viernes, enero 15, 2010

Al día

Copia  de Librera sala.JPG





La nebulosa de los primeros días. La nebulosa de los meses anteriores. Todo va pasando.

Se reordena, se apacigua, se aclara.

No hay mucho todavía qué decir.


Siento que las primeras semanas, al regresar al Salvador, fueron intensas, veloces, empeñadas en correr y aclarar ese caos inicial del arribo. Tratando de establecer sobre todo una domesticidad elemental pero funcional para poder retomar la vida. Tratando además de aprehender las experiencias de los últimos 5 años y de asimilar lo que implica el regreso.

Se dice fácil, regresar. Pero ¿a qué regresé? Es mi país, cierto, pero es uno bastante defectuoso. Ya sé a lo que vuelvo y el panorama no es paradisíaco. Por lo demás, aquí no tenía una base de operaciones, es decir, casa. Y he tenido que empezar de cero otra vez más.

“¿Ya estás instalada?” es la pregunta que se me ha hecho con más frecuencia en el último mes y medio. No sé bien qué quieren decir con eso. Tengo un techo, sí, y una cama, ajá, y una cocinita eléctrica prestada, también, y recuperé mis libros y los junté con los que traía y recuperé dos que tres papeles que tenía guardados para novelas por escribir. Eso es todo lo que tengo, eso es todo lo que hay. Si a eso le podemos llamar “estar instalado”, no sé.

La casa permanecerá bastante vacía durante meses. No hay manera financiera posible para que sea de otro modo. No quiero endeudarme, y además odio comprar las cosas a crédito, así es que viviremos en un estado espartano de cosas durante un buen rato.




Trato de tomármelo muy zen. Recuerdo los días de cuando hice el Camino de Santiago. Durante esa caminata, mi mundo era lo poquito que llevaba en la mochila. Valorabas una buena cama, una ducha caliente, un vaso de agua, una comida suculenta y sustentadora. Reconectabas con vos mismo y con las cosas más simples de la vida. El andar despojado te hacía pensar mejor.

Algo así pasa ahora. Valoro una buena comida. Un jugo frío. Un asiento cómodo. Una mesa para comer. Lo que más extraño es la comodidad, pero aprendo que siempre hay alguna manera de resolver todo. También extraño el televisor (sí, no me avergüenza ni un ápice decir que me gusta ver televisión, sobre todo películas y documentales. Si uno es selectivo con lo que mira, pueden encontrarse joyas en lo que llaman "la caja boba").

A veces, sólo a veces, pasa por mi mente la idea de continuar viviendo así “para siempre”. Sin refrigerador, sin más muebles. Creo que muchas veces nos llenamos de cosas inútiles y que hay que valorar qué es lo que realmente queremos y/o necesitamos. Bueno, la refri no es inútil, sobre todo en un país de clima cálido como el nuestro, pero mal que bien la he ido pasando sin ella.

Un par de gentes me insisten en que “para salir del paso”, compre una mesa plástica, de esas que hay en todas partes. Resulta que le tengo aversión al plástico, resulta que esas mesas y sus sillas no me gustan para nada. No. No quiero. Sobre todo, no quiero quedarme después con una mesa plástica que no me gusta. Ya no quiero cosas (ni gentes) que no me gusten en mi vida, ni cosas que me saquen del paso. Prefiero el vacío.


Otra gente me pregunta si ya estoy escribiendo, si voy a dar talleres. También me hacen preguntas mucho más complejas, realmente imposibles de contestar. Un avión aterriza en un aeropuerto y llega a la terminal en unos cuantos minutos. Pero para una persona ese “aterrizaje” tarda bastante más tiempo. Los pensamientos, las emociones, las expectativas, los recuerdos, las preguntas, las ansiedades... todo eso se revuelve con el equipaje de vida que ya de por sí cargamos. No sé cuándo voy a terminar de aterrizar, de llegar, de regresar. El cuerpo llega primero, pero el alma viene después (lo dijo alguien, no recuerdo quien, ni siquiera si era así textual, ni siquiera si es un recuerdo que me estoy inventando, pero vale la idea).

Las cosas, como dije al principio, apenas van asentándose. Apenas. Eso, junto a 5 brutales migrañas en el lapso de un mes (dos la semana pasada), no ayudan mucho a pensar.

Pero ahí vamos. Viviendo el día a día. Ésa es la única estrategia. Vivir el día, el ahora. Lo demás llegará en su momento justo.



(En la foto, el librero de la sala-comedor, finalmente arreglado. Quedaron por fuera varios libros; como ya me lo había indicado mi ojo, necesito otro...).

miércoles, enero 13, 2010

El jardín de la Loli

Loli y el brezo.JPG



Cuando terminé de trasplantar las plantas que había comprado y las coloqué en sus respectivas macetas, me senté a descansar un rato y a contemplar la obra realizada. Tenía todavía las manos tierrosas y el olor de las plantas bien metido en la nariz. Se miraba bonito pero de inmediato me asaltó la culpa: comprar plantas no era la necesidad más urgente, me gasté un dinero que no debía, qué voy a hacer el resto del mes, debí haber comprado esto o aquello, etc. etc.

En eso estaba cuando se apareció la Loli en la puerta. Se paró ahí, vio a izquierda y derecha, y luego me miró a mí.

Esa mirada...


Esa mirada me ha convencido de que, luego de tan largo tiempo de convivencia, es posible que humanos y animales se comienzan a transmitir el pensamiento y de ahí que uno (y ellos) sepamos exactamente lo que estamos pensando, sintiendo, deseando, necesitando. No hace falta hablar con palabras articuladas para entenderse.

Esa mirada llena de asombro decía: “¡Hiciste magia! ¡Hay plantas!”.

Viendo esa carita se me quitó toda la culpa. Y pensé: “claro que era urgente tener plantas, era urgente para la Loli”. En parte también lo era para mí. Yo que me crié en finca y que siempre he tenido jardín, estaba extrañando meter mis manos en la tierra y cuidar plantas. Gocé como niña trasplantando y sintiendo el olor de la tierra húmeda y de las hojas y las raíces. Pero he gozado mucho más al ver la reacción de mi gata en ese momento y en los días siguientes.

Entonces la Loli se fue a tomar un poco de agua en la esquina del patio, y se volteó nuevamente como para comprobar que aquello no había sido una alucinación. Me miró de nuevo, contentísima.




Se fue a examinar las plantas y las macetas, una por una, en perfecto orden. Olía, miraba, asomaba la nariz a la tierra, se frotaba en los bordes de las macetas. Se quedó largo rato oliendo la ruda. El brezo la dejó fascinada. El pony... miraba al pony como si se tratara de un gigantesco árbol centenario y se metió debajo de sus hojas largas un rato. Luego descubrió el bambú enano, comprado expresamente para que ella pudiera comerlo (los gatos comen cierto tipo de yerbas para complementar el suplemento de ácido fólico y otros minerales en su dieta) y por supuesto, se puso a masticar hojitas de inmediato. Por poco destruye la begonia porque le gustó tanto que se quería frotar con todo su peso encima de cada hoja.

Desde ese día pasa bastante más tiempo afuera, cuidando de “sus plantas” y me demanda con insistentes maullidos que salga con ella a gozar del espacio. Ahora desayuno ahí, con ella y las plantas. Ella se echa orgullosa, como una leona en control de su reino. Está muchísimo más animada, casi se diría normal. Lo único que le falta es tirarse panza arriba a tomar el sol y cuando eso ocurra, podré decir que ya la Loli se siente “en casa”.

Su fascinación son el brezo, el pony el bambú. Contra los 3 se frota, los mira arrobadísima. Le encanta meterse debajo de las largas y lanceoladas hojas del pony una y otra vez; al bambú le pega sus mordisquitos e igual, mete su cabeza debajo de las ramitas. Pero creo que en el fondo está enamorada del brezo y que terminará casándose con él. Lo mira y lo mira y lo vuelve a mirar, con el asombro de quien descubre algo por primera vez. Quizás por eso soñé que tenía pequeños gatos hechos de brezo, gatos con 3 y 4 colas, toditas ramas de brezo que me recordaron de inmediato al cuadro de Remedios Varo “Gato helecho”.


Cabe decir que la culpa se me quitó de inmediato. Y que se me quitó al ver esa alegría de la gata por sus plantas. Y que la felicidad de la Loli vale para mí todo el oro del mundo, aunque no quede para comer más que queso y tortillas. Y que si la Loli está feliz, pues yo soy feliz con y por ella. Amén.



(En la foto, la Loli examinando detenidamente su amado brezo).

lunes, enero 11, 2010

Las cicatrices de un libro

La reciente noticia de que el lector electrónico de libros conocido como Kindle fue el artículo más vendido durante el año pasado en Amazon, reavivó la discusión sobre el futuro del libro de papel.

Los fundamentalistas tecnológicos insisten en profetizar la pronta desaparición del libro, utilizando argumentos algo flojos como que hay que evolucionar y adaptarse a los cambios que el supuesto progreso nos va imponiendo.

Dichos aparatos no son precisamente baratos. Además, luego de comprarlo, habrá que adquirir los libros. Un rápido vistazo por Amazon viene por lo demás a comprobar que, aunque un poquito más baratos que las ediciones impresas, los libros electrónicos tampoco son regalados.

Tengo sentimientos encontrados en cuanto al lector digital. Jamás he podido ver uno ni conozco a alguien que lo tenga, así es que puedo decir muy poco sobre su conveniencia o no para leer en ellos. Me llaman la atención, como tantos otros inventos recientes, y me agrada pensar que podría meter, dentro de un sólo traste, toda mi biblioteca. La de contratiempos que me ahorraría en las mudanzas. También sería útil para viajar y transportar con uno libros de consulta, diccionarios y de todo tipo.


Pero la realidad es que las editoriales en español todavía no se han abierto a dicho mercado y por lo demás, las limitaciones económicas de nuestros países no permitirían una masificación del lector electrónico. De hecho, en El Salvador todavía estamos en la parte en que tenemos que promover la lectura y para ello el libro de papel sigue siendo la mejor alternativa.




Parte de lo que perderíamos con estos aparatos sería el placer profundamente sensorial que acompaña a la lectura. Porque leer no se trata solamente de voltear páginas y comprender su contenido. Eso sería demasiado simple y posiblemente a muchos ni nos interesaría si fuera así.

Pasear por las librerías para ver portadas, regodearse con los detalles de edición de las diferentes editoriales, tomar el libro y examinar la solapa, ver la foto y los datos del escritor, ver la contrasolapa y descubrir la lista de otros libros publicados en la misma editorial, leer la contraportada, hojear al azar algunas páginas interiores, son todas cosas que no podríamos hacer.

Tampoco podríamos descubrir el olor del papel (y unos libros huelen mucho mejor que otros). Ni podríamos sentir el peso variado de cada libro entre nuestras manos. Los libros de tapas duras y de tapas blandas. La aspereza o suavidad del papel. Las diversas calidades y tonos de blanco del papel. Esas páginas a veces todas en blanco que nos vamos encontrando en la lectura o los cuadernillos ausentes.

No podríamos subrayar nuestras frases favoritas. No podríamos doblar una esquina para marcar una página. No podríamos escribir un comentario en el margen o, en su defecto, pegar un post-it (hay quienes no se permiten escribir sobre un libro porque lo consideran “sagrado”; para mí son objetos de trabajo y los míos, pues, son trabajados al leerse).

No podríamos llevarlo a todas partes porque tendríamos que estar pendientes de si se cae, se moja, se lo roban o se pierde. Imagínese: algún tarado se roba su Kindle pensando que es una especie de netbook o celular gigante y desaparece toda su biblioteca. Si a mí me pasara, me arrancaría el pelo de la pura desesperación.

Si mis libros de papel se mojan, no pasa nada: los asoleo un par de días y quedan arrugaditos, pero sigo leyéndolos. Si se caen, tampoco pasa nada. Busco la página en que me quedé y ya. Si me lo roban, bueno, lo lamento pero si era muy importante, me voy a comprarlo de nuevo (cosa que además ya me ha pasado, siempre hay “amiguitos” que se llevan los libros de tu propia casa).

Por lo demás, el lector electrónico, como cualquier objeto tecnológico, tendrá no solamente sus modelos actualizándose aceleradamente sino, seamos realistas, tendrá una vida útil de algunos años. ¿Y luego qué? ¿A comprar otro? ¿Con lo “baratos” que son? Supongo que habrá maneras de rescatar los libros o de hacer un respaldo para que no se pierda toda tu biblioteca el día que a tu lector le dé el patatús.


Los libros, después de ser leídos, se convierten en el fetiche que evoca un momento de tu vida: el lugar donde leíste, lo que bebiste mientras leías, lo que ocurría en tu vida paralelo a la lectura, los recuerdos y las fantasías que desencadenó el libro. Libros manchados, asoleados, doblados, de bordes amarillentos, garabateados, manoseados. Luego de la lectura, nuestros libros quedan llenos de cicatrices que los convierten en objetos únicos y valiosos.

Mi edición de El Principito, de Saint Exupéry, por ejemplo, tenía en la esquina de varias páginas y en la portada misma los rastros de los pequeños dientes de la Bonifacia (que el Gran Padre Gato la tenga en su gloria), porque cuando le comenzaron a salir los dientes definitivos le dio, como a todo bebé, por morder algo. Y ella, que siempre fue una gatita intelectual, amante de la poesía de José Lezama Lima y César Vallejo, le dio por mordisquear aquel libro.

Pero acabo de descubrir que El Principito se me perdió. Puedo volver a comprarlo. Pero jamás recuperaré las huellas de los dientes de mi gatita en él. Y con ello, perdí un recuerdo que ninguna computadora ni lector electrónico podrán sustituir jamás.



(Publicado en Séptimo Sentido, de La Prensa Gráfica, domingo 11 de enero 2010).

viernes, enero 08, 2010

"El extraño del pelo largo", La Joven Guardia

Ya hace bastante rato que no ponemos música por aquí. Y hoy no puedo evitar poner este video de una canción que me gustaba muchísimo en mi infancia. Andar "el pelo largo" a fines de los 60 era sinónimo de "ser hippie" y el pelo largo, bueno, podía ser como el de los Beatles cuando comenzaron, o como el de Carlos Santana o Robert Plant. Ver a un hombre con el pelo "largo" en El Salvador era motivo de escándalo y cejas alzadas para los mayores que, como mi padre, decían que "todos esos peludos eran unos vagos".

Ah, inocentes tiempos aquellos...





miércoles, enero 06, 2010

¿Un poquito de tutti frutti?

- Hay gatitos que, aunque usted no lo crea, les gusta pintar. ¿Por qué lo hacen? Why Cats Paint? A theory of feline aesthetics.



- Calidoscopio, panfleto cultural.



- Carátula, edición diciembre 09/enero 10.



- Archivo surrealista: el universo del surrealismo en español.



- "Los muertos callan en la Sierra Alta", reportaje de José Luis Sanz sobre las maras en El Salvador.



- Laúd y cicatrices, un fragmento del libro de Danilo Kiš.



- Fronterad, revista digital de España.



- Una buena página sobre William Burroughs.



- Dixibook, actualidad y tendencias en el negocio editorial.



- Rollinga, noticias sobre música, literatura y otras cositas, desde Chile.



- "La muerte del autor", Roland Barthes.

lunes, enero 04, 2010

La basura o la vida

Me llama la atención que en los últimos cinco años sea muy poco, por no decir nada, lo que el país ha avanzado en materia de estimular la conciencia ecológica de sus ciudadanos. Mientras leemos y escuchamos frecuentes discursos sobre el cambio climático y la imperante necesidad de preservar nuestro planeta, ¿con qué opciones contamos los salvadoreños para contribuir, desde el ámbito doméstico y cotidiano, en la conservación de nuestro entorno?

Pareciera que, todo lo contrario, los salvadoreños estamos peleados con el medio ambiente. Odiamos la naturaleza. La odiamos tanto que derribamos bosques enteros para convertirlos en autopistas, lotificaciones, residenciales, centros comerciales y áreas de cultivo, todo en nombre de una distorsionada noción de progreso.

Al destruir esos bosques destruimos también el hábitat de especies animales diversas y desequilibramos el armónico y misterioso concierto de la vida. Después nos damos golpes de pecho y clamamos al cielo cuando ocurren dramáticos deslaves e inundaciones que dejan no sólo pérdidas materiales sino, lo peor, pérdidas humanas. ¿Pero existen campañas de reforestación permanente?

Me llama la atención también que no existan proyectos de reciclaje nacionales o locales. ¿Qué se hace con las botellas de vidrio? ¿Con los periódicos viejos? ¿Qué se hace con las odiosas botellas de plástico y con los cartones tetrapack en los que vienen tantas bebidas azucaradas y lácteas? ¿Dónde están los centros de acopio, quién organiza campañas de recolección, qué se hace con toda esa basura? ¿Dónde se compra papel reciclado? ¿Quién recicla latas de aluminio?




El hecho de que la basura ya no esté en nuestras casas y que no la miremos no significa que ya no existe. Para muchos la conciencia se alivia pensando que, sea en la propia canasta donde se tira la basura o en los rellenos sanitarios, llegarán los pepenadores a recoger el material mencionado para venderlo por unos míseros centavos. De hecho, familias enteras sobreviven de tan degradante “oficio”. Pero los pepenadores no tienen la capacidad humana ni material para recoger todo lo reciclable. Mucho queda en los botaderos, manteniéndose indestructible durante más tiempo del que nos podemos imaginar.

Nosotros moriremos pero nos sobrevivirán las bolsas plásticas del supermercado que tardan 150 años en degradarse; las botellas plásticas pueden perdurar más de 100 años. Los vasos descartables tardan mil años en disolverse y la Barbie vieja que su hija tiró a la basura este año porque le regalaron la más nuevecita, tardará 300 años en desintegrarse. Ni hablar de las botellas de vidrio, que pueden pasar intactas 4 mil años y si no me cree, puede verlo en cualquier museo de culturas antiguas, donde las excavaciones arqueológicas han rescatado objetos de vidrio de vieja data.

Hay malos hábitos cotidianos que parecen inofensivos pero que son mortales para otras especies. Por ejemplo, escupir un chicle en la calle. El chicle puede tardar 5 años en degradarse, pero lo triste es que los pájaros, atraídos por el olor del azúcar o por su aspecto, se lo comen, se les pega en el pico, quieren sacárselo con las patas y mueren sofocados.

Recuerdo que cuando era niña por los vecindarios pasaba gente comprando los periódicos viejos y las botellas de vidrio. Las garrafas y botellas en las que se vendían el aceite de cocina y las gaseosas, eran retornables. Y estaban también los “ropavejeros”, aquellos que cambiaban la ropa que ya nadie quería por una plantita.

Lo viejo era útil para otros: el papel periódico para los que hacían piñatas, las botellas para los que producían crema o miel y la ropa, pues, para quien necesitara qué ponerse. A cambio nos quedaba una planta, un ser vivo como símbolo del trueque: devolver vida por algo que ya no queremos.

Aunque hay gente que todavía está en estado de negación o que simplemente ignora el hecho, la verdad es que el clima está cambiando aceleradamente por efecto de nuestra depredación constante y seguramente nosotros, nuestros hijos y nietos, viviremos situaciones dramáticas a consecuencia de ello.

No hay que ser científicos ni viajar a los polos para ver el derretimiento de los glaciares para comprobar esto. Los calores que se viven en lugares como Santa Tecla o Los Planes de Renderos son inusuales, ya que solían gozar de un clima templado. Ni siquiera San Salvador era tan caliente como lo es hoy. Cada día es más difícil proveer de agua a todas las comunidades del país porque la deforestación y la construcción indiscriminada han secado varias fuentes y manantiales.

Quiero creer que estoy equivocada y que quizás hay programas de reciclaje de cuya existencia no tengo conocimiento. Si es así, no están funcionando de manera óptima, pues la información debería ser conocida y accesible para todos. Debería haber campañas informativas frecuentes para que los ciudadanos sepamos a dónde acudir con nuestra basura y campañas de concientización en todos los medios de comunicación que subrayen la importancia del reciclaje. Los centros de acopio deberían además estar ubicados en lugares accesibles y brindar todo tipo de facilidades para que la distancia o la falta de transporte no sean obstáculo para acudir a ellos.


El cambio climático no es algo que ocurre “allá afuera”, tan lejos que no nos afectará. Ocurre aquí y ahora, en este país y en este planeta. Y cuando se nos acabe el mundo, lo siento hermanos, pero la mala noticia es que nos acabamos todos con él.



(Publicado en Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, domingo 3 de enero, 2010).

miércoles, diciembre 30, 2009

La navidad del yonki (William Burroughs)

Este es mi regalito de fin de año para los lectores de este blog. Me topé con este animado basado en uno de los cuentos de Interzone de William Burroughs. Se llama The Junky's Christmas (La navidad del yonki), producido por Francis Ford Coppola y narrado por el propio Burroughs. Al final se pone algo cursilón para mi gusto pero... what the heck! It's Christmas!, jajaja.


Los subtítulos en español están algo extraños, como que no van al ritmo de lo leído, pero se deja entender finalmente. Y si lo que quiere es el texto del cuento, puede leerlo aquí (en su original, en inglés), junto a otros cuentos de Burroughs. Si alguien encuentra este texto en español, por favor comparta el enlace.

De paso, gracias por seguir visitando este espacio y les deseo que el nuevo año sea mejor que el que se nos acaba. Mucho mejor.







martes, diciembre 29, 2009

Libros que nos persiguen: Diarios de John Cheever

diarios cheever.jpgHay libros que lo persiguen a uno. "Books that haunt you" me parece mejor expresión. Libros que se le aparecen a uno en todas partes y que uno se queda pensando en ellos y entonces surge la imperiosa necesidad de comprarlos, tenerlos, leerlos.

Me ha pasado varias veces, por ejemplo, que he visto un libro que me gusta, pero que no lo compro porque lo siento muy caro o porque no ando el dinero o, lo peor, me entra el moralismo de “¿y para qué quiero otro libro si ya tengo un montón sin leer?” (I need another book like I need a hole in my head!). Pero uno se queda pensando en ese libro días y días y se decide por fin a comprarlo, vuelve al lugar y puf, el libro ya no está. Y después uno se pasa reclamando a sí mismo “lo hubiera comprado...”.

En el transcurso de un año se me ha plantado enfrente los Diarios de John Cheever ya 3 veces. La primera vez no lo compré porque me pareció caro, pese a que estaba en la mesa de rebajas en Sanborn’s. Pero me quedé piense y piense en el libro. Volví una segunda vez a buscarlo, pero resistí a la tentación de comprarlo. Sin embargo, seguí piense y piense en el mismo y cuando ya fui por él, decidida a comprarlo, no estaba.


La segunda vez se me apareció en Sophos de Guatemala. También caro. Y uff, yo rondándolo y rondándolo y recordando lo que me pasó la vez anterior. Pero como supuestamente iba a volver pronto a Guate ya no lo compré. Después resultó que no volví a Guate y me quedé antojada de ése y varios libros más que no compré.

La mañana del 24 tuve que ir a primera hora al banco a hacer varias gestiones. Como “premio” por la mañaneada, decidí invitarme a desayunar a la panadería San Martín. Pero estaba llena hasta el tope. Así es que pensé que quizás en Sanborn’s podría desayunar. Se podía y además había un muy buen buffet. Y ya que estaba, pues... nada me costaba ver libros.

¿Y a quién creen que me encontré? El mismo libro de John Cheever. El precio lo habían rebajado, pero seguía siendo “cariñosón”. Pero recordando las experiencias anteriores, con un cheque recién depositado, con la auto-complacencia que nos da para las navidades y pensando sobre todo que si no me lo regalaba yo, no me lo iba a regalar nadie, lo compré por fin.

Y eso fue lo que me pasé haciendo la Nochebuena y el día de Navidad (y sigo en eso), leyendo los diarios de Cheever. Con una copa de vino tinto, unos cuadritos de chocolate amargo y mi mano acariciando los suaves lomos de la linda Loli que roncaba cerca.

Leyéndolo, por supuesto, me sentí además complacida de la compra. Los géneros personales como diarios y correspondencias me gustan mucho. Me encantó la introducción hecha por Benjamin Cheever, uno de sus hijos, en los que explica que su padre tenía un profundo interés en publicar los diarios, que en realidad, no son propiamente tales. Hay bosquejos para cuentos, ideas para otros textos, pero también algunas notas sobre su vida personal, sus hijos, su esposa, su bisexualidad, su alcoholismo pero, sobre todo, su profunda sensación de soledad.

Lo que me impresionó (y gustó) de esta introducción, fue que Benjamin confiesa lo duro que fue para él y el resto de su familia, leer algunas partes de estos diarios. Pero que a pesar de ello, no quisieron manipular el material ni editarlo como para dejar bien parado a nadie. El texto escrito por Cheever es lo que es y su familia lo respetó tal cual. Suerte de él de contar con una familia tan tolerante y comprensiva con lo que es el escribir.

Porque escribir, me parece, tiene que ser con toda autenticidad, con toda franqueza, sinceridad y lealtad hacia lo que uno cree. Pese a que el oficio literario es, en gran medida, saber contar una historia inventada, saber mentir, hacerle creer al lector o por lo menos, hacerle tener la sensación, de que lo que lee es cierto o probable o verídico, el escritor tiene que ser fiel a su visión de mundo y sobre todo a lo que desea decir y transmitir, sea en la ficción o la no ficción.

En este caso, los lectores nos hemos visto favorecidos por el respeto de la familia Cheever de dejar los textos tal cual. Que en otros casos, como el de Alejandra Pizarnik por ejemplo, nos han obligado a los lectores a leer textos mutilados y manipulados en favor de no revelar “los sucios secretos” familiares o personales del autor en cuestión.

Seguiré reportando luego sobre la lectura de estos diarios.

lunes, diciembre 28, 2009

Guadalupana

Los primeros en llegar son los hombres de los caballitos. Estos son negros y blancos y tienen delicadas flores de colores pintadas en los costados. Después de montar la rueda, los hombres les dan un retoque de pintura para que se vean mejor.

Los siguientes en llegar son los vendedores de comida. Los más avispados se ponen a vender de inmediato. De noche pueden verse las luces de algunos cuantos negocios funcionando y vendiendo churros “especiales”, anchos y desfigurados. Otros venden tajadas fritas de yuca y plátano, en un exaltado homenaje al aceite.

Poco a poco la calle del Instituto de las Hermanas Somascas y la acera frente a la Basílica de Guadalupe van llenándose de improvisadas champas donde se ofrece absolutamente de todo.

En las mañanas el despertar es lento. Los comerciantes viven y duermen en sus champas, junto a su mercancía. Cuelgan cortinas alrededor de la venta para cubrir el local y duermen acomodados en colchonetas sobre la acera o el asfalto. No me pregunten dónde hacen sus necesidades ni cómo se bañan ni de dónde sacan el agua que ocuparán para hacer el fresco que venden en las pupuserías o para hervir inmensas ollas de elotes.


Cuando paso alrededor de las 9 de la mañana para ir al ciber café, muchos de ellos apenas se levantan. Algunos desayunan. Los menos ya están en pie, con la venta ofrecida al cliente, como si nunca durmieran.




Si se camina en dirección al Casino Colonial desde la Plaza Guatemala, lo más común son las ventas de dulces típicos, “elotes locos”, tajadas fritas, pescados (3 por un dólar) y las infaltables pupusas. Pero también se venden camisetas y recuerditos hechos de madera con la imagen de la Virgen además de todo tipo de artículos que nada tienen que ver con la fiesta: pulseras, relojes, películas y música pirateada, equipos de sonido, gorras con toda variedad de logotipos, entre un montón de cosas más.

En medio de aquello, sentadas sobre el asfalto, con la venta colocada sobre un trapo blanco, están un par de guatemaltecas en su traje típico, vendiendo textiles, pulseritas y pisteras de aquel país.

Para el día 11 por la mañana, todas las ventas están funcionando y surgen unas últimas comiderías. Frente a la Basílica, la variedad de productos que se ofrece es otra: candelas de cebo blancas y amarillas con un listón rojo y litografías de la Virgen y de varios santos, algunas con marcos de madera pintados en dorado, rosarios de plástico o madera. Pero también se venden camisetas, toallas, calzoncillos, calcetines y pupusas, muchas pupusas de aspecto agrietado y torpe, que me recuerdan a las que alguna vez hice, cuando niña, aprendiendo a palmear.

Del altavoz de la iglesia, una voz masculina anuncia el horario de servicios y el precio de 3 dólares para quien quiera tomarse una foto en la gruta. Y luego la música religiosa, mientras que en la pupusería junto al portón principal, un parlante escupe un regetón fervorosamente chabacán, que dice: “quítate la ropa y báilame como si fueras una vedette”.

Los primeros peregrinos y devotos comienzan a llegar con sus hijos vestidos de “indios” y hacen la fila correspondiente para entrar a saludar a la Virgen. Como premio, a la salida, podrán montar alguna de las ruedas o comerse un “elote loco”.

No todos los devotos son niños. Algunos adultos que pagan promesa van también vestidos como indios, sobre todo mujeres. Veo una que lleva un traje típico en azul y blanco y estampado en todas partes con el escudo salvadoreño.

Veo otro par que vienen a pie desde no sé dónde, caminando sobre la Carretera de Santa Tecla, que se ha convertido en un interminable embotellamiento, agravado por los carros parqueados a ambos flancos de la carretera y que se comen, literalmente, uno de los carriles. Las dos mujeres van vestidas de indias y una de ellas avanza despacio apoyada sobre un andarivel. Son acompañadas por un par de hombres canosos y al paso que van tardarán cosa de media hora en llegar hasta la Basílica, aunque faltan pocos metros.


Y están los que toman “la foto del caballito”. Durante la semana se han armado los paneles y telas de fondo que les serán alquilados a los fotógrafos. Las telas son aterciopeladas y casi todas tienen la imagen de la Guadalupana. También hay una con el Cristo de Esquipulas y otra con la Iglesia de Panchimalco. Hay un único fondo que tiene graditas y un Santa Claus pintarrajeado sobre un panel de madera.

Los colores de las telas son chillantes y las más modernas tienen un sistema que enciende y apaga lucecitas sobre las estrellas del manto de la Virgen. Frente a las telas hay toda una variedad de caballitos de madera. Se miran antiguos, muy antiguos. El que más me llama la atención es uno cubierto de piel, supongo que de vaca, café y blanco. Es pequeñito y me quedo observándolo fascinada tanto rato, que pronto acude el fotógrafo y me ofrece la foto por 3 dolaritos, para que la lleve de recuerdo a mi casa.

La medianoche del 11 de diciembre, desde el segundo piso de mi nueva morada, veo los juegos de pólvora que queman en la Basílica. Veo las luces de colores reventando en el cielo y pienso que todo esto es una especie de bienvenida. Gracias pues, a quien corresponda.



(Publicado en la revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, 27 de diciembre 2009).

martes, diciembre 22, 2009

La historia del camello que llora

camello.jpgLa historia del camello que llora retrata a una familia en el sur de Mongolia, en el desierto de Gobi, que se dedica a la crianza de ovejas y camellos. Es la primavera y las camellas y ovejas están en época de parto. La última camella tiene dificultades para parir. Pasa dos días en labor de parto y la familia tiene que ayudarla. El recién nacido camellito es blanco, pero la madre rechaza al crío.

La familia teme que el camellito muera. ¿Qué se puede hacer? Intentan varias cosas pero nada funciona, así es que el último recurso es un ritual en que es necesario traer a un violinista de una aldea cercana, que le tocará una canción a la camella. Se supone que, si el ritual funciona, la camella llorará y terminará aceptando al crío.

Sería comprensible que esta película, de producción alemana, no fuera del gusto general. Es extremadamente sencilla, y a ratos parecería ser un documental al que le falta información y explicaciones. A eso tiene que agregarse que no todo lo que se habla en mongol es subtitulado, así es que de pronto uno se queda “aleluya”, imaginando de qué pueden ir los diálogos.


Me parece valioso de esta película el retrato de la vida cotidiana de una familia en condiciones que quizás, para los consumados consumistas occidentales que somos, nos parecerían insufribles. Una vida en el desierto, en una tienda, sin electricidad y sin cientos de las supuestas comodidades que tenemos, que al final no son más que necesidades impuestas por empresas empeñadas en vendernos chucherías.

Los 2 hijos pequeños de la familia son los encargados de ir a la aldea a buscar al violinista y con ello, se nota la diferencia entre vivir aislados en el desierto y el relativo progreso en la aldea. Ahí venden las baterías para el radio que el abuelo les encarga a los muchachos. Ahí hay televisores que pueden verse con antenas parabólicas. Ahí la gente se viste con ropas occidentales y andan en motos y quedan viendo a los muchachos que llegan en camello y en sus trajes tradicionales... Cuando el niño menor regresa y habla del televisor y le pide a su padre uno, el abuelo reacciona de inmediato diciendo que no lo necesitan, que ésas son “cosas del demonio”.

Otro de los sub-temas que destacan en esta película es la relación de respeto que se tiene con los animales. En condiciones extremas como las de esta familia, cada animal representa parte del ingreso económico y de la sobrevivencia del grupo. El pelo sirve para lana, la leche es bebida (y sacrificada, como hace la abuela que, cada mañana, lanza a los 4 vientos un trago de leche para los espíritus), el animal en sí sirve como medio de transporte y carga.

La escena del ritual en particular es conmovedora. La joven madre de la familia le canta (con una voz verdaderamente preciosa), a la camella, mientras el violinista toca su instrumento (que en realidad no parece violín y sólo tiene 2 cuerdas).

En fin, una historia absolutamente diferente, a un ritmo lento pero que nos remite a lo básico de la vida y que me dejó pensando en cómo lo elemental de la cotidianidad, cómo el despojarnos de “todos los adornos” y extras innecesarios de los que nos rodeamos, nos puede reconectar con los animales, la naturaleza, los demás seres humanos pero sobre todo, con nosotros mismos.

lunes, diciembre 21, 2009

Poco a poco...

Copia  de IMG_1727.JPGA veces temo que no me va a alcanzar la vida para terminar de leer todos los libros que componen mi biblioteca ni otros tantos que, seguramente, todavía vendrán a incorporarse a este océano de letras en el que vivo nadando.

Pero verlos, tenerlos, representa la esperanza de eso, de leer y de vivir.

Intento organizar los libros y parece una tarea interminable. Un librero ya está lleno y aunque el librero más grande falta por llenarse, a ojo de buen cubero, sé que necesito otro librero más.

Ha sido un regocijo reunir los libros. Verlos. También ha sido distracción: voy ordenando los libros y me detengo a releer subrayados, poemas, páginas o pasajes que me gustaron, que me siguen gustando.


Tuve que organizar una sección de “hospital de libros”. Libros que se han estropeado por el paso del tiempo y un par de traslados involuntarios mientras yo no estuve. Libros que perdieron tapas o que se partieron o se deshojaron. Deberán pasar cirugías reconstructivas.

El paciente más grave de ese hospital es Tres Tristes Tigres de Cabrera Infante. La edición, en verdad, fue defectuosa desde el comienzo. Siempre se le zafaban páginas. Ya sufrió un par de cirugías plásticas y remiendos. Pero ahora está hecha una sopa de páginas sueltas y leerlo sería incómodo. Ni siquiera sé todavía si todas las páginas están ahí. De repente encontraba una página de un libro en medio de otros. Leía y lo identificaba de inmediato e iba juntando las páginas sueltas en un montoncito... Hay que conseguir una nueva edición.

Hay un libro francamente perdido: el primer volumen de mi Diccionario de mitología clásica fue comido por el comején. Podría enojarme o ponerme a llorar ante la pérdida, si no fuera por el fascinante diseño interior que dejaron los animalitos en su comilona. Surcos y diseños, como si se tratara de papel picado. De alguna manera lo es.

Otro libro que apareció comido fue Q, la novela escrita por el colectivo italiano que se amparó bajo el seudónimo de Luther Blisset. Ambos libros fueron comidos por comejenes ticos. En el mueble donde estaban puestos había comején. Yo las escuchaba comer de noche, pero pensé que se comían la madera del mueble, no mis libros. Ese lo dejé en CR. Q puedo bajarlo gratis de internet. Del Diccionario picado apenas me di cuenta ayer y reponerlo creo que es imposible. Y es un diccionario que uso con mucha frecuencia. Habrá también que buscar otro.


Muchas ganas de leer y releer. Y contenta al ver el primer librero, ya ordenado.

martes, diciembre 15, 2009

Escribo como Hemingway, de pie...

Escribo como Hemingway, de pie. La computadora colocada sobre el desayunador de la cocina. Recuerdo que Hemingway decía que escribir de pie le permitía concentrarse mejor. Es cierto. La posición evita que uno se distraiga o se acomode a divagar. Además decía: "¿Quién ha aguantado diez ’rounds ‘con el culo en una silla?".

No hay muebles en la casa a excepción de una cama y dos libreros.

Hay veinte cajas de libros y una gata de 15 años y 7 meses de edad.

Cuando yo sea grande, quiero ser como mi gata: ella tiene un temple, una disposición, un ánimo, una adaptabilidad y un coraje que ya quisieran tener muchas personas que conozco.


A partir del 24 de noviembre de este año, la Loli ha sido declarada “Heroína de la Patria” y “Combatiente Heroica”. Se portó bien valiente y bien digna en su primer (y espero último) viaje en avión.

Chistoso volar con un animalito. Todos se acercan a preguntarte por “el perrito” y se desconciertan cuando les digo que es “un gatito”. ¿Dejan viajar a los gatos? me pregunta varia gente. Pues sí, los dejan.

Por supuesto, la canción de ese viaje fue “El gato voladooooor”.




Hay otras 10 cajas más con papeles y materiales de investigaciones que he ido acumulando durante años para un par de novelas que quiero escribir.

Recuperar las escasas posesiones que tengo sobre la tierra y juntarlas por fin de nuevo bajo un mismo techo fue como recomponerme a mí misma, rearmarme a través de esas piezas sueltas que, mientras estuvieron dispersas y lejos de mí, me hicieron sentir como Osiris.

La emoción de desenvolver lo empacado minuciosamente en periódico e ir descubriendo lo que era. Encontrar y reencontrar cosas que ni recordaba tener. Pero al verlas, emocionarme como una niña y pegar gritos de júbilo.

Mauricio, que me acompaña a desempacar en ese momento, se ríe también. Es como una navidad.

Le digo a Mauricio: “estas cosas son mi hogar”.


Sensación de estar completa.

Tengo una vajilla incompleta para 8 personas. Tengo poco más de 20 tazas de todos los tamaños y colores. Admito que tengo una compulsión inexplicable por las tazas.

No hay internet, ni televisión, ni teléfono fijo. Y todavía no se mira cuándo los tendré porque depende de burocracias ajenas a mi voluntad.

Desde el cuarto que algún día será el estudio, puede verse el volcán de San Salvador. Y el tráfico de la carretera. Y los alambres de los postes de alumbrado y teléfono.

Desde la ventanita del dormitorio puede verse el alambre de navajas que guarda los muros. También desde el cuartito que se supondría sería de huéspedes pero que será bodega.

Desde la ventana del baño, por las noches, veo algunas luces encendidas en la torre de apartamentos de Multiplaza. Cada apartamento cuesta algo así como 264 mil dólares y ya casi todos están vendidos. ¿Quién dijo “crisis”?

Por las noches, en ese edificio, de 11 a 12 p.m., arrojan el ripio desde los pisos altos dentro de un tubo puesto en el exterior. Es como escuchar llover piedras.

Desde la ventana del baño veo también las luces de algunas casas en el volcán. Me dan nostalgia. Y envidia. Ya quisiera yo vivir en esos montes alejados y no en la ciudad.

No hay refrigerador. Estudio los variados procesos de descomposición de los alimentos. Es sorprendente lo que duran algunas cosas sin refrigeración: una cebolla cortada metida en una bolsa zip-loc dura 5 días sin arruinarse. Un queso Petacones clásico dura casi una semana. Un cartoncito de leche tarda 2 días antes de comenzar su fermentación. Las papas son casi eternas. Los huevos también. La piña puede cortarse y comerse de hoy a mañana. Las fresas también duran de hoy a mañana.


Doy mi reino por un tomate y una lechuga y una ensalada fresca y crujiente. También doy mi reino por una cerveza checa Pilsner Urquell, bien helada, pero bebida en mi casa, acomodada en el sillón azul que no tengo y viendo la tele que no tengo con el servicio de cable que no tengo.

Por las tardes, y a pesar de todo, los pericos siguen pasando sobre San Salvador, como en el poema de Alfredo Espino, a quien todo mundo desprecia por cursilón.

Desayuno, almuerzo y ceno sentada en la penúltima grada del segundo piso.

Por las noches leo o veo películas en la computadora. La computadora puesta sobre el asiento de una única silla que tengo y yo acostada en la cama.

Películas vistas: Lust, Caution. Blind Spot (sobre la secretaria de Hitler), Evangelion, Seven Samurais.

Por las noches pienso e imagino una casa llena de muebles.


No he tenido tiempo para pensar. No he tenido tiempo para sentir.

Todavía falta desempacar las 7 cajas de libros que traje de Costa Rica. Y organizar los libreros. Temo que ya no alcanzarán para guardar tanto libro y que deberé comprar otro.

El tono de mi nuevo celular es una Gimnopedie de Eric Satie.

Imprimí las 52 páginas que tengo escritas de mi novelita de ciencia ficción, que es más ficción que ciencia. Descarto una completa. Reescribiré 4. No sé cómo sigue pero continuaré.

Generosidad de gente que ni conozco.

Insomnio noche de por medio.

Leo el tercer libro de la serie Dune de Frank Herbert. Los que desprecian la ciencia ficción es porque:


a) No han leído suficiente ciencia ficción.

b) No comprenden el juego de la literatura.

c) Son unos tarados.

d) Todas las anteriores.

Y por ahí va la cosa...

lunes, diciembre 14, 2009

Por motivos de seguridad

Me gustaría vivir donde siempre he vivido en El Salvador: en Los Planes de Renderos, en una casa amplia, con ventanas que permitan entrar mucha luz y tener la vista de un jardín lleno de plantas y árboles, un espacio para sembrar yerbas y hortalizas y hacer composta, y donde mi gata pueda vivir a plenitud sus instintos felinos de correr y asolearse sobre el zacate y la tierra húmeda.

Me gustaría recibir allí a mis amigos, ofrecerles una buena comida y enfrascarnos en pláticas triviales o serias, aquellas que arreglan el mundo o lo desarman, y que ellos pudieran irse de madrugada y yo salir a despedirlos y quedarme viendo la carretera hasta que las luces de sus carros hubieran desaparecido.

Me gustaría tomar un bus y bajar al centro de la ciudad para hacer mis compras en el mercado, conversar un rato con las vendedoras o enfrascarme en el curioso juego del regateo, ir de allá para acá nada más que mirando edificios u observando a la gente (actividad que a los escritores nos encanta hacer), comer una minuta de limón o tamarindo sentada en algún banco de la plaza Barrios, leer un libro o darle de comer a las palomas en la plaza Morazán. Luego pasaría comprando algo de pan dulce en una panadería o a alguna señora instalada en una esquina con su canasto.

Volvería a mi casa en el bus, miraría la hora en mi reloj, y a eso de las cinco iría rapidito al parque Balboa a comprar unas pupusas para la cena, el mismo parque al que, en mi infancia, mi padre me llevó a aprender a andar en triciclo y a caminar entre los bambúes y los árboles de mango y manzana rosa.


Me gustaría, pero es imposible.




En las últimas semanas he andado buscando dónde vivir y en el ejercicio me ha tocado asumir que los salvadoreños hemos sacrificado nuestra forma de vida y costumbres para protegernos de la criminalidad en todas sus variantes.

Las casas no se buscan ni se alquilan en relación al gusto personal o al presupuesto disponible sino a la seguridad que te ofrece la misma. Hay que cerciorarse de que las casas tengan rejas en puertas, ventanas y garaje, alambres de navaja electrificados en los muros más altos posibles, alarmas y portones herméticos que no permitan la vista hacia el interior.

Las residenciales y colonias privadas, con tarifas adicionales por vigilancia, proveen la relativa certeza de que ahí adentro no nos pasará nada y son la opción para quienes pueden financiar un poco de paz mental.

Por favor absténganse de tener imaginación cuando se busca casa. Absolutamente todas son iguales (primer piso: sala, comedor, cocina, área de servicio, quizás un baño social y con suerte un minúsculo patio que, con algo de empeño, se podrá convertir en un jardincito. Segundo piso: tres cuartos y un baño o dos, y pare de contar). Lo único que cambia son las dimensiones y la ubicación.

Ojalá que la residencial no esté cerca de un tugurio, ni siquiera de un barrio de casas humildes o de predios baldíos y llenos de monte. ¿Habrá mareros? ¿Quiénes son y qué hacen los vecinos? ¿Por qué no se mira jugar a los niños en las calles? ¿Por qué todas las casas tienen puertas y ventanas cerradas durante el día?

Si usted quiere algo diferente, tendrá que meter la mano en la profundidad del bolsillo o jugársela en un vecindario sin vigilancia y rodeado de extraños que, es probable, no lo socorrerán ni llamarán al 911 en caso de algún percance, porque el vecino solidario ha desaparecido. Es mejor no meterse en asuntos ajenos, precisamente por motivos de seguridad.

Las residenciales no están precisamente localizadas cerca de supermercados ni otras áreas de servicio. Por lo tanto, comprar un carro se hace casi obligatorio. El carro es y se ha convertido en un medio utilizado, no estrictamente para cubrir las distancias de una ciudad que cada día se expande más, sino como otro instrumento que nos proporciona “seguridad” y que por los menos evita el riesgo de caminar por las aceras o transportarnos en esos instrumentos de pánico y vulnerabilidad en que se han convertido los buses y microbuses.


No me gustan las residenciales por el apretujamiento de casas y por la falta de privacidad que eso implica. Tampoco me gustan por la falta absoluta de creatividad del diseño de sus casas y porque me resulta inconcebible vivir sin un buen jardín. No me gusta la idea de comprar carro porque es mi humilde manera de contribuir en algo a no aumentar el deterioro ambiental. Pero lo que menos me gusta es tener que vivir de una manera que no va de acuerdo con mi concepto de calidad de vida, porque lo prioritario es sentirme “protegida” de la delincuencia.

Habitar residenciales y transportarse en carros ha hecho que muchas personas vivan en una especie de burbuja aislante que los protege de la realidad y sus amenazas. San Salvador es una ciudad por la cual a nadie se le ocurre salir a caminar y donde incluso detalles como el arreglo personal están pensados en función de no provocar a los delincuentes.

Al vivir así hemos otorgado un gran victoria a los criminales, los únicos que se mueven a su antojo y viven a sus anchas en la ciudad.



(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, 13 de diciembre 2009).

lunes, noviembre 30, 2009

Parte de guerra

Un día del año 2004, escuché un pensamiento que se venía gestando en mi interior de manera lenta, insospechada y silenciosa. Algo me dijo que debía irme de El Salvador. No tenía trabajo, no tenía ahorros, no tenía seguro ni pensión como es lo normal, por desgracia, en un artista salvadoreño. Eran tiempos difíciles. Y no tenía ninguna perspectiva por delante.

La violencia me había colmado la paciencia cuando un día se metieron a mi casa un par de hombres en pleno mediodía. Habían llevado una tijera larga, de las de empresas electricistas, y sin problema cortaron el alambre de navajas y se saltaron el muro. No lograron meterse a la casa porque ahí estaba, por casualidad, mi jardinero don Irene (un señor de Panchimalco, a quien envío mi más cariñoso saludo). Por suerte se fueron sin violentar nada.

Cuando don Irene me lo contó, pensé de inmediato: “Cuando vuelvan, no me encuentran”. Era la señal para irme.

En un par de meses, empaqué mis cosas y me fui a Costa Rica. Dar un taller de narrativa y colaborar con el suplemento cultural de La Nación era lo único que tenía en la mano. Eran como dos semillas que debía ir a sembrar.




Llegué a San José con un par de maletas, dos cajas de libros y mis inseparables compañeras, mis gatas Loli y Boni. Aterrizamos en un cuarto de siete metros cuadrados que no tenía más que una ventana alta y angosta, para dejar entrar la luz. La estrecha cama estaba en un altillo y era el único lugar desde el cual se podía ver hacia afuera. Mi primera visión en las mañanas al despertarme, durante los últimos casi cinco años, fueron los oxidados techos metálicos de las casas vecinas.

Nunca pude salir de aquel cuarto y alquilar un lugar mejor. El dinero nunca alcanzó. Nunca pude abrir el espacio que soñé y deseé. Trabajé en algo que, lo juro por los espíritus de todos mis gatos muertos, nunca vuelvo a hacer.

Revisaba textos sobre derechos humanos en América Latina. Y más de alguna vez leí informes que me hicieron llorar. ¿Cómo corregir tildes, comas y tiempos verbales cuando leés que en 1982, a la aldea Dos Erres, en Petén (Guatemala), llegaron los Kaibiles, mataron a la gente, echaron a muertos y moribundos en un pozo, violaron a niñas y mujeres y sacaron a cuchilladas los fetos de los vientres de sus madres?

Y luego, estaba Migración. Costa Rica es el país que recibe la mayor cantidad de migrantes en la región. Lo cual le ha hecho endurecer sus leyes migratorias y convertirse en un país xenófobo.

Quizás lo más sensato hubiera sido volver. Pero nunca fui sensata. Me enfrasqué en una cruzada personal que no pude dejar de pelear hasta el final. Me pasé tres años y tres meses peleando para que me dieran un permiso de residencia. Me indignó que un país centroamericano fuera tan discriminador contra sus propios vecinos. Y sentía que más que un permiso de residencia, lo que estaba peleando era el respeto de mi dignidad como ser humano.

Más por empeño que por deseo, más por testaruda que por deslumbrada con la vida en Costa Rica, llevé adelante aquella batalla con todos los rigores que exigió. Durante dos años tuve que salir a Nicaragua, una vez por mes, para reingresar y tener un sello vigente en mi pasaporte.

Y un día, después de muchos sobresaltos, angustias, depresiones, lágrimas, rabia, horas perdidas en los pasillos de Migración, tratos indignantes, sacrificios económicos, pesadillas e insomnio, por fin, me dieron la residencia.

Y cuando tuve el carné en mis manos, cuando salí de Migración aquel lunes 21 de abril de 2008, en que fui la última en ser atendida y en salir de las instalaciones. Cuando caminaba, a las 4:45 de la tarde por la calle asombrosamente desierta (porque siempre la había visto hirviendo de gente, atestada como un pequeño mercado); cuando el único ser al que pude decirle “ya tengo mi residencia” fue a un amistoso perro de color amarillo, callejero y famélico, que caminó junto a mí un par de cuadras, y me oyó decírselo mirándome con perruno interés; en ese momento por el cual había peleado, como una guerrera espartana, durante tres largos, improductivos y paralizantes años de mi vida, me dije a mí misma: “Es hora de volver”. La batalla había terminado.


Fue una victoria de la cual no sentí alegría alguna. Me había cansado demasiado la pelea, me había agotado mantener la dignidad siempre erguida. La victoria ni siquiera fue total: mi permiso de residencia me restringía para trabajar. Eso decidió el destino.

Casi dos años tardaron los dioses en indicarme cuál era el camino a seguir. Señas más claras que las del Día de Muertos de este año no pude recibir. Y mientras levanto campamento, me digo a mí misma que no fracasé. Que no puedo irme pensando que aquella lucha fue un capricho inútil.

Regreso con una maleta y varias cajas llenas de libros; con una gata, porque la otra murió; con un libro publicado bajo el brazo y ninguno nuevo escrito. Atrás no queda nada por lo cual quiera o deba volver.

Regreso como los marineros a tierra. Con varias historias qué contar. Y con la inquietud del gitano que se pregunta cuándo volverá al camino.



(Publicado en la revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, domingo 29 de noviembre del 2009).



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lunes, noviembre 23, 2009

Un suculento Tutti frutt

- Un avance de la próxima novela de Haruki Murakami, El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas.



- "Siempre escribo libros críticos", entrevista a Orhan Pamuk.



- Los noveles #37. Con Juan Sebastián Cárdenas (Colombia), Diego Otero (Perú), Rodrigo Hasbún (Bolivia), Amalia Ortíz de Zárate (Chile), Max Palacios (Perú), Luis M. Hermoza (Perú), Marian Womack (España). Y entrevistas a Mara Pastor y Eloy Fernández Porta.



- La revista española Qué leer.



- "Dónde estuviste de noche", cuento de Clarice Lispector.



- Las 902 cartas de y para Vincent Van Gogh (en inglés).



- La revista Hoy es arte.



- Los libros de Julio Cortázar: libros que le pertenecieron, que le fueron autografiados, libros anotados, erratas, curiosidades.



- "Hollywood's Favorite Cowboy", entrevista a Cormac McCarthy en The Wall Street Journal.



- Cuatro cuentistas de Costa Rica: Alfonso Peña, Guillermo Fernández, Guillermo Barquero y Juan Murillo, en la revista La otra.



- Cuartoscuro, revista de fotografía de México.



- Una entrevista de 1966 con el genial Stanley Kubrick (audio de 75 minutos).



- "We like lists because we don't want to die": entrevista con Umberto Eco en Der Spiegel.



- "La conjura de los necios: cuarenta años de la muerte de John Kennedy Toole".



- "El sueño del Eternauta", apuntes sobre Héctor G. Oesterheld.

miércoles, noviembre 18, 2009

Entre Facebook, Twitter y blogs, ¿con cuál nos quedamos?

Cada vez que escuchaba a alguien hablar con gran entusiasmo de Facebook sentía como que me estaba perdiendo de algo. Así es que un día me metí a averiguar de qué iba el asunto. La única manera de hacerlo era abriendo una cuenta, cosa que hice. Me di una vuelta por la página pero no entendí mucho ni le encontré nada fascinante. Así es que desactivé la cuenta y me olvidé del asunto.

Pero con el tiempo, comenzó a ser más la gente que me decía que “debería” abrir una cuenta en Facebook, que era muy útil (para qué sería “útil” nunca me quedó muy claro), que era interesante y no sé qué cosas más. Llegó el caso que me lo dijeron 3 personas en un mismo día, 2 de ellas cuya opinión y criterio respeto mucho y dije bueno, probemos de nuevo.

Abrí una cuenta, esta vez sí, con la intención de mantenerla activa un rato a ver qué pasaba. Y ahí estoy por el momento.


Luego de un par de semanas de estar usándolo y leyéndolo, debo decir que puedo comprender por qué para algunas personas resulta mejor que tener un blog o un twitter y que, incluso, la gente interactúa más por ese canal que, por ejemplo, a través de un correo electrónico normal. Por ahí he podido ver cómo están de grandes los hijos de una amiga muy querida que vive en España y he podido por fin lograr unas palabras de un par de amigos que son incapaces de contestar correos electrónicos.




Facebook presenta una manera más ágil de colgar mensajes, fotos, videos y enlaces, y se hace altamente participativo pues permite también que las personas registradas como “amigos” cuelguen mensajes en tu “wall” o mural, como yo prefiero llamarlo, aunque la gente lo llama “muro”.

Sin embargo, hay muchas cosas que me desagradan de Facebook:

- La imposición de abrir una cuenta para poder saber de qué se trata o para permitir que otros lean tu página. Se supondría que es por “seguridad”, pero al final cualquier persona puede abrir una cuenta con cualquier nombre y apellido y andar por ahí, pidiendo “amistad” de cualquier persona.

- El sistema de pedir y aceptar “amistades”. Yo soy profundamente quisquillosa con la aplicación de la palabra “amigo” y ciertamente no puede considerarse que toda la gente que se conecta con uno en internet lo sean o lo lleguen a ser en la vida real.

- Esto de las amistades convierte a Facebook (o Facistbook, como dice alguien que conozco), en una suerte de club privado al que se accede por invitación y aceptación. Lo que allí publico, por lo tanto, no llega a ser leído más que por ese público cautivo. Por lo tanto, no es una gran vitrina ni me parece (por lo menos no puedo concebirla así), como un directorio para buscar productos o empresas o personalidades. En todo caso, lo que circula libremente en internet tiene para mí algo más de peso o validez que lo que voy encontrando en FB.

- Una cuestión eminentemente técnica pero que me molesta es no poder usar cursivas o negritas, o poder editar después las notas para corregir errores.

Lo que sí parece algo positivo es que hay gente que, por lo menos por esa vía, está accesible y en contacto con los demás. Tengo muchos amigos que viven en otros países pero que sufren de cierta limitación o rechazo al ejercicio de la escritura o de los correos electrónicos. O que quizás, por la naturaleza de su oficio no tienen ganas o energía para sentarse a escribirle a los amigos.


Aunque me gusta la agilidad de publicación y el sistema de pestañas que clasifican el contenido, el blog sigue siendo para mí el espacio más apto para lo que deseo hacer público en internet.

Hasta el momento, tanto Facebook como Twitter me han servido, sobre todo, para compartir enlaces e información cultural, que ha sido por lo demás, la intención detrás del blog también. Ambas páginas las considero un complemento directo de este blog y si alguien me leyera en los 3 espacios, podría hasta encontrar la información repetida. En ese sentido pienso también que la popularidad que han tomado tanto FB como Twitter ha dispersado a los lectores de blogs o que ha modificado la misma naturaleza de los blogs. Cada día parece menos la cantidad de gente que actualiza a diario el suyo.

Lo ideal sería, por lo menos para mi gusto, que las plataformas de blog se convirtieran en algo más ágil y que permitieran la facilidad de compartir enlaces y otro tipo de material, que tuvieran maneras de clasificar la información para permitirle al lector una búsqueda más ágil o una lectura más selectiva. Claro, esto podría lograrse quizás mandando a hacer una página diseñada a mi gusto. Tampoco nadie me impide publicar 5 o 6 entradas diarias aunque fueran de una o dos líneas...

Hace poco leí un artículo donde se preguntaban si Twitter y Facebook están matando los blogs. No lo sé. No lo creo. (Valga la oportunidad para aclarar que si he estado algo intermitente en este blog ha sido por extremas limitaciones de tiempo... y con lo rápido que resulta publicar en Twitter o FB, he lanzado por ahí algunas sugerencias de lecturas que luego resumo en mis Tutti Frutti del blog). Lo que sí creo es que la expansión de las redes sociales mencionadas han reducido el número de lectores de blogs y que, al final del día, los que leemos blogs ya sólo lo hacemos de manera muy selectiva y de aquellos que sabemos mantienen entradas regulares y de nuestro gusto.

Lo cierto es que las redes sociales en internet se expanden y que por no sé qué enajenación que tenemos con la velocidad y la rapidez de las cosas, esperamos métodos más breves, efectivos y fáciles de contactar a los demás.

Y digo “contactar” porque la comunicación, la verdadera amistad, no se logra con un par de frases colgadas en un mundo virtual, sino en el tú a tú cotidiano; y las verdaderas redes sociales son aquellas construidas en base a la comprensión, al conocimiento del otro, al afecto y a la identificación que se logra y que nace en la vida real, la de carne y hueso.

sábado, noviembre 07, 2009

En espera

Como ya sabrán, recién regresé al Salvador y he pasado los últimos días en asuntos de conseguir casa, conectar internet y otra serie de trámites. Ojalá esta o la otra semana ya todo pueda volver a una relativa normalidad. Es el motivo por el cual este blog aparenta estar en abandono. Pero espero pronto retornar por aquí. Gracias por estar pendientes.

jueves, octubre 29, 2009

Ché: Guerrilla

chequer.jpgSe ha dicho que Steven Soderbergh y todo el equipo de producción decidieron partir en 2 la película biográfica sobre el Ché, por motivos de comercialización. Les parecía difícil que los espectadores desearan sentarse 4 horas y pico a ver una película. Después de haber visto la segunda parte, me parece que la decisión fue sabia, aunque no tenga que ver precisamente con asuntos de marketing.

Ché: Guerrilla se concentra estrictamente la campaña del Ché en Bolivia. Si la primera película culmina en el momento en que el Ché y su gente van camino a La Habana luego de la huida de Fulgencio Batista, ésta retoma la historia mucho tiempo después, comenzando exactamente en el momento en que Fidel Castro lee la carta de renuncia y despedida del Ché y en que, públicamente, no se sabe dónde está. Es decir, hay un salto de poco más de 6 años donde no sabemos de los primeros años de la revolución cubana, el tiempo del Ché como ministro de Industria y presidente del Banco Central, entre otras funciones más, y la campaña en el Congo.


El Ché se ha disfrazado para entrar bajo otra identidad en Bolivia, se despide de su familia y emprende aquella fallida aventura. La película se concentra en la recepción de los flamantes combatientes, los entrenamientos, la construcción del campamento, el asma que afecta al Ché y luego los combates que culminan con su captura y muerte.



Haciendo contrapunto con la primera parte, esta segunda es lenta, con un planteamiento absolutamente diferente. De ahí que se me haga difícil creer que todo estuvo concebido desde un inicio como una sola larga película. La primera parte utilizó como elementos narrativos el contrapunto entre la campaña de la Sierra Maestra y el viaje del Ché a Nueva York para dar su discurso ante el plenario de las Naciones Unidas en 1964 (esto último presentado en un blanco y negro granulado que le daba aires de documental). Además, en off, se escuchaban párrafos de La Guerra de Guerrillas y de algunos otros escritos del Ché, lo cual ubicaba dentro de un contexto histórico e ideológico lo que estaba ocurriendo.

Faltó información de contexto en la segunda parte. ¿Por qué se fue a Bolivia y no a otro país a formar una guerrilla? ¿Cuáles eran las circunstancias históricas del país en ese momento? ¿Cómo fue la recepción de los partidos políticos de izquierda ante esa idea? Acaso hubieran hecho falta, como en la primera película, fragmentos del diario del Ché en Bolivia para ser incluidos como contexto. El contrapunto de la primera parte está totalmente ausente en esta, donde la historia se cuenta de manera absolutamente lineal, alterada brevemente por las reuniones del presidente boliviano con gente de la CIA para organizar el combate contra la guerrilla y la eventual captura y eliminación del Ché.

Otro detalle que me pareció errado fue el uso de algunos reconocidos actores estadounidenses que, aunque de origen hispano, no dominan bien el español y estaban en roles prominentes donde era necesario un buen acento ya no se diga boliviano, pero por lo menos un fluir más natural del español. Lou Diamond Phillips como Mario Monje, secretario del PC boliviano, se mira forzado. Tampoco me convenció Joaquim de Almeida como el presidente René Barrientos.

Pienso que si la película se hubiera mostrado en su totalidad, esta segunda parte hubiera sido un peso que hubiera desmejorado el resultado total. Esta segunda parte es lenta, menos clarificadora de la situación o los personajes, tanto del contexto como de las motivaciones. Sin embargo, se rescata la fotografía y la actuación de Benicio del Toro.

Me parece también, y en todo caso, que para quienes no tengan referencias o mayor conocimiento sobre quién era el Ché Guevara, estas películas son un punto de partida que pueden motivarlos a leer sus escritos y a explorar más en su historia personal. Aunque, como ya dije en el comentario sobre la primer película, es posible que el símbolo se imponga y que las pasiones ideológicas distorsionen la verdad, distorsionando para siempre el mito creado alrededor del Ché.

miércoles, octubre 21, 2009

District 9

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district9.jpgHay varios elementos que hacen de District 9 (en español titulada Sector 9), una película novedosa e inesperada en el tratamiento de un tema que ya parece quemado en cuanto a la narrativa (literaria o fílmica) de la ciencia ficción: la llegada de extraterrestres al planeta tierra.

Por lo general, en las películas que hemos visto al respecto, se repiten los mismos elementos: extraterrestres agresivos con ansias de conquistar y destruir al planeta, que arriban en alguna ciudad de los USA, preferiblemente Nueva York o Washington, científicos y héroes militares o policiales que se meten a detener las agresiones alienígenas (mientras simultáneamente se destruyen ciudades como Paris y Moscú), y finalmente, el planeta salvado gracias al heroísmo gringo, y el héroe que ni siquiera se despeina ni suda.


Pero District 9 nos da la vuelta a todo el asunto. Y nos plantea la siguiente historia: una nave espacial inmensa se estaciona sobre la ciudad de Johanesburgo, Sudáfrica, y permanece ahí. Los humanos deciden entrar a ver qué pasa y se encuentran con una gran población de seres a los que, por mal nombre, llaman “langostinos”, por su aspecto similar al mencionado crustáceo (otra ruptura con la imagen clásica del ET gris, cabezón y de inmensos ojos u otros de formas francamente monstruosas y asquerosas).




Se llevan a todos los langostinos a vivir en un sector de la ciudad, o mejor dicho, un guetto especialmente organizado para ellos; pero luego de 20 años, la población está harta de ciertos aspectos que han hecho la convivencia entre humanos y langostinos, muy complicada. Los langostinos son acusados de causar desórdenes, guardar armas, reproducirse con demasiada rapidez y demás detalles. Una institución creada especialmente para la convivencia con estos seres es ordenada para realizar un desalojo y llevarse a los langostinos fuera de la ciudad. Que es donde comienzan los problemas.

Sin actores conocidos ni guapos ni mujeres de pechugas inquietantes, el espectador no tiene ninguna distracción para concentrarse en todos los planteamientos de la historia. Contada en forma de documental, con escenas de cámara a veces rápida, otras movida, como cintas sin edición, los datos que poco a poco vamos conociendo y que nos ubican dentro de lo complicado y delicado de toda aquella situación nos van guiando hacia la historia que, como dije, rompe todo el esquema al que ya estamos acostumbrados con esta temática.

Me llamó la atención que ubicada en la misma Johanesburgo, sin olvidar el apartheid, sean los mismos habitantes negros los primeros en desear que los langostinos se vayan o se mueran. La xenofobia y la discriminación, que no son más que la manifestación del miedo por el otro cuando es diferente, son parte de los temas planteados dentro de la historia.

Por lo demás, hay claros guiños a otras películas conocidas. Las dimensiones y la forma de la nave recuerdan a Encuentros cercanos del tercer tipo. El estilo tipo documental recuerda a Witch Blair Project.


La película ha tomado por sorpresa al mundo del cine y ha sido muy bien recibida en todos los lugares donde se ha exhibido. Producida con un bajo presupuesto (bueno, 35 millones de dólares es poco si se compara con los cientos de millones que utiliza Hollywood para este mismo tipo de temáticas...), es la primera película del director surafricano Neill Blomkamp. Precisamente el recurso limitado para producirla es otro de los elementos que se le pueden agradecer y añadir a la originalidad de esta historia y de cómo es contada. Nada de efectos estrambóticos ni majestuosos. El ambiente sucio, real, el manejo del concepto de documental, salpicado de testimonios “reales” y de escenas de noticieros filmando en tiempo real los hechos le otorga riqueza narrativa.

Lo cual viene a confirmar que siempre hay maneras nuevas de contar una historia ya contada. No se la pierda si es seguidor de este género. Tendrá una muy agradable sorpresa.



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lunes, octubre 19, 2009

Gomorra

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Cuando llegué a la página 49 del libro Gomorra, del italiano Roberto Saviano, detuve por unos minutos mi lectura. Miré la ropa que llevaba puesta. Un blue jean y una blusa negra. Recordaba exactamente donde había comprado cada una de las prendas, su precio no muy elevado pero tampoco demasiado barato. Conocía muy bien ambas marcas. Pero después de lo que había leído, me pregunté en qué oscura maquila del mundo se habrían armado esas piezas. Cuál era la historia de vida detrás de las manos que habrían cosido mi pantalón y mi blusa. Cuánto se les habría pagado a aquellas personas por su trabajo.

Cuando llegué a la página 117, que no es ni la mitad del libro, me quedó claro por qué a Saviano la Camorra lo tiene condenado a muerte. Ha escrito un libro que, con nombres y apellidos, fechas y lugares, detalles y anécdotas, retrata la intimidad completa de una de las organizaciones criminales más poderosas del planeta. Y lo ha expuesto ante el mundo entero.

Gomorra, una mezcla de reportaje periodístico y crónica con excelente utilización de recursos literarios, está escrito con tal pasión que aunque el tema no sea particularmente atrayente para algunos, tiene una garra que te sujeta de manera tal que no te permite soltarlo hasta terminar. El libro ha vendido ya más de dos millones de copias en todo el mundo, en 33 idiomas. Y si antes, el funcionamiento y los integrantes de la Camorra eran un secreto a voces en la región de Nápoles, ahora se ha convertido en un asunto de conocimiento mundial gracias a un texto muy bien escrito y a la película que se hizo en base al mismo.




Cuando llegué a la página 231, comprendí toda la rabia contenida del escrito de Saviano y por qué, pese al obvio riesgo que implicaba publicarlo, se decidió a hacerlo. Buscar la verdad de los hechos, encontrarla y luego no hacer nada al respecto, es convertirse en cómplice. Y Saviano se niega a callar, a ser cómplice.

En 1974, un famoso artículo del cineasta, escritor e intelectual Pier Paolo Pasolini titulado “Io so” (Yo sé), cuestionaba públicamente a los responsables de los atentados ocurridos durante los así llamados “Años de plomo” en Italia, sugiriendo conocer sus nombres aunque no tenía pruebas concretas para denunciarlos: “Los periodistas y los políticos, aun teniendo quizá pruebas, indicios seguros, no dicen los nombres. ¿A quién compete decir estos nombres? Evidentemente a quien no sólo tiene el valor necesario, sino que, justamente, no está comprometido en la práctica con el poder y, además no tiene, por definición, nada que perder: esto es, un intelectual. Un intelectual podría, pues, perfectamente decir en público esos nombres: pero él no tiene pruebas ni indicios”.

Saviano, homenajeando aquel artículo de Pasolini, enuncia su propio “Yo sé”. En un brutal texto de 6 páginas, asume que lo que ha vivido, visto, escuchado y descubierto no puede callarse: “Yo sé, y tengo las pruebas. Yo sé dónde se originan las economías y de dónde toman su olor. El olor de la afirmación y de la victoria. Yo sé qué exuda el beneficio. Yo sé. (...) Yo sé en qué medida cada pilastra es la sangre de los demás. Yo sé, y tengo las pruebas. No hago prisioneros”.

Y es que si lo miramos con detenimiento, el libro retrata, más allá de una problemática aparentemente local, toda una red cuyos alcances e influencia llegan a los lugares más insospechados. Maquilas de mercadería de marcas reconocidas, narcotráfico, explotación de personas, tráfico de armas, sobornos, contrabando, asesinatos e incluso la disposición de elementos tóxicos a precios menores que empresas autorizadas para ello, son parte de la amplia gama de negocios ilícitos descritos.

Pero el mal no está solamente en las actividades descritas sino en la expansión y en las consecuencias fatales que dichos negocios representan. España es utilizada como la puerta de entrada para la cocaína al resto de Europa. Menores de edad son contratados para transportar desperdicios tóxicos o para ser soldados de la Camorra. Y hasta Costa Rica y algunos países africanos salen mencionados como probables puntos de destino de desechos tóxicos, que los traficantes tenían en la mira y cuyas intenciones fueron descubiertas tras una investigación en el 2003.

Cuando terminé de leer el libro me quedé pensando en ese mundo que existe y que funciona paralelo a nuestra vida cotidiana. Ese mundo siniestro donde mandan la corrupción y el poder del dinero, las armas y la muerte. Ese mundo que la mayoría de nosotros prefiere ignorar y hacer como si no existe y al cual sólo los valientes se atreven a entrar.

Quienes lo han hecho, han pagado su precio. Saviano vive una “no vida”, como él mismo la llama, escoltado permanentemente por un grupo de carabinieri, mudándose con demasiada frecuencia y esperando las balas que la Camorra le ha prometido. Sin contactos ni relaciones personales ni familiares, para no arriesgar a los suyos.

Pero nosotros podemos leer Gomorra. Hagamos eso por lo menos. Pensemos, cuestionemos nuestro entorno. Preguntémonos de dónde viene nuestra ropa. De dónde vienen nuestros zapatos, nuestros artículos de marca. Quién pagó con esclavitud, e incluso muerte, un momento de nuestro gozo cotidiano. Qué hay detrás de cada crimen que queda impune, allá o aquí. Por lo menos hagamos eso. Por ahora. Quizás, algún día, nos atrevamos a hacer algo.



(Publicado ayer en la revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica).



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