lunes, mayo 31, 2010

Memento mori

Ocurrió un sábado por la mañana en Los Planes de Renderos. Desayunábamos. Era temprano, ni las 8. Primero se escuchó pasar un carro. Y segundos después, un golpe. “Un choque” pensamos o dijimos en voz alta. Segundos después estaba asomándome a la calle.

Un par de casas más adelante, en efecto, un carro estaba estrellado contra un árbol. Fui hasta allá. No recuerdo cómo lo hice. Es justo explicar aquí que mi madre, bajo ningún concepto, me hubiera permitido jamás levantarme de la mesa en pleno desayuno y mucho menos me hubiera permitido salir a la calle para ir a curiosear un accidente. Pero aquella mañana se pudo. Lo logré. Salí. Supongo que conmigo estaba la empleada doméstica porque sola definitivamente no me iban a dejar salir. Pero no lo sé. No lo recuerdo.

Al llegar hasta el vehículo me di cuenta de algo que no pude ver antes. Sobre el engramado frente a aquella casa estaba acostada una mujer. Bocarriba. Y unas cinco o seis personas ya estaban allí, viéndola. Al grupito llegué a sumarme yo. Y la mirábamos. Entre fascinados y tristes. Sólo escuchaba el murmullo de los adultos: “está muerta, la mató el carro”.

La atropellada no tenía signos visibles de golpes. No había sangre en ninguna parte. Su expresión era serena. De hecho, no parecía violentada de ningún modo. Me impresionó aquel aspecto tan limpio y nada agredido. Era difícil creer que estuviera muerta. Que así se miraba un muerto.




Entonces llegó una muchacha. Lloraba. Gritaba. La mujer que estaba bocarriba era su madre. Había salido de su casa hacía pocos minutos antes pues iba a trabajar cerca de ahí. El carro la había golpeado, la había tirado contra la grama y la había matado. Luego el carro se había estrellado contra el árbol. El conductor estaba ileso. Y borracho. Muy borracho. A él no le había pasado absolutamente nada.

La muchacha lloraba sobre el cadáver. Gritaba. Preguntaba a gritos y con la voz quebrada por el llanto “¿por qué?”. Lo preguntaba una y otra y otra vez más. Ella no entendía por qué su madre estaba viva un momento y menos de media hora después yacía muerta sobre la grama de una casa cercana.

Volví pensativa. Imaginaba a la mujer saliendo de su casa. A la mujer despidiéndose de su hija. A la mujer caminando por la calle. A la mujer y los pensamientos que tendría antes de morir. A la mujer pensando en las cosas que debería hacer aquel día. A la mujer golpeada por el carro. A la mujer volando por los aires y cayendo sobre la grama (siempre tuve una imaginación muy gráfica). A la mujer muriendo. Pero lo que más me impresionó fue una cosa: pensar que un minuto estaba viva y que al siguiente, de manera inesperada, estaba muerta.

Cuando se crece rodeado de animales, el roce con la muerte es una presencia constante. Algo había de terrible, dulce y enigmático en la muerte de nuestros animales y que me dejaba pensativa. Un pollito o un patito ahogado en la pila de agua. Una gallina enferma o víctima de un oscuro destino a manos, o mejor dicho, a garras de un tacuazín que la hubiera raptado. Un perro envenenado. Un perro atropellado. Las culebras que aparecían en la casa y que Juan, el jardinero, mataba a machetazos sin piedad alguna. Los pajaritos que encontrábamos caídos de algún nido y que, por más que cuidáramos, no lográbamos salvar. Los gatos que, tan pudorosos en su morir, se iban al monte para que nadie los viera y partían solitarios de este mundo.

La mujer atropellada fue la primera persona muerta que vi en mi vida. Yo tenía unos 8 o 9 años y aunque ya me habían hablado sobre la muerte, el entendimiento que yo tenía sobre el asunto era limitado. Convivía con el constante recordatorio por parte de mi padre de que iba a morirse pronto. Mi padre era un hombre mayor, de más de 60 años, y no desperdiciaba ocasión alguna para recordarnos todos los santos días: “ya me voy a morir”. Pero ese “ya me voy a morir” tardó más de 30 años en ocurrir.

Aquella atropellada fue la inauguración de todos los muertos de mi vida. Porque de ahí en adelante, y hasta el día de hoy, la gente se me ha muerto en cantidades insostenibles. Mi tío Ricardo que cayó a la entrada de su casa por nunca supe bien qué hemorragia interna. Mi tío el Boina Verde que murió emboscado en la vuelta de un río en Saigón, durante la guerra de Vietnam. Una serie de amigos y conocidos que decidieron todos morirse entre 1994 y 1995 y que dejó poblado de fantasmas mi panorama: Alejandro, un ex-novio, muerto en un impresionante accidente automovilístico. Bud, Pablo y Róger, muertos de cáncer. Noel y Roberto muertos de SIDA. Ignacio, ataque al corazón. Christian, accidente de tránsito. Los muertos ajenos pero de alguien muy cercano a uno y que también se tornan nuestros. O ese muerto que te deja patoja la mesa de los sentimientos y cuya ausencia trastoca todo.



He pensado muchas veces que solamente hay dos sucesos verdaderamente importantes en la vida: nacer y morir. Y así como una mujer se prepara para estar saludable al embarazarse; así como se prepara la habitación del ser que vendrá; así como se estudia y analizan las diferentes edades del niño, ¿por qué no nos preparamos para la muerte desde la infancia? ¿Por qué no nos enseñan a morir con dignidad, a convivir con la muerte, a tener conciencia de ella?


¿Por qué nos enseñan a callarla, a ignorarla, a vivir la vida como si fuéramos a ser eternos y no como los mortales que somos? ¿Por qué nadie quiere o parece comprender que precisa y justamente porque existe la muerte es que la vida se torna tanto más importante y que cada minuto, cada segundo que pasamos en esta dimensión de la mortalidad es un tesoro que deberíamos apreciar y cuidar?

Cuando nos enfrentamos a la muerte de nuestros seres queridos es que podemos darnos cuenta de lo poco preparados que estamos para morir y para vivir nuestros duelos. Es frecuente hacer un repaso mental de todos nuestros muertos. También es frecuente preguntarse, una vez más, sobre nuestra propia muerte. Sobre cómo irá a ser. Cuándo. Dónde.

A veces me sorprendo a mí misma con estos pensamientos y aterrizo en detalles acaso frívolos, pero que la melancolía de saberme mortal me obliga a ver como pormenores poéticos que ojalá pudiera decidir para mi propio final. ¿En qué mes preferiría morir? ¿En qué día? ¿A qué hora? ¿En qué lugar? ¿Haciendo qué? ¿Quién me gustaría que estuviese allí? ¿Preferiría estar a solas en ese instante, para no distraerme y concentrarme en preparar mi espíritu para lo que sigue? Y si pudiera escoger a alguien para que estuviera junto a mí en ese momento, ¿a quién se lo pediría?

Para los que creen o no en una siguiente vida, para los que creen o no en paraísos e infiernos, para los que creen o no en lo espiritual, la verdad de la muerte no altera el hecho de que debiéramos vivir más a conciencia el aquí y el ahora, lo único que, a fin de cuentas, podemos asir en el día a día.

Sin embargo, la enajenación actual (esta pesadilla que llamamos progreso), nos hace voltear el rostro ante la muerte. No hablar de ella. Ni pensar en nuestro propio fin. ¿No sería mejor todo lo contrario? ¿No sería mejor que a todos, desde niños, nos hablaran de la muerte, nos educaran para la muerte (propia y ajena) pero no desde el ángulo de una exaltación religiosa de la muerte, sino de una convivencia cotidiana con ella?

Tener conciencia de nuestro propio fin, de que podemos morir en exactamente cualquier momento y por cualquier misterioso motivo, nos puede hacer valorar mejor la vida misma. Y, aunque suene contradictorio, vivirla con mayor calidad, alegría, intensidad, conciencia.

Cuando los generales romanos tornaban triunfales a Roma y desfilaban por sus calles, un esclavo iba detrás de ellos con la tarea de recordarles que todo es pasajero. “Memento mori”, le decía durante el desfile, recuerda que morirás. Y se hacía para que los generales no incurrieran en la soberbia de actuar como inmortales.

La muerte despierta diferentes sentimientos pero impone una única certeza: es algo de lo que no escaparemos. Y esa certeza absoluta es, fin de cuentas, lo que debería darle un valor supremo a la vida misma. Acaso de ahí provenga otro dicho que complementa al anterior: “Carpe diem”, aprovecha el día. Puede que sea el último que tengas.



(Publicado en la revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, domingo 30 de mayo 2010).



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lunes, mayo 17, 2010

Ciudades perdidas

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En el capítulo 22 de su libro Estambul, ciudad y recuerdos, el escritor turco y ganador del Premio Nobel de Literatura 2006, Orhan Pamuk, cuenta que cuando era niño tomó el hábito de contar los barcos que miraba pasar en el Bósforo. La descripción es tan vívida que podemos visualizarlo, apoyado en algún balcón, viendo hacia el agua y contando los barcos.

Pocas páginas después de ese párrafo nos encontramos con una fotografía donde se ve a un muchacho apoyado en un balcón. Al fondo de la foto se ve, por supuesto, el Bósforo y un par de barcos. Suponemos que el muchacho de la foto es el joven Pamuk.

El autor cuenta que comenzó a tomar nota en un cuaderno de todos los barcos que iban y venían. Luego se enteró de que su manía no era original, que su hermano, amigos y conocidos también contaban los barcos del Bósforo.


Algo fascinante hay en ese inocente ejercicio de contar barcos. Quizás porque cada uno encierra el secreto de su origen, de su destino, de sus tripulantes, historias que comenzamos a imaginar y que ocurren en puertos y ciudades de nombres impronunciables; o el afán que, para los que sufrimos el vicio de viajar, se transforma en una búsqueda y en un movimiento que se resiste a terminar o que ansía con llegar al puerto soñado




Comprendo la calidad y la melancolía de este juego. Yo también conté barcos alguna vez. Eso fue en Saint-Nazaire, Francia. Viví seis semanas en un apartamento ubicado en el décimo piso de un edificio en la desembocadura del Loira, cerca de Nantes, en Francia.

El apartamento tenía un balcón con una panorámica excepcional: el río, las esclusas para la entrada de los barcos, el astillero (cuando yo estuve ahí, se construía el Queen Mary 2 y lo miraba desde mi apartamento), el puente, la ciudad. Eso fue en el año 2000, cuando estuve becada como escritora residente por la Casa de los Escritores Extranjeros y los Traductores.

Yo también comencé a tomar nota sobre cada barco que entraba o salía. Anotaba el día, la hora, el nombre del barco y su puerto de origen (muchos llevaban anotado, en letras más pequeñas, debajo del nombre del barco, el nombre de la ciudad). Y luego anotaba cualquier detalle que me llamara la atención como cuántos remolcadores lo acomodaban en la esclusa, el nombre de los remolcadores (que, junto al barco, parecían indefensos artefactos quebradizos), qué tipo de carga llevaba el barco, el olor que despedían sus humos, el detalle de alguna bandera (que a veces hasta dibujaba), el color del barco.

Los barcos entraban y salían a cualquier hora, y tal era mi manía que, si algo entraba de madrugada, me levantaba corriendo cuando escuchaba el timbre que anunciaba el paso de un barco, tomaba mi cuaderno de apuntes, y me disponía a pasar entre media y una hora viendo el trajín correspondiente.

A veces también anotaba cosas que se me ocurrían, como con un barco llamado Jonás, en que anoté: “Jonás es una inmensa ballena verde”. O con otro, llamado Alí Baba: “Como buen ladrón, Alí Baba entra de madrugada y sale de madrugada. Se desliza sobre el agua en silencio, sin agitarla. Pareciera que flota, que levita sobre el elemento, que resbala por una inmensa superficie estática”.

Pamuk escribe en el mismo capítulo 22: “Cuando me voy de Estambul, a veces pienso que mi deseo de volver lo antes posible a la ciudad se debe a que quiero seguir contando barcos”.

Y coincido: qué bueno sería volver a cualquier lugar donde alguna vez contamos barcos.



En Estambul, Pamuk ha tenido la gran habilidad de recrear su infancia al compás de la ciudad en que ha vivido toda su vida y desde donde, nos lo confirma en una que otra línea, escribe precisamente las memorias que tenemos entre manos.

Parecería que es imposible que un lector de cualquier país se conecte con las memorias de un chiquillo en Turquía. Pero lo que permite que un salvadoreño, por ejemplo, pueda identificarse con un niño turco son esos recuerdos que subsisten a través del tiempo y que Pamuk relata con tanto acierto. El relato de los juegos infantiles, las peleas con el hermano, el primer amor, las escapadas de la escuela, disparan los recuerdos del propio lector porque son cosas que todos hemos vivido aquí y en la Cochinchina.

De Estambul, Pamuk nos describe la visión de ilustres visitantes de Occidente (como Flaubert, Gautier y Nerval, entre otros) y la de los diversos personajes intelectuales de Turquía misma, visiones contrastantes que, juntas, conforman un cuadro panorámico de la ciudad, del Bósforo y de sus diferentes barrios y habitantes, un macro y un micro retrato de la ciudad.

Uno de los puntos en los que Pamuk insiste es en subrayar el vínculo que une a los habitantes con la ciudad: el hüzün, una palabra de difícil traducción. Podría definirse como una mezcla de melancolía y amargura, aunque comprende toda una actitud de derrotismo, de conformismo, de silencio, de lo abrumador que resulta el pasado imperial para sus habitantes, muchos muy pobres, que ven cómo poco a poco la ciudad cambia su rostro, muta sus edificios y casas, conserva algunos vestigios desvencijados de glorias pasadas y trata de adecuarse a esa occidentalización irremediable que sufre Estambul.

Estambul le otorga a la ciudad la categoría de personaje, donde la sombra del fenecido imperio otomano parece seguir vertiendo sobre sus habitantes un veneno llamado amargura.


El libro viene acompañado de muchas fotos, todas en blanco y negro, tomadas de archivos locales, y de la colección familiar de la familia Pamuk, complementando visualmente las descripciones del autor, contribuyendo al ánimo a veces melancólico del libro, pero donde también se encuentra una ternura subyacente en la delicadeza con que describe las múltiples facetas de la ciudad.

El tono melancólico de la narración adquiere diversas intensidades. Hay espacio para el humor pero también para la crítica hacia sus conciudadanos (no deja de llamarlos “amargados”, aunque él mismo se considera como tal también).

Las descripciones de sus paseos por la ciudad, a solas o acompañado de alguno de sus familiares o amigos me remitieron a una serie de recuerdos personales. Me fue inevitable recordar el San Salvador de mi infancia, una ciudad totalmente diferente a la de hoy en día y que conocí, sobre todo, de la mano de mi padre.

Sentí una perturbadora dicha al pensar que por lo menos tuve el gusto de conocer la ciudad cuando era limpia, sin ninguna venta callejera. Lo curioso es que la descripción que hace Pamuk al inicio del capítulo 34 (titulado “La infelicidad es odiar la ciudad y odiarse a uno mismo”), no es demasiado diferente al San Salvador actual:

“Todos los parques se transforman en un momento en eriales fangosos e insípidos, las plazas cubiertas de postes eléctricos y paneles publicitarios en fríos espacios de cemento y la ciudad en un lugar tan completamente vacío como mi alma. La suciedad de los callejones, el hedor que se extiende por toda la ciudad desde los contenedores de basura abiertos, los infinitos socavones en calles y aceras, las subidas y bajadas, todo ese desorden, esa confusión y ese caos que convierten Estambul en ella misma me provoca la impresión de que no es la ciudad la insuficiente, mala y deficiente, sino mi vida y mi alma”.

Dice también Pamuk: “¡Puede que queramos la ciudad en que vivimos, como queremos a nuestra familia, porque no nos queda más remedio! Con todo, tenemos que inventarnos qué es lo que nos gusta de ella y por qué”.

Las ciudades pues, todas ellas, las más bonitas, las más antiguas, las más sucias, las más espantosas, son ese regazo donde nos ha tocado, por azares del destino, nacer al mundo, vivir sudores y arrebatos, lecciones y fracasos, muerte y vida.

Cada quien hablará de su ciudad como mejor le apetezca, como mejor la sienta o la perciba. Cada quien la vive y la describe de manera diferente, pero el común denominador está en las historias colectivas que la memoria urbana ha ido acumulando en la pintura descascarada de sus paredes.

Me pregunto si algún día alguien podrá escribir un libro que hable con la misma dura ternura sobre la ciudad de San Salvador y que no esté lleno de reproches, cinismo y amargura, ese mismo sentimiento que forma parte del veneno que nos une con nuestra rabiosa ciudad. Bien nos haría recordar que San Salvador fue una agradable ciudad donde se podía caminar sin miedo y comenzar por fin a conocer las historias que guardan sus calles y edificios, testigos secretos de nuestra propia historia.



(Publicado en revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, domingo 16 de mayo 2010).



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lunes, mayo 03, 2010

La piedra de los sueños

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Mientras iba en el asiento de atrás del diminuto carro del Consulado de El Salvador en el puerto mexicano de Veracruz, mientras miraba las calles desconocidas para mí hasta aquella noche, me pregunté cuántos salvadoreños estarían residiendo en aquel lugar como para que el gobierno mantuviera ahí un consulado.

“En realidad son pocos” me dijo Claudia Zaldaña de Sifontes, Cónsul de El Salvador en Veracruz, quien había llegado a traerme al aeropuerto. “Lo que hacemos sobre todo es apoyar a los compatriotas migrantes que pasan por aquí”.

Como resultado de un cambio de rutas en el flujo de migrantes centroamericanos hacia el norte, Veracruz se ha convertido en los últimos años en un paso obligado para quienes quieren llegar a los Estados Unidos. Abordando diferentes trenes desde Chiapas a Tabasco, de Tabasco a Veracruz y de allí al D.F. para luego enrumbar hacia Ciudad Juárez u otros puntos de la frontera norte, miles de centroamericanos se lanzan en la búsqueda del así llamado “sueño americano”, aunque lo que tengan que pasar para lograrlo sea una auténtica pesadilla. Y buena parte de esa pesadilla la viven en México.

Desde abusos de parte de las autoridades, extorsiones, secuestros, trabajos forzados, robos y violaciones hasta mutilaciones o la misma muerte cuando caen del tren, los peligros a los que se encuentran expuestos los migrantes en su paso por México son frecuentes y variados.


Buena parte del trabajo consular consiste en velar por los compatriotas que son “asegurados” por las autoridades mexicanas y que entran en proceso de deportación, así como darle seguimiento a los casos de salvadoreños mutilados o repatriar los cuerpos de los que mueren al caer del tren.




La actual Cónsul tiene poco más de un mes de haber llegado a Veracruz y ya le tocaron un par de casos bastante complejos. El primero, el de cuatro niños que viajaban con un coyote cuando fueron capturados en un autobús mexicano por no llevar documentación de ningún tipo. Los menores, dos niñas y dos niños, viajaban solos aunque se cree que el coyote que los llevaba “se hizo el loco” cuando el bus fue interceptado.

Los menores habían salido de Santa Ana el 10 de marzo y el 21 fueron detenidos en el estado de Veracruz. Mientras se desarrolló todo el trámite de deportación, el consulado se encargó de notificar a sus familiares en el país y de velar por su bienestar.

Los migrantes tienen que permanecer durante el tiempo que duren los trámites en el lugar de resguardo de las instalaciones del Instituto Nacional de Migración, INAMI, que no cuentan con espacio suficiente. Los niños mencionados fueron puestos juntos en una misma estación migratoria. Durante las noches se les dejaba salir al corredor a ver televisión, pero pasaban dormidos la mayor parte del día por no tener nada qué hacer.

Finalmente regresaron al país después de la Semana Santa. Viajaron en compañía de dos oficiales migratorios certificados como Oficiales de Protección a la Infancia, OPI, de México, y aquí fueron entregados a sus respectivos familiares, con intermediación de la Dirección de Gestión Humanitaria de la Cancillería y el ISNA.

Sólo entre enero y abril de este año, 17 niñas y 13 niños, fueron repatriados a El Salvador desde México. Se estima que un coyote o pollero, puede llegar a cobrar hasta 8 mil dólares por llevar niños hasta los Estados Unidos, pagándose la mitad al inicio del viaje y la otra mitad al ser entregado el menor, por lo general a alguno de sus padres, quienes son los que mandan a traer a sus hijos de esa manera.



El Consulado de El Salvador en Veracruz es de hecho un consulado conjunto que, con la representación de Guatemala, a través de su Cónsul General Cristy Andrino Matta, comparten además de las instalaciones en la Plaza Acuario algunos casos a resolver, como cuando en marzo de este año, un grupo de migrantes de diferentes nacionalidades centroamericanas, entre ellos cinco mujeres salvadoreñas y una guatemalteca, fueron rescatados en la localidad de Tierra Blanca, donde permanecían secuestrados por una banda delincuencial.


Una ley en México le permite a los extranjeros indocumentados, víctimas de algún delito, optar por obtener un permiso migratorio para residir temporalmente en México, siempre y cuando hagan la denuncia contra los maleantes y atestigüen contra ellos en un juicio. Aunque muchas veces los indocumentados prefieren no hacer la denuncia por temor a las represalias, de las cinco salvadoreñas, cuatro accedieron a hacerlo. La que no accedió, una muchacha de 18 años, prefirió la deportación, aunque se supone que intentará hacer el viaje hacia el norte de nuevo.

Las cuatro denunciantes fueron resguardadas por varias semanas en la estación migratoria de Veracruz y justo en el mismo lugar, se mantuvo en detención a uno de los miembros de la banda que las había secuestrado. Después de amenazas y de situaciones incómodas, a petición de los consulados, las mujeres fueron trasladadas a Acayucan, una población a varios kilómetros al sur del puerto, para continuar con el proceso de averiguación previa y de la obtención de la documentación migratoria prometida, momento en el cual serán dejadas en libertad.



Una de las mujeres, a quien llamaremos “Rosita”, contó que el grupo estuvo secuestrado 34 días, tiempo durante el cual fueron obligados a realizar trabajos forzados. A ella, uno de los de la banda la utilizaba como “chola”, es decir, se la llevaba en una camioneta a hacer las cobranzas de sus extorsiones, mientras trasladaba en el vehículo dinero y armas. El temor a morir era constante para ella, consciente como estaba que si los encontraba la policía, podría no sólo ser acusada de complicidad sino que podría morir en un enfrentamiento armado.

Este grupo de mujeres piensa que si llegaron hasta allí y sobrevivieron al secuestro, nada peor podrá pasarles. Pero la verdadera intención detrás de obtener su permiso migratorio está en seguir intentando llegar a la frontera norte y lograr el cruce final.

Lo más desconcertante para la Cónsul Zaldaña fue cuando le preguntó a Rosita si no conocía los peligros a los que estaba expuesta cuando emprendió el viaje. Rosita le dijo que no, que jamás se hubiera imaginado todo lo que le había pasado. Que en El Salvador nadie le había advertido que las cosas son así en el camino. Que sabía que el viaje era duro, pero no que su vida correría peligro de manera permanente.

¿Por qué emprendieron el viaje? Las cuatro mujeres, todas madres que habían dejado sus hijos bajo responsabilidad de otras personas, estaban en serios apuros económicos en su lugar de origen, el departamento de Santa Ana, y no tuvieron otra opción.



Para el Consulado de Guatemala, las labores son similares. La Cónsul Andrino me habla también de la atención y el seguimiento que debe dársele a los que quedan mutilados por el tren. Los tratamientos de recuperación y los mecanismos para obtener una prótesis (que para los indocumentados es gratis), pueden tardar varios meses y el consulado tiene que velar por las condiciones de vida de los migrantes, funcionando como enlace entre ellos y sus familiares en Guatemala.

En estos casos, los familiares se miran obligados a enviar dinero para comprarles alimentos y para procurar algún alojamiento. Los albergues para migrantes permiten que los viajeros permanezcan un máximo de tres días, pero la permanencia de los indocumentados mutilados puede ser muy larga, como es el caso de un muchacho guatemalteco a quien el tren le cercenó un pie y que tendrá que esperar 6 meses para recibir su prótesis.


Desafortunadamente, las condiciones para este tipo de trabajo son difíciles y de recursos limitados. La gestión del Consulado Conjunto permite garantizar y sobre todo llegar a acuerdos con diferentes instancias mexicanas, para garantizar que a las personas indocumentadas se les permita estar en las mejores condiciones posibles y que se respeten su integridad y sus derechos humanos.



Se estima que un promedio de entre 200 a 300 personas salen a diario de El Salvador con rumbo a los Estados Unidos. La gran mayoría intenta hacerlo por tierra, emprendiendo un viaje largo y en condiciones de extremo peligro.

Unos llegarán, pero muchos más morirán en el camino, serán asaltados, secuestrados, violados, asesinados, perderán alguno de sus miembros o la vida misma en el trayecto. Otros serán deportados. De ellos pocos permanecerán en El Salvador. Porque lo más común es que incluso, en la frontera misma, cuando son devueltos por tierra a Guatemala o a El Salvador, den la vuelta ahí mismo, descaradamente, para volver a entrar. Para volver a probar. Para volver a empujar, con el afán de Sísifo, la piedra de su sueño. Un sueño que dejará parte de sus añicos en el idílico puerto de Veracruz.



(Publicado en la revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 2 de mayo 2010).

viernes, abril 30, 2010

Nuevas definiciones de "dolor"

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La luz está compuesta por finas navajas voladoras que rasgan, al contacto, tus glóbulos oculares.

Tu cabeza es yunque para un martillo. Caja de percusión para todo ritmo.

El sonido es un fluir de agujas invisibles que pincha tus tímpanos.

Cierras los ojos y tienes alucinaciones geométricas y de colores estridentes. Serían bellas las alucinaciones si no dolieran tanto.


Duermes y la oscuridad del sueño se llena de incongruencias que provocan angustia. Un sueño pastoso, profundo, incómodo.

Alucinas. Imaginas cosas. Piensas: si la cabeza pudiera desatornillarse, la dejarías puesta sobre el librero, hasta que pasara el dolor.

Pero luego, tendrías que deshacerte también del asco en el pecho, ése que no te permite comer ni un bocado.

Ves luces. Ves círculos morados y franjas azul cobalto.

El dolor es la suave sábana que acaricia tus órganos y que te permite percibir formas exactas: reconoces la redondez de tus ojos, la profundidad de tus cuencas, la profundidad y las curvas del cerebro.

Sabes que va a llover. La presión del agua en las nubes es la misma presión que sientes en tu cabeza. El dolor no va a ceder hasta que ceda el agua, es decir, hasta que caiga una buena, fuerte, feroz tormenta.

Por qué sientes en tu cabeza la presión de las nubes, no lo sabes. Te preguntas si eres pariente de las nubes. Te preguntas si tu cabeza es una nube. Y si tu cabeza es una nube, ¿son tus palabras agua? ¿Son tus pensamientos agua? ¿Es llorar llover?

La migraña es un camino lleno de piedras duras, secas, filosas. Algo así como caminar descalzo dentro de un cuento de Juan Rulfo. Espinarse. Y doler. Cortarse. Y doler. Tropezar. Y doler. Caerse. Y doler. Dormir. Y doler. Soñar. Y doler.



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miércoles, abril 28, 2010

Cuando me asomo por la ventanilla del avión

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Pienso en los viajes hechos antes. En la geografía de formas y colores que he visto desde arriba. Charcos negros en medio de parches blancos sobre Canadá. El río Misisipi, con todas sus vertientes y pantanos. Ver el Golfo de México desde la cabina de mando del avión (hace algunos años, en algún vuelo, me invitó el capitán a ver el mar desde ahí. Ninguna “mala intención”, es que alguien le dijo que en su avión iba una escritora “famosa” que resulté ser yo).

Ver el mundo desde el avión te hace comprender algunos cuadros de Georgia O’Keffee.

Pienso en la gente que quiero. Imagino qué estarán haciendo. Imagino que les contaré de este viaje al regreso. Me pregunto si ellos me estarán imaginando a mí sentada en este avión.


Pienso en las nubes. Las veo. Conozco la explicación científica del cómo se forman y de lo que son en realidad. Pero para mí siguen estando hechas de un material innominado que, si pudiéramos tocarlo, si pudiéramos caminar sobre ellas, serían de una suavidad seductora y narcótica.

Veo en la distancia y entre las formas de las nubes distingo a un cerdo, a un cisne y a King Kong viendo hacia el sol.

Me pregunto si al morir los animales se convierten en nubes. Me pregunto si por aquí estarán los espíritus de todos mis gatos muertos, convertidos en nubes blancas, limpias, luminosas.

Pero ya lo sé. Los gatos no se convierten en nubes cuando mueren, sino que se van al Valle de los Gatos, a vivir entre árboles y prados soleados, a ser felinamente felices por el resto de la eternidad. Allí me iré yo también, a pastorear gatos para siempre.




Veo entre las nubes, unas con la forma de la nebulosa de Los Pilares de la Creación. Pienso en la nebulosa. Cuando la vi por primera vez pensé que ésa era la foto de Dios. El origen y el misterio del mundo están ahí.

Nosotros somos tan diminutos, casi nada, pero nuestra arrogancia es tan gigantesca.

Entonces veo estas nubes desde la ventanilla del avión. Veo el cielo de un azul casi lavanda. Because the sky is blue it makes me cry. Se me llenan de agua los ojos.


Me trastorna tanta belleza. Y pienso que el mundo es bello.

Pienso en tierra. En esos amigos que pensé antes. En esa gente que amo. En ellos que me aman con todo y mis defectos (que no son pocos / los defectos, no los que me aman, ésos son los menos). Pero así me quieren, me aceptan y están conmigo.

Pienso en alguna gente muy especial que ha entrado a mi vida, como si fueran ángeles. Más de alguno ha sido un ángel enviado para ayudarme aunque sólo sea con una palabra de aliento. Hay gente que no entiende que a veces, cuando todo se desmorona alrededor, una palabra de aliento, una palabra de afecto, un mínimo gesto es tan grande que te levanta del suelo.

Esos ángeles son los que más aprecio porque, por experiencia lo sé, están un tiempo muy, pero muy breve en tu vida. Luego se van a seguir haciendo el bien donde corresponda.

Veo ese paisaje tan sencillo, cambiante, no permanente, un paisaje que ha sido visto por miles de seres que han viajado en aviones, que ha sido contemplado desde tiempos inmemoriales por millones de seres desde la tierra y desde el mar y por un puñado de astronautas cuando han salido más allá. Un paisaje tan sencillo y tan común como un montón de nubes.

Y no comprendo, de veras que no comprendo, por qué estamos empeñados en destruir tanta belleza.



(Escrito en el aeropuerto de México D.F., 15 de abril 2010, durante una espera de 5 horas antes de tomar el avión a Veracruz. La foto la tomé desde el avión, volcanes mexicanos que no sé cómo se llaman).



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jueves, abril 15, 2010

De héroes y milagros

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No me olvido de escribir.

No me abruma el silencio.

Movimiento, velocidad, tiempo que parece útil pero que finalmente es perdido.

¿Cómo explicar que la columna vertebral de mi cuerpo sean un montón de letras continuadas, como hormigas que sostienen el cuerpo y amansan el alma? ¿Cómo explicarlo para que alguien, por fin, lo entienda?


Poesía, poemas, versos.

Alberto Guerra Trigueros, Francisco Gavidia, Raúl Contreras, Claudia Lars.

“Instante y elegía de un marino” de Lars.

Leerlo pronto, en voz alta, en una ciudad frente al mar.

A veces no se entiende qué quiere la vida de uno. Por qué aprieta tan fuerte sus tenazas de cangrejo. Pero cuando afloja, hay que saber escapar. O aceptar el respiro. Y gozar el escape, disfrutarlo.

A veces no se entiende por qué nada.

A veces te ponen a prueba y luego, hay recompensa. Doble.

A veces falta arrojo y ponerse en plan María Félix.


María Félix y Agustín Lara.

Veracruz.

Habitantes angustiados sobreviven una nevada mortal en Buenos Aires y luchan contra extraños invasores en El eternauta, que ahora leo.

John Cheever y la sed que nunca acaba.

Absolut. Nostalgia de un bar en Guatemala.

La carta que nunca escriben. ¿El inicio del cansancio?

Una intensa, curiosa, obsesiva, grata, sorprendente fantasía dominguera.

“De qué callada manera se me adentra usted sonriendo, como si fuera la primavera y yo muriendo; y de qué modo sutil me derramó en la camisa todas las flores de abril. Quién le dijo que yo era risa siempre y nunca llanto, como si fuera la primavera, no soy tanto; en cambio qué espiritual que usted me brinde una rosa de su rosal principal”.


Un gallo aplastado en la carretera.

El camino más corto a la lavandería.

Flores que se quiebran. Geranios que renacen.

Hablar de tatuajes.

Envolver un regalo.

Abrazar a una gata y decirle “gracias por ser tan fiel”.

Agradecer algo desde el sótano del corazón.

Esperanzas. Árbol de la literatura mantente firme.

La imaginación: abrir puertas y estar en un balcón frente al mar. Oler la sal. Naufragar la pupila en el turquesa del agua.


Extraños sucesos. Inexplicables sucesos. Cosas desconocidas que ocurren entre telones y que hacen que seres antes agrestes ahora te hablen como si fueran mansos gatitos.

Un afiche de Monseñor Romero, el más joven de los profetas.

Héroe: un hombre que cumple con su palabra. Un hombre que cumple con su palabra y que con eso te ha salvado en muchos sentidos y él no sabe la dimensión del bien que ha hecho.

Hoy conocí a mi héroe.

Y mañana me voy.

Un milagro. Y al regreso, cumplir una promesa.



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viernes, abril 09, 2010

¿Un taller de narrativa conmigo?

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¿Quién tiene ganas de participar en un taller de narrativa con Jacinta Escudos?

Si está en San Salvador y tiene ganas y tiempo durante los próximos 8 sábados por la tarde (de 2 a 5), a partir del 17 de abril me estaré reuniendo con ustedes en la Sala Nacional de Exposiciones para tocar diferentes aspectos de la narrativa.

¿Cuál es el género literario que se adecúa a lo que yo quiero escribir? ¿Cuál es la diferencia entre panfleto y literatura? ¿Cómo hacer buenas descripciones, qué tipo de lenguaje y recursos utilizar en mi narración? ¿Qué es lo que hay que corregir cuando se trabaja un texto?

Éstos y algunos otros temas estaremos tratando en el taller, amenizado con lectura de textos de Juan Rulfo, Raymond Carver, Salarrué, y realizando ejercicios, algunos de los cuales fueron diseñados por John Cheever y Carver para sus propios talleres narrativos.


El taller está organizado por el Foro de Escritores de El Salvador, costará 40 dólares por participante. Reserve su cupo antes del sábado 10 de abril con Mario Noel Rodríguez a la dirección de correo-e: poetasinoficio@yahoo.com.mx.

¡Los espero!



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miércoles, enero 20, 2010

Tutti frutti

- De las cosas más divertidas que he encontrado últimamente: el humor de Alberto Montt, en dosis diarias (mire sin compromiso y si le gusta, vuelva). Y seguro volvemos.


- Adelanto de Compañeros de viaje de Henry James, libro que se publica por primera vez en español.


- Discurso de aceptación de la Premio Nóbel de Literatura Herta Müller.

- "Au Sable", un relato de Joyce Carol Oates de su libro Infiel.


- Para los que aman la música clásica: Medici.tv.

- Ciudad Juárez, en la sombra del narcotráfico, un intenso blog escrito desde allá por la periodista Judith Torrea.


- El Salvador cultural, nueva página de información cultural.


- Un blog que me gustó: Libros y bitios de José Antonio Millán.


- Para que lo apunten en su agenda, varios tributos que se rendirán este año a escritores de la literatura universal como José Lezama Lima, Jean Genet y Miguel Hernández, entre otros.


- Una entrevista de 1982 de Televisión Española con Isaac Asimov.

lunes, enero 18, 2010

El perdón del Pdte. Funes

No todo ha sido aplausos y sonrisas por la petición de perdón emitida por el presidente Mauricio Funes el pasado sábado. Tengo la impresión de que, por un lado, la noticia ha pasado con algo de indiferencia por muchos sectores. Los periódicos de derecha, por ejemplo, apenas comentan el asunto.

Hubo además declaraciones desafortunadas por parte del ex-presidente Armando Calderón Sol diciendo que por un lado, el presidente Funes no debía pedir perdón en nombre del Estado porque la guerra la provocó la guerrilla, no el Estado, y por lo demás, que dicho discurso no tendría trascendencia alguna; por su parte el ex-presidente Cristiani dijo que estaba bien que lo hubiera hecho, pero que él (Cristiani) ya había pedido perdón pero que a todos se les había olvidado (sic).

Tengo la impresión de que la opinión generalizada es que el perdón está incompleto. Por un lado, porque se esperaba que el presidente, representando al FMLN como partido de gobierno, también pidiera perdón en nombre de la guerrilla por los abusos y los crímenes cometidos durante la guerra. Esto pese a que el vice-presidente Salvador Sánchez Cerén hiciera dicha petición a nombre del FMLN en otro de los actos de celebración de la firma de los Acuerdos de Paz. La formulación exacta de sus palabras parece no haber satisfecho a muchos. Menos reiterativo que el presidente Funes, Sánchez Cerén se limitó en el último párrafo de su discurso a decir: “A todas las víctimas del conflicto, a todos sus familiares, a sus hijos e hijas, el FMLN les pide perdón, y a todo el pueblo salvadoreño afectado por nuestras acciones militares”. Y consideran como acto de reparación a las víctimas su trabajo político a lo largo de los 18 años transcurridos.


Por otro lado también he escuchado (o más bien leído en varios blogs, Twitter y Facebook), que el perdón queda incompleto si no va acompañado de acciones que lleven a la justicia a los responsables de todos los crímenes y abusos. Y aunque Funes ha dicho que la Ley de Amnistía no será abolida, el llevar a los tribunales a los diferentes responsables de asesinatos, torturas y desapariciones sigue siendo un deseo latente de justicia entre los salvadoreños, porque la impunidad ha sido una constante en este país desde siempre.

Creo también que hay un fuerte sector que, aunque aparenta indiferencia ante las celebraciones por la firma de los Acuerdos de Paz, siente más bien que hablar de “paz” no deja de ser una fuerte ironía, cuando el país se debate en una ola de violencia y criminalidad nunca antes vista. Porque para la guerra (y quizás exceptuando los días de la ofensiva final del Frente), se sabía dónde de dónde venían los balazos. Pero ahora no se sabe dónde puede quedar uno. Con un vergonzoso promedio de entre 12 a 14 homicidios diarios y con el agravante de actos que van escalando en violencia, como el hecho de que se lancen granadas a lugares públicos, como ocurrió el mismo sábado y donde hubo 20 heridos y un muerto, es difícil sentir, convencernos, darnos cuenta y mucho menos decir que aquí “estamos en paz”.

Si bien es importante la declaración de Funes (porque jamás nadie en la historia del país había tenido un discurso conciliatorio de ninguna índole), todas las heridas que están abiertas y supurantes, podríamos decir que desde las masacres de 1932, y que tampoco fueron incluidas en la petición de perdón, pueden encontrar en las palabras de Funes un leve bálsamo. Pero el bálsamo no es la cura.

El proceso de recuperación de la sociedad salvadoreña será largo y complejo, sobre todo por la profunda y compleja polarización política del país, en el cual discursos como el de Funes el sábado siempre dejan inconformes a muchos.

viernes, enero 15, 2010

Al día

Copia  de Librera sala.JPG





La nebulosa de los primeros días. La nebulosa de los meses anteriores. Todo va pasando.

Se reordena, se apacigua, se aclara.

No hay mucho todavía qué decir.


Siento que las primeras semanas, al regresar al Salvador, fueron intensas, veloces, empeñadas en correr y aclarar ese caos inicial del arribo. Tratando de establecer sobre todo una domesticidad elemental pero funcional para poder retomar la vida. Tratando además de aprehender las experiencias de los últimos 5 años y de asimilar lo que implica el regreso.

Se dice fácil, regresar. Pero ¿a qué regresé? Es mi país, cierto, pero es uno bastante defectuoso. Ya sé a lo que vuelvo y el panorama no es paradisíaco. Por lo demás, aquí no tenía una base de operaciones, es decir, casa. Y he tenido que empezar de cero otra vez más.

“¿Ya estás instalada?” es la pregunta que se me ha hecho con más frecuencia en el último mes y medio. No sé bien qué quieren decir con eso. Tengo un techo, sí, y una cama, ajá, y una cocinita eléctrica prestada, también, y recuperé mis libros y los junté con los que traía y recuperé dos que tres papeles que tenía guardados para novelas por escribir. Eso es todo lo que tengo, eso es todo lo que hay. Si a eso le podemos llamar “estar instalado”, no sé.

La casa permanecerá bastante vacía durante meses. No hay manera financiera posible para que sea de otro modo. No quiero endeudarme, y además odio comprar las cosas a crédito, así es que viviremos en un estado espartano de cosas durante un buen rato.




Trato de tomármelo muy zen. Recuerdo los días de cuando hice el Camino de Santiago. Durante esa caminata, mi mundo era lo poquito que llevaba en la mochila. Valorabas una buena cama, una ducha caliente, un vaso de agua, una comida suculenta y sustentadora. Reconectabas con vos mismo y con las cosas más simples de la vida. El andar despojado te hacía pensar mejor.

Algo así pasa ahora. Valoro una buena comida. Un jugo frío. Un asiento cómodo. Una mesa para comer. Lo que más extraño es la comodidad, pero aprendo que siempre hay alguna manera de resolver todo. También extraño el televisor (sí, no me avergüenza ni un ápice decir que me gusta ver televisión, sobre todo películas y documentales. Si uno es selectivo con lo que mira, pueden encontrarse joyas en lo que llaman "la caja boba").

A veces, sólo a veces, pasa por mi mente la idea de continuar viviendo así “para siempre”. Sin refrigerador, sin más muebles. Creo que muchas veces nos llenamos de cosas inútiles y que hay que valorar qué es lo que realmente queremos y/o necesitamos. Bueno, la refri no es inútil, sobre todo en un país de clima cálido como el nuestro, pero mal que bien la he ido pasando sin ella.

Un par de gentes me insisten en que “para salir del paso”, compre una mesa plástica, de esas que hay en todas partes. Resulta que le tengo aversión al plástico, resulta que esas mesas y sus sillas no me gustan para nada. No. No quiero. Sobre todo, no quiero quedarme después con una mesa plástica que no me gusta. Ya no quiero cosas (ni gentes) que no me gusten en mi vida, ni cosas que me saquen del paso. Prefiero el vacío.


Otra gente me pregunta si ya estoy escribiendo, si voy a dar talleres. También me hacen preguntas mucho más complejas, realmente imposibles de contestar. Un avión aterriza en un aeropuerto y llega a la terminal en unos cuantos minutos. Pero para una persona ese “aterrizaje” tarda bastante más tiempo. Los pensamientos, las emociones, las expectativas, los recuerdos, las preguntas, las ansiedades... todo eso se revuelve con el equipaje de vida que ya de por sí cargamos. No sé cuándo voy a terminar de aterrizar, de llegar, de regresar. El cuerpo llega primero, pero el alma viene después (lo dijo alguien, no recuerdo quien, ni siquiera si era así textual, ni siquiera si es un recuerdo que me estoy inventando, pero vale la idea).

Las cosas, como dije al principio, apenas van asentándose. Apenas. Eso, junto a 5 brutales migrañas en el lapso de un mes (dos la semana pasada), no ayudan mucho a pensar.

Pero ahí vamos. Viviendo el día a día. Ésa es la única estrategia. Vivir el día, el ahora. Lo demás llegará en su momento justo.



(En la foto, el librero de la sala-comedor, finalmente arreglado. Quedaron por fuera varios libros; como ya me lo había indicado mi ojo, necesito otro...).

miércoles, enero 13, 2010

El jardín de la Loli

Loli y el brezo.JPG



Cuando terminé de trasplantar las plantas que había comprado y las coloqué en sus respectivas macetas, me senté a descansar un rato y a contemplar la obra realizada. Tenía todavía las manos tierrosas y el olor de las plantas bien metido en la nariz. Se miraba bonito pero de inmediato me asaltó la culpa: comprar plantas no era la necesidad más urgente, me gasté un dinero que no debía, qué voy a hacer el resto del mes, debí haber comprado esto o aquello, etc. etc.

En eso estaba cuando se apareció la Loli en la puerta. Se paró ahí, vio a izquierda y derecha, y luego me miró a mí.

Esa mirada...


Esa mirada me ha convencido de que, luego de tan largo tiempo de convivencia, es posible que humanos y animales se comienzan a transmitir el pensamiento y de ahí que uno (y ellos) sepamos exactamente lo que estamos pensando, sintiendo, deseando, necesitando. No hace falta hablar con palabras articuladas para entenderse.

Esa mirada llena de asombro decía: “¡Hiciste magia! ¡Hay plantas!”.

Viendo esa carita se me quitó toda la culpa. Y pensé: “claro que era urgente tener plantas, era urgente para la Loli”. En parte también lo era para mí. Yo que me crié en finca y que siempre he tenido jardín, estaba extrañando meter mis manos en la tierra y cuidar plantas. Gocé como niña trasplantando y sintiendo el olor de la tierra húmeda y de las hojas y las raíces. Pero he gozado mucho más al ver la reacción de mi gata en ese momento y en los días siguientes.

Entonces la Loli se fue a tomar un poco de agua en la esquina del patio, y se volteó nuevamente como para comprobar que aquello no había sido una alucinación. Me miró de nuevo, contentísima.




Se fue a examinar las plantas y las macetas, una por una, en perfecto orden. Olía, miraba, asomaba la nariz a la tierra, se frotaba en los bordes de las macetas. Se quedó largo rato oliendo la ruda. El brezo la dejó fascinada. El pony... miraba al pony como si se tratara de un gigantesco árbol centenario y se metió debajo de sus hojas largas un rato. Luego descubrió el bambú enano, comprado expresamente para que ella pudiera comerlo (los gatos comen cierto tipo de yerbas para complementar el suplemento de ácido fólico y otros minerales en su dieta) y por supuesto, se puso a masticar hojitas de inmediato. Por poco destruye la begonia porque le gustó tanto que se quería frotar con todo su peso encima de cada hoja.

Desde ese día pasa bastante más tiempo afuera, cuidando de “sus plantas” y me demanda con insistentes maullidos que salga con ella a gozar del espacio. Ahora desayuno ahí, con ella y las plantas. Ella se echa orgullosa, como una leona en control de su reino. Está muchísimo más animada, casi se diría normal. Lo único que le falta es tirarse panza arriba a tomar el sol y cuando eso ocurra, podré decir que ya la Loli se siente “en casa”.

Su fascinación son el brezo, el pony el bambú. Contra los 3 se frota, los mira arrobadísima. Le encanta meterse debajo de las largas y lanceoladas hojas del pony una y otra vez; al bambú le pega sus mordisquitos e igual, mete su cabeza debajo de las ramitas. Pero creo que en el fondo está enamorada del brezo y que terminará casándose con él. Lo mira y lo mira y lo vuelve a mirar, con el asombro de quien descubre algo por primera vez. Quizás por eso soñé que tenía pequeños gatos hechos de brezo, gatos con 3 y 4 colas, toditas ramas de brezo que me recordaron de inmediato al cuadro de Remedios Varo “Gato helecho”.


Cabe decir que la culpa se me quitó de inmediato. Y que se me quitó al ver esa alegría de la gata por sus plantas. Y que la felicidad de la Loli vale para mí todo el oro del mundo, aunque no quede para comer más que queso y tortillas. Y que si la Loli está feliz, pues yo soy feliz con y por ella. Amén.



(En la foto, la Loli examinando detenidamente su amado brezo).

lunes, enero 11, 2010

Las cicatrices de un libro

La reciente noticia de que el lector electrónico de libros conocido como Kindle fue el artículo más vendido durante el año pasado en Amazon, reavivó la discusión sobre el futuro del libro de papel.

Los fundamentalistas tecnológicos insisten en profetizar la pronta desaparición del libro, utilizando argumentos algo flojos como que hay que evolucionar y adaptarse a los cambios que el supuesto progreso nos va imponiendo.

Dichos aparatos no son precisamente baratos. Además, luego de comprarlo, habrá que adquirir los libros. Un rápido vistazo por Amazon viene por lo demás a comprobar que, aunque un poquito más baratos que las ediciones impresas, los libros electrónicos tampoco son regalados.

Tengo sentimientos encontrados en cuanto al lector digital. Jamás he podido ver uno ni conozco a alguien que lo tenga, así es que puedo decir muy poco sobre su conveniencia o no para leer en ellos. Me llaman la atención, como tantos otros inventos recientes, y me agrada pensar que podría meter, dentro de un sólo traste, toda mi biblioteca. La de contratiempos que me ahorraría en las mudanzas. También sería útil para viajar y transportar con uno libros de consulta, diccionarios y de todo tipo.


Pero la realidad es que las editoriales en español todavía no se han abierto a dicho mercado y por lo demás, las limitaciones económicas de nuestros países no permitirían una masificación del lector electrónico. De hecho, en El Salvador todavía estamos en la parte en que tenemos que promover la lectura y para ello el libro de papel sigue siendo la mejor alternativa.




Parte de lo que perderíamos con estos aparatos sería el placer profundamente sensorial que acompaña a la lectura. Porque leer no se trata solamente de voltear páginas y comprender su contenido. Eso sería demasiado simple y posiblemente a muchos ni nos interesaría si fuera así.

Pasear por las librerías para ver portadas, regodearse con los detalles de edición de las diferentes editoriales, tomar el libro y examinar la solapa, ver la foto y los datos del escritor, ver la contrasolapa y descubrir la lista de otros libros publicados en la misma editorial, leer la contraportada, hojear al azar algunas páginas interiores, son todas cosas que no podríamos hacer.

Tampoco podríamos descubrir el olor del papel (y unos libros huelen mucho mejor que otros). Ni podríamos sentir el peso variado de cada libro entre nuestras manos. Los libros de tapas duras y de tapas blandas. La aspereza o suavidad del papel. Las diversas calidades y tonos de blanco del papel. Esas páginas a veces todas en blanco que nos vamos encontrando en la lectura o los cuadernillos ausentes.

No podríamos subrayar nuestras frases favoritas. No podríamos doblar una esquina para marcar una página. No podríamos escribir un comentario en el margen o, en su defecto, pegar un post-it (hay quienes no se permiten escribir sobre un libro porque lo consideran “sagrado”; para mí son objetos de trabajo y los míos, pues, son trabajados al leerse).

No podríamos llevarlo a todas partes porque tendríamos que estar pendientes de si se cae, se moja, se lo roban o se pierde. Imagínese: algún tarado se roba su Kindle pensando que es una especie de netbook o celular gigante y desaparece toda su biblioteca. Si a mí me pasara, me arrancaría el pelo de la pura desesperación.

Si mis libros de papel se mojan, no pasa nada: los asoleo un par de días y quedan arrugaditos, pero sigo leyéndolos. Si se caen, tampoco pasa nada. Busco la página en que me quedé y ya. Si me lo roban, bueno, lo lamento pero si era muy importante, me voy a comprarlo de nuevo (cosa que además ya me ha pasado, siempre hay “amiguitos” que se llevan los libros de tu propia casa).

Por lo demás, el lector electrónico, como cualquier objeto tecnológico, tendrá no solamente sus modelos actualizándose aceleradamente sino, seamos realistas, tendrá una vida útil de algunos años. ¿Y luego qué? ¿A comprar otro? ¿Con lo “baratos” que son? Supongo que habrá maneras de rescatar los libros o de hacer un respaldo para que no se pierda toda tu biblioteca el día que a tu lector le dé el patatús.


Los libros, después de ser leídos, se convierten en el fetiche que evoca un momento de tu vida: el lugar donde leíste, lo que bebiste mientras leías, lo que ocurría en tu vida paralelo a la lectura, los recuerdos y las fantasías que desencadenó el libro. Libros manchados, asoleados, doblados, de bordes amarillentos, garabateados, manoseados. Luego de la lectura, nuestros libros quedan llenos de cicatrices que los convierten en objetos únicos y valiosos.

Mi edición de El Principito, de Saint Exupéry, por ejemplo, tenía en la esquina de varias páginas y en la portada misma los rastros de los pequeños dientes de la Bonifacia (que el Gran Padre Gato la tenga en su gloria), porque cuando le comenzaron a salir los dientes definitivos le dio, como a todo bebé, por morder algo. Y ella, que siempre fue una gatita intelectual, amante de la poesía de José Lezama Lima y César Vallejo, le dio por mordisquear aquel libro.

Pero acabo de descubrir que El Principito se me perdió. Puedo volver a comprarlo. Pero jamás recuperaré las huellas de los dientes de mi gatita en él. Y con ello, perdí un recuerdo que ninguna computadora ni lector electrónico podrán sustituir jamás.



(Publicado en Séptimo Sentido, de La Prensa Gráfica, domingo 11 de enero 2010).

viernes, enero 08, 2010

"El extraño del pelo largo", La Joven Guardia

Ya hace bastante rato que no ponemos música por aquí. Y hoy no puedo evitar poner este video de una canción que me gustaba muchísimo en mi infancia. Andar "el pelo largo" a fines de los 60 era sinónimo de "ser hippie" y el pelo largo, bueno, podía ser como el de los Beatles cuando comenzaron, o como el de Carlos Santana o Robert Plant. Ver a un hombre con el pelo "largo" en El Salvador era motivo de escándalo y cejas alzadas para los mayores que, como mi padre, decían que "todos esos peludos eran unos vagos".

Ah, inocentes tiempos aquellos...





miércoles, enero 06, 2010

¿Un poquito de tutti frutti?

- Hay gatitos que, aunque usted no lo crea, les gusta pintar. ¿Por qué lo hacen? Why Cats Paint? A theory of feline aesthetics.



- Calidoscopio, panfleto cultural.



- Carátula, edición diciembre 09/enero 10.



- Archivo surrealista: el universo del surrealismo en español.



- "Los muertos callan en la Sierra Alta", reportaje de José Luis Sanz sobre las maras en El Salvador.



- Laúd y cicatrices, un fragmento del libro de Danilo Kiš.



- Fronterad, revista digital de España.



- Una buena página sobre William Burroughs.



- Dixibook, actualidad y tendencias en el negocio editorial.



- Rollinga, noticias sobre música, literatura y otras cositas, desde Chile.



- "La muerte del autor", Roland Barthes.

lunes, enero 04, 2010

La basura o la vida

Me llama la atención que en los últimos cinco años sea muy poco, por no decir nada, lo que el país ha avanzado en materia de estimular la conciencia ecológica de sus ciudadanos. Mientras leemos y escuchamos frecuentes discursos sobre el cambio climático y la imperante necesidad de preservar nuestro planeta, ¿con qué opciones contamos los salvadoreños para contribuir, desde el ámbito doméstico y cotidiano, en la conservación de nuestro entorno?

Pareciera que, todo lo contrario, los salvadoreños estamos peleados con el medio ambiente. Odiamos la naturaleza. La odiamos tanto que derribamos bosques enteros para convertirlos en autopistas, lotificaciones, residenciales, centros comerciales y áreas de cultivo, todo en nombre de una distorsionada noción de progreso.

Al destruir esos bosques destruimos también el hábitat de especies animales diversas y desequilibramos el armónico y misterioso concierto de la vida. Después nos damos golpes de pecho y clamamos al cielo cuando ocurren dramáticos deslaves e inundaciones que dejan no sólo pérdidas materiales sino, lo peor, pérdidas humanas. ¿Pero existen campañas de reforestación permanente?

Me llama la atención también que no existan proyectos de reciclaje nacionales o locales. ¿Qué se hace con las botellas de vidrio? ¿Con los periódicos viejos? ¿Qué se hace con las odiosas botellas de plástico y con los cartones tetrapack en los que vienen tantas bebidas azucaradas y lácteas? ¿Dónde están los centros de acopio, quién organiza campañas de recolección, qué se hace con toda esa basura? ¿Dónde se compra papel reciclado? ¿Quién recicla latas de aluminio?




El hecho de que la basura ya no esté en nuestras casas y que no la miremos no significa que ya no existe. Para muchos la conciencia se alivia pensando que, sea en la propia canasta donde se tira la basura o en los rellenos sanitarios, llegarán los pepenadores a recoger el material mencionado para venderlo por unos míseros centavos. De hecho, familias enteras sobreviven de tan degradante “oficio”. Pero los pepenadores no tienen la capacidad humana ni material para recoger todo lo reciclable. Mucho queda en los botaderos, manteniéndose indestructible durante más tiempo del que nos podemos imaginar.

Nosotros moriremos pero nos sobrevivirán las bolsas plásticas del supermercado que tardan 150 años en degradarse; las botellas plásticas pueden perdurar más de 100 años. Los vasos descartables tardan mil años en disolverse y la Barbie vieja que su hija tiró a la basura este año porque le regalaron la más nuevecita, tardará 300 años en desintegrarse. Ni hablar de las botellas de vidrio, que pueden pasar intactas 4 mil años y si no me cree, puede verlo en cualquier museo de culturas antiguas, donde las excavaciones arqueológicas han rescatado objetos de vidrio de vieja data.

Hay malos hábitos cotidianos que parecen inofensivos pero que son mortales para otras especies. Por ejemplo, escupir un chicle en la calle. El chicle puede tardar 5 años en degradarse, pero lo triste es que los pájaros, atraídos por el olor del azúcar o por su aspecto, se lo comen, se les pega en el pico, quieren sacárselo con las patas y mueren sofocados.

Recuerdo que cuando era niña por los vecindarios pasaba gente comprando los periódicos viejos y las botellas de vidrio. Las garrafas y botellas en las que se vendían el aceite de cocina y las gaseosas, eran retornables. Y estaban también los “ropavejeros”, aquellos que cambiaban la ropa que ya nadie quería por una plantita.

Lo viejo era útil para otros: el papel periódico para los que hacían piñatas, las botellas para los que producían crema o miel y la ropa, pues, para quien necesitara qué ponerse. A cambio nos quedaba una planta, un ser vivo como símbolo del trueque: devolver vida por algo que ya no queremos.

Aunque hay gente que todavía está en estado de negación o que simplemente ignora el hecho, la verdad es que el clima está cambiando aceleradamente por efecto de nuestra depredación constante y seguramente nosotros, nuestros hijos y nietos, viviremos situaciones dramáticas a consecuencia de ello.

No hay que ser científicos ni viajar a los polos para ver el derretimiento de los glaciares para comprobar esto. Los calores que se viven en lugares como Santa Tecla o Los Planes de Renderos son inusuales, ya que solían gozar de un clima templado. Ni siquiera San Salvador era tan caliente como lo es hoy. Cada día es más difícil proveer de agua a todas las comunidades del país porque la deforestación y la construcción indiscriminada han secado varias fuentes y manantiales.

Quiero creer que estoy equivocada y que quizás hay programas de reciclaje de cuya existencia no tengo conocimiento. Si es así, no están funcionando de manera óptima, pues la información debería ser conocida y accesible para todos. Debería haber campañas informativas frecuentes para que los ciudadanos sepamos a dónde acudir con nuestra basura y campañas de concientización en todos los medios de comunicación que subrayen la importancia del reciclaje. Los centros de acopio deberían además estar ubicados en lugares accesibles y brindar todo tipo de facilidades para que la distancia o la falta de transporte no sean obstáculo para acudir a ellos.


El cambio climático no es algo que ocurre “allá afuera”, tan lejos que no nos afectará. Ocurre aquí y ahora, en este país y en este planeta. Y cuando se nos acabe el mundo, lo siento hermanos, pero la mala noticia es que nos acabamos todos con él.



(Publicado en Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, domingo 3 de enero, 2010).

miércoles, diciembre 30, 2009

La navidad del yonki (William Burroughs)

Este es mi regalito de fin de año para los lectores de este blog. Me topé con este animado basado en uno de los cuentos de Interzone de William Burroughs. Se llama The Junky's Christmas (La navidad del yonki), producido por Francis Ford Coppola y narrado por el propio Burroughs. Al final se pone algo cursilón para mi gusto pero... what the heck! It's Christmas!, jajaja.


Los subtítulos en español están algo extraños, como que no van al ritmo de lo leído, pero se deja entender finalmente. Y si lo que quiere es el texto del cuento, puede leerlo aquí (en su original, en inglés), junto a otros cuentos de Burroughs. Si alguien encuentra este texto en español, por favor comparta el enlace.

De paso, gracias por seguir visitando este espacio y les deseo que el nuevo año sea mejor que el que se nos acaba. Mucho mejor.







martes, diciembre 29, 2009

Libros que nos persiguen: Diarios de John Cheever

diarios cheever.jpgHay libros que lo persiguen a uno. "Books that haunt you" me parece mejor expresión. Libros que se le aparecen a uno en todas partes y que uno se queda pensando en ellos y entonces surge la imperiosa necesidad de comprarlos, tenerlos, leerlos.

Me ha pasado varias veces, por ejemplo, que he visto un libro que me gusta, pero que no lo compro porque lo siento muy caro o porque no ando el dinero o, lo peor, me entra el moralismo de “¿y para qué quiero otro libro si ya tengo un montón sin leer?” (I need another book like I need a hole in my head!). Pero uno se queda pensando en ese libro días y días y se decide por fin a comprarlo, vuelve al lugar y puf, el libro ya no está. Y después uno se pasa reclamando a sí mismo “lo hubiera comprado...”.

En el transcurso de un año se me ha plantado enfrente los Diarios de John Cheever ya 3 veces. La primera vez no lo compré porque me pareció caro, pese a que estaba en la mesa de rebajas en Sanborn’s. Pero me quedé piense y piense en el libro. Volví una segunda vez a buscarlo, pero resistí a la tentación de comprarlo. Sin embargo, seguí piense y piense en el mismo y cuando ya fui por él, decidida a comprarlo, no estaba.


La segunda vez se me apareció en Sophos de Guatemala. También caro. Y uff, yo rondándolo y rondándolo y recordando lo que me pasó la vez anterior. Pero como supuestamente iba a volver pronto a Guate ya no lo compré. Después resultó que no volví a Guate y me quedé antojada de ése y varios libros más que no compré.

La mañana del 24 tuve que ir a primera hora al banco a hacer varias gestiones. Como “premio” por la mañaneada, decidí invitarme a desayunar a la panadería San Martín. Pero estaba llena hasta el tope. Así es que pensé que quizás en Sanborn’s podría desayunar. Se podía y además había un muy buen buffet. Y ya que estaba, pues... nada me costaba ver libros.

¿Y a quién creen que me encontré? El mismo libro de John Cheever. El precio lo habían rebajado, pero seguía siendo “cariñosón”. Pero recordando las experiencias anteriores, con un cheque recién depositado, con la auto-complacencia que nos da para las navidades y pensando sobre todo que si no me lo regalaba yo, no me lo iba a regalar nadie, lo compré por fin.

Y eso fue lo que me pasé haciendo la Nochebuena y el día de Navidad (y sigo en eso), leyendo los diarios de Cheever. Con una copa de vino tinto, unos cuadritos de chocolate amargo y mi mano acariciando los suaves lomos de la linda Loli que roncaba cerca.

Leyéndolo, por supuesto, me sentí además complacida de la compra. Los géneros personales como diarios y correspondencias me gustan mucho. Me encantó la introducción hecha por Benjamin Cheever, uno de sus hijos, en los que explica que su padre tenía un profundo interés en publicar los diarios, que en realidad, no son propiamente tales. Hay bosquejos para cuentos, ideas para otros textos, pero también algunas notas sobre su vida personal, sus hijos, su esposa, su bisexualidad, su alcoholismo pero, sobre todo, su profunda sensación de soledad.

Lo que me impresionó (y gustó) de esta introducción, fue que Benjamin confiesa lo duro que fue para él y el resto de su familia, leer algunas partes de estos diarios. Pero que a pesar de ello, no quisieron manipular el material ni editarlo como para dejar bien parado a nadie. El texto escrito por Cheever es lo que es y su familia lo respetó tal cual. Suerte de él de contar con una familia tan tolerante y comprensiva con lo que es el escribir.

Porque escribir, me parece, tiene que ser con toda autenticidad, con toda franqueza, sinceridad y lealtad hacia lo que uno cree. Pese a que el oficio literario es, en gran medida, saber contar una historia inventada, saber mentir, hacerle creer al lector o por lo menos, hacerle tener la sensación, de que lo que lee es cierto o probable o verídico, el escritor tiene que ser fiel a su visión de mundo y sobre todo a lo que desea decir y transmitir, sea en la ficción o la no ficción.

En este caso, los lectores nos hemos visto favorecidos por el respeto de la familia Cheever de dejar los textos tal cual. Que en otros casos, como el de Alejandra Pizarnik por ejemplo, nos han obligado a los lectores a leer textos mutilados y manipulados en favor de no revelar “los sucios secretos” familiares o personales del autor en cuestión.

Seguiré reportando luego sobre la lectura de estos diarios.

lunes, diciembre 28, 2009

Guadalupana

Los primeros en llegar son los hombres de los caballitos. Estos son negros y blancos y tienen delicadas flores de colores pintadas en los costados. Después de montar la rueda, los hombres les dan un retoque de pintura para que se vean mejor.

Los siguientes en llegar son los vendedores de comida. Los más avispados se ponen a vender de inmediato. De noche pueden verse las luces de algunos cuantos negocios funcionando y vendiendo churros “especiales”, anchos y desfigurados. Otros venden tajadas fritas de yuca y plátano, en un exaltado homenaje al aceite.

Poco a poco la calle del Instituto de las Hermanas Somascas y la acera frente a la Basílica de Guadalupe van llenándose de improvisadas champas donde se ofrece absolutamente de todo.

En las mañanas el despertar es lento. Los comerciantes viven y duermen en sus champas, junto a su mercancía. Cuelgan cortinas alrededor de la venta para cubrir el local y duermen acomodados en colchonetas sobre la acera o el asfalto. No me pregunten dónde hacen sus necesidades ni cómo se bañan ni de dónde sacan el agua que ocuparán para hacer el fresco que venden en las pupuserías o para hervir inmensas ollas de elotes.


Cuando paso alrededor de las 9 de la mañana para ir al ciber café, muchos de ellos apenas se levantan. Algunos desayunan. Los menos ya están en pie, con la venta ofrecida al cliente, como si nunca durmieran.




Si se camina en dirección al Casino Colonial desde la Plaza Guatemala, lo más común son las ventas de dulces típicos, “elotes locos”, tajadas fritas, pescados (3 por un dólar) y las infaltables pupusas. Pero también se venden camisetas y recuerditos hechos de madera con la imagen de la Virgen además de todo tipo de artículos que nada tienen que ver con la fiesta: pulseras, relojes, películas y música pirateada, equipos de sonido, gorras con toda variedad de logotipos, entre un montón de cosas más.

En medio de aquello, sentadas sobre el asfalto, con la venta colocada sobre un trapo blanco, están un par de guatemaltecas en su traje típico, vendiendo textiles, pulseritas y pisteras de aquel país.

Para el día 11 por la mañana, todas las ventas están funcionando y surgen unas últimas comiderías. Frente a la Basílica, la variedad de productos que se ofrece es otra: candelas de cebo blancas y amarillas con un listón rojo y litografías de la Virgen y de varios santos, algunas con marcos de madera pintados en dorado, rosarios de plástico o madera. Pero también se venden camisetas, toallas, calzoncillos, calcetines y pupusas, muchas pupusas de aspecto agrietado y torpe, que me recuerdan a las que alguna vez hice, cuando niña, aprendiendo a palmear.

Del altavoz de la iglesia, una voz masculina anuncia el horario de servicios y el precio de 3 dólares para quien quiera tomarse una foto en la gruta. Y luego la música religiosa, mientras que en la pupusería junto al portón principal, un parlante escupe un regetón fervorosamente chabacán, que dice: “quítate la ropa y báilame como si fueras una vedette”.

Los primeros peregrinos y devotos comienzan a llegar con sus hijos vestidos de “indios” y hacen la fila correspondiente para entrar a saludar a la Virgen. Como premio, a la salida, podrán montar alguna de las ruedas o comerse un “elote loco”.

No todos los devotos son niños. Algunos adultos que pagan promesa van también vestidos como indios, sobre todo mujeres. Veo una que lleva un traje típico en azul y blanco y estampado en todas partes con el escudo salvadoreño.

Veo otro par que vienen a pie desde no sé dónde, caminando sobre la Carretera de Santa Tecla, que se ha convertido en un interminable embotellamiento, agravado por los carros parqueados a ambos flancos de la carretera y que se comen, literalmente, uno de los carriles. Las dos mujeres van vestidas de indias y una de ellas avanza despacio apoyada sobre un andarivel. Son acompañadas por un par de hombres canosos y al paso que van tardarán cosa de media hora en llegar hasta la Basílica, aunque faltan pocos metros.


Y están los que toman “la foto del caballito”. Durante la semana se han armado los paneles y telas de fondo que les serán alquilados a los fotógrafos. Las telas son aterciopeladas y casi todas tienen la imagen de la Guadalupana. También hay una con el Cristo de Esquipulas y otra con la Iglesia de Panchimalco. Hay un único fondo que tiene graditas y un Santa Claus pintarrajeado sobre un panel de madera.

Los colores de las telas son chillantes y las más modernas tienen un sistema que enciende y apaga lucecitas sobre las estrellas del manto de la Virgen. Frente a las telas hay toda una variedad de caballitos de madera. Se miran antiguos, muy antiguos. El que más me llama la atención es uno cubierto de piel, supongo que de vaca, café y blanco. Es pequeñito y me quedo observándolo fascinada tanto rato, que pronto acude el fotógrafo y me ofrece la foto por 3 dolaritos, para que la lleve de recuerdo a mi casa.

La medianoche del 11 de diciembre, desde el segundo piso de mi nueva morada, veo los juegos de pólvora que queman en la Basílica. Veo las luces de colores reventando en el cielo y pienso que todo esto es una especie de bienvenida. Gracias pues, a quien corresponda.



(Publicado en la revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, 27 de diciembre 2009).

martes, diciembre 22, 2009

La historia del camello que llora

camello.jpgLa historia del camello que llora retrata a una familia en el sur de Mongolia, en el desierto de Gobi, que se dedica a la crianza de ovejas y camellos. Es la primavera y las camellas y ovejas están en época de parto. La última camella tiene dificultades para parir. Pasa dos días en labor de parto y la familia tiene que ayudarla. El recién nacido camellito es blanco, pero la madre rechaza al crío.

La familia teme que el camellito muera. ¿Qué se puede hacer? Intentan varias cosas pero nada funciona, así es que el último recurso es un ritual en que es necesario traer a un violinista de una aldea cercana, que le tocará una canción a la camella. Se supone que, si el ritual funciona, la camella llorará y terminará aceptando al crío.

Sería comprensible que esta película, de producción alemana, no fuera del gusto general. Es extremadamente sencilla, y a ratos parecería ser un documental al que le falta información y explicaciones. A eso tiene que agregarse que no todo lo que se habla en mongol es subtitulado, así es que de pronto uno se queda “aleluya”, imaginando de qué pueden ir los diálogos.


Me parece valioso de esta película el retrato de la vida cotidiana de una familia en condiciones que quizás, para los consumados consumistas occidentales que somos, nos parecerían insufribles. Una vida en el desierto, en una tienda, sin electricidad y sin cientos de las supuestas comodidades que tenemos, que al final no son más que necesidades impuestas por empresas empeñadas en vendernos chucherías.

Los 2 hijos pequeños de la familia son los encargados de ir a la aldea a buscar al violinista y con ello, se nota la diferencia entre vivir aislados en el desierto y el relativo progreso en la aldea. Ahí venden las baterías para el radio que el abuelo les encarga a los muchachos. Ahí hay televisores que pueden verse con antenas parabólicas. Ahí la gente se viste con ropas occidentales y andan en motos y quedan viendo a los muchachos que llegan en camello y en sus trajes tradicionales... Cuando el niño menor regresa y habla del televisor y le pide a su padre uno, el abuelo reacciona de inmediato diciendo que no lo necesitan, que ésas son “cosas del demonio”.

Otro de los sub-temas que destacan en esta película es la relación de respeto que se tiene con los animales. En condiciones extremas como las de esta familia, cada animal representa parte del ingreso económico y de la sobrevivencia del grupo. El pelo sirve para lana, la leche es bebida (y sacrificada, como hace la abuela que, cada mañana, lanza a los 4 vientos un trago de leche para los espíritus), el animal en sí sirve como medio de transporte y carga.

La escena del ritual en particular es conmovedora. La joven madre de la familia le canta (con una voz verdaderamente preciosa), a la camella, mientras el violinista toca su instrumento (que en realidad no parece violín y sólo tiene 2 cuerdas).

En fin, una historia absolutamente diferente, a un ritmo lento pero que nos remite a lo básico de la vida y que me dejó pensando en cómo lo elemental de la cotidianidad, cómo el despojarnos de “todos los adornos” y extras innecesarios de los que nos rodeamos, nos puede reconectar con los animales, la naturaleza, los demás seres humanos pero sobre todo, con nosotros mismos.