miércoles, julio 01, 2009

Shooting Dogs

shootingdogs.jpgLa hipocresía de ciertas instituciones y gobiernos en cuanto a su manera de reaccionar ante ciertos acontecimientos queda al descubierto una vez más en la película Shooting Dogs.

La película se enfoca en los sucesos de 1994 en Ruanda y en el genocidio contra los tutsis ejecutada por los hutus. En poco más de 100 días fueron masacrados casi un millón de tutsis, la mayoría a machetazos. Todo esto ante la indiferencia mundial y ante la inútil presencia de los Cascos Azules de las Naciones Unidas. Y digo “inútil” porque bien conocida fue la actitud del organismo al establecer el mandato de no disparar a menos que fueran agredidos directamente y que se limitaran a mantener “la paz”, una paz que no existía por ninguna parte.

Ya existen otras películas y documentales que hablan sobre esta tragedia y que ya he comentado aquí.


Sin embargo, me parece que Shooting Dogs plantea el conflicto con elementos nuevos y más brutales que los que habíamos visto. La película se centra en lo ocurrido en la Escuela Técnica Oficial, donde en su momento tomaron refugio miles de tutsis debido a que allí se encontraba un contingente de Cascos Azules. Allí, pensaban, estarían seguros. La Escuela, manejada por un padre católico, se convierte en un enorme campamento de refugiados y afuera de sus verjas, los hutus permanecen amenazantes, esperando la menor circunstancia para eliminar a los “cucarachas”, como dieron en llamar a los tutsis.




(Atencion, "spoilers").



La historia plantea un constante debate de términos éticos, morales y espirituales, no planteados en otras películas que he visto sobre esta tragedia. Y aunque filmes como Hotel Rwanda o Sometimes in April utilizan los elementos narrativos para que el espectador se involucre con la historia, Shooting Dogs me parece que lo utiliza de la mejor manera y devela uno de los ángulos más trágicos de la matanza.


Por un lado, está el absurdo mandato de las Naciones Unidas y la vana esperanza de los tutsis de sentirse a salvo bajo el amparo de los Cascos Azules y de algunos “hombres blancos” de la Escuela (representados por el Padre Christopher, el maestro John y un par de endurecidos periodistas de la BBC, además de un grupo de europeos que toman refugio también en la escuela).

Intensas e interesantes son también las discusiones espirituales. La población tutsi, en su mayoría católica, hace frecuentes preguntas al padre sobre Dios: ¿Dios ama a todos sus hijos, incluidos a los hutus? ¿Dios está aquí, con nosotros, los tutsis a punto de ser masacrados? ¿Estará usted, padre, siempre con nosotros?

La frustración del padre de poder ayudar a los tutsis y de continuar siendo leal a sus creencias se va haciendo cada vez más evidente, sobre todo cuando reencuentra a los antiguos amigos hutus y éstos se han tornado en asesinos irreconocibles, en ebrios de sangre y de la enajenación colectiva. Ya no hay amigos, sólo enemigos y sospechas en todas partes.

Hay una escena (y que es la que da título a la película), en que el capitán de los Cascos Azules advierte al padre que saldrán a dispararle a los perros, pues éstos se están comiendo los cadáveres y puede crear un problema de salud pública. El padre, indignado, le pregunta si los perros le han disparado. No, responde desconcertado el capitán. Entonces no debe dispararle a los perros, recuerde su “fucking” mandato, cúmplalo o mándelo a la mierda (dice literalmente el padre, luego de retornar de una incursión a la ciudad, donde descubre que unas monjas tutsis han sido violadas y asesinadas).

Las escenas contienen cierta violencia gráfica, pero creo que la violencia es más bien de carácter emocional. La angustia que se siente cuando los franceses llegan a evacuar solamente a los 40 europeos refugiados en la Escuela y cuando los Cascos Azules son finalmente ordenados de salir de allí (sabiendo que eso implica la inmediata matanza de los tutsis refugiados), es tremenda.

El padre el único que tiene los cojones como para permanecer en su lugar, dignamente, al lado de los tutsis y de intentar, todavía en el último minuto, de salvar a unos pocos. Finalmente, en esa Escuela, fueron masacrados 2,500 tutsis.

Me pasé llore y llore la última media hora. Llanto de indignación y de rabia, porque me pregunto, para qué carajos sirve algo como las Naciones Unidas, si no son capaces de cuidar la vida ajena en ninguna parte. Y llanto también por el abominable nivel de crueldad al que puede llegar el ser humano. Somos realmente seres despreciables.

Excelente película que le revolverá muchas reflexiones. Consultar futuras transmisiones en Cinemax aquí.

lunes, junio 01, 2009

Añorando un nido

shaw276.jpg





En estos días de fin de año me entretuve bastante leyendo “Writer’s Rooms”, una de mis secciones favoritas de The Guardian. En ella diferentes escritores hablan sobre el espacio donde suelen escribir, acompañado de la correspondiente foto. Para mí es fascinante la diversidad o lo común en todos esos espacios, lo particular para cada uno, lo que les gusta o no.


No todos tienen necesariamente una oficina o un estudio. Algunos escriben en la mesa del comedor, otros apoyando su cuaderno en el brazo del sofá o se van a alguna biblioteca pública a escribir. No todos escriben directamente en computadora, muchos hacen un primer borrador a mano. Algunos otros tienen una oficina especial fuera de su casa o apartamento, como John Banville, que alquila un pequeño apartamento en el centro de Dublín para escribir.

En la sección hay todo tipo de escritores, conocidos y desconocidos, pero también se cuela de pronto el estudio de algún compositor musical, de un dibujante o de un escritor de libros de cocina. Entre los conocidos los hay no sólo contemporáneos, sino también los lugares donde escribieron Virginia Woolf, Jane Austen y George Bernard Shaw, entre otros.

La mayoría suele tener en el estudio su biblioteca, pero fuera de esa obviedad, suelen rodearse de objetos queridos o inspiradores: fotos o imágenes de sus escritores favoritos, cuadros, máscaras, objetos de arte, fotografías familiares y similares. Varios tienen dos o más mesas de trabajo y muchos tienen un diván o sofá donde echarse a leer. Algunos tienen un televisor para seguir el fútbol o un equipo de sonido para escuchar música mientras escriben.





Me llamó la atención que varios de ellos se refieren a su espacio de trabajo como “un nido”, por lo confortable y acogedor que les resulta. Por lo demás comparto la noción de que el lugar donde uno escribe es casi que un santuario. Varios de los escritores impiden que el común de la gente entre en dichos lugares.

Esto me dejó pensando en algo que vengo diciéndole desde hace rato a mis amigos y que me miran como la loquita cuando lo refiero. Y es que el espacio de trabajo, sentirse bien en él, es importante para la escritura. Y es en parte por lo que siento que en este lugar donde habito se me ha hecho muy difícil escribir ficción.

Puedo escribir no-ficción (columnas, artículos y blog), en casi que cualquier parte. Pero siento que para la ficción el escenario tiene que ser uno que proporcione intimidad, privacidad y algo que me haga sentir segura, amparada. Porque a fin de cuentas, ahí es donde uno transcurre la mayor parte del día, y a la larga, de su vida. Difícil hacerlo si hay ruidos frecuentes, gente rondando o tocando a la puerta, teléfonos sonando y mil distracciones que rompen ese estado especial del ser en el que se entra cuando se escribe. Y difícil es si uno siente que hay alguna suerte de “amenaza” externa que va a romper esa placidez interior en la que me sumerjo al escribir.

En lo personal soy de las que necesita silencio absoluto mientras escribe (no escucho ni música y desconecto el teléfono), y el imprudente que osa tocar mi puerta mientras escribo se arriesga a conocer la ira de los dioses. Odio que me interrumpan mientras escribo.

Claro, todo escritor trabaja diferente, y los hay quienes pueden escribir su ficción en un café, en un hotel, en un aeropuerto (los que tienen la suerte de tener una portátil...). A ellos los envidio profundamente.

Todo eso me hizo recordar los lugares en los que he escrito. El mejor fue sin duda el estudio de mi casa en Los Planes, donde tenía mi biblioteca, un mueble y un baúl, ambos llenos de papeles y mi par de escritorios. Siempre, menos ahora, he tenido dos grandes mesas de trabajo, uno para la computadora y el equipo de impresión y escaneo y otro, un escritorio que mandé a hacer y que era ancho, con muchas gavetas y en las que hacía el trabajo “a mano”.

Lo mejor de ese estudio eran las dos ventanas de techo a suelo que, aparte de tener buena iluminación y ventilación todo el día, me permitían ver el jardín. Plantas y árboles visitados por ardillas y multitud de pájaros y en la grama, a mis dos gatas descansando plácidamente mientras yo batallaba con mis palabras. (Y no, por desgracia no guardo fotos de aquel estudio, no tenía cámara en aquella época).

Extraño muchísimo ese muy productivo nido. Ojalá este nuevo año me lleve a un nido nuevo. Porque aquí donde estoy no dan ganas de nada.



(En la foto, el estudio de George Bernard Shaw, uno de los que más me gusta, ya que estaba ubicado en una casita a un par de minutos de la casa donde vivía, con todas las comodidades básicas y hasta teléfono para llamar a su esposa y pedir su almuerzo. Foto de Eamonn McCabe).

miércoles, febrero 04, 2009

¡Hasta nunca, Mr. Bush!

Aislin_011308c5.jpg



("Last Press Conference", de Aislin, The Montreal Gazette. Encontrada en Truthdig).


Todos venimos de Poe

200px-Edgar_Allan_Poe_2.jpgComo Edgar Allan Poe es inmortal, hoy cumple 200 años. Y está bien vivo y saludable.

Me preguntaba ayer qué canción le gustaría le fuera cantada (ciertamente no le gustaría el “japy berdey tú yú”). Pensé que quizás le agradaría un buen réquiem, acaso el de Mozart. ¿Y de pastel? Sin duda, uno de chocolate amargo en forma de escarabajo dorado... acompañado, claro, con un buen brandy.

Lo cierto es que Poe sigue siendo imprescindible para todos los que pretendemos ser escritores y en particular, para el que quiera dedicarse a escribir cuentos. Si hubo alguien que revolucionó, afincó, fundó y contribuyó a hacer del cuento lo que es hoy en día, fue sin duda él. Amén de sus contribuciones al terror, al suspenso e incluso al género negro. Todos venimos de Poe.

Y no creo con estos comentarios estar ni exagerando ni hablando a partir de mi amor personal por él, un amor que comenzó al primer susto, alguna lejana tarde de sábado viendo un animado siniestro sobre “El corazón delator”. Como ya mencioné por acá, el único cuento que realmente me ha dado escalofrío y el que sigue siendo al día de hoy, mi favorito de Poe. De hecho, si yo tuviera que hacer un top ten de mis cuentos favoritos, ése sería uno de ellos.


Y no voy a decir más ni a ponerme solemne porque seguro estarán leyendo mucho sobre él hoy en otros blogs o revistas literarias. ¿Celebraciones? Un par de libros publicados, como Una vida truncada de Peter Ackroyd, quien intenta reconstruir los últimos 6 días en la vida de Poe, días en los que no está muy claro qué pasó exactamente ni cómo llegó a ser encontrado totalmente ebrio tirado en una calle de Baltimore. Poco después sufriría un delirium tremens y moriría a los 40 años (sigh).

Otra publicación conmemorativa es la que lanzó Páginas de Espuma en España. La edición de los cuentos completos de Poe, traducidos por Julio Cortázar, preparada por Jorge Volpi y Fernando Iwasaki, con un estudio introductorio de Carlos Fuentes y otro de Mario Vargas Llosa y 67 escritores españoles y latinoamericanos que comentamos brevemente cada uno de los cuentos.

Suena a orquesta, pero sí, fui invitada a participar en dicha edición. Y pasó algo bien curioso: para repartir los cuentos entre todos los escritores, se usó el estricto orden alfabético entre autores y cuentos. Y en ese estricto orden, me tocó en suerte justa y precisamente “El corazón delator”. Cuando lo supe, no pude evitar otro escalofrío.

Así es que ¡salud Poe!

lunes, enero 12, 2009

En busca de la belleza

Nos pasa a todos: vamos a una exposición, a una función de danza o teatro, vemos una película o leemos un libro. Y al terminar nos preguntamos si eso que recién vimos, escuchamos o leímos es arte. Uno visita una galería y suele escuchar a alguien diciendo en voz bien alta “si hasta yo podría hacer eso”. Y es que desafortunadamente hoy en día muchas de las manifestaciones que nos quieren hacer pasar por artísticas están plagadas de un facilismo tal que pareciera que cualquier garabato que alguien hace en un papel puede terminar colgado en una sala de exposiciones.

Algunos artistas parecen encontrar una fórmula y la repiten en todas sus variantes hasta cansar al espectador. Otros encuentran en la morbosidad y en la enfermiza fascinación por lo asqueroso un recurso que explotan al máximo. Otros más se regodean en el retrato meticuloso de la realidad subestimando, en muchos casos, a la imaginación y el verdadero trabajo que implica el acto creativo.

Pero el arte no ocurre en un momento de “inspiración espontánea” ni es un golpe de suerte sino el resultado de un complejo procedimiento. El arte, en todas sus manifestaciones, implica siempre disciplina, trabajo, reflexión, estudio, prueba y error y todo un proceso interior por el que atraviesa el artista. Lo ideal sería que el proceso de creación terminara siendo, a la vez, un proceso de auto-descubrimiento y de transformación personal, de manera que el artista que comenzó la obra no sea el mismo que la terminó.





Sin embargo, pareciera que el artista contemporáneo prefiere realizar el mínimo esfuerzo posible y presentar el lado más feo de la vida y del ser humano. Es posible que muchos justifiquen sus trabajos como “reflejo de la realidad social” y quieran transmitir algún mensaje de reflexión a través de su obra.

Aceptemos que el momento actual de la humanidad no es una edad de oro sino más bien, una era de piedra, una era de decadencia absoluta, un Kali Yuga al final de cuya senda nos espera nuestra propia destrucción. Si vamos a retratar fielmente la realidad, ¿estamos condenados entonces a la fealdad en el arte?

El empeño del artista para hacernos reflexionar sobre algún tema no es desacertado. ¿Pero cómo transmitir un mensaje al espectador de manera que la obra artística nos impacte y nos haga reflexionar, y no solamente cause repulsión o morbo? Es una de las eternas discusiones de la estética. Como lo ha sido también el suponer que la obra de arte tenga como único objetivo la búsqueda de la belleza. Habrá quienes supongan que la belleza es algo vano, vacío y estrictamente ornamental, no importante ni necesario y que, por lo tanto, su utilidad en relación con el arte ha terminado. Pero en lo personal, no creo que la belleza y el buen gusto estén reñidos con el arte como transmisor de un mensaje constructivo o como retrato de la realidad.

Vivimos un tiempo en que la realidad nos colma y nos abruma por todos los flancos posibles. Los medios de comunicación (prensa, radio y televisión), internet, los juegos de video, la música, las películas, todo nos reproduce, de una manera u otra, la realidad de violencia, de cinismo, de pérdida de valores y de agonía de la esperanza que vivimos. Y no sé ustedes, pero yo en lo personal me siento saturada ya de todo eso. Cuando busco un libro, una película o una función de danza estoy buscando algo que me haga sentir asombro, que me haga soñar y emocionarme y creer que el espíritu del ser humano es capaz de ser noble y de crear belleza y armonía, ya que con todos sus demás actos parece ser el paradigma de la destrucción. Y eso no significa que estoy negada a reflexionar sobre temas trascendentales como nuestra mortalidad o lo que hacemos o dejamos de hacer por nuestro prójimo.

Soy una persona abierta a todo tipo de propuestas y comprendo que no todo será siempre de mi gusto o mi entendimiento. Pero me niego, por ejemplo, a elevar al rango de “música” al reggaetón, que visto fríamente, no deja de ser una repetición anodina de un ritmo básico, donde los “músicos” no tienen ningún tipo de destreza en la ejecución de un instrumento musical y donde las letras denigran a hombres y mujeres por igual; eso las que trabajan en algo sus letras, porque los que repiten cinco mil veces que “quiero más gasolina y dame más gasolina” trascienden los límites de la estupidez.

Es difícil entender lo “artístico” en los “performances quirúrgicos” de la francesa Orlan, quien se utiliza a sí misma como “el mármol” en el que, mediante una serie de cirugías plásticas, pretende transformar su propio cuerpo en el summum de la belleza representada en obras clásicas: ella quiere tener los ojos de la Psique de Gérome, la barbilla de la Venus de Boticelli, la boca de la Europa de Boucher y la frente de la Mona Lisa. Esto, según ella, para representar “el sufrimiento contemporáneo sobre la presión social para ser bella”.

No entiendo qué tienen de artísticos un montón de animales conservados en bloques de formol, algunos con cortes transversales para poder ver sus vísceras, que es lo que hace el británico Damien Hirst, el mismo que forró una calavera humana con poco más de 8,600 diamantes, y que se ha hecho multimillonario con su “arte”.


Si bien es cierto que los conceptos de arte, belleza y fealdad son subjetivos, también lo es el proceso de recepción de la obra por parte del espectador. Y lo que a unos guste y fascine, a otros causará desconcierto y rechazo.

Al final, creo que lo importante es que el artista se niegue al facilismo, al oportunismo, a lo comercial y a la explotación de la morbosidad y que enfrente el proceso creativo con honestidad, con todos sus retos y aprendizajes. Aunque “lo feo” esté de moda y venda más que nunca.





(Publicado domingo 11 de enero en Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica).

sábado, enero 10, 2009

Ayuda para damnificados del terremoto

Cuentas para depositar dinero en efectivo:

Banco de Costa Rica | cuenta: 001-250-0 | SINPE 15201001000025008

BAC San José | cuenta: 908524192 | SINPE: 1020000-9085241925

Banco Nacional | cuenta colones 100100-7 | cuenta dólares 68666-7



Envíe un SMS al número 1423 para donar ₡1.000 colones | Al número 2423 para donar ₡2.000 | Al 5423 para donar ₡5.000 | Al 9423 para ₡9000.



Donar en especie: Punto de acopio frente a Laguna de Fraijanes | Hotel San Gildar (Escazú) | Tiendas Gollo en todo el país | Cruz Roja en todo el país | Radio Columbia (Zapote) | Teletica (Sabana) | Estaciones de bomberos en todo el país | Casa presidencial en San José | Estaciones de policía en todo el país.



¿Qué llevar? Tiendas de campaña, colchonetas, cobijas, capas, baterías, linternas, cocinas de gas, agua, leche de larga duración, alimentos empacados y de fácil preparación, enlatados con abrefácil, café. Implementos de aseo personal: jabón, papel higiénico, etc.



Veterinarios que quieran ayudar a atender a los animales en la zona, contactar a ghuertas@wspala.org o info@wspala.org.



(En Twitter continuamos informando. En Search Twitter u otros buscadores, buscar la info relacionada bajo los hashtags #cr y #temblor. Tomado de Fusil de Chispas y fuentes diversas).

La mañana después

La noche pasó con más tranquilidad. Hubo réplicas, algunas bastante fuertes, pero siento que no fueron ni con la intensidad ni con la constancia como cuando los terremotos de El Salvador. Allá sentíamos que lo peor eran las réplicas, porque no parecían cesar nunca y habían unas hasta de grado 5 y pico.

Desde alrededor de las 11 de la noche hasta ahora ya no he sentido ninguna. Pero no dormí muy bien. Me desperté como a las 4 y me costó volver a dormir. Me levanté casi a las 9 y media, cansadísima.

Todo parece estar más en calma hoy y los cuerpos de ayuda están intentando llegar a las zonas afectadas para ayudar a los que quedaron aislados, atrapados, etc. Todavía hay números inciertos sobre el total de víctimas, pero las imágenes de la destrucción, sobre todo fuera de San José, son muy impresionantes.

Les comparto un video que resume un poco los sucesos de ayer. Y aprovecho para agradecer a los amigos y los lectores del blog que enviaron numerosos mensajes de apoyo y cariño, averiguando como estoy (y hasta saludando a la valiente Loli, que se lo toma todo con mucha calma/hay que aprender de ella). Gracias, de veras.





viernes, enero 09, 2009

Terremoto en Costa Rica

A las 13:21 de la tarde me encontraba en el gimnasio. El gym está ubicado en el cuarto piso del Mall San Pedro, si no me equivoco, uno de los primeros malls construidos acá en San José.

Estaba a punto de sentarme en una máquina para ejercitar deltoides, pero alguien había dejado puestos dos discos de 45 libras y el entrenador comenzó a quitarlos para poner los de 25 que yo iba a ocupar. Sacó el primer disco y cuando iba a ponerlo en el mueble donde se colocan, el suelo vibró. No me asusté. Eso suele ocurrir cuando los “samsones” que entrenan tiran las barras con los pesos con demasiada fuerza. Me di vuelta para ver quién había sido el que había tirado algo y vi que el entrenador todavía tenía el disco entre las manos.

Nos quedamos viendo. La vibración continuaba con algo de fuerza, era oscilante, pero de pronto la sacudida tomó una fuerza tremenda. Mi primer impulso fue salir del gym, pero... sentí que era inútil: estaba en el cuarto piso de un edificio, y no había para dónde salir más que al parqueo del mall. Así es que decidí quedarme donde estaba. El entrenador todavía puso el disco en el mueble correspondiente.

La remezón aumentó. Era impresionante. El gym está forrado de espejos y el techo es de concreto (en algún momento fue de hecho, parte del parqueo). Eso me tranquilizó un poco, pues pensé que estaría reforzado como para soportar el peso de los vehículos. Pero también pensé que, si aquello se caía, estábamos fritos. O mejor dicho, simple y sencillamente, aplastados. ¿Pero qué hacer?


Me invadió una extraña resignación. Nada qué hacer/quedarse quieto/esperar/om tare tutare ture soha/si se empieza a caer el techo, ahí sí, buscar qué hacer.




La sacudida era tan fuerte que me tuve que agarrar de algo y lo único que tenía a la mano era, ejem, el entrenador, con su cuerpo de concurso y sus músculos de acero. La entrenadora de planta le advertía a la gente que se alejara de los espejos, pero de hecho, la mayoría de los que estaban salieron del lugar.

El sismo parecía no terminar jamás. Siempre tiene uno esa sensación, de que los terremotos son eternos. Creo que pasó apenas un minuto.

Desde donde estábamos, vimos que caía polvo de la sección de cardiovasculares. Yo miraba las vigas de concreto, buscando rajaduras, grietas, alguna señal que me advirtiera que ya, estábamos en las últimas.

Por suerte no pasó. Lo que pasó, por fin, fue el sismo. Aunque no estábamos seguros. Uno siempre queda con la sensación de que el temblor continúa. En lo personal siento que es como una especie de electricidad que le queda a uno por dentro y te hace seguir vibrando, dando la impresión que el asunto continúa.

Poco a poco nos atrevimos a caminar, a fingir normalidad. El entrenador intentó llamar a su casa por el celular para chequear si su familia estaba bien. Me dijo que su madre y su hermana se ponen histéricas con los temblores. Yo me fui caminando detrás de él y salimos al parqueo. Al fondo había unas 50 o más personas aglomeradas, todos intentando hablar por sus celulares. No había señal.

Junto al gym está una de las dos plantas de cine del mall. Se rompieron un par de marquesinas y también parte de la decoración. Del lado del parqueo que da a la calle entraba una gran nube de polvo.

Como buena salvadoreña, nuestra vasta experiencia con terremotos me decía “esto no fue un temblor cualquiera”. Pero era imposible obtener noticias y de remate, se fue la luz. El mall activa la planta de emergencia.


Casi todos los que estaban en el gym se fueron. Yo no sabía muy bien qué hacer. Salir a la calle y que me agarrara otra remezón, no me agradaba la idea. Quedarme y pasar adentro de aquel cajón de concreto una nueva sacudida, tampoco. En todo caso, decidí quedarme, pero la verdad es que sin mucho ánimo. Terminé pronto mis ejercicios y salí.

No había elevadores funcionando, pese a que se había restablecido el servicio eléctrico. Bajé por las escaleras. Al llegar a la primera planta, vi varios negocios cerrados y los pasillos casi sin gente. Afuera del mall, mucha, pero mucha gente congregada. Empleados con uniformes, gente intentando comunicarse por celular y el tráfico aunque poco se notaba algo descontrolado, con buses, carros y motos, encaramándose incluso en aceras (sin mayor necesidad), como con prisa por llegar a alguna parte.

Mientras caminaba a mi morada, examinaba y miraba dónde podía colocarme en caso de otro temblor fuerte. Iba por la principal de San Pedro, toda llena de postes de luz y teléfono, edificios y una calle altamente transitada. Pensé en la Loli, seguramente algo sacada de onda. Y estaba segura que se habrían caído los libros de un librero que tengo, que no es muy estable.

Al fin llegué y en efecto, libros en el suelo. Pero no se miraba nada roto ni rajado. De inmediato a la tele a ver noticias: 6.2 en la escala de Richter (aunque por lo superficial de la profundidad, se sintió como de magnitud 8).

Pasó algo curioso. Desde hacía unos días andaba con la curiosidad de meterme a Twitter. Y aunque había leído algunas páginas, no me terminaba de convencer. Me preguntaba qué haría yo con Twitter. Abrí mi cuenta y pensé que haría como un experimento. Probaría unos días a ver qué ondas. Luego pensé que el Twitter podría ser un refuerzo del blog. Me imaginaba poniendo los enlaces de cosas interesantes leídas y algunas cosas cotidianas, no sabía. En fin, que el terremoto me sirvió para estrenarlo. Iba posteando notas de la información que iba saliendo, lo cual se convirtió en algo útil, siendo que la red telefónica tardó bastante en volver (sólo había internet).

Varios amigos me escribieron preguntando cómo estaba, qué había pasado. Y para no repetir el cuento mil veces, los mandé a mi Twitter (igual que lo hice con la nota que puse en el blog).

A la hora de escribir esta nota han pasado ya más de mil réplicas, de magnitud entre 2.2 y 4.2. Algunas, las más fuertes, se han sentido. Hasta el momento hay 4 muertos, varios heridos, pérdidas estructurales, deslizamientos de tierra, hundimientos, casas soterradas. Se teme que, a medida que se pueda acceder a zonas que quedaron aisladas, se vayan a encontrar más víctimas. Inevitable recordar los terremotos del 2001 en El Salvador.


Imposible hacer nada en toda la tarde. Hojeé algún libro, vi las noticias y más nada. Es el cuarto terremoto que paso en mi vida, pero uno jamás se acostumbra. Por cierto, es mi segundo en Costa Rica. Estaba casualmente acá en noviembre del 2004, cuando fue el de Parrita/Quepos, que curiosamente fue de la misma magnitud que éste, 6.2, pero definitivamente el de hoy fue el peor de todos los que he vivido.

jueves, enero 08, 2009

Sismo 6.2 en Costa Rica

Hoy hubo un sismo 6.2 en la escala Richter a las 13:22 de la tarde en Costa Rica, epicentro cerca del Volcán Poás. Ya hay confirmadas las primeras 2 víctimas, dos niñas que murieron soterradas. Hay daños estructurales, gente perdida o atrapada y se confirman alrededor de 250 réplicas hasta el momento, algunos de grado 4. Para informes rápidos, pueden meterse a mi página Twitter (que casualmente abrí hoy en la mañana, antes del susto). Mañana por supuesto, un informe más completo. Si amanecemos...

"Window Over the Bay", Vashti Bunya

I wish I had a window over the bay

And a black horse grazing on the green all day

I wish I had a well to draw my water from

And a warm log fire for when the summer is gone



I wish I had a window over the bay

And a flock of white sheep to watch from where I lay

I wish I had a little boat bobbing on the deep

And a big wooden table all laid out for tea



I wish I had a window over the bay

And a dreamy eyed cow to fill my milking pail

I wish I had a cockerel to raise me at dawn

And a little bed to sleep in when the curtains are drawn





lunes, enero 05, 2009

"Despropósitos" de Año Nuevo

ejercicios-o-apuntes.jpgHace muchos años dejé de hacer propósitos de año nuevo. Hace muchos años, de hecho, dejé de hacer muchas cosas que se presumen como “obligatorias” para estas fechas. Lo celebro muy a mi modo, que es por lo general, quedándome en casa leyendo o viendo alguna película. Con eso es con lo que me siento bien.

Pero el año pasado anoté algunas cosas que eran una mezcla de propósitos y deseos. Revisándolos la última noche del año viejo, bueno, solamente una se realizó y no precisamente de la mejor manera, porque su realización implicaba otros factores fuera de mi decisión.

Los que no se cumplieron, aunque parecían “fáciles”, no lo eran en el sentido de que también incluían factores externos que limitaban su realización. Y en ese sentido uno aprende que no tiene el control sobre muchas cosas ni en su propia vida. Como “levantarme más temprano”. En un vecindario donde estoy bombardeada desde las 4 o 5 de la tarde con música estridente y de remate, ahora, con un parqueo a la par que cierra hasta las 3 de la mañana (y donde tengo que escuchar portazos, motos, chirridos de llantas, hombres y mujeres bien borrachos hablando a gritos y lo peor de lo peor, ESAS MALDITAS ALARMAS DE LOS CARROS), dormir es algo así como una quimera. Y luego me sorprende pasar meses con insomnio...





Las alarmas de los carros: cada vez que escucho una, lo único que me imagino es que tengo un fusil y que salgo a reventar todos esos carros a balazos. Ajá, debería darme “vergüenza” el pensamiento. ¿Pero qué esperan? Acciones violentas provocan reacciones violentas. ¿Para qué sirven las tales alarmas más que para causar contaminación sónica y perturbar a los vecinos que queremos dormir? Para mí su sonido es de lo más hiriente y molesto que puede haber y, desde el fondo de la tripa, sí, lo único que me provoca es destrucción y rabia, grrrrr.

(Bueno, cerremos los ojos, respiremos profundamente y hagamos “Om”...).

También me propuse leer más, pero apenas leí 12 libros en todo el año, lo cual me parece poco. Cuando digo “leer” me refiero a leer literatura, porque la verdad es que me la paso leyendo todo el año, por la naturaleza de mi trabajo. Y luego recordé los 29 manuscritos del concurso de novela... no precisamente las lecturas que yo hubiera seleccionado voluntariamente pero en fin, leí bastante. Ahora leo un libraco de casi mil páginas desde hace un par de meses y no voy ni por la mitad (Las benévolas de Jonathan Littell).

Quizás haga una lista de “propósitos, planes y deseos” otra vez este año (así la llamé el año pasado). Pero más bien debería, quizás, llamarse “lista de despropósitos”. Y debería hacerse al revés: en vez de uno plantearse cosas a hacer durante el año, ir anotando cada fin de mes (por ponerle una temporalidad), las cosas positivas que sentimos se lograron o hicimos. Así al final del año tendremos una lista de doce (o más) cosas buenas. Nos ahorramos el sentimiento de culpa de “no haber logrado los propósitos” planteados (¿porque quién realmente cumple con la totalidad de esa lista?), y aprendemos a apreciar lo bueno que la vida nos trae día a día, incluso en las cosas o circunstancias que damos por sentadas, como la salud, tener un plato de comida o un techo que nos cobije o despertar cada día. Además aprendemos, como dije arriba, que uno realmente no tiene el control sobre todo en su vida y que ésta nos trae cada año imprevistos, grandes y pequeños, que nos sorprenden y desvían de lo planificado.

De esa manera, todo lo bueno será estricta ganancia, aprenderemos a ser flexibles y nos mantendríamos más atentos y receptivos a lo positivo, agradeciendo la oportunidad para lo bueno y estar menos dados a la queja, a las excusas y a la victimización. Más importante me parece el ejercicio siendo que por todos lados nos están programando con que el año "será malo" gracias a la famosa crisis...

¿Qué dicen? ¿Hacemos la lista de despropósitos?

martes, diciembre 09, 2008

Sergio Ramírez en la Feria del Libro de Guadalajara y el veto del gobierno de Nicaragua

Ya saben que, como eran los 80 años de Carlos Fuentes, hubo una actividad llamada "Los amigos de Carlos Fuentes" en la Feria del Libro de Guadalajara de este año. Les comparto la intervención de Sergio Ramírez, dura casi 10 minutos pero se las super recomiendo, no sólo por el humor sino sobre todo por el respeto y el auténtico cariño que dejan entrever sus palabras.

Escuchándolo hablar (y pensando en todos los "papás literarios" de tantos de nosotros que estaban ahí, compartiendo mesa), pensaba en lo maravilloso de ese momento, en el sentido de que por sobre los nombres, las vanidades o la misma literatura, a todos ellos los ha mantenido unidos la amistad. Que es lo más importante de todo. Incluso que la literatura misma.

Mientras tanto, el actual gobierno de Nicaragua vetó un prólogo que escribió Sergio para la edición de una antología del poeta Carlos Martínez Rivas. La actitud del gobierno nicaragüense ha despertado tal indignación a nivel internacional que El País (quien editaría la antología), decidió no publicarla, y varios intelectuales han manifestado su apoyo a Ramírez y firmado un comunicado de protesta por este acto de censura.





lunes, diciembre 08, 2008

en El Faro

Jacinta Escudos en una plática en La Ventana, publicada en El Faro.

El derecho al ocio

Pareciera que de todo se nos inculca y habla en la vida menos del derecho a descansar. Desde niños se nos dice que debemos trabajar, estudiar, acumular, proveer, invertir, consumir, tener. La vida completa es un continuo hacer. Siempre hay que “estar ocupado”, haciendo algo. Y cuando nos detenemos un rato a no hacer nada o a hacer algo que pensamos no es productivo, útil o “importante”, nos invade la culpa. Dicha culpa es una conducta aprendida, impuesta por nuestros padres, nuestros maestros o por el entorno mismo: no hacer nada “útil” es señalado como pereza, y la pereza es la madre de todos los vicios, según reza un conocido dicho.

Hay gente que posterga sus vacaciones una y otra vez. Creen que su trabajo y su posición en la vida son “demasiado importantes y vitales” y que si se ausentan, las cosas pueden salirse de control, desordenarse, atrasarse. Ya puestos en vacaciones, hay muchos que nada más hacen la pantomima: se llevan la computadora portátil a la playa, están chequeando sus correos en un café Internet, duermen con el celular debajo de la almohada porque puede haber “una emergencia” o “aprovechan” ese tiempo que supuestamente debería ser para descansar y reponer energías en hacer cosas pendientes o algún trabajo extra para poder aumentar el ingreso mensual.

Hay gente que de veras no puede desconectarse nunca, que vive a un ritmo interno acelerado, enajenado, y en cuya prisa interior se desarrolla una falsa identificación entre lo que se hace y lo que se es. Y digo “falsa identificación” porque hay gente que cree que es lo que representa, es decir, una imagen, un status, un trabajo, un ingreso económico o una posición social dentro del enmarañado escenario de la vida.

¿Cuántas personas se deprimen tanto al retirarse de sus trabajos que al poco tiempo terminan enfermos y hasta muertos porque no saben qué hacer con sus horas ni con su vida, porque consideran que si ya no “trabajan” ya no son “importantes”, ya no son “alguien”? ¿Cuánta gente vive con culpa los días en que se enferma o en los que no le dio la gana hacer absolutamente nada y se sentó a ver televisión, a mecerse en una hamaca a pensar o a soñar despierto? ¿Será quizás que preferimos estar atados a ese torbellino de actividades porque nos da miedo quedarnos a solas con nosotros mismos y escuchar nuestra voz interior? ¿A qué se dedicaría la humanidad si no existiera eso que llamamos trabajo?




Hay actividades del ser humano que son menospreciadas por considerarse “inútiles”, como el arte o el deporte, actividades que supuestamente tienen menos valor o importancia porque no constituyen parte de ninguna cadena de producción (léase: producir ganancias económicas).

Precisamente es la sociedad productiva la que nos ha impuesto conductas que distorsionan el verdadero sentido de la vida. Si bien es cierto dedicarse a un trabajo que satisfaga nuestras necesidades básicas es algo necesario, se constituye en un verdadero privilegio el poder hacer lo que nos gusta en la vida y vivir de ello con dignidad. O de trabajar en algo que realmente nos apasione y que sea, más que un trabajo, un mecanismo de realización personal y de puesta en función de nuestros talentos. Desafortunadamente, los trabajos que ejercemos para ganar nuestro sustento son, las más de las veces, verdaderas formas de esclavitud, donde vendemos nuestra salud física y mental pero sobre todo, nuestro tiempo (y por ende, nuestra vida). O sea, le vendemos nuestra vida a extraños para poder comer y mantener a los nuestros.

Es entonces cuando el ocio resulta más importante. Un elemento indispensable para no perder la cordura, para mantener el balance, para liberarnos del stress de un trabajo que poco o nada tiene que ver con nosotros, con nuestra esencia, con nuestros talentos, con nuestro potencial. Un espacio que nos permita no desperdiciarnos a nosotros mismos en nuestro brevísimo paso por el mundo.

Pero ojo: no confundamos ocio con pereza. Hay que considerar el ocio como un espacio necesario para balancear el trajín cotidiano y procurarnos actividades que contribuyan a nuestro crecimiento intelectual, creativo y espiritual. No sólo hay que aprender a desconectarnos del trabajo y de sus obligaciones, sino que también tenemos que aprender a descansar, a relajarnos, a dejar el trabajo en el lugar donde pertenece: en la oficina, en la fábrica, en el negocio o donde sea que realicemos nuestras labores.

El mundo no se acabará si dejamos de leer correos electrónicos durante una semana o dos o, por lo menos, los fines de semana. Absolutamente nada terrible va a ocurrir si dejamos el teléfono celular en casa o lo apagamos mientras hacemos la siesta. Y no somos tan increíblemente importantes como para que no podamos desaparecernos unas horas o unos días para hacer algo absolutamente placentero.

Aristóteles decía que el trabajo y el descanso son necesarios pero consideraba que el descanso era preferible. El reposo o el cese de las actividades, a lo que Aristóteles también llamaba “juego”, proporciona alivio para el intelecto fatigado: “El juego es principalmente útil en medio del trabajo. El hombre que trabaja tiene necesidad de descanso, y el juego no tiene otro objeto que el procurarlo. El trabajo produce siempre fatiga y una fuerte tensión de nuestras facultades, y es preciso, por lo mismo, saber emplear oportunamente el juego como un remedio saludable. El movimiento que el juego proporciona afloja el espíritu y le procura descanso mediante el placer que causa”.

Según el filósofo, el ocio puede asegurarnos el placer, el bienestar y la felicidad. Pero éstos son “bienes” que están al alcance únicamente de aquellas personas que aprenden a estar descansadas. Y sus reflexiones son tan válidas hoy como lo fueron en su tiempo: ¿Realmente somos más felices mientras más trabajamos, mientras más bienes acumulamos, mientras más logramos a nivel social? ¿Puede haber calidad de vida en una sociedad cuyos individuos viven estresados, angustiados pero sobre todo, cansados?



(Publicada domingo 7 de diciembre en Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica).

lunes, diciembre 01, 2008

Texto de la presentación

Una versión resumida de la presentación que hizo la Dra. María Tenorio, sobre mi libro.

miércoles, octubre 22, 2008

Las obras completas de Billy el Niño, Michael Ondaatje

bylly.jpgDespués de 11 semanas de leer informes de trabajo (o sea, nada literario), y 29 novelas aspirantes a ganar un concurso, lo primero que sentí necesidad urgente de hacer al terminar fue de leer un libro. O sea, leer para saborear de nuevo el gran placer de leer literatura. Tomar un libro publicado que no tuviera que leerlo con todas las alarmas encendidas, corrigiendo estilo, descubriendo valores o fortalezas, entramados o técnicas, para someterlas a un ranking de categorías en un concurso.

Tomé dos libros simultáneamente. Uno lo terminé en el aeropuerto, a la ida, porque me cambiaron de vuelo y salí un par de horas después de lo programado. El otro todavía no lo termino pero es maravilloso y muy pronto hablaré de él, quizás la próxima semana pues me falta poco para concluirlo.

El libro que terminé fue Las obras completas de Billy el Niño de Michael Ondaatje. Primera (y única) queja: ¿A quién se le ocurre traducir Billy The Kid como “Billy el Niño”? Lo siento pero Billy The Kid es The Kid aquí y en la Cochinchina.

Michael Ondaatje, para quienes todavía no han tenido el gusto de leerlo, escribió El paciente inglés, la novela sobre la cual se basó la famosa película.


En Las obras completas..., Ondaatje hace un recuento peculiar sobre la vida del famoso bandido. Una especie de aproximación biográfica que combina varios géneros: poesía, prosa, entrevistas, declaraciones de quienes lo conocieron e incluso algunas fotografías y dibujos que ilustran pasajes y momentos de la vida de Billy The Kid. Difícil encasillarla o definirla, imposible llamarla novela o cuentos o poemas. Pero eso es precisamente lo que más me gusta de este libro, su indefinición y por ende, su carácter experimental, rompedor de esquemas. El autor escribe la historia utilizando los recursos estilísticos que mejor le permiten abarcar su trama.

No creo que haya que ser ni conocedor ni admirador del personaje para gustar este libro tan delicadamente escrito. Y me parece espectacular que la crudeza de la vida del oeste pueda ser descrita de una manera tan exquisita como lo hace el autor. Ondaatje nos aproxima, sin duda, al lado humano y solitario del personaje. Sus relaciones, la persecución que de él hace Pat Garrett, detalles de vida que, reales o no, contribuyen a la formación del mito del pistolero que, con apenas veintiún años de vida, se convirtió en una leyenda de la que se escribe y habla aún en nuestros tiempos.

Si quiere leer las primeras páginas de este libro, entre aquí.

martes, octubre 21, 2008

Ya llegué de donde andaba...

¿A dónde estaba? En Panamá.



¿Qué andaba haciendo? Fui jurado de la sección novela del Premio Nacional de Literatura Ricardo Miró, que se otorga cada año en diferentes géneros narrativos.



¿De cuánto es la bolsa de dicho premio? 15 mil dólares en cada género.



¿Quién organiza? El INAC (Instituto Nacional de Cultura de Panamá).



¿Resultado de la experiencia como jurado? Es la primera vez que soy jurado en algún concurso. Aunque ya se me había pedido en otras ocasiones, no había aceptado por motivos que ahora no recuerdo. Al fin me animé a hacerlo. Fue un poco de locura de parte mía haberlo hecho. Lo digo en buen ánimo. Estaba con una cantidad de trabajo realmente abrumadora en ese período y aceptar esto implicó invertir absolutamente cualquier segundo desocupado para leer las 29 novelas que compitieron. Por esos días fue cuando dije que no iba a postear por acá tan seguido. Me tocó leer las 29 novelas en 11 semanas, que fue el tiempo que tuve entre que las recibí y la fecha del viaje. Casi todas las novelas pasaban de las 200-250 páginas, unas alcanzaban casi las 300.




La variedad de calidades (desde textos muy pero muy malos hasta otros bastante buenos), me sirvió en muchos sentido como para repasar mi propio recorrido de escritura, para reflexionar sobre el oficio, sobre los elementos de la novela, sobre algunos errores comunes que se cometen al intentar escribir una novela y finalmente para tener una mínima visión de los temas que predominan en un país como Panamá.

Me llamó la atención, por ejemplo, el uso bastante frecuente de la 2ª. persona como narrador; narraciones que comenzaban en otros países (muchos de ellos durante la 2ª. Guerra Mundial u otros conflictos bélicos), para terminar en Panamá; la ausencia total de lo que podríamos llamar “novela urbana”; la recurrencia del tema vernáculo; el uso de las historias paralelas como recurso narrativo; la ausencia total de toda forma de experimentación con el texto.

Finalmente, la novela ganadora nos gustó a los 3 jurados y no nos tomó demasiado tiempo ponernos de acuerdo, aunque no dejamos de discutir algunas otras que tenían sus méritos pero que, frente a la que ganó, se miraban con deficiencias. Tuvimos la impresión de que los participantes no reposaron sus novelas, es decir, las escribieron para el concurso y no dejaron sus textos reposar un buen par de años, que es el tiempo promedio que puede tomar componer una novela hasta su término final.

Espero un día de estos dedicar una entrada especial para hablar sobre los errores comunes que cometemos al intentar escribir una novela. Errores como ser discursivos intentando convencer al lector de algo o el abuso de adjetivos o de sinónimos rebuscados.

En fin, una experiencia muy interesante para mí en muchos aspectos.



¿Y los panameños? Espléndidos. Nos trataron como reyes (a todos los jurados).

lunes, octubre 13, 2008

De viaje

En menos de 15 horas estaré de nuevo en un avión rumbo a algún lugar de Centro América. En su debido momento contaré a dónde y qué andaba haciendo. Y como sigo sin tener portátil (snif, snif), y deconozco cómo estarán las condiciones de internet en el hotel donde estaré, no creo que haya actualizaciones en el blog durante esta semana. Vuelvo por ahí del 20 o 21. Hasta entonces...

Los que se quedan

Ocurrió en La Montañona, Chalatenango, un cantón con pocas casas, una escuela y una cancha de fútbol, ubicado en medio de una montaña boscosa donde, en tiempos de la guerra, estuvo el campamento de la radio insurgente Farabundo Martí. Ahora La Montañona es un parque natural protegido, con intenciones turísticas, donde hay algunas rústicas cabañas para recibir a los visitantes.

Un par de amigos míos fueron a aquel lugar en abril del año pasado, con la intención de pasar un tranquilo fin de semana. Se hicieron de un pick up 4x4, la única manera de llegar a través del camino de tierra y piedras que accede al lugar. El viaje había sido medio azaroso, pero la belleza y la tranquilidad del paraje les hicieron olvidar bien pronto la dificultad de la llegada.

Todo iba muy bien. Pero a las 6 y media de la tarde alguien fue a buscarlos. Necesitaban su ayuda, o más específicamente, el vehículo. El único capaz de realizar la tarea que tenían por delante: un muchacho, de unos 15 o 16 años, había intentado suicidarse. Había que sacarlo pronto de allí.

Por la tarde, el muchacho se había metido en una especie de bodega que había al lado de la cancha de fútbol, al final del cantón. Ahí bebió un pesticida para matar gusanos llamado Tamarón. Cuando alguien de la comunidad encontró al joven, su sistema digestivo estaba desgarrándose y había expulsado heces de manera profusa.

Cuando mis amigos me contaron el incidente, remarcaron que todo el lugar apestaba. El muchacho se agitaba en intensos dolores. Lo colocaron sobre un plástico y así lo encaramaron en la cama del pick up. La idea era que mis amigos bajaran a la carretera hasta topar con la ambulancia, que ya había sido llamada, y que llevaría al agonizante hasta el hospital de Chalatenango. Cuando lo entregaron a la ambulancia, ya de noche, el muchacho aún estaba vivo.




Meses después, mis amigos volvieron a La Montañona. Entonces se enteraron de que el muchacho en cuestión había muerto. Que no era la primera vez que había intentado suicidarse. Y que tampoco era el único. Ya otros dos adolescentes se habían suicidado anteriormente en la misma localidad.

Nadie supo nunca el motivo por el cual el joven decidió matarse. Sin embargo, es posible que la ausencia de sus padres, migrantes que habían partido de la comunidad hacía rato, tuviera algo que ver con el asunto.

Es un mal silencioso del que apenas tenemos noticia: la cantidad de adolescentes suicidas en las zonas rurales del país va en aumento. Y es, aunque no se crea, otra de las consecuencias de la emigración de miles de salvadoreños.

Como también lo es el cada año creciente número de recién nacidos abandonados en los hospitales. Algunos de estos bebés abandonados son producto de infidelidades de mujeres cuya pareja emigró. Ellas deciden dejar al bebé para “tapar”, de alguna manera, la infidelidad ante la pareja ausente. Algunas anuncian, en el momento de su ingreso, que dejarán al niño para facilitarlo en adopción. Otras simplemente se marchan, sin decir nada.

Algunos más de estos bebés son hijos de niñas de 12 o 13 años que son violadas por sus padres, tíos o abuelos, en hogares donde las mujeres adultas están ausentes porque, igualmente, emigraron.

No cabe duda de que el fenómeno de las migraciones tiene un rango complejo de consecuencias que están marcando nuestros tiempos de manera dramática. El desmembramiento familiar es la cara fea de la emigración y tiene consecuencias psicológicas profundas para aquellos que se quedan. Pero también tiene implicaciones en el cambio del paradigma cultural del país, modificando incluso lo que nos caracterizó siempre como salvadoreños.

Los muchachos que tienen la fortaleza emocional como para sobrevivir a la separación de los padres crecen con la única idea de que, “cuando sean grandes”, se irán del país. La ambición no es realizar estudios universitarios, dedicarse a algún oficio en particular o cumplir algún sueño calenturiento como ser artista de Hollywood. La única expectativa de futuro para ellos es irse porque sienten que el país no les ofrece la posibilidad de una vida digna. Una expectativa aprendida por vía de los padres y demás parientes que se fueron antes.

Atrás quedan los más pequeños, por lo general en manos de parientes mayores. Y cuando esos niños crezcan, también terminarán yéndose. De hecho, hay muchas poblaciones de El Salvador donde el porcentaje de personas de la tercera edad es dominante. ¿Quién cuidará de nuestros ancianos cuando así lo necesiten? ¿Está listo el Estado para asumir tal responsabilidad?


Nuestros abuelos ya no sentarán a sus nietos sobre sus rodillas ni les contarán los cuentos del pasado de nuestro país, de cuando las familias eran numerosas y de cuando viajar era algo tan raro y difícil que, aquel que lo hacía, pasaba por aventurero. Las abuelas no compartirán sus recetas secretas ni sus remedios caseros con sus nietas. Todos esos conocimientos y tradiciones probablemente se perderán, y con ello estaremos perdiendo también buena parte de nuestra cultura. Recordar será un silencioso ejercicio, una solitaria masticación de monólogos para los cuales el viento y las paredes de las casas vacías serán los únicos testigos.

El Gobierno y algunas instituciones se enfocan prioritariamente en lo que ellos llaman “la atención al migrante”. Nuestro presidente viaja cada tanto tiempo para renegociar el TPS, y el lobby para lograr un estatus de legalidad para nuestros compatriotas en EUA, que es donde está el grueso de nuestros migrantes, es prácticamente permanente. Todo eso está bien, pero ¿qué se hace por los que se quedan?

¿Por qué no comenzamos de una vez a encarrilar nuestros esfuerzos como sociedad en construir un futuro atractivo en nuestra propia tierra? ¿Por qué no construimos un país donde tengamos la certeza, o por lo menos la esperanza de un futuro digno, sin tener que arriesgar nuestro pellejo, en más de un sentido, y quedarnos aquí, con los nuestros, como debería de ser?



(Publicado domingo 12 de octubre en Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica).

sábado, octubre 11, 2008

Ne me quitte pas, Jacques Brel

El pasado jueves el cantante de origen belga Jacques Brel, cumplió 30 años de fallecido. No cabe duda que la canción que le dio mayor fama fue “Ne me quitte pas”, a mi juicio la canción de amor más trágica, desesperada, conmovedora y desgarradora jamás escrita. Una canción, que, debo decirlo, invariablemente me saca el llanto (no lágrimas, llanto), y que me deja en un estado de melancolía profundo que dura días, porque me parte el alma.

Brel solía decir que no se trata de una canción de amor, sino una “chanson de lacheté”, de cobardía, de falta de coraje. Brel escribió esta canción al momento de separarse de Suzanne Gabriello, quien estaba embarazada y abortó luego de que él rehusara dicha paternidad.

Entonces, la cobardía de no amar, de no asumir el reto del amor, separarse para luego reconocer el vacío e intentar regresar o recuperar al ser amado, cuando ya es demasiado tarde, cuando ya todo está irremediablemente perdido.

No tener el coraje para salvar el amor, he ahí la cobardía. Y la tragedia que cuenta la letra de esta canción (“te contaré/la historia de un rey/que murió por no poder encontrarte”), y la desesperación (“no me dejes”) y el desgarro (“Ya no lloraré más/ya no hablaré más/me ocultaré por ahí/a verte bailar y sonreír/a escucharte cantar y además reír/permite que me convierta/en la sombra de tu sombra/en la sombra de tu mano/en la sombra de tu perro/no me dejes, no me dejes, no me dejes, no me dejes...”).



“Permite que me convierta en la sombra de tu perro”... voy por los kleenex.