lunes, octubre 06, 2008

Apuntes en mi moleskine mientras veo 2001, A Space Odyssey de Kubrick<

2001baby.jpg



En “The Dawn of Man”, cuando nuestros ancestros simiescos descubren que pueden tomar algo, y con ello, golpear.

El hombre descubre la violencia. Y el acto de matar.

La herramienta, the weapon of choice, puede ser cualquier cosa. Una piedra, un hueso, una quijada de asno.

Matar le puede servir para dos fines: alimentar o vencer a sus enemigos. Luego, matar cobrará otras categorías: desahogar furias, demostrar poder, causar miedo.



Los otros, los que aún no descubrieron el acto de matar, miran con espanto cómo uno de los suyos cae, no se mueve más. Está muerto. Aprenderán por el ejemplo. Matarán también, tarde o temprano.

Más adelante, mucho más adelante, el hombre descubrirá que las palabras también hieren. Y hasta matan. Simultáneamente descubrirá que el silencio o el no decir también es hiriente, asesino, doloroso.



Las naves espaciales flotando en el espacio. Tan reales.

El espacio, la soledad.

Y si no fuera por la música, el silencio.

El infinito, angustiante silencio.



La limpieza de la estructura y las naves.


La respiración del capitán Dave Bowman en su traje espacial.

El zumbido del traje mientras sale a inspeccionar la nave.

Zumbidos, respiraciones. Seguramente también el palpitar del propio corazón. Sus únicas compañías.




Júpiter y más allá del infinito:

Entrar al monolito: “Oh my God, it’s full of stars!”

(Me resulta un enigma por qué Kubrick suprimió la frase del guión. Una frase que no sabemos existe sino en el libro y en la patética seguidilla, 2010, tan alejada del espíritu visual y emocional de 2001).



La angustia visual, en colores, sonidos, formas y velocidad, del interior del monolito.



Arribar, ¿o despertar?, en un cuarto, donde Bowman es él pero es otro. Donde es él mismo pero es más viejo, donde envejece pero es un feto, donde es un anciano pero renace, donde es el astronauta pero a la vez, un hombre solitario en un lugar silencioso donde el tiempo transcurre en saltos cuánticos: una vida transcurre en un minuto, edades geológicas duran un pestañeo, la decrepitud del humano dura lo mismo que la podredumbre de la fruta.

Bowman realiza una secuencia de movimientos y actos, pero cada movimiento sucede en otra era, en otro tiempo, aunque la secuencia sea continua. Y en un espacio donde la Inteligencia Superior (¿Dios? ¿otros seres inteligentes que pueblan el Universo?), hace que mire aquello con los referentes conocidos de su pequeño, patético mundo.

¿Y dónde está ese mundo? ¿Existió? ¿Quedó atrás? ¿Es el mundo “real”? ¿Qué es lo "real"? ¿Dónde está "lo real"?

¿Está vivo? ¿Está muerto? ¿Sueña? ¿Recuerda? ¿Imagina? ¿Delira? ¿Agoniza? ¿Recapitula? ¿Es lo que los tibetanos llaman “el Bardo” u otros “el Limbo”?



Bowman vuelve al estado inicial. Al feto. Al renacuajo encerrado en una burbuja. Una burbuja tan grande como el planeta. Y que flota en el espacio.

El hombre muere y antes de renacer, se le permite ver el Universo. Es su viaje a la semilla.


Viajar es morir. Partir es morir.

Llegar es renacer. Continuar, aprender.

La vida como un viaje.

La muerte como un viaje espacial. Auténticamente.

El viaje infinito.



La muerte, entonces, es volver con los ojos abiertos a la matriz del Universo, donde todo se mira claro por primera, quizás por única y por última vez.



Luego vendrá la vida. De nuevo.

Y todo recomienza. Continúa. Termina. Vuelve a empezar.


La eterna rueda del Samsara.

jueves, octubre 02, 2008

Casa de arena

casaarena.jpgEn 1910, Áurea, embarazada de pocos meses, es llevada hasta una zona desértica del Brasil donde su esposo pretende instalar una población. Los acompaña doña María, la madre de Áurea. Luego de que los colonos que acompañan a la pareja escapan y que el esposo muere accidentalmente, las dos mujeres quedan solas y sin alimentos ni recursos en aquel paraje desolado y deshabitado.

Buscan apoyo en una comunidad cercana, donde viven descendientes de esclavos. El negro Massu las ayudará a conseguir comida y también, poco a poco, en la sobrevivencia práctica.

Pero Áurea se resiste a vivir allí para siempre y busca, afanosa y obsesivamente, la manera de regresar a la civilización. La esperanza está en Chico do Sal, un viejo mercader que viaja hasta aquella remota región para comprar sal. Poco a poco, Áurea negocia y ahorra como para emprender el viaje, pero Chico muere. ¿Perderá con ello Áurea su oportunidad de regresar a la ciudad?




Casa de arena de Andrucha Waddington narra la historia de los constantes esfuerzos de Áurea por escapar de aquella desolación. Pero la desolación no está solamente en lo agreste del paraje, un interminable territorio deshabitado lleno de dunas de arena blanca que, en algún momento, van a dar a un mar turbulento en el que a duras penas se puede salir a pescar. Los personajes también tienen un agreste paisaje interior, marcado por la historia personal o por las carencias o añoranzas de lo que no tienen en su vida.


Áurea le confiesa un día a su madre que extraña la música. Pero ya doña María se ha adaptado al lugar, no siente que tiene nada a qué volver. Áurea no la comprende. “Aquí”, le explica doña María, “ningún hombre me dice lo que tengo que hacer”. Para la madre, la distancia y la soledad son mejores que la vida que conoció.

Los papeles principales están interpretados por la siempre excelente Fernanda Montenegro y por su hija en la vida real Fernanda Torres. El director, de hecho, es esposo de Torres.

Esta película brasileña, ganadora de numerosos premios, tiene sin duda como uno de sus mayores atributos la fotografía, que logra transmitir al mismo tiempo la belleza, la desolación y lo destructor de aquel paisaje, del sol inclemente (no hay un árbol en kilómetros). “La arena camina”, le advierte Massu a las mujeres cuando les dice que la casa está construida en mal lugar. Y con el correr de los años, es cierto, la arena va cambiando el paisaje, apoderándose de parte de la casa, invadiéndola.

La historia sigue en el paso del tiempo. La hija de Áurea, llamada María en honor de la abuela, crece con una rebeldía y una inconformidad ante la vida que la hacen también obsesionarse con salir de aquel lugar. Mientras tanto Áurea, ya adulta, ha encontrado en Massu la familia que le ha hecho aceptar el lugar donde se está como un hogar, por muy imperfecto o incompleto que sea. Total, el hogar es la familia, y no el espacio físico.

El final de la película es conmovedor y a la vez asombroso. En un lugar tan lejos de todo, donde no hay radio ni periódicos ni edificios, llegan las noticias de que el hombre ha llegado a la luna...

Vi esta película en el canal People & Arts, pero no encontré en su página web nuevas fechas de programación. Pero si la ven anunciada o encuentran el DVD, no se la pierdan.

martes, septiembre 30, 2008

Paul Newman (1925-2008)

paul_newman_320.jpg



¿Cuál es su película favorita de Paul Newman?

¿La mía? Difícil quedarme con una. Me gustan: Butch Cassidy and The Sundance Kid, The Sting, Cool Hand Luke y The Color of Money...


lunes, septiembre 29, 2008

Sociedad de desecho

Hace un par de meses necesitaba imprimir un documento, pero cuando encendí mi impresora, no pasó nada. Apreté una y otra vez el botón de encendido y la máquina no respondió. Revisé cables, conectores, moví el aparato y lo intenté en otro enchufe. Nada. Tuve que ir a imprimir mi documento a un café internet.

Pasaron los días. De vez en cuando me acordaba del asunto, intentaba encender la máquina, que seguía sin funcionar, y no sé por qué concluí que lo que estaba malo era el cable que se conectaba a la corriente y que debía comprar otro.

Fui a un par de negocios buscándolo, pero los que me atendían me decían que no vendían ese tipo de cable, que iba a ser imposible conseguirlo y que mejor pensara en comprar una nueva impresora. Me parecía insólito que, tan con la mano en la cintura, me dijeran que me comprara otra, como si el dinero creciera en los árboles. Además tenía la impresión de que la máquina, que en realidad era una multifunción (impresora, escáner y copiadora), no estaba tan desvencijada. La había comprado hacía cosa de 3 años y no la había usado demasiado.

Rendida, fui al representante oficial de la marca de mi aparato, convencida de que solo ellos podrían rescatarme de aquel percance que estaba durando demasiado. Mi impresora me hacía falta y aquello de ir a pagar por impresiones en un café internet no podía continuar. Fui a dejar el aparato.

Pocos días después me avisaron que no podría arreglarse. Que la tarjeta estaba dañada y que ellos no vendían dicho repuesto. “¿Y eso qué significa?”, le pregunté a la tipa que me atendió. “Bueno, que tiene que desecharla”. “¿Cómo que desecharla? ¿Me está diciendo que la tire a la basura?” “Pues sí”, contestó ella, visiblemente incómoda por el uso de una palabra tan ordinaria como “basura”.




Le pregunté dónde bota uno su impresora vieja. Me dijo que podía dejarla allí, que ellos “dispondrían” de la multifunción. Sentí como si habláramos de un muerto. Supuse que ellos la ocuparían como repuesto para otros aparatos del mismo modelo. Y que yo, ni modo, tendría que ir a comprar otra impresora.

Ese asunto me dejó pensando seriamente en lo que una querida amiga llama la “sociedad de desecho”, que es algo así como el estadio superior evolutivo de la sociedad de consumo que hemos reconocido ser. Porque no se trata solamente de que compramos con particular entusiasmo el último modelo de celular, de computadora, de televisor o de cualquier aparatejo que nos pongan enfrente, sino que esa compra implica que botamos lo viejo sin parpadear, a pesar de que nos quejamos de que todo está caro y de que el dinero no alcanza para nada.

Lejos están aquellos tiempos en que uno se iba a un tallercito de la vecindad donde alguien se encargaba de abrirle las tripas a cualquier tipo de máquina, de arreglarla y de devolvértela de manera que pudiera durarte otro poco de años. De hecho, los aparatos de antes duraban eternidades, parecía que no se arruinaban nunca y cuando lo hacían, tenían todavía una perspectiva de vida regular después de una reparación.

Ahora todo está construido con materiales frágiles. La vida útil de los aparatos dura cada vez menos. Por supuesto, ahí está el negocio, en que un aparato se arruine rápido y de una manera tan fulminante que no quede más remedio que comprar otro, como le pasó a mi multifunción.

El afán del ser humano por crear aparatos más eficientes, veloces, funcionales y además estéticamente atractivos parece haber obnubilado con tanta euforia a sus creadores y consumidores que nadie se pone a pensar qué se hará después con todos esos chunches cuando se conviertan en “material muerto”. No contamos con lugares donde disponer de manera adecuada de nuestros aparatos vencidos, detalle particularmente grave si queremos tomarnos en serio aquello de la contaminación, el calentamiento global y demás trágico etcétera.

Toda esa basura terminará, por lo general, en algún botadero, durando más años que nuestros huesos gracias al plástico, metales y otros componentes de los mismos. Y seguirá emitiendo contaminantes por el simple hecho de estar interactuando con el medio ambiente.

Supongo que las “hueseras” y lugares donde compran objetos usados son una alternativa. Quizás estos lugares incluso se tomen el trabajo de reparar esos aparatos para revenderlos. En algunos países hay empresas que compran aparatos vencidos, pero no es algo generalizado ni tampoco se extiende a todo tipo de objetos. Sé de empresas telefónicas que ofrecen buzones para depositar los celulares y cargadores que ya no sirven o no se usan, pero no sabría dónde ir a depositar mi refrigeradora arruinada o mi televisor fundido, por ejemplo. En contraste, también supe de una distribuidora salvadoreña para una reconocida marca internacional que lanzaba al mar todo el material electrónico descartado. No sé si dicha práctica continúa, pero no se asuste si un día usted está bañándose en el mar y se le atraviesa... ¡una impresora!

Cuando el espacio me lo ha permitido, he optado por guardar los trastes vencidos en mi casa, con la consiguiente crítica de algunos amigos que me dicen que estoy “acumulando basura”. En parte, me parece más conveniente guardar los aparatos muertos en mi casa que tirarlos a la basura, porque el hecho de que estén fuera de mi vista no significa que hayan “desaparecido” o que se disponga de ellos adecuadamente. Lo malo es que con mis continuas mudanzas muchas de esas cosas terminan, inevitablemente, en un botadero.


Finalmente no tuve más alternativa que dejar a mi difunta multifunción en el taller. Me sentí traidora por abandonarla entre un montón de extraños que dispondrían de ella como se les diera la gana, que la deshuesarían, desmontarían y degradarían a pedacitos, eso si no la arrojan al mar. Después fui a comprar una nueva impresora para comenzar otro ciclo de vida de un futuro habitante del basurero municipal. Vamos a ver cuánto me dura.



(Publicada domingo 28 de septiembre en Séptimo Sentido, revista de La Prensa Gráfica, El Salvador. Para una mejor apreciación de la revista, le recomiendo consultar su versión en e-paper).

jueves, septiembre 25, 2008

Water

Water.jpgSegún las Leyes de Manú, al morir su esposo una viuda tiene tres opciones: ser quemada con su esposo, dedicarse a una vida de contemplación o casarse con el hermano menor del esposo muerto.

Muchas de ellas son llevadas por las propias familias a casas de viudas donde deberán vivir el resto de su vida natural, raparse el pelo, vestir siempre con saris blancos, no comer comida frita ni dulces, no reír, no jugar, no cantar y por supuesto, no volver a amar a ningún hombre y mucho menos pensar en casarse. Su contacto social es restringido y el simple hecho de tropezarse con alguien “ensucia” a la otra persona. Para su manutención (y la de la casa) deberán pedir limosna en las afueras de los templos. Parte de ese dinero deberán ahorrarlo para ser incineradas cuando les llegue la muerte.

Pero la estricta observación de la reglas no impide que haya un espacio para la doble moral y de ciertas prácticas que, seguramente, no son bien vistas por las mismas leyes que dictan tan estricta observancia para las viudas...

En la película Water de la directora india Deepa Mehta, se examina esta forma de vida a través de la historia de Chuyia, una niña de 9 años cuyo esposo, considerablemente mayor que ella, muere. Para la niña la separación de su familia, la imposición de severas prohibiciones que chocan totalmente con su condición infantil, la amargura y el desaliento que reina entre las viudas de la casa a donde es llevada y la perspectiva de tener que pasar el resto de su vida en aquel encierro, despiertan en ella una natural rebeldía.




Ambientada en 1938 en Varanasi, la ciudad sagrada a la orilla del río Ganges, Water cuenta con muchos detalles que hacen de ésta una película digna de verse. La fotografía es exquisita, llena de colorido y detalles. La música fabulosa. Hay ciertos diálogos, preguntas sin respuesta, que lo dejan a uno pensando mucho.

Me gustó en particular la presencia de Gandhi a través de las expectativas de los personajes. Es decir, la discusión y referencias a Gandhi y su lucha vista desde las diferentes clases sociales y formas de pensamiento de la época, crean una comprensión más directa de lo que llegó a significar para los indios su movimiento de resistencia pasiva. Para las viudas, la lucha de Gandhi representaba la posibilidad de romper con tradiciones que, luego de dos mil años, se han convertido en letra muerta.

Narayan, uno de los personajes de la historia y perteneciente a la casta de los brahmanes, habla con crudeza en algún momento sobre las miserables conveniencias económicas que significa para las familias de las castas más bajas depositar a sus viudas en una casa, desentendiéndose de ella por el resto de su vida: significa el ahorro de una cama, de cuatro saris y algunas monedas para su alimentación.

La presencia del agua y la motivación para su título son más que evidentes. El agua sagrada del Ganges donde las viudas se bañan, lavan su ropa y donde sus cenizas son depositadas al morir, sus aguas que son llevada para bendecir a las viudas agonizantes, las lluvias monzónicas y, por qué no, el agua del llanto de una tradición por demás injusta. Irónicamente, mientras observaba esta película, caía una lluvia con ímpetus monzónicos en San Salvador.

Water es sin duda una fuertísima crítica a un estado de cosas que continúa hasta el presente: según el censo del 2001, en la India existían 34 millones de viudas, muchas de las cuales continuaban (y seguramente continúan) viviendo en las condiciones descritas por la película.

martes, septiembre 23, 2008

Inventario de viaje

El taxi pedido por teléfono que nunca llega.

Caminar incrédula por el aeropuerto. Ganas, inconmensurables ganas de ir.

Escucho claramente maullar a la Loli, tanto así que en automático, me agacho para acariciarla. Pero ella no está allí.

Requesón, empanadas de frijoles, chilate con nuégados, sopa de chipilín, pupusas de queso con loroco.

Refresco de ensalada en El café de Don Pedro.

El mar. Las olas como un mantra en movimiento, cuya constancia te hace entrar en trance.


Cangrejos ermitaños cargando sus casas en la noche.

Luna llena en el mar. Hace frío.

Desconexión. Todo está lejos. Nada está aquí, está “allá”; no ocurre aquí, ocurre “allá”, tan lejos que no me toca.

Estar ante un librero y que te digan “agarrá los libros que querrás”. Y sentirme como niña en dulcería, y por supuesto, tomar libros.

Dormir la siesta rodeada de los libros recibidos, como un niño cuando duerme con los juguetes recién recibidos en Navidad.

Leer El pozo de Juan Carlos Onetti.

Historias tristes de suicidios.


Historias tristes de desamores.

Terracita con bolas de alcanfor para espantar murciélagos.

Reencuentros. Personas, lugares, palabras, acentos, fisonomías, olores, formas, colores.




El bálsamo de los amigos, en particular, de aquellos que no te juzgan ni te critican y que nada más te quieren. Nada más te quieren.

La esperanza que nunca perece.

El estridente eco de mi risa.

Ideas que pugnan por ser escritas. Semillas. Reconocimiento de un ambiente estéril. Reconocimiento de rincones oscuros a los cuales preferiría no regresar.

Noticias de gente que no está.


Preguntas y conceptos formulados por otros y que me hacen pensar en cosas. En muchas cosas, no siempre agradables.

La ilusión de un espacio. No un espacio. Una casa. No una casa, un hogar. Imaginar a la Loli y a mí en ese hogar.

Reconocer los síntomas del ciclo que termina.

El deseo, el ferviente deseo de llegar. De ya no moverme.

Cansancio. Euforia. Tranquilidad. Optimismo. Serenidad. Envidia. Dudas.

Frustración. Mucha. Profunda, rotunda, desanimante frustración.

Llanto hasta las 3 de la madrugada.

Pantagruélica cena en Mandarin Garden con Salvador y Jorge.

Cafés en horas impropias. Es decir, casi a medianoche. Y sin embargo poder dormir.


Comer de todo, como si fuéramos inmortales.

El mercado como un museo. Como un recordatorio de lo que soy.

San Simón. Oraciones. La iglesia del Calvario.

Copal de las Guatemalas.

La iglesia de la Candelaria, rodeada de huelepegas.

El recuerdo de mi padre.

Mi biblioteca esperándome. Yo extrañando mi biblioteca.

En busca de una botella de Tanqueray. El vodka, no el gin.

Fotos. Odio que me tomen fotos.


No hay ostras en El Palmarcito.

Escenas imaginarias en El Sunzal.

Superlativa sorpresa al encontrar La niña del pelo raro de David Foster Wallace.

Un gran ausente.

Las tentaciones vienen en forma de libro: Lobo Antunes. Bulgakov. Si cuando vuelva en un par de meses los encuentro son míos, me digo.

La serenidad y la sabiduría de Mauricio.

Los rizos de María. Su cariño que desarma.


La infinita paciencia de Mildred. Y de Pedro.

Los ex compañeros de armas.

Intercambio de confidencias con Beatriz.

Una foto de hace tanto tiempo atrás. Cuando era joven, infeliz e indocumentada. Sobre todo infeliz.

Nostalgias.

Una novela imaginaria que se va armando sola. Ahora sólo falta escribirla en esta dimensión.

Espinas, dardos, palabras que hieren.

La lluvia de madrugada.

Los grillos en la noche.


Canarios cantando sobre el alambre de navajas.

Caminar bajo la lluvia y recordar otra caminata bajo la lluvia en otra ciudad cuyo nombre es mejor no mencionar.

Algo de ansiedad. Y el silencio ajeno.

Dar un voto de confianza. El receptor del voto de confianza no lo sabe.

Si el miedo no existiera.

Si el orgullo no existiera.

Repito: la esperanza nunca perece.

Ganas, muchas ganas de escribir.

Ganas, muchas ganas de leer. Literatura, claro.


Alguien junto a mí en el avión que me reconoce por la foto de la columna.

Dolores Escudos que corre maullando, entre jubilosa y quejumbrosa, a recibirme. Sus grandes ojos amarillos que me miran una y otra vez, incrédula, como diciendo “volviste, volviste”. Su sentarse encima de mí. Su felpudo cuerpo incapaz de contener tanta alegría. El ronroneo. La caricia.

En menos de un mes, nuevo viaje.

Soñar otros viajes. Más viajes. Nuevos viajes.

Soñar llegar.

miércoles, septiembre 17, 2008

Las dimensiones paralelas y el suicidio de David Foster Wallace

42339146.jpgSiempre que viajo tengo la extraña sensación de que vivo en una dimensión paralela pero ajena a “la vida real”. Me desconecto tan completamente de todo, a pesar de que veo noticias y leo el periódico, que las cosas parecen ocurrir más lejos de lo que ocurrirían si yo estuviera en lo que uno llama “casa”. No es que ocurran en otro planeta, ni en otro país, sino que ocurren exactamente allí, en mi vida que no es la de siempre pero en una dimensión paralela, en una dimensión ajena a la realidad. Ocurren “allá donde vivo” pero no ocurren “aquí donde estoy”. Como si la realidad cotidiana fuera la única “real” y la realidad pasajera de un viaje fuera irrealidad.

Quizás esa sensación viene de la desconexión o del rompimiento absoluto de las rutinas. Estar en otros lugares, ver otras gentes, comer de la manera en que uno no come usualmente, hacer cosas en otro horario… la realidad se trastoca. Ese rompimiento de la rutina muchas veces me parece mucho más agradable, aunque no sé cuánto tiempo sería capaz de soportarlo. Vivir sin horario, sin obligación, haciendo las cosas con una flexibilidad limitada de tiempo (es decir, hay un límite y es la fecha de partida). En fin, yo me entiendo.

Todo esto para decir que, en medio de un periódico me encontré una muy discreta nota sobre el suicidio de David Foster Wallace, un escritor bastante desconocido en nuestras latitudes. De toda la gente que conozco sólo hay uno que yo sé lo ha leído.

A Foster Wallace lo leí hace años. Un librito llamado Brief Interviews with Hideous Men (Entrevistas breves con hombres repulsivos). Lo leí (y me lo hice traer de los USA), porque había leído maravillas sobre el tipo. Me llamaron la atención algunas historias, su sentido bastante irónico y cáustico del humor y algunos recursos como la utilización de notas al pie de página o de un tono tan serio que no sabías si lo que leías era un ensayo, una nota de periódico o qué. Es un libro que todavía conservo, por cierto. No volví a atravesarme con nada suyo en el camino. Y tampoco volví a saber mucho de él.


En fin, la esposa lo encontró ahorcado en su casa el viernes pasado. Tenía 46 años. Y su novela Infinite Jest o La broma infinita fue incluida en una selección de críticos del Times como una de las mejores 100 novelas desde 1923 al día al presente.



martes, septiembre 16, 2008

Sin fecha de vencimiento

Una de las grandes lecciones de vida que me dejó mi padre, sin enunciarla expresamente, fue que la edad no es impedimento para hacer absolutamente nada. Tuvo su último hijo a los 63 años, compró su primera computadora a los 90, manejó hasta los 94 años y viajó y cruzó el Atlántico más de una vez todavía en su ochentena.

Mi padre no fue un hombre de sueños extraordinarios ni obsesiones rocambolescas, pero nunca tomó una actitud derrotista ante su edad. Creo que de hecho no tenía consciencia de ella. Aunque desde niña siempre le escuché decir que estaba “viejo” y que “ya se iba a morir”, duró todavía 40 años con una salud envidiable, sin hacer referencia precisa a sus años, sin celebrar su cumpleaños pero, sobre todo, sin permitir que su edad definiera lo que debía o no hacer en la vida.

Crecer junto a una persona así hace que uno asuma ciertas cosas como naturales. Heredé y asumí esa inconsciencia de la edad. Nunca celebro mi cumpleaños. Me siento bastante menor de los años que tengo. No he cambiado mis hábitos o actitudes nada más que porque el calendario dice algo que no siento. Trato de vestir “como yo” y no como “una persona de mi edad”. Cuando cumplí los 40, lo celebré haciéndome un par de tatuajes (y tatuarse es solo para jovencitos, ¿verdad?). Y no descarto otro tatuaje para conmemorar los 50.




Conozco a “ancianos” de 40 años que asumen una actitud derrotista y se ponen en plan de “las cosas que hay que hacer a nuestra edad”. A mujeres que creen a pie juntillas que de los 35 en adelante hay que, obligatoriamente y en una actitud de autocastigo, cortarse el pelo y dejar de teñirlo, que hay que vestir de colores oscuros y de manera discreta, quemar los blue jeans y las blusas con escote o sin mangas. Gente que renuncia a los planes y sueños de toda una vida porque considera que “ya el tiempo pasó” y se resigna a una rutina de vida que los consume en la frustración y en una vida gris y sin alicientes. Algo que me causa un rechazo visceral. De gente así, ancianos en cuerpos jóvenes, huyo como de la peste.

Estoy convencida de que detrás de la edad hay una actitud personal. Aquel dicho de que la juventud está en el corazón tiene mucho de cierto. Mantener esa juventud en el corazón es el resultado de un trabajo de autoobservación constante, un no rendirse ni dejarse abatir ante la vida, una manera de seguir creyendo en todo aunque el entorno se presente imposible. Mientras se esté vivo puede seguirse construyendo, soñando pero sobre todo realizando o, por lo menos, intentando realizar.


Es un esfuerzo constante y, no lo niego, difícil. Demasiadas veces dan ganas de rendirse, de bajar los brazos y decir “bueno, que la vida haga lo que quiera conmigo”. Pero nada me parece más dramático y triste como que alguien muera con la frustración o el arrepentimiento de las cosas no realizadas o ni siquiera intentadas.

La sociedad no ayuda. Vivimos en un tiempo donde se nos imponen distorsionados parámetros de belleza, inteligencia, capacidad y desarrollo. La belleza física parece que solo les corresponde a los menores de 20. Una persona que se enamore a los 50 o más años se supone ridícula. El amor no es para “los viejos”, mucho menos el sexo. Las empresas favorecen empleo para los menores de 30, muchas veces descartando a personas con más experiencia o preparación, solo porque ya pasan de cierta edad. Si hay recortes de personal en algún lugar, los mayores de 40 tiemblan. Para los escritores y artistas hay restricciones de edad para acceder a becas o a residencias.

Para las mujeres, el peso de la edad es todavía peor. Una mujer que esté sola a los 40 es señalada con términos despectivos como “solterona” o “cuarentona”. Si la menopausia la arrastra a la obesidad, está frita. Ni qué decir de su rostro, sus tetas o su trasero. Si las cosas no están en su lugar, se la condena a la soledad y al destierro emocional y aun así, encontrar pareja después de cierta edad es virtualmente imposible. Los hombres las prefieren jóvenes, muy jóvenes.

¿Y qué hacemos con nuestros mayores? Las más de las veces los toleramos con fastidio, nos burlamos de sus opiniones y de su manera obsesiva de recordar el pasado y, si podemos, los relegamos a asilos que degradan su condición de seres humanos al de simple estorbo biológico, donde con toda seguridad, su tiempo de vida se acorta por la depresión de verse relegados al ocultamiento y a pésimas condiciones de vida entre un montón de extraños.

Lo que más me llama la atención del constante desprecio que veo y vivo en carne propia sobre la edad es que, por lo general, viene de gente menor, de gente que no cumple todavía los 40. ¿Nunca se ponen a pensar que para ahí vamos absolutamente todos? ¿Y que, en último caso, todo ser humano, no importando si es hombre o mujer, no importando su edad ni su condición económica, racial, opción sexual, política o religiosa, merece simple y sencillamente nuestro respeto?

Pareciera como que si no lograste “el triunfo” antes de cumplir los 40, deberías de ir comprando tu ataúd y sentarte a esperar discretamente y en un rincón oscuro tu muerte, porque ya no estás en capacidad de hacer nada más.

Por desgracia, somos juzgados a partir de nuestra edad y no por nuestros talentos, nuestra personalidad y nuestras cualidades. Somos juzgados por nuestra apariencia, un parámetro de medida tan volátil que hoy somos requeridos y mañana despreciados. Olvidan muchos que las personas no tenemos fecha de vencimiento ni de descarte, muchos menos si viene impuesta desde afuera y por extraños.

Solo por eso, cuando cumpla 80, me tiro en paracaídas. Eso sí, abrazada a un guapo y musculoso galán, faltaba más.



(Publicado el domingo 14 de septiembre en Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador).

jueves, septiembre 04, 2008

Una nueva etapa...

A partir de hoy este blog entrará en estado de irregularidad. Es decir, no podré actualizar con la frecuencia con que suelo. Motivos hay muchos, pero el principal es la falta de tiempo, que como suele pasarnos a muchos, debe invertirse más en esas tareas con que nos ganamos los centavos que en las cosas realmente placenteras y enriquecedoras.

No sé cuánto tiempo durará esto pero el blog no se cerrará del todo. Por lo menos estaré posteando las columnas quincenales, y seguramente una que otra cosa de vez en cuando.



Gracias por acompañarme como lo han hecho hasta ahora.

Y seguimos en contacto.

viernes, agosto 29, 2008

"La ciudad", Konstantin Kavafis

A veces uno lee un poema y dice "qué bueno". Luego, mucho tiempo después, uno lee el mismo poema, y nos sigue pareciendo "bueno", pero las circunstancias y la experiencia nos hacen comprender realmente la magnitud de su significado. Eso me pasó a mí esta semana releyendo esto de Kavafis.





Dices "Iré a otra tierra, hacia otro mar

y una ciudad mejor con certeza hallaré.

Pues cada esfuerzo mío está aquí condenado,

y muere mi corazón


lo mismo que mis pensamientos en esta desolada languidez.

Donde vuelvo mis ojos sólo veo

las oscuras ruinas de mi vida

y los muchos años que aquí pasé o destruí".

No hallarás otra tierra ni otra mar.

La ciudad irá en ti siempre. Volverás

a las mismas calles. Y en los mismos suburbios llegará tu vejez;

en la misma casa encanecerás.

Pues la ciudad siempre es la misma. Otra no busques


-no hay-,

ni caminos ni barco para ti.

La vida que aquí perdiste

la has destruido en toda la tierra.





(Traducción de José María Álvarez,

Poesías completas, Ediciones Hiperión, Madrid 1982).

jueves, agosto 28, 2008

Leyendo "La sirena", un cuento de Ray Bradbury

No me gusta ir al banco. De hecho, si hay algo que me desagrada hacer es gestiones y papeleos de cualquier tipo. Pero de un tiempo para acá, cuando voy al banco o a cualquier lugar donde sé que hay que esperar, hay algo “positivo” para mí: el tiempo de espera (que por lo general suele ser de una media hora) es casi que del poco tiempo “libre” que tengo para leer. Leer literatura, claro está.

Un día de estos tuve que ir al banco a hacer un reclamo pues me estaban cobrando dos veces más una compra que hice en el super. O sea, si no reclamaba, me la cobraban tres veces.

Un nuevo sistema de numeración para atender a los clientes en el Banco Nacional de San Pedro, menos que agilizar los trámites, ha hecho los tiempos de espera algo más largos pero también impredecibles, porque los números otorgados tienen combinaciones de números y letras y es algo así como una lotería saber cuál es el que sigue, pues no tienen un orden estrictamente numérico ni alfabético. Todo lo cual no me molestó en absoluto. Tenía conmigo Las doradas manzanas al sol de Ray Bradbury, que me lo encontré en liquidación a un precio de tirarse al suelo y tener risa convulsiva.

El primer cuento de ese libro se llama “La sirena”. Y qué cuento más precioso y a la vez, tan triste. Daban ganas de pararse en una silla, detener al banco completo y leerles el cuento para que todos lloráramos al unísono y volviéramos a sentirnos vivos, para que pensáramos en el amor, en la soledad y en el dolor de estar solos... ya me miraba sacada por los guardias con camisa de fuerza derechito para el manicomio o por lo menos para la Oficina de Investigaciones Judiciales (OIJ), como sospechosa de distraer a todos para seguramente planear un robo, o algo así.




No voy a decir de qué va el cuento, porque está tan bien escrito que lo que yo pueda decir al respecto no le haría justicia alguna. Mejor léanlo. No encontré una versión idéntica a la de mi ejemplar, que está en Minotauro, con traducción de Francisco Abelenda. Pero se podrán hacer una idea.

Nada más les reproduzco un fragmento (versión Abelenda). Y cuando lean el cuento completo, vuelvan y me cuentan.



–Los misterios del mar –dijo McDunn pensativamente-. ¿Pensaste alguna vez que el mar es como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre distintos. Es raro. Una noche, hace años, yo estaba aquí solo, cuando todos los peces del mar salieron ahí a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos, roja, blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los ojitos. Me quedé helado. Eran como una gran cola de pavo real, y se quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de peces desapareció. Imaginé que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa qué debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios-luz que sale del faro, y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron ver a Dios?

martes, agosto 26, 2008

En Nicaragua

Portada nuevo amanecer 23082008.jpgEl fin de semana pasado fui honrada con ser portada del suplemento "Nuevo Amanecer Cultural" de El Nuevo Diario de Nicaragua, uno de los suplementos con los que colaboré bastante durante mis años de habitar en aquel país.

El motivo de la portada fue la reproducción del generoso comentario que hiciera Lilian Fernández Hall sobre mi reciente libro El Diablo sabe mi nombre y también el comunicado de prensa de Uruk Editores de Costa Rica, sobre su exportación de libros por la región.


Por ello y desde aquí, mis agradecimientos a Eunice Shade, a Lilian Fernández y al "Nuevo Amanecer" por las gestiones y la deferencia.

lunes, agosto 25, 2008

El camino

8011.jpgHacer cine en Centro América es una hazaña tan grande, que cuando alguien se aventura a filmar un largometraje, son muchas las expectativas sobre el resultado. Es una constante en dichas hazañas la limitación de medios, sobre todo económicos, que a veces alargan durante mucho tiempo las producciones o limitan algunos asuntos de calidad estrictamente técnica. Hay buenas ideas, buenas historias. Hay también personal calificado y con el talento para llevar a cabo tales empresas.

Cada película filmada y producida en Centro América resulta en ese sentido un auténtico triunfo. Pero eso no la exime de los posibles fallos y limitaciones del resultado final. Hay quienes tienden a ser muy benévolos y disculpar todo tipo de errores. Se hizo la película y es lo que importa, no el resultado, parece ser el lema de algunos. Para otros, la temática planteada puede ser el punto de disculpa.

En el caso de El Camino, de la costarricense Ishtar Yasin, las expectativas eran mucho más altas, debido a que primero se estrenó en varios países y festivales de cine alrededor del mundo y no es hasta un año después de su producción final que la película se estrena en Costa Rica. En algún momento pensé que quizás la estrategia partía de aquel lamentable dicho nuestro de que “nadie es profeta en su tierra” y que Yasin sentía necesidad de validar su película en el extranjero para estrenarla finalmente en Costa Rica. Esto son meras especulaciones mías, conste. Porque la verdad ignoro por qué se estrenó tan tarde acá. En todo caso, me fui con la mejor de las intenciones al cine. Pero salí bastante decepcionada.




El camino narra la historia de Saslaya, una niña que decide un día, cansada de los acosos sexuales de su abuelo, irse de Nicaragua a Costa Rica a buscar a su madre, quien habría migrado varios años antes y de quien apenas tienen noticia. La niña se lleva a su hermano Darío, quien es mudo. El padre de los niños murió hace mucho y parece no haber más familiares. Juntos, los niños comienzan un viaje atravesando Nicaragua, enfrentando diversas circunstancias y conociendo numerosas personas, algunas de las cuales tendrán (predeciblemente) influencia en los sucesos finales de la historia.


La película descansa más en imágenes que en diálogos, y esto puede hacer que el ritmo de la película sea algo lento. A pesar de ello, la trama se transmite bien. Creo que la pobreza de las condiciones de vida de miles de nicaragüenses queda bien retratada y para ello no se utiliza un discurso lloricón. Hasta allí estamos bien.

Sin embargo, hay ciertos recursos y elementos visuales utilizados en la película que me parecieron lugares comunes. Por ejemplo, cada vez que Saslaya llega con Darío a algún lugar, siempre hay una feria, una fiesta, una banda tocando música, etc. Parecería que nuestros países viven en una perpetua parranda. El simple transporte de una virgen en el barco que viaja a San Carlos de Nicaragua, se transforma en procesión (con banda de música y cohetes incluidos) llegando a puerto, y culmina con una quema de incienso que deja la pantalla en blanco durante un tiempo demasiado largo para mi gusto.

Y luego hay un recurso que sinceramente no me gustó para nada. Un par de hombres encuentran una mesa cualquiera en el botadero de Acahualinca de Managua, y se la llevan. A esos hombres los estaremos viendo en varios momentos de la película, es decir, atraviesan toda Nicaragua con esa mesa vieja y hasta cruzan ilegalmente la frontera tica con la mesa. Como recurso visual es válido, pero creo que se les pasó la mano, porque era algo absolutamente ilógico ir a sacar una mesa vieja de un botadero de basura y cruzar con eso todo un país y hasta la frontera. Ya cuando vi esa escena estuve a punto de irme.

Quizás, en el fondo y ahora que lo pienso, la película esté más dirigida a un público foráneo que a uno local (y quizás por eso la paciencia de presentarla tanto tiempo después en Costa Rica). Es decir, el intento es el de hablar sobre los efectos de las migraciones en los seres que quedan atrás, en las familias incompletas, en los dramas de los niños que tienen que crecer sin sus padres a merced de situaciones que son amenazantes para ellos.

Luego de todas las buenas opiniones sobre El camino y el par de premios que la película ha ganado, me queda un sabor contradictorio. Es un triunfo, es cierto, y un gran esfuerzo, haberla filmado. Pero en lo personal, la película no me tocó pese a mi profundo interés en el tema de las migraciones, pese a conocer Nicaragua y vivir en Costa Rica. Faltó algo o quizás hubo demasiado. El final se me hizo muy predecible.

Pero no me hagan caso. Como escritora creo que estoy demasiado conciente de los andamiajes y las estructuras de las historias como para dejarme llevar por sus finales o intenciones. Véanla y me comparten su opinión.

jueves, agosto 21, 2008

Recomendaciones

-"Al centro y violento", una entrevista con Horacio Castellanos Moya en Radar Libros.



-La Revista Ping Pong No. 8 ya está en línea. Con poemas de los participantes del VII Festival Internacional de Poesía de Costa Rica entre varias cosas más.



-José Saramago ha terminado de escribir su última novela. Por simacito no lo logra pues estuvo bastante mal de salud durante su escritura. Se llama El viaje del elefante y hay un fragmento de la misma en su página web.



-Y si tiene Cinemax, no se pierda esta noche a las 9:15 p.m. (hora centroamericana), Festival Express, un documental sobre el tren que recorrió Canadá en junio de 1970, con varios músicos como Janis Joplin, The Band y Grateful Dead.



-Y para que se vayan poniendo en ambiente: Janis Joplin junto a Big Brother and the Holding Company con "Combination of the Two". Y recuerden: "El tequila es para continuar" (Janis Joplin y la Cayetana dixit)... ;-)



miércoles, agosto 20, 2008

Yoda, el gato con cuatro orejas

468x699.jpgValerie y Ted Rock se encontraban de visita en un bar cerca de su hogar en Chicago, cuando notaron una jaula sobre la barra y a la gente pasando un gato de unas manos a otras. El dueño le estaba buscando un hogar.

Los Rock recién habían enterrado a un gato que tenía poco más de 20 años de vivir con ellos y estaban tan dolidos que habían decidido no tener ni un gato más. Pero entonces les pasaron al minino y éste se echó a dormir sobre la nuca de Ted. Eso fue suficiente para fascinarlos, pese a que el gato tenía “un pequeño detalle”: tenía 4 orejas.

Cuando lo adoptaron decidieron llevarlo a un veterinario para que examinara la situación. El veterinario admitió no haber visto jamás antes un caso igual. Decidieron llamarlo Yoda, en honor al personaje de La guerra de las galaxias.

Yoda vive una vida muy normal. Es muy sociable, le fascina el pan y es poco vocal. Valerie apenas se da cuenta que está ronroneando cuando le pone un dedo sobre la garganta para sentir la vibración.



En internet pueden encontrarse varios de estos curiosos casos de gatos con cuatro orejitas. Según una página bastante exhaustiva sobre curiosidades médicas felinas, dichas orejas extra no tienen capacidad auditiva y son mutaciones genéticas. En los años 50 se creía que estas mutaciones afectaban el cerebro de los gatos, pero variados casos en diversos países del mundo lo desmienten. Y salvo casos bastante excepcionales, dichos felinos suelen llevar una vida absolutamente normal.

martes, agosto 19, 2008

¿El trabajo ennoblece...?

Hay épocas en que me siento con la cabeza en blanco y no acude ningún pensamiento a mi. Como si el viento no soplara, como si todo se hubiera detenido.

En esos momentos, el blog sufre.

Estoy segura que necesito unas buenas vacaciones, de esas de estar un mes (sí, 30 largos días) tendida en alguna playa, por ejemplo, y no hacer nada, no preocuparse por nada, no estar centaveando ni angustiada por las finanzas ni por los tiempos por venir, de no leer, no escribir, no ver computadoras, correos ni noticias, 30 días para ser y estar.

Nada más ser y estar.

Y que los pensamientos viajen dentro de mi cabeza como barquitos de velas blancas en un soleado día de verano, cielos celestes y nubes en forma de conejitos.

Es en días así cuando atracan trasatlánticos en mi cabeza, barcos con historias grandes y pequeñas, con pequeños ratoncitos de palabras que se esconden y que yo tengo que perseguir por pasillos y agujeros pero que termino encontrando y hasta haciéndonos amigos.


Repito: necesito bien urgente unas vacaciones largas.

Pero por ahorita, ni pensarlo.

De vuelta a la esclavitud.



¿Quién fue el idiota que dijo que el trabajo ennoblece al hombre?

Quizás se confundió, o alguien lo escuchó mal. Debe ser que dijo: el trabajo embrutece al hombre.

Me siento el vivo ejemplo de eso.

lunes, agosto 18, 2008

¿Dónde están los editores salvadoreños?

En los últimos días de julio, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guatemala (FILGUA), cuatro escritores salvadoreños presentamos tres novelas y un libro de cuentos.

Rafael Menjívar Ochoa presentó Trece, Vanessa Núñez Handal, Los locos mueren de viejos y Jorge Galán El sueño de Mariana (de la cual esta misma revista presentó un generoso avance hace un par de semanas). Todas fueron publicadas en la guatemalteca F&G editores, uno de los sellos más consolidados de la región y que comienza a proyectarse internacionalmente.


Yo presenté mi libro de cuentos El Diablo sabe mi nombre, publicado en Costa Rica por Uruk Editores, un pequeño sello independiente que ha firmado un visionario acuerdo con Fondo de Cultura Económica para utilizar su estructura y poder distribuir sus ediciones en toda la región.

A esta lista de salvadoreños publicando fuera del país podemos agregar a Horacio Castellanos Moya, Claudia Hernández (quien ha publicado en Guatemala también) y Róger Lindo quien publicó su excelente primera novela El perro en la niebla, en una editorial de España.

Esta lista creciente de salvadoreños que publicamos en el exterior, si bien es motivo de celebración, debe servir también como un espacio de reflexión. Porque lo cierto es que detrás de esto hay una verdad contundente: si no publicáramos nuestros libros fuera del país, ya no publicaríamos nada. ¿Por qué? Pues porque en El Salvador, simple y sencillamente, no hay espacios de publicación.

Desde hace demasiados años el sector editorial salvadoreño está tan deprimido, que muchos de los escritores nacionales han optado por la auto publicación como único recurso para dar a conocer su trabajo.




Una de las editoriales que casi a marcha forzada publica algunos pocos títulos al año es la Dirección de Publicaciones e Impresos de Concultura, la cual se ha enfocado en autores noveles a través de la serie “Nueva palabra”, pero que ha descuidado la continuidad de otras de sus colecciones importantes, como “Ficciones” o la colección de poesía.

Clásicos Roxil, hasta donde sé, continúa con su línea de libros de texto y quizás algún que otro título nuevo del cual a duras penas nos damos cuenta. Y creo que ahí se para de contar en cuanto a publicaciones de ficción de autores nacionales.


Desafortunadamente siempre que se toca el tema, los editores o los involucrados en esta área se ponen a la defensiva y para justificar la escasa producción editorial recurren al trillado pretexto de que “en El Salvador no se lee”. A este problema se agregan la falta de distribución y de difusión de la obra nacional.

Por desgracia da la impresión de que hay una actitud de cruzar los brazos y de no empeñar ni el mínimo esfuerzo para dar a conocer el libro salvadoreño, dentro ni mucho menos fuera del país, como si eso no valiera la pena hacerse. Y daré dos ejemplos.

En la Feria Internacional del Libro de Costa Rica, celebrada a fines de junio de este año, se instaló un pabellón centroamericano, para resaltar las publicaciones de cada uno de nuestros países. Pero la Cámara Salvadoreña del Libro hizo algo que me resulta enigmático: llevó libros solamente en exhibición. Peor aún, varios de los libros no fueron facilitados por las editoriales sino que pertenecían a bibliotecas personales de dos o tres personas que generosamente los prestaron.

En la FILGUA (que se está proyectando como la feria del libro más importante de Centro América), no hubo representación de ninguna editorial salvadoreña, a excepción de UCA Editores. La Cámara Salvadoreña del Libro brilló por su ausencia.

Que se desaprovechen vitrinas de gran público como las ferias del libro o que no se publique literatura en El Salvador, me parece el reflejo de una falta de visión de las instituciones salvadoreñas, incluida la empresa privada. Si bien publicar libros no es una actividad tan lucrativa como lo es vender pollo frito o hamburguesas, invertir en la cultura de un país consolida un capital humano con valores morales y estéticos que buena falta nos hacen.

Estoy segura de que en El Salvador hay suficiente dinero como para fundar una editorial que se dedicara a publicar, de manera consistente, novelas, cuentos, poesía y toda la abundante cantidad de literatura salvadoreña que se produce actualmente. Si lo han logrado otros países de la región, ¿por qué no nosotros?

Supongo que la Cámara Salvadoreña del Libro podrá emitir explicaciones para justificar su ausencia y/o asistencia a ferias del libro para sólo exhibir libros prestados; los escasos editores que subsisten tendrán también su lista de motivos por los cuales tienen cerrada la publicación de autores salvadoreños.

No puedo evitar pensar que el problema de fondo es que falta interés por parte del gran capital y del Estado mismo. Y sobre todo falta respeto, valoración y aprecio por la obra de nuestros autores contemporáneos.

Pongo mis manos al fuego por esto que voy a decir: El Salvador se da el lujo de tener un grupo de autores que escribe, no sólo con constancia, sino con un nivel de calidad indiscutible. Lo hacemos contra viento y marea, sin estímulo alguno y sobre todo, porque la literatura es nuestra vocación personal.


Es lamentable que el lector salvadoreño no tenga acceso a la obra de sus escritores, porque éstos se ven obligados a publicar fuera del país y porque los que aún se llaman “editores”, prefieren optar por lo fácil y lo seguro, que son los textos escolares, sin apostarle a la literatura nacional.

Nuestros editores prefieren promover, de manera indirecta, la fuga de nuestros cerebros literarios al no publicarlos. Y lo lamento en particular por los nuevos escritores que, ansiosos e ilusionados, con sus libros bajo el brazo, tendrán un camino más que difícil para dar a conocer su obra.

Que no le quede duda a nadie: los escritores nacionales estamos haciendo nuestro trabajo, que es escribir. Y lo estamos haciendo muy bien. Pero ¿los editores están haciendo el suyo? ¿Dónde están los editores salvadoreños?



(Publicado ayer en "Séptimo Sentido" de La Prensa Gráfica, columna "Gabinete Caligari").

viernes, agosto 15, 2008

Recomendaciones

-Carátula No. 24 en la red: cuentos del guatemalteco Eduardo Halfon, un capítulo de la novela del nicaragüense Ramiro Lacayo entre otras cosas más.



-Una nueva revista digital, Genérica, Instintos del Arte. Se descarga en pdf en la parte inferior.



-Se anuncia el Blog Action Day 2008 para el 15 de octubre. El tema de este año: "la pobreza".



-Escudos hasta en la sopa:

Un comentario de Lilian Fernández Hall sobre la FILGUA (que incluye una de las mejores fotos que me han tomado en la vida), en Letralia.



También de Lilian Fernández, una extensa reseña sobre El Diablo sabe mi nombre en la revista Almiar.



Entrevista en C.A. 21 hecha por Vanessa Núñez Handal.



Allí mismo, una reseña sobre El Diablo sabe mi nombre de Manuel Bermúdez, publicada originalmente en el periódico El Semanario de la Universidad de Costa Rica.





-Y solo porque sí:: "Romeo and Juliet" de Dire Straits.





jueves, agosto 14, 2008

Los cristales soñadores de Theodore Sturgeon

cristalesonadores.jpgPocos días antes de salir para Guatemala me di una vuelta por un par de librerías para mandarle unos libros de regalo a un amigo que vive en El Salvador. En esa búsqueda me topé con la sorpresa de que una librería había sacado varios libros de la editorial Minotauro a precios de remate. Entre las joyas que encontré estaba Los cristales soñadores de Theodore Sturgeon.

Luego de consultar con mi amigo para saber si le interesaba, si lo conocía o si ya lo tenía, volví a la librería para comprarle su respectivo ejemplar y me entretuve más tiempo viendo bien todos los títulos, por si hallaba algo más. Y vaya que lo encontré. Por fin, después de años de búsqueda, pude encontrar Solaris de Stanislaw Lem, uno de esos grandes clásicos que uno DEBE leer y que no había tenido el chance.


Mi dicha sería completa si se apareciera en mi camino La guerra de las salamandras de Karel Capek, el escritor que por primera vez utilizó el término “robot” en una de sus novelas. El término, sugerido por su hermano para una de sus obras teatrales, se supone viene del checo “rabota” que significa “trabajo”.

Ahora todo es que tengamos tiempo para leer, leer, leer...




Cuando compré mi copia de Los cristales soñadores tuve que ir después al banco precisamente a comprar unos dólares para el viaje. Así es que ahí mismo la comencé a leer y me pegué una enganchada que no pude soltar el libro hasta casi llegar a la mitad en el mismo día. Me lo llevé a Guate, aunque allá leí poco y lo terminé de leer en los dos días siguientes de mi viaje. Pero si mis circunstancias hubieran sido otras, estoy segura que lo hubiera leído en dos sentadas, porque así de fascinante resulta.

Theodore Sturgeon fue un autor estadounidense de ciencia ficción. Llegó a escribir guiones para la famosa serie Star Trek. Su nombre quizás no es tan conocido como el de otros autores del género. Pero no por ello es “un autor menor” ni mucho menos despreciado. Si hay alguien que habla muy bien de él es Ray Bradbury. Y Kurt Vonnegut Jr. admite que Sturgeon es una de sus influencias.


Pese a que la ciencia ficción fue el fuerte de este autor, se me hace difícil pensar en Los cristales soñadores como perteneciente al género. Pero luego, también hay que admitir que géneros como la literatura fantástica o la ciencia ficción se han estirado a tal punto que no pueden limitarse a características definidas. En fin, no soy una que se detenga en las clasificaciones.

Ésta es la primera novela de Sturgeon, publicada en 1950. Cuenta la historia del huérfano Horton, quien desde pequeño está inexplicablemente ligado a un muñeco llamado Junky, que tiene como ojos dos cristales. Horty (como se conoce a Horton), huye de la casa de sus padres adoptivos y termina viviendo con un grupo de “freaks” o fenómenos de feria. La feria está dirigida por Pierre Monetre, conocido como El Caníbal. El capítulo 5 del libro, y que es el que cuenta la historia de este personaje, es de las mejores cosas que he leído en años.

No cuento más porque luego me acusan de contar toda la historia y estropearles la lectura (o la película, dado el caso). Pero bueno, ésta es una novela que vale la pena leerse y cuya lectura he disfrutado muchísimo. Le encantará a todo aquel que ande en la onda de la fantasía y la ciencia ficción.

martes, agosto 12, 2008

Shine a Light: the Rolling Stones vistos por Martin Scorsese

SY140.jpgA Martin Scorsese se le ocurrió un día filmar un concierto de los Rolling Stones. Los rockeros estuvieron de acuerdo. Ahí comenzó todo: llamadas telefónicas a través del mundo donde Scorsese y Mick Jagger discuten por el escenario, por las cámaras pero sobre todo, por la lista de las canciones que van a tocar. A Scorsese le urge tener esa lista para poder planificar cómo van a moverse las cámaras. Hay tres listas de las canciones a cantarse: las probables, las que no quieren cantar, la segunda o tercera opción. Scorsese desespera. Se quita y se pone los anteojos totalmente nervioso. A Jagger no le gusta el escenario. Scorsese insiste en la lista de canciones. Jagger en un avión hace listas y listas.

Scorsese, con la meticulosidad del perfeccionista, quiere poder planificar cada detalle. Los Rolling, bueno, actúan más de acuerdo a cómo se sienten el mero día de los hechos.

Finalmente, ya puestos todos en el Beacon Theater de Nueva York, organizado el concierto para la Fundación Clinton, los Rolling Stones saludan al viejo Bill, a la casi presidenciable Hillary y a 30 invitados de los Clinton, antes de que llegue el momento de la música.

Bill Clinton los presenta. Entre bambalinas, Martin Scorsese todavía no tiene la lista de las canciones del concierto. Al fin se apagan las luces, una voz anuncia a los Rolling Stones y en ese preciso instante, le pasan la lista de canciones a Martin. ¿Por qué era tan importante? Porque si comenzaban con una canción cuya intro son guitarras, las cámaras tendrían que enfocar a Keith Richards y Ronnie Wood, pero si era alguna otra que comenzara, por ejemplo, con un solo de piano, habría que enfocar a Mick Jagger.

Pero en efecto, empiezan duro, muy duro, con “Jumping Jack Flash”.




Shine a Light es la filmación de este realmente estupendo concierto de los Stones. Porque hay que admitirlo: yo soy fan de los Stones, pero he visto algunos conciertos donde de pronto como que hay versiones que decepcionan o que no se cantan con tanta potencia o tiene altibajos. En este caso, Scorsese estuvo de muchísima suerte y logró atrapar no solamente un gran concierto sino la potencia y la inspiración que todavía mueve a estos reyes del rock.

Keith Richards toca con toda inspiración su guitarra. Ronnie Wood hace lo suyo. El siempre serio Charlie Watts, desde la retaguardia de la batería, no ha perdido su ímpetu. Y Mick Jagger se mueve serpentino sobre el escenario y canta con la voz intacta.

Hay invitados. Buddy Guy acompaña al grupo para cantar “Champagne and Reefer” (“Champaña y marihuana”), Jack White de The White Stripes alterna con Jagger en “Loving Cup” y Christina Aguilera aparece para una versión de “Live with Me”.

En lo personal, me encantaron las versiones de “Tumbling Dice” y “As Tears Go By”, por cierto, dos de mis canciones favoritas de ellos.

El material incluye algunos cortos de entrevistas a través del tiempo y de la historia del grupo. Es curioso cómo una de las preguntas más frecuentes que quizás se les han hecho es ¿por cuánto tiempo seguirán haciéndolo (es decir, cantando y de gira)? Ellos contestan que siempre. Alguien les pregunta al jovencísimo Jagger ¿se miran haciendo esto cuando tengan 60 años? Sí, contesta Jagger, sin duda alguna.

Y aquí están, sus reales majestades del rock, para quienes la música es una forma de vida y no un asunto de edad. Como debe de ser.



El DVD incluye material de los preparativos del concierto y 4 o 5 canciones que no fueron incluidas en el corte final.


¿Y cuál es el próximo proyecto musical de Scorsese? Un documental biográfico sobre George Harrison. Pero para eso tendremos que esperar hasta el 2010.

lunes, agosto 11, 2008

El blog de George Orwell

orwelldiaries.jpg





Si, leyó bien. George Orwell, el escritor inglés autor de 1984 y Granja de animales, inició un blog el pasado sábado 9 de agosto. ¿Cómo es eso posible?

The Orwell Prize en asociación con The Orwell Trust decidieron publicar las entradas de los diarios de George Orwell en forma de blog, haciéndolo coincidir con las fechas reales de su escritura. Esto como una celebración de los 70 años del inicio de la escritura de los mismos. Dichos diarios comienzan el 9 de agosto de 1938 (de ahí que el proyecto iniciara el pasado sábado).


Los diarios tienen muchas anotaciones de su vida doméstica pero también muchas apreciaciones políticas y del oficio literario, que de seguro servirán para conocer mejor al autor. Las entradas se extenderán hasta el 2012 (los diarios de Orwell se extendieron hasta 1942).

Lo novedoso del asunto no es solamente que se haya decidido hacer esto en forma de blog, sino que los diarios se habían mantenido inéditos hasta ahora.

El blog está en inglés, pero si tiene a alguien cercano que hable el idioma y le pueda traducir a grosso modo las entradas, creo que valdrá la pena. La entrada del pasado sábado se refiere a una culebra que encontró en su jardín, y de cómo el perro de los Orwell, llamado Marx, se asustó al verla.

En lo personal, me parece genial dar a conocer los diarios de Orwell por fin de esta manera. Un uso muy acertado de la tecnología y además, con la sensación para los lectores de "escritura en tiempo real".

Será un auténtico lujo leer algo nuevo de Orwell cada día.

viernes, agosto 08, 2008

Para leer y escuchar

-"De cuando la literatura era peligrosa" de Horacio Castellanos Moya en Babelia.



-"El futuro no es nuestro: narradores de Latinoamérica nacidos entre 1970 y 1980", en Pie de Página. Selección de Diego Trelles Paz.



-Una cancioncita para conjurar el pasado: "Hurdy Gurdy Man" de Donovan.







-Una cancioncita para conjurar los amores imposibles: "Love is a losing game" de Amy Winehouse (con dedicatoria especial para JL).





jueves, agosto 07, 2008

Paprika

paprika.jpgLos amigos del animé estarán de fiesta este mes de agosto pues Cinemax estará presentando, cada miércoles, una película de este género tan popular.

La primera, presentada anoche, fue Paprika de Satoshi Kon. Kon es el escritor y director de otros populares animés como Tokyo Godfather’s y el primer segmento de Memorîzu, que hemos comentado por aquí antes.


Paprika es una historia “simple” con una representación tremendamente compleja: el DC Mini, una máquina en fase experimental que permitiría a terapeutas entrar en los sueños de sus pacientes para ayudarles a sanar patologías psiquiátricas, ha sido robado. El ladrón está interviniendo en los sueños de los científicos, pero también en los de otros, incluso en los sueños colectivos. No sólo hay que descubrir al ladrón, sino por supuesto, detenerlo.

Me parece que éste es el animé más complejo que yo haya visto y confieso que hubo momentos en que me perdí, pero creo que ésa es un poco la intención del director. Donde el espectador se pierde es en saber cuál es la realidad y cuál el mundo de los sueños, qué es lo que se sueña en lucidez y qué en el dormir, cuáles son nuestros íntimos sueños individuales y su simbología personal que solamente nosotros podemos comprender, y cuáles son los sueños de la colectividad (sea del grupo familiar, de los amigos, de los colegas, de los habitantes de la ciudad).




Sin duda, Paprika destaca por su abundante y excelsa representación visual. Si en otros animés el cuidado del detalle es lo que destaca, acá es la abundancia de figuras, sobre todo en los segmentos en que hay algo así como un desfile de personajes soñados, donde pueden verse todo tipo de figuras, muchas de ellas conocidas como representativas de la cultura japonesa: maneki nekus, ranas, muñecas, robots desfilan con frecuencia junto a los personajes que, en el mundo onírico, buscan resolver quién ha robado el DC Mini.

Sin embargo, me parece que lo mejor de la película es ese ir y venir entre la realidad y el sueño y el no poder saber, en casi toda la película, cuándo se estaba “en lo real”. Muchas veces, ni los personajes mismos lo saben. Así mismo, los desdoblamientos y las verdaderas naturalezas personales, que parecen ser las que ocurren allá, al otro lado de la realidad, nos recuerdan todos los pliegues que cada quien guarda y tiene, y que quizás apenas deja salir en el mundo no real.

Paprika plantea la importancia que tiene “el otro mundo”, es decir, aquel que ocurre en nuestro subconsciente, en nuestras noches, ese mundo donde nos desdoblamos, somos y no somos nosotros, un mundo que debe tomarse con tanta seriedad y considerarlo tan real, como éste en el que creemos estár lúcidos y despiertos. El obrar a nivel conciente en ese mundo de sueños hace referencia sin duda también a los viajes astrales y por lo tanto, la insinuación de un contenido esotérico de la experiencia del sueño no puede excluirse de este animé.


Pregúnteselo: ¿está usted realmente despierto? ¿O es este momento el sueño de usted mismo?





Las siguientes películas a presentarse serán:

Miércoles 13: Appleseed

Miércoles 20: Metrópolis (¡altamente recomendable!)

Miércoles 27: Tekkonkinkreet


Busque su programación local para los horarios. En Centro América correrán en el horario estelar de las 9 p.m. en Cinemax.

martes, agosto 05, 2008

Confesiones de una insomne crónica

Siempre he dicho, medio en broma y medio en serio, que yo nací con insomnio. No es una exageración. Muchos de mis primeros recuerdos son mi cuarto infantil, en la oscuridad, de noche, el silencio de una casa donde todos duermen, la angustia de saber que están pasando las horas, y que ese silencio crece y es interrumpido sólo por el incesante cantar de los grillos. Es casi inexplicable la sensación de melancolía que me producía escuchar un carro pasando en la carretera y cuyos faroles hacían crecer sombras de luz en mi cuarto, sombras que se tornaban gigantescas a medida que el carro se acercaba a mi ventana que daba a la calle, y que disminuían, junto con el ruido del motor que se alejaba, dejándome otra vez en la oscuridad y en mis angustias.

Mi madre me enviaba a la cama a las 8 porque, viviendo en Los Planes de Renderos, debía levantarme a las 5 y media de la mañana para poder estar en el colegio a las 7, aunque las clases comenzaran a las 7 y media. En casa, eso de la puntualidad se tomaba con tal severidad que no tuve más remedio que asimilarla y convertirla en un vicio que mantengo hasta el día de hoy. Por eso de mí se dirá cualquier cosa, menos que soy impuntual.

Mientras yo estaba en mi cama intentando sin éxito alguno dormir, escuchaba los programas de televisión que mis padres miraban en la sala. Mi padre se acostaba antes y mi madre se quedaba despierta, muchas veces hasta las 10 u 11 de la noche. Entonces ella apagaba la luz de la sala y se acostaba, y la casa toda se llenaba de oscuridad y silencio.




Quizás por eso tampoco me gustó la oscuridad que se convirtió en uno de mis grandes terrores infantiles. Mi terror era superlativo. Entrar a un cuarto oscuro me causaba taquicardia y un vacío en el pecho. No me gustaba sentarme al borde de la cama y que mis piernas quedaran colgando a merced de ese espacio oscuro entre la cama y el suelo. Imaginaba que allí, justo debajo de mi cama, había una puerta invisible desde la cual el diablo mismo podía salir a jalarme por los pies o por lo menos asustarme tocándome con una mano peluda.

Con los años y con mucha dificultad, fui superando el horror a la oscuridad, pero jamás el insomnio, que fue mi secreto infantil mejor guardado y que se ha convertido en un compañero fiel de toda mi vida, algo con lo que he aprendido a convivir. Cada tanto reaparece y cada crisis es diferente.


De hecho nunca duermo bien y tengo hábitos de sueño fuera de lo común. Por lo general me acuesto a las 10, paso media hora o más pensando tonteras antes de dormir. Duermo 30 minutos, despierto y vuelvo a dormir. En el transcurso de la noche me despierto por lo menos dos o tres veces. Y en dependencia del lugar donde viva, depende la hora de mi despertar. Cuando vivía en Managua, por ejemplo, era imposible dormir después de las 6 de la mañana, porque a esa hora ya hacía calor.

¿Poner la cabeza sobre la almohada y quedar dormida de inmediato? Ignoro lo que es eso. ¿Dormir ocho horas corridas? Casi nunca me pasa, y cuando ocurre, me asusto y pienso que algo anda mal. Cuando llego a un lugar nuevo, esa primera noche no puedo dormir porque no conozco el lugar, los ruidos ni me acomodo a la cama desconocida. No puedo dormir en un cuarto completamente oscuro, siempre tiene que haber algo de luz reflejada del exterior.

Cualquier cosa, por minúscula que sea, me despierta de inmediato. Me puede despertar, por ejemplo, el olor de una cucaracha en el cuarto. Sí, el simple olor. O que se vaya la luz en la noche mientras duermo (cesan ciertos sonidos como la refrigeradora y ese cambio del sonido al silencio, me despierta). Tengo lo que se llama “un oído de tísico” pero también soy “la princesa del guisante”. Si la cama no está bien, no puedo dormir.

Mi peor crisis de insomnio duró seis meses y fue en 1987. Dormía un promedio de 3 a 4 horas, en una buena noche 5, cada 48 horas. Es decir, pasaba una noche en blanco, a la noche siguiente dormía un poco, y así.

Desde hace casi dos meses tengo otra crisis de insomnio. Aunque la verdad es que desde que vivo en Costa Rica, hace tres años y medio, duermo pésimo. Vivo junto a una calle conocida como “la Calle de la Amargura”, llena de cantinas que ponen música a todo volumen y que no terminan la parranda hasta las 2 de la mañana. Entonces los borrachos salen de los bares, suenan las alarmas de los carros, rugen motos, hay gritos, peleas, a veces hasta tiros. Pensar en dormir bien antes de las 3 de la mañana es una quimera. Además, tengo una cama de preso. Es decir, una cama tan angosta que no puedo ni dar una vuelta. Y yo me muevo mucho toda la noche al punto que no es raro que me caiga de la cama. Por eso siempre compro camas anchas, la más grande que pueda encontrar.

He probado todo tipo de yerbas y remedios para el sueño. He contado ovejitas y he repetido mantras hindúes que se supone garantizan el sueño. Nada ha funcionado. Y me niego a tomar pastillas, porque no creo en la medicina alopática.

Escribo esto al filo de una medianoche más en que el sueño es un animal al que acecho con paciencia desde la cueva de mi insomnio. Mientras espero, invento y me cuento a mí misma historias igual que hacía cuando niña, para distraerme. Quizás eso contribuyó para que fuera escritora, porque nunca duermo realmente bien y porque la noche exalta hasta la lucidez y el delirio la mente del insomne.



(Publicado ayer en Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador. Por cierto, ya puede verse la revista en formato e-paper o pdf, algo que recomiendo, pues la diagramación de la revista es de primera).

lunes, agosto 04, 2008

El Diablo sabe mi nombre en Guatemala

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Un libro escrito por una salvadoreña, publicado en Costa Rica, presentado en Guatemala por un escritor nicaragüense, ¿habría algo más centroamericano que eso? Fue la acertada reflexión que hizo Raúl Figueroa Sarti, presidendete de Filgua, en las palabras de inauguración formal del Encuentro de Escritores el pasado 28 de julio, minutos antes de la presentación de El Diablo sabe mi nombre.

Sergio Ramírez retomó un poco esa idea de Figueroa, señalando mis años de vivir en Nicaragua y que ya casi sólo me hacía falta irme a vivir a Guatemala también (algo que, lo dije en voz alta, no había que descartar...). Sergio hizo varios comentarios sobre el libro y algunos cuentos en particular.

En realidad lo que habíamos organizado inicialmente para después del comentario de Sergio, era un conversatorio con Javier Payeras y José Luis Perdomo (quien desafortunadamente, por motivos de fuerza mayor, no pudo asistir). Pero Payeras, escritor guatemalteco, optó por comentar también sobre cada uno de los cuentos.

El súbito e inesperado cambio de planes me dejó sin idea de qué decir y supongo que me vi más bien torpe y balbuceante, para lo cual se me ocurrió que, dado que todavía teníamos tiempo, podría leer un par de cuentos, cosa que hice. “El placer” y “Yo, cocodrilo” fueron los seleccionados.


Luego, vinillos de honor y firma de libros en el stand de Fondo de Cultura Económica, quien distribuirá los libros en Guatemala (para los guatemaltecos que lo busquen, podrán encontrar El Diablo sabe mi nombre en cualquier librería donde se distribuye FCE). Hablando con el representante de FCE en Guatemala, él viaja para El Salvador en la segunda quincena de agosto para llevar el libro. Estará disponible en La Ceiba y la UCA. La presentación la estamos preparando para fines de noviembre pues la haremos coincidir con otro par de cosas que ya se sabrán en su momento.




No sé por qué he regresado bastante torpe a Costa Rica. Fueron poco menos de 100 horas las que pasé en Guatemala, pero fueron bien fuertes para mí. Siento como que pasó un siglo, como que regresé a un lugar al que no reconozco (¿en realidad lo conozco?). La cabeza la tengo llena de impresiones y pensamientos, pero lo más difícil ha sido sentarme a escribirlas.

El insomnio allá me pegó bien pero bien duro y apenas dormí una o dos horas por noche. Demasiadas emociones supongo. Reencuentros, personas nuevas que conocí, nuevos amigos, amigos antiguos.

Me siento agotada, pero debe tener que ver con la gripe que me dio la semana antes de salir, el insomnio acumulado de los últimos 3 meses, el exceso de trabajo de los últimos 2 meses y esas 4 noches sin casi dormir en Guate.

¿La Feria del Libro? Bien en lo que cabe. No compré ni un sólo libro. En realidad, aunque me moví por los stands, no vi libros, admito. Uno, porque recién hubo la Feria del Libro acá en Costa Rica. Dos, porque no tenía dinero y andar viendo libros sin poderlos comprar me parece masoquista. Tres, porque cuando veo demasiados libros en un mismo lugar me causa angustia y luego empacho. Cuatro, porque tengo un cerro de libros pendientes por leer y estoy tratando de contenerme de acumular más. Pero hablaré más de la Filgua esta semana.



Guatemala es un lugar al que siempre he querido muchísimo. Por varios motivos. Guatemala es, por ejemplo, un lugar muy significativo para mi carrera de escritora. Fue donde gané mi premio más importante, donde tengo publicados un par de libros, uno de ellos en la ya mítica Editorial X (y qué orgullo me produce siempre haber podido ser parte de ese proyecto). El otro en Alfaguara, un paso sin duda importante para mí.


Pero además, Guatemala alberga amistades a las que quiero con un particular cariño, ése que se conserva intacto a través del tiempo, el espacio y el silencio. Sé también que en Guatemala hay gente que me quiere bien, gente que me quiere mucho y lectores que me han seguido la pista a través de libros, muchos de ellos pirateados, o a través del blog. Muchos se acercaron a decirme lo contentos que estaban de que volviera a publicar después de tanto tiempo.

En fin, para mí ir a Guatemala no es más que un viaje a la reconfirmación de mis afectos, un lugar en el que me siento querida, apreciada y amparada, y eso es mucho decir en un mundo tan árido, violento y seco.

A todas las personas que se acercaron a decirme cosas estimulantes sobre mis libros, a los que me contaron historias personales, a quienes intentaron complacer mis deseos (entre ellos un voraz antojo de mole de plátano que ya no pudo realizarse), a quienes no me encontraron o no quisieron acercarse por algún sentido de la pena o la timidez (no muerdo, lo juro), a todos los que estuvieron ahí nada más que porque gustan de mis libros, a los periodistas que me entrevistaron, a todos ustedes les doy un muy sincero y emocionado GRACIAS.



(En la foto, de izquierda a derecha: Óscar Castillo, editor de Uruk, Sergio Ramírez, yo y Javier Payeras).

jueves, julio 24, 2008

Refutación

En ADN.es, Antonio Córdoba hace una acertada refutación al planteamiento de Babelia de que la ciencia ficción está expirando.

jueves, junio 26, 2008

La noche de la presentación

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La pregunta más frecuente que he respondido en los últimos días ha sido “¿como te sentís?”, esto en referencia a la salida de mi más reciente libro y a su presentación. A todos les di la misma respuesta: que me sentía como una niña pequeña, una niña a la que recién le regalaron un juguete nuevo y lo tiene entre sus manos, shiny and new, y lo mira y lo mira y casi que no quiere jugar con él de tan bonito que está.

También me sentía como si fuera la primera vez de publicar un libro. Con un ánimo y una ilusión absolutamente inocente, y éste último sentimiento me sorprendió porque es el octavo libro publicado, amén de las más de 20 antologías que han recogido alguno de mis textos. Es, por supuesto, una primera vez en varios aspectos: es mi primer libro publicado en Costa Rica y mi primer libro publicado en 5 años. Pero qué bueno también que uno todavía pueda sentir ilusión de publicar un libro.

Como en esos 5 años han pasado muchas cosas que me han tenido voluntaria e involuntariamente alejada del “mundo del espectáculo”, tenía además una expectativa nerviosa rica acerca del día de la presentación, que se dio anoche en la Feria del Libro.

Me llegué algo temprano para ver algo de libros (y prometo para mañana un comentario sobre la feria en sí), pero entonces me encontré con una amiga que tenía ratos de no ver y ya no nos separamos hasta horas después. Cafés, saludos con otros amigos y conocidos, plática previa con los presentadores para organizar un poco la velada, y luego... ¡a los leones!


Óscar Castillo, editor de Uruk, aprovechó la circunstancia para anunciar algo que yo ya sabía, pero que no tenía autorización para decir antes, y que fue por cierto el anzuelo con el que me pescó Uruk: esta editorial se ha propuesto, no sólo abrir sus puertas a publicarle a autores centroamericanos, sino a zanjar uno de los principales problemas y de las más amargas quejas que tenemos siempre del libro en Centro América y es lo referente a la distribución en la misma región.

Uruk ha formalizado un arreglo de distribución de sus libros a través de la red del Fondo de Cultura Económica de México (que ya tiene toda una red de librerías y distribuidores con los que trabaja), e incluirá entre los libros que promueva, los de esta pequeña pero visionaria editorial costarricense. La distribución abarca desde México hasta Colombia, incluyendo por supuesto todos los países de C.A.




Cuando Óscar me hablo inicialmente de su idea y proyecto, me gustó, lo apoyé, lo aplaudí, pero siempre he creído que cuando se da una circunstancia como esta, el apoyo militante es mejor que las palabras. De ahí que me animara a salir de mi silencio de publicaciones, de una época de años en que dudé mucho si volver a publicar o no. Pero me pareció importante apoyar esta iniciativa con una apuesta práctica. Así saqué al “diablito”, como llamo cariñosamente a El Diablo sabe mi nombre, de la gaveta. Y estoy cada día más convencida que esta apuesta valdrá la pena, no sólo para mí, sino para los escritores y lectores de la región.

En esto, Uruk se lanza como una pionera en un campo bastante virgen. Y ojalá pronto más editoriales tomen conciencia de lo necesario que es regionalizar el libro centroamericano.

Después de este anuncio, cuya importancia creo que fue poco captada por los presentes, pasamos propiamente a la presentación de mi libro. Habíamos acordado un conversatorio, preguntas y respuestas sobre los cuentos, con Anacristina Rossi y Manuel Bermúdez.

Como siempre me ocurre en estos eventos, los comentarios de los lectores, cuya opinión realmente no conocí hasta el momento de estar con el micrófono enfrente, me sorprendió por detalles y coincidencias que ellos encuentran en los textos, simbolos, influencias... me fue curioso que ambos coincidieran en que había un dejo cortazariano en los cuentos, pero también de Ray Bradbury y de Reinaldo Arenas (sobre todo de Celestino antes del alba)... ahora que lo pienso, Celestino (que es mi libro favorito de Arenas), lo leí después de haber escrito el libro, pero eso me ha pasado más de una vez, como cuando Cuentos Sucios, que me dijeron tenía una influencia de Quentin Tarantino. Y no vi películas de Tarantino hasta años después de haber escrito esos otros cuentos.


La participación del público fue poca, debido a que el libro recién salió a la venta y muy pocas personas lo han leído. Sin embargo espero que los muy generosos comentarios de quienes estuvieron en la mesa conmigo hayan incitado a la curiosidad de los presentes (unas 40 personas), a leerlo.

No faltó la representación salvadoreña. Mi queridísimo amigo Manlio Argueta, Salvador Vaquerano, Rafael Menjívar Ochoa y Roberto Laínez estuvieron presentes; además se acercaron a saludarme un par de muchachas con padres salvadoreños. Y también conocí a un par de amigos blogueros, con los que hemos intercambiado correos y opiniones a través de nuestros blogs.

Créanme que estoy contenta, y sobre todo muy sorprendida de los comentarios tan positivos del mismo. Porque siempre pasa que alguien te dice “me gustó el libro pero...”, y con éste es la primera vez que eso no ha ocurrido, hasta ahora. Seguramente habrá a quien no le guste, o alguien a quien le escandalice el tratamiento de algunos temas. Pero no me esperaba comentarios tan positivos (como que es "mi mejor libro de cuentos"), de un libro del que siempre tuve algo de dudas, pero que como pasó guardado tantos años, también pasó cualquier ataque febril de correcciones mío.

En fin, si la publicación del libro es como un parto, la presentación del libro es como la presentación del hijo en el templo. Ahí está ya para ustedes mi diablito. Trátenlo bien. Léanlo, explórenlo, conózcanlo. Y lo mejor, cuénteme que les pareció.

En cuanto pase el alboroto de la feria, estaremos organizando las demás presentaciones, la venta en internet, les daré listas de librerías, etc. Paciencia, que en eso estamos.

Y gracias a todos los que hicieron de anoche, una noche muy especial con su presencia y comentarios.

martes, junio 24, 2008

Invitación

La invitación está hecha... ¡los espero!




lunes, junio 23, 2008

De canillitas, periódicos y nostalgias: el cierre de la Revista Dominical

1488810_0.jpgYa mencioné alguna vez que los periódicos fueron buena parte de mi incentivo y mi campo de aprendizaje para la lectura. La Prensa Gráfica era llevada todas las mañanas, infaltable, a eso de las 6 o 6 y media, por un señor muy viejito, flaco y que parecía eterno e incambiable, que durante mis primeros 18 años de vida, siempre llegó y jamás, salvo quizás una o dos veces, dejó de llevar el periódico. Cómo lo logró, me es un misterio.

El viejito iba personalmente hasta San Salvador a buscar el diario a LPG y luego regresaba a Los Planes de Renderos a repartirlo en las casas que ya lo teníamos encargado. Si se atrasaba lo extrañábamos y cuando por fin llegaba le preguntábamos qué había pasado. A veces se atrasaban en La Prensa, otras había derrumbes en la carretera por las lluvias. Pero el señor del periódico parecía invencible y su tarea de repartir el diario lo más pronto posible en nuestras casas parecía una cuestión de honor personal que él se tomaba muy a pecho.

Tenía además la delicadeza de que los sábados o domingos, en que nos levantábamos un poco más tarde, nada más dejaba trabado el periódico en alguno de los colochos de la decoración de hierro del zaguán de la entrada.


Muchas veces era yo la que salía corriendo a recibir el periódico cuando escuchaba el timbre por las mañanas. Jamás hablamos mucho con aquel señor, cuyo nombre ahora se me hace imposible recordar. Y hasta me recorre la cruel sospecha de que, en realidad, quizás nunca supimos su nombre y que era, simplemente, “el viejito del periódico” o “el canillita” (como se llamaba popularmente antes en El Salvador a los vendedores ambulantes de periódicos; la palabra venía de “canilla”, pierna, porque los canillitas, bueno “volaban pierna” para vender los diarios).




Cuando mi padre preguntaba por “el canillita” de la casa me daba algo de risa, porque el término, aunque utilizado para vendedores de cualquier edad, era sobre todo asociado a niños que solían vender los diarios en las esquinas de los semáforos en San Salvador, antes que fuera el caos que es ahora. Hablo de los años 60 y 70. Casi que los únicos vendedores que se miraban eran ésos, los canillitas, repartidos en los semáforos estratégicos de la ciudad y donde el conductor ya tenía su favorito. Los canillitas voceaban los periódicos que vendían y el conductor les hacía una seña, un pitazo y los niños venían corriendo a tu carro. En la acera, por lo general, podía haber otro niño, o algún adulto, con una pila de periódicos que servían para recargar el montón que el canillita llevaba enrollados debajo de su brazo.

Por las mañanas, la venta era de LPG y El Diario de Hoy. Por las tardes eran El Mundo y El Diario Latino. Mi padre tenía alguna obsesión por los periódicos porque compraba los 4 todos los santos días (menos el domingo en que no salían los vespertinos), y nos llenábamos de una cantidad de papel indecible. Claro, el papel era utilizado para muchas cosas en casa: para acomodarles nidos a las gallinas y a las patas ponedoras; para servir de alfombra bajo las estacas de nuestros dos pericos y recoger su cuita y desperdicios de comida; para envolver la fruta que venían de la finca y madurarla, para forrar prácticamente cualquier cosa... también recuerdo que en el colegio nos hacían trabajar mucho con papel maché, para lo cual el periódico era lo mejor. Pero siempre acumulábamos tanto que se lo terminábamos vendiendo a otra viejita, la niña Paula, una señora de Panchimalco que nos vendía “huevos de amor” y que compraba la fruta de nuestra finca para venderla de puerta en puerta.

El anuncio ayer de que se cierra la Revista Dominical de LPG me llevó indiscutiblemente en un intenso viaje por el tiempo, donde el mencionado suplemento tuvo una presencia semanal incuestionable en mi casa.


De mis lecturas de periódico, recuerdo con nostalgia la de los domingos, por la variedad de cosas que traía para leer. Desde los “muñequitos” (o comics), con Dick Tracy, El Fantasma y El Príncipe Valiente, pasando por la propia Revista y el estelar reportaje criminal (un reportaje de una página sobre algún crimen, por lo general no resuelto, ocurrido en los USA o en Gran Bretaña), la lectura del periódico dominical llegó a ser parte de nuestra rutina de familia y el espacio para comentarios.

La Revista Dominical se cierra después de medio siglo de publicación. Si era un buen o mal suplemento, no me corresponde decirlo, sobre todo porque no podría ser objetiva ante un juicio semejante. Para mí, la Revista Dominical era una tradición, una parte de casi toda mi vida, algo que seguí leyendo incluso no estando en el país, porque mi padre nunca dejó de mandarme recortes de la misma a cualquier parte del mundo donde yo anduviera y porque luego, con el advenimiento de internet, se convirtió de nuevo en una de mis costumbres de domingo: café y la Revista Dominical.

También cierra Enfoques, pero (sin despreciar), su presencia no tuvo para mí el impacto que tuvo la Revista Dominical, uno de mis primeros “silabarios” para practicar la entonces recién adquirida habilidad de la lectura. Su mínima sección literaria me hizo soñar con ser escritora y con ver algún día algo mío publicado en dichas páginas (algo que nunca ocurrió, porque con los años, dicha sección fue eliminada).


La Revista Dominical cerró ayer con un repaso de varias de sus portadas, algunas que recuerdo nítidamente, como la que ilustra este post. La recuerdo bien porque traía un collie, una de mis razas favoritas de perro, pero que además fue significativa porque fue la primera portada full color, aparecida el 7 de enero de 1979.

Todo cambia, todo pasa y todo perece. El mundo sigue girando. Se cierra un capítulo de la vida de muchos salvadoreños. El cierre me da una profunda nostalgia. Un detalle pequeño de mi vida que fue, que es, no exagero, un pedazo de mi identidad nacional. Es un poco como perder parte de ese país en el que me crié y que ahora me ofrece un rostro tan diferente, nuevo y extraño. Un rostro tan cambiante con el que a veces, me cuesta identificarme.

A partir de la próxima semana comienza un nuevo proyecto. Y ya en su momento, hablaré también de eso.

jueves, enero 31, 2008

Crónicas marcianas, Ray Bradbury

cronicas_marcianas.jpg¿Qué sería lo primero qué harían los humanos si algún día colonizaran Marte? Botar basura por todas partes, exterminar a los nativos y luego llenar todo de comercios para vender cualquier cosa imaginable. Es decir, hacer lo mismo de siempre y por supuesto, copiar lo que se hace en la Tierra.

Por lo menos ése es el planteamiento que hace Ray Bradbury en su libro Crónicas marcianas, uno de los clásicos de la ciencia ficción y por lo demás un libro con tantos méritos y cualidades que trasciende el género para plantearse sobre todo como una buena pieza de literatura.

El libro está estructurado como un grupo de crónicas o episodios aparentemente inconexos que van narrando, a través de un período de tiempo que va desde enero de 1999 hasta octubre del 2026, desde la llegada de los terrícolas a Marte hasta la casi total extinción de los marcianos y luego, los anhelos por los colonizadores terrícolas por volver a la Tierra luego de observar y saber de ciertas explosiones que parecen haberlo destruido todo...

Son episodios en apariencia sin relación aunque hay referencias a personajes y sucesos anteriores. Podría leerse como un libro de cuentos, y por lo tanto, leer los episodios de manera salteada. Pero en lo personal sentí que el libro podía de hecho leerse como una novela, con una estructura peculiar es cierto, pero que tenía toda la coherencia de una historia de largo aliento.




Aparte de su estructura, me llamó mucho la atención el lenguaje usado por Bradbury. Por momentos resulta de mucha poesía, con imágenes plásticas muy delicadas que no recuerdo haber leído en otro de sus libros. Otro componente que viene a ser de gran equilibrio dentro de la narración es el uso del humor y de la ironía.

Uno de los motivos por los cuales siempre me he negado a pensar en que existen “géneros menores” en la literatura es que, cuando un texto está bien escrito, la historia y su manera de plantearla nos llevan a reflexionar sobre nuestra condición humana y, por lo demás, son libros que pueden leerse en cualquier momento sin perder su vigencia. Las guerras, el racismo, la intolerancia, el consumismo y los graves defectos de la humanidad están presentes a lo largo de las narraciones.

Los marcianos de Bradbury no son verdes ni tienen antenas, como quizás se visualizaran en la iconografía popular de los años 40 y 50 del siglo pasado, período de tiempo durante el cual las Crónicas fueron publicadas de manera individual en diferentes revistas del género. Tampoco hay a lo largo del libro explicaciones de complicadas teorías o explicaciones técnicas.

Como lectora de Bradbury me atrevo a decir que es quizás su mejor libro (aunque Farenheit 451 también me gusta mucho). Pero Crónicas marcianas me parece un libro muy bien logrado desde varios ángulos: el lenguaje, el argumento, el balance entre humor y poesía, la exploración del ser humano.


Por cierto, la edición en español de Minotauro aparte de tener una portada genial (ver ilustración) cuenta con un prólogo de Jorge Luis Borges.

Un libro que sin duda se suma a mi lista de grandes favoritos.