meterme a Twitter. Y aunque había leído algunas páginas, no me terminaba de convencer. Me preguntaba qué haría yo con Twitter. Abrí mi cuenta y pensé que haría como un experimento. Probaría unos días a ver qué ondas. Luego pensé que el Twitter podría ser un refuerzo del blog. Me imaginaba poniendo los enlaces de cosas interesantes leídas y algunas cosas cotidianas, no sabía. En fin, que el terremoto me sirvió para estrenarlo. Iba posteando notas de la información que iba saliendo, lo cual se convirtió en algo útil, siendo que la red telefónica tardó bastante en volver (sólo había internet).

Varios amigos me escribieron preguntando cómo estaba, qué había pasado. Y para no repetir el cuento mil veces, los mandé a mi Twitter (igual que lo hice con la nota que puse en el blog).

A la hora de escribir esta nota han pasado ya más de mil réplicas, de magnitud entre 2.2 y 4.2. Algunas, las más fuertes, se han sentido. Hasta el momento hay 4 muertos, varios heridos, pérdidas estructurales, deslizamientos de tierra, hundimientos, casas soterradas. Se teme que, a medida que se pueda acceder a zonas que quedaron aisladas, se vayan a encontrar más víctimas. Inevitable recordar los terremotos del 2001 en El Salvador.


Imposible hacer nada en toda la tarde. Hojeé algún libro, vi las noticias y más nada. Es el cuarto terremoto que paso en mi vida, pero uno jamás se acostumbra. Por cierto, es mi segundo en Costa Rica. Estaba casualmente acá en noviembre del 2004, cuando fue el de Parrita/Quepos, que curiosamente fue de la misma magnitud que éste, 6.2, pero definitivamente el de hoy fue el peor de todos los que he vivido.

jueves, enero 08, 2009

Sismo 6.2 en Costa Rica

Hoy hubo un sismo 6.2 en la escala Richter a las 13:22 de la tarde en Costa Rica, epicentro cerca del Volcán Poás. Ya hay confirmadas las primeras 2 víctimas, dos niñas que murieron soterradas. Hay daños estructurales, gente perdida o atrapada y se confirman alrededor de 250 réplicas hasta el momento, algunos de grado 4. Para informes rápidos, pueden meterse a mi página Twitter (que casualmente abrí hoy en la mañana, antes del susto). Mañana por supuesto, un informe más completo. Si amanecemos...

"Window Over the Bay", Vashti Bunya

I wish I had a window over the bay

And a black horse grazing on the green all day

I wish I had a well to draw my water from

And a warm log fire for when the summer is gone



I wish I had a window over the bay

And a flock of white sheep to watch from where I lay

I wish I had a little boat bobbing on the deep

And a big wooden table all laid out for tea



I wish I had a window over the bay

And a dreamy eyed cow to fill my milking pail

I wish I had a cockerel to raise me at dawn

And a little bed to sleep in when the curtains are drawn





lunes, enero 05, 2009

"Despropósitos" de Año Nuevo

ejercicios-o-apuntes.jpgHace muchos años dejé de hacer propósitos de año nuevo. Hace muchos años, de hecho, dejé de hacer muchas cosas que se presumen como “obligatorias” para estas fechas. Lo celebro muy a mi modo, que es por lo general, quedándome en casa leyendo o viendo alguna película. Con eso es con lo que me siento bien.

Pero el año pasado anoté algunas cosas que eran una mezcla de propósitos y deseos. Revisándolos la última noche del año viejo, bueno, solamente una se realizó y no precisamente de la mejor manera, porque su realización implicaba otros factores fuera de mi decisión.

Los que no se cumplieron, aunque parecían “fáciles”, no lo eran en el sentido de que también incluían factores externos que limitaban su realización. Y en ese sentido uno aprende que no tiene el control sobre muchas cosas ni en su propia vida. Como “levantarme más temprano”. En un vecindario donde estoy bombardeada desde las 4 o 5 de la tarde con música estridente y de remate, ahora, con un parqueo a la par que cierra hasta las 3 de la mañana (y donde tengo que escuchar portazos, motos, chirridos de llantas, hombres y mujeres bien borrachos hablando a gritos y lo peor de lo peor, ESAS MALDITAS ALARMAS DE LOS CARROS), dormir es algo así como una quimera. Y luego me sorprende pasar meses con insomnio...





Las alarmas de los carros: cada vez que escucho una, lo único que me imagino es que tengo un fusil y que salgo a reventar todos esos carros a balazos. Ajá, debería darme “vergüenza” el pensamiento. ¿Pero qué esperan? Acciones violentas provocan reacciones violentas. ¿Para qué sirven las tales alarmas más que para causar contaminación sónica y perturbar a los vecinos que queremos dormir? Para mí su sonido es de lo más hiriente y molesto que puede haber y, desde el fondo de la tripa, sí, lo único que me provoca es destrucción y rabia, grrrrr.

(Bueno, cerremos los ojos, respiremos profundamente y hagamos “Om”...).

También me propuse leer más, pero apenas leí 12 libros en todo el año, lo cual me parece poco. Cuando digo “leer” me refiero a leer literatura, porque la verdad es que me la paso leyendo todo el año, por la naturaleza de mi trabajo. Y luego recordé los 29 manuscritos del concurso de novela... no precisamente las lecturas que yo hubiera seleccionado voluntariamente pero en fin, leí bastante. Ahora leo un libraco de casi mil páginas desde hace un par de meses y no voy ni por la mitad (Las benévolas de Jonathan Littell).

Quizás haga una lista de “propósitos, planes y deseos” otra vez este año (así la llamé el año pasado). Pero más bien debería, quizás, llamarse “lista de despropósitos”. Y debería hacerse al revés: en vez de uno plantearse cosas a hacer durante el año, ir anotando cada fin de mes (por ponerle una temporalidad), las cosas positivas que sentimos se lograron o hicimos. Así al final del año tendremos una lista de doce (o más) cosas buenas. Nos ahorramos el sentimiento de culpa de “no haber logrado los propósitos” planteados (¿porque quién realmente cumple con la totalidad de esa lista?), y aprendemos a apreciar lo bueno que la vida nos trae día a día, incluso en las cosas o circunstancias que damos por sentadas, como la salud, tener un plato de comida o un techo que nos cobije o despertar cada día. Además aprendemos, como dije arriba, que uno realmente no tiene el control sobre todo en su vida y que ésta nos trae cada año imprevistos, grandes y pequeños, que nos sorprenden y desvían de lo planificado.

De esa manera, todo lo bueno será estricta ganancia, aprenderemos a ser flexibles y nos mantendríamos más atentos y receptivos a lo positivo, agradeciendo la oportunidad para lo bueno y estar menos dados a la queja, a las excusas y a la victimización. Más importante me parece el ejercicio siendo que por todos lados nos están programando con que el año "será malo" gracias a la famosa crisis...

¿Qué dicen? ¿Hacemos la lista de despropósitos?

martes, diciembre 09, 2008

Sergio Ramírez en la Feria del Libro de Guadalajara y el veto del gobierno de Nicaragua

Ya saben que, como eran los 80 años de Carlos Fuentes, hubo una actividad llamada "Los amigos de Carlos Fuentes" en la Feria del Libro de Guadalajara de este año. Les comparto la intervención de Sergio Ramírez, dura casi 10 minutos pero se las super recomiendo, no sólo por el humor sino sobre todo por el respeto y el auténtico cariño que dejan entrever sus palabras.

Escuchándolo hablar (y pensando en todos los "papás literarios" de tantos de nosotros que estaban ahí, compartiendo mesa), pensaba en lo maravilloso de ese momento, en el sentido de que por sobre los nombres, las vanidades o la misma literatura, a todos ellos los ha mantenido unidos la amistad. Que es lo más importante de todo. Incluso que la literatura misma.

Mientras tanto, el actual gobierno de Nicaragua vetó un prólogo que escribió Sergio para la edición de una antología del poeta Carlos Martínez Rivas. La actitud del gobierno nicaragüense ha despertado tal indignación a nivel internacional que El País (quien editaría la antología), decidió no publicarla, y varios intelectuales han manifestado su apoyo a Ramírez y firmado un comunicado de protesta por este acto de censura.





lunes, diciembre 08, 2008

en El Faro

Jacinta Escudos en una plática en La Ventana, publicada en El Faro.