lunes, septiembre 20, 2010

Amor líquido

La soledad del ser humano jamás ha sido tan profunda como en estos tiempos: hombres y mujeres empiezan relaciones sentimentales que lejos de ser satisfactorias se limitan a ser la materialización de enfermizas fantasías personales y se agotan al poco tiempo. Pocos desean una relación estable y a largo plazo, prefiriendo enfocarse en el placer sexual, despreciando cualquier tipo de compromiso. Muchos buscan a alguien, sin saber qué es lo que quieren de ese alguien, y jamás están satisfechos. Pocos son los matrimonios y aumentan las cifras de divorcios.

Familias enteras salen a comer, pero mientras lo hacen, cada uno está hablando por su celular o enviando mensajitos a supuestos amigos que habitan en las redes sociales de internet. Amigos que, hay que mencionarlo, jamás han visto en carne y hueso. Se forman comunidades habitacionales donde familias enteras se mudan, ponen un portón con vigilante armado para protegerse de la violencia callejera, pero lejos de sentirse a salvo, extienden el miedo hasta su propia casa y no saludan ni al vecino. El sentimiento de nación surge de manera tácita y sin invocación cuando la identidad nacional se ve amenazada por la presencia de extranjeros y despierta el inequívoco sentimiento de la xenofobia.

Vivimos tiempos en que, a pesar de tantos conocimientos e inventos logrados, el bienestar material nos encadena y lejos de hacer brotar lo mejor de nosotros, nos hace parir mezquindad y avaricia. Y ello nos esclaviza y nos obliga a determinar nuestro tiempo de manera que la tarea prioritaria de nuestras vidas es obtener esos pedazos de papel que llamamos dinero mediante aquello que, juran, nos dignifica a todos: el trabajo.




El dinero es la llave del consumo. Adquirir, comprar, tener, acaparar. Todos queremos lucir bien, poseer cosas bellas, comprar los últimos modelos de cualquier cosa, desde un teléfono celular hasta un automóvil, aunque para ello endeudemos hasta lo que no tenemos. Pensamos que la abundancia económica nos evitará todo tipo de preocupaciones. Y como todo se compra y todo cambia tan rápido, todo es descartable, sustituible, prescindible, incluyendo las relaciones humanas.

A pesar o precisamente quizás por causa de esto, en el callado fondo de nuestros corazones añoramos la calidez de los demás seres humanos, las relaciones de verdadera amistad, y nuestro par, que es de donde proviene la palabra “pareja”, alguien que nos provoque esa compleja gama de sentimientos que acomodamos bajo el concepto de “amor”, por no saber cómo llamarlo realmente. Sentirse seguro, completo, fuerte, realizado, bello, intemporal, eufórico, porque amamos y somos correspondidos en la justa medida.

En su libro Amor líquido: acerca de la fragilidad de los vínculos humanos (Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2003), el sociólogo polaco Zygmunt Bauman presenta un descarnado análisis de la situación de los afectos humanos en la sociedad moderna. Su concepto del amor líquido parte de la comparación con los estados de la materia: mientras lo sólido es permanente y concreto, lo líquido es transitorio y variable. “Nunca vemos el mismo río dos veces”, decía Heráclito, porque el agua del río siempre fluye y porque la persona misma vive en permanente cambio.

Bauman ha escrito toda una serie de libros sobre lo que él llama “la modernidad líquida”, abordando diversos aspectos sociales y describiendo con fría exactitud cómo todo lo que vivimos se ajusta a este concepto de lo voluble y light: la sociedad, la vida, el miedo, el tiempo y hasta las relaciones humanas, todo tiene un sentido efímero. En Amor líquido, el autor se centra en el análisis de las relaciones afectivas e interpersonales: desde las relaciones de pareja, pasando por la familia, los vecinos, y las relaciones con el prójimo dentro de la sociedad y el país.

Según Bauman, en la modernidad líquida que estamos viviendo, todo es incierto y dura poco. El miedo a establecer relaciones a largo plazo se traduce en meras conexiones, como en las redes sociales en internet, donde se pueden tener literalmente miles de amigos que nunca se verán en la vida real. Lo práctico de estas relaciones, que algunas veces llegan incluso a tomar giros románticos, es que cuando ya no nos gusta alguien, cuando nos sentimos invadidos en nuestra privacidad o simplemente aburridos o fastidiados por alguna persona, podemos apretar la tecla “suprimir” y zafarnos de la “amistad”.


Las relaciones que se establecen por internet pueden provocar una falsa sensación de cercanía y pareciera que no tener a alguien enfrente, facilita liberar los pudores y soltar las restricciones que podemos sentir ante una presencia real. Esos complejos planos de relaciones con seres que nunca vemos causa que muchas veces, cuando estamos frente a alguien, no sepamos qué hablar con el otro ni cómo comportarnos, como pasa en el ejemplo de la familia comiendo junta mientras cada quien utiliza su celular.

Artilugios como internet o los celulares nos dan la sensación de “estar conectados” a algo, a una red de personas conocidas y desconocidas, y supuestamente eso nos hace más sociables. Pero al mismo tiempo sirven de protección: las relaciones interpersonales no pueden profundizarse demasiado si no nos dejamos ver. Comprometer algún nivel de afecto hacia el otro implica un nivel de vulnerabilidad y por lo tanto, una propensión al dolor.

En un escenario así, el amor es un pez escurridizo que se nos escapa de las manos. Todo es un asunto de miedos: miedo a acercarse demasiado, a asumir un compromiso, a perderse acaso de “alguien mejor”, contrapuesto al miedo a la soledad, a la inseguridad afectiva y al desamparo emocional.

Cuando se fundan familias se establecen otro tipo de relaciones que, sin embargo, no superan los estados de incertidumbre. En una misma casa pueden convivir varias personas en ambientes aislados sin darse demasiada cuenta de lo que pasa en la habitación de al lado.

Los hijos se convierten en un objeto de consumo emocional, gracias a la promesa social del placer paternal, pero dicho placer impone el precio del autosacrificio, que va desde las depresiones post parto y las crisis de pareja hasta la provisión económica que durante tiempo indefinido implica su manutención y bienestar.

Por otro lado, para Bauman las ciudades se han convertido en el basurero de los problemas engendrados globalmente, donde sus habitantes tratan de realizar la tarea de encontrar soluciones locales a problemas que ya son globales.

Cuando habla de “comunidades cerradas” (y que en varios países latinoamericanos llamamos “residenciales”), Bauman señala que sus residentes usan dichos lugares para “estar ‘fuera’ de la desagradable, inquietante, vagamente amenazante y dura vida de la ciudad y ‘dentro’ de un oasis de calma y seguridad”, creando así una especie de guetos voluntarios. Pero ni siquiera estos guetos solucionan nuestro temor a la inseguridad y terminamos encerrados en casas con verjas en puertas y ventanas, muros altos con vallas electrificadas y amenazantes perros que espantarán a cualquier extraño.

Puede decirse entonces que la sociedad líquida sufre de “mixofobia”, la fobia a lo extraño y a la abrumadora variedad de tipos y diferentes estilos de vida que coexisten en las calles de las ciudades y en nuestros propios vecindarios. ¿O quién no se ha sentido más de alguna vez como un extraño en su propia ciudad? ¿Cuántas veces nos hemos preguntado cómo puede vivir la gente de la manera que vive, con hábitos y creencias que nos resultan incomprensibles?

Estos diferentes estilos de vida, lejos de disminuir, seguirán aumentando gracias a la globalización. En otros países, la mixofobia se convertirá en simple y llana xenofobia, donde migrantes y refugiados deberán rendirse a ser asimilados culturalmente por el nuevo entorno para hacerse menos visibles y por ende, menos vulnerables.


Bauman no propone alternativas, soluciones ni recetas para salir del atolladero actual y limita su papel a ser algo así como un “intérprete” de la vida, un observador que nos traduce lo que estamos viviendo. El balance final consiste nada más en asumir cómo está el mundo hoy en día y conocer el diagnóstico del estado de las relaciones humanas, en toda su diversidad.

Por lo tanto, el lector no encontrará aquí soluciones pero sí elementos para el análisis y el debate, pero sobre todo para la reflexión, tanto individual como colectiva. Pero a pesar de sus planteamientos y de abstenerse de plantear alternativas, no podemos decir que la visión de Bauman sea pesimista.

La expectativa de un mundo mejor y sobre todo de aquello que Kant llamó “la unidad universal de la raza humana” es un viaje que todavía estamos a tiempo de emprender, aunque no lo parezca. Y precisamente el análisis de Bauman nos puede llevar a concluir que es urgente, hoy más que nunca, iniciar la búsqueda del ideal de Kant, y que lo que está definitivamente descartado es no buscar ese ideal y no hacerlo de inmediato. Nuestra salvación como especie podría depender de ello.


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lunes, septiembre 06, 2010

Sin palabras

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Me costó mucho comenzar a escribir la columna de este día. Hasta este momento, 13 salvadoreños han sido identificados como parte de los 72 cadáveres en lo que se está conociendo como la masacre de Tamaulipas. Y falta identificar poco menos de la mitad de los cuerpos.

Voces de indignación se han alzado en todas partes. Se protesta, se exige justicia, se lamenta a los muertos. Las imágenes se repiten una y otra vez en los noticieros, las fotos son mostradas hasta la saciedad en internet. Comunicados y cartas de protesta para ser firmadas van y vienen.

Pero esto no es la primera vez que pasa. Para todos los que estamos familiarizados con el tema de la migración, sabemos que esto tiene años de estar ocurriendo. Que el secuestro de migrantes en territorio mexicano por parte de narcotraficantes, maras u otros grupos que muchos asocian con las mismas autoridades mexicanas, no es nada nuevo. Que los secuestrados son sometidos a esclavitud y que después de un tiempo, con suerte, son liberados. Digo con suerte porque muchos son asesinados durante ese tiempo de secuestro o, en el mejor de los casos, son rescatados por las autoridades y deportados a su país de origen.




Los asaltos, las violaciones, los asesinatos, los secuestros son parte de los riesgos que se añaden a los accidentes en los trenes; a la deshidratación o el extravío en el desierto; a las mordidas de serpientes y ataques de otros animales; a “coyotes” inmisericordes que los estafarán, los dejarán abandonados o los venderán a los narcos para salvar el pellejo propio o porque son contratados por ellos para proveerles de material humano; a los asaltantes comunes y corrientes y a los vigilantes fanáticos en la frontera México-Estados Unidos, a quienes los tiros se les escapan con relativa facilidad.

A medida que el migrante centroamericano se aleja de su tierra, crece su vulnerabilidad, la cual llega a su punto máximo durante el cruce del territorio mexicano. Aparte de las dificultades físicas del viaje, los migrantes están expuestos a todo tipo de amenazas y peligros. No son pocos los que pierden la vida.

Las noticias han presentado con regularidad casos de allanamientos de vehículos, camiones y viviendas colmados de migrantes, vivos o muertos. La masacre de Tamaulipas es quizás una de las más numerosas que hayan ocurrido, pero, repito, no es la primera vez que pasa. Y también debemos temer que no será la última.

Lo que resulta difícil al intentar escribir sobre este tema es saber qué decir. ¿Qué se puede decir que no se haya dicho ya antes en casos similares? ¿Quién escucha todas las voces de protesta? ¿Qué logra cambiar tanta indignación?

No quiero decir con esto que haya que callar la indignación porque no sirve para nada. Nunca hay que callar ante lo injusto. Pero no deja de ser desconcertante que sucesos como éste ocurran desde hace tiempo, y que ha sido una situación que se asume como algo “normal” durante el trayecto de los migrantes hacia los Estados Unidos. Tan normal se ha considerado que rara vez se investigan las escasas denuncias interpuestas y que pocas veces se ha profundizado a nivel informativo sobre dichas masacres. Las declaraciones de las autoridades mexicanas en que se “exige una investigación exhaustiva del hecho” son palabras que caen al vacío, porque nunca se esclarecen estos asuntos ni se llevan ante la justicia a los culpables.

Qué hace esta masacre tan distinta de las otras y por qué, por fin, una masacre a migrantes ha levantado voces de protesta y preocupación en todo el mundo, no lo sé. ¿Por qué ésta y no todas las anteriores?

Para los centroamericanos, ninguna masacre, grande o pequeña, debería ser ignorada o pasada por alto porque en todas encontraremos compatriotas que, huyendo de la criminalidad local reinante y buscando formas de sobrevivencia para los suyos, arriesgan la vida y muchas veces la pierden. Todo con tal de cumplir ese escurridizo sueño del bienestar material.

Los migrantes son un recordatorio diario de la desgracia local, el espejo de una post-guerra que se está tornando infinita, la síntesis y expresión práctica de que muchas cosas siguen mal. Y si no, póngase a pensar en el estado de desesperación en que puede estar una persona para optar por esta aventura del viaje al norte, una aventura que no necesariamente tiene un final feliz.

Detrás de cada historia de triunfo de algún migrante en los Estados Unidos, hay docenas más de historias de fracasos, sacrificios interminables, mutilaciones físicas, pobreza, familias desunidas y rotas para siempre. Y aunque pareciera que los peligros del camino son obvios y que es información de carácter general, la verdad es que muchos de los que emprenden el viaje al norte no están del todo informados de los riesgos muy reales que correrán durante toda su ruta. Esto queda confirmado en los testimonios de los que viajan por primera vez, quienes dicen no haber ni imaginado que “todo eso” les iba a pasar.


Información es poder, dicen. Y por lo tanto, es menester sobreponerse a la saturación que el constante bombardeo de sucesos violentos nos impone y poner el tema de las migraciones en el tapete informativo, conocerlo y difundirlo, hacer que estas siniestras historias sean accesibles a segmentos más amplios de la población.

Es improbable que la información, per se, disuada a alguien de continuar con el viaje, sobre todo cuando hay bocas que alimentar, cuando se vive en una comunidad donde el acoso de las maras es insostenible, cuando se hace de la búsqueda de empleo un oficio en sí. Pero vale la pena intentarlo para evitar que, por ejemplo, algunos padres intenten llevarse a sus hijos menores por esta vía o mandarlos a los Estados Unidos en la única compañía de un coyote que, aunque sea conocido por la familia, antepondrá su propia seguridad a la de la gente que está llevando. Y ésa es la cruda realidad, sin importar la cantidad de dinero que se les pague.

Por desgracia, para muchos compatriotas irse termina siendo la única alternativa imaginable. Y realizarlo, irse del país en las peores condiciones, es una medida desesperada, sobre todo cuando el viaje es hacia los Estados Unidos, por tierra y sin la documentación necesaria.

¿Qué se puede decir ante la masacre de Tamaulipas? ¿Ante el secuestro de migrantes, ante su esclavización y asesinato? ¿Qué se puede decir de un sistema que no ampara a sus ciudadanos y les brinda oportunidades de sobrevivencia, desarrollo, educación, salud y cultura? ¿Qué se puede decir de la creciente infiltración de los narcotraficantes en diferentes ámbitos de la vida regional y de la manera en que dichos grupos están marcando y arruinando la vida de miles? ¿Qué se puede decir que no se haya dicho ya antes?

A veces los escritores tenemos la ingenua o arrogante pretensión de querer que nuestras palabras sirvan para algo, en el sentido de poder contribuir a crear una sociedad mejor, desde la muy humilde trinchera de la palabra escrita. Pero cada vez que escribo sobre estos temas, me pregunto por qué estas cosas siguen pasando, cómo es posible que la violencia haya llegado a estos niveles y hasta dónde va a llegar. Qué otros hechos, más terribles que este, nos tocará ver en un futuro cercano. ¿Y qué puede decir uno que no se haya dicho y repetido hasta la saciedad?

Hoy me hubiera gustado hablarles de la literatura, del amor, de libros leídos y recordados, de historias que nos dejan una sonrisa en el rostro y en el corazón. Pero no se puede. Cuesta hablar de cosas felices cuando sé que en este preciso momento, mientras usted lee esto, mientras yo lo escribo, un migrante más va hacia el norte a encontrarse con su muerte.

Cuesta escribir sobre temas agradables cuando en este preciso instante, cientos de familias están en una angustiosa espera, imaginando que alguno de esos 72 cadáveres es el familiar que partió y del cual tienen varios días de no saber nada. Se me hace un nudo en la garganta cuando imagino los momentos finales de estas personas, cuya forma de ejecución me recuerda a la guerra, a todas las guerras, y que me hace llegar a la conclusión de que nunca llegamos a la paz, que la guerra cambió de bandos y rostros, pero no de armas ni estrategias.

¿Qué se puede decir ante todo esto, si las palabras rebotan siempre contra el sólido muro de la indiferencia general, una indiferencia que sólo habla, lamenta y se queja y nunca hace nada; la indiferencia de una sociedad que, el día de mañana, cambiará de tema y lanzará al olvido a estos muertos?


(Publicado en la revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, domingo 5 de septiembre 2010).


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martes, agosto 10, 2010

Historia del tiempo

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Hace cosa de tres años me dio por intentar escribir una novela de ciencia ficción. Partí de una idea básica que iba desarrollando a medida que escribía, sin ninguna planificación (como suele ser mi método). Aunque la historia era de por sí imposible, había ciertos principios científicos básicos que debía respetar, para cumplir con algunas de las reglas que impone la ciencia ficción como género literario. Por lo menos debía lograr que el lector imaginara que la historia tenía una remotísima posibilidad de ser cierta.

Para eso, no cabía duda, debía jugar con las posibilidades que me ofrecían los agujeros negros, los túneles de gusano, las realidades alternas, las dimensiones paralelas y quien sabía “qué cosas raras más”. Así comencé a leer textos científicos que de otra manera, muy difícilmente hubiera conocido.

Comencé a leer sobre astronomía, física cuántica, astrobiología, viajes espaciales y temas semejantes, buscando informaciones bien precisas que le dieran alguna posibilidad científica de ser posible a la historia que yo quería escribir (y que me reservo de contar, porque comparto la superstición entre escritores de que si se cuenta un libro que todavía no se ha escrito, ya no se escribe).

Buscaba una respuesta y me quedé leyendo y descubriendo asuntos apasionantes sobre el universo, las nebulosas, las galaxias, las estrellas, la formación de los planetas, la posibilidad de vida en otros lugares, la materia negra, la carrera espacial entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, los experimentos con animales y el envío de estos al espacio, así como varios temas más.


Fue también inevitable leer y repasar algunas novelas y cuentos de Ray Bradbury, Ursula K. Le Guin, Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Theodore Sturgeon, Frank Herbert, Stanislaw Lem y otros. Leyendo a estos autores me preguntaba una y otra vez, sin encontrar respuesta lógica alguna, por qué la ciencia ficción es considerada un género literario “menor”, cuando hay tantos extraordinarios libros entre los diversos autores que lo han cultivado. La escritura de la ciencia ficción no solamente supone las dificultades “normales” que implica la escritura de cualquier texto narrativo sino que tiene, como reto agregado, lograr encontrar un punto de coherencia entre la fantasía y la realidad científica, detalle que la puede llegar a convertir, a veces, hasta en una literatura premonitoria. Y si no, pensemos en varias de las novelas de Julio Verne.




Mientras más leía, más ilógica era mi historia. Y más me iban apasionando los rincones oscuros y para mí desconocidos, de la ciencia. Suspendí la escritura de mi novela en la página 55. Por un momento pensé en descartarla, pero hay algo en la historia que me sigue fascinando y que, como suele ocurrirnos a los escritores, nos mantiene obsesionados hasta que logramos ponerlo en palabras.

Hace pocos meses, el destino puso en mi camino a alguien a quien, no recuerdo ya por qué, terminé contándole a muy grandes rasgos de qué iba mi novela. Había pensado seriamente en retomar su escritura, pero seguía sin resolver los problemas científicos de la misma. Quería encontrar la posibilidad de hacer que la historia pareciera factible, aunque fuera en la imaginación. Algo habré dicho que esta persona me puso en las manos Historia del tiempo. Del Big Bang a los agujeros negros de Stephen Hawking.

Hawking es un físico y cosmólogo inglés que a los 21 años fue diagnosticado con la enfermedad de Lough Gehrig o esclerosis lateral amiotrófica. La enfermedad degenerativa y el rápido deterioro físico de Hawking no impidieron en ningún momento que dedicara su vida a la ciencia y al estudio de las reglas del universo, su origen, funcionamiento y futuro.

Dirigido sobre todo a los diletantes de la ciencia, Historia del tiempo fue publicado originalmente en 1988 y se convirtió rápidamente en un éxito de ventas. Hawking desarrolla en este libro temas que van desde el Big Bang y el Big Crunch hasta la Teoría de las Supercuerdas, pasando por la Teoría de la Relatividad, el Principio de Incertidumbre y los agujeros negros, salpicado todo con una pizca de matemáticas complejas y apuntes históricos, que muestran la evolución que ha tenido el conocimiento científico.


Pero son las interrogantes que nos plantea sobre el tiempo y el espacio, las que hacen que este libro sea mucho más que un texto estrictamente científico y nos lleve por momentos al campo de la filosofía: ¿Hubo un principio del tiempo? ¿Habrá un final del tiempo? ¿Tiene un límite físico el universo? ¿Cómo se comporta el tiempo y cuál es su naturaleza? ¿Y qué papel jugamos los humanos en todo esto, si acaso jugamos alguno?

Por ejemplo, cuando nos asomamos a una ventana a ver las estrellas por la noche o cuando observamos algo a través de telescopios, podemos decir que estamos constante y literalmente viendo el pasado. “No sabemos qué está sucediendo lejos de nosotros en el universo, en este momento: la luz que vemos de las galaxias distantes partió de ellas hace millones de años, y en el caso de los objetos más distantes observados, la luz partió hace unos ocho mil millones de años. Así, cuando miramos al universo, lo vemos tal como fue en el pasado”, concluye Hawking en el segundo capítulo.

Otro asunto fascinante es el de las antipartículas. Toda partícula de la naturaleza tiene su contraparte, la antipartícula. Ambas poseen la misma masa y el mismo espín pero su carga eléctrica es opuesta. Por ello, si la partícula y la antipartícula se llegaran a encontrar en el estado cuántico apropiado, se aniquilarían la una a la otra. Hawking lo explica de una manera imaginativa: “Podrían existir antimundos y antipersonas enteros hechos de antipartículas. Pero, si se encuentra usted con su antiyó, ¡no le de la mano! Ambos desaparecerían en un gran destello luminoso”. Eso del yo y el antiyó recuerda fácilmente a algunos cuentos de Jorge Luis Borges.

La conclusión a la que llega Stephen Hawking al final del libro es emocionante. Luego de que la ciencia se divorciara de la filosofía en los siglos XIX y XX al convertirse en demasiado técnica y matemática para los filósofos y al concentrarse los primeros en el “cómo” del funcionamiento del universo, mientras los segundos se concentraban en explicar el “por qué”, la incesante búsqueda de una teoría completa unificada del universo podría volver a fundirlas.

Para Hawking, esta teoría completa tendría que ser, en términos generales, comprensible para todos y no sólo para los científicos. “Entonces todos, filósofos, científicos y la gente corriente, seremos capaces de tomar parte en la discusión de por qué existe el universo y por qué existimos nosotros. Si encontrásemos una respuesta a esto sería el triunfo definitivo de la razón humana, porque entonces conoceríamos el pensamiento de Dios”, nos dice.

No cabe duda pues que, al acercarnos a las ciencias, al intentar comprender mejor el universo y su funcionamiento, su origen y su posible fin, nos estamos acercando a indagar en nuestra propia esencia. Y al hacerlo también es inevitable pensar en la pequeñez del ser humano. Y que la vida, tal como la conocemos en esta minúscula esfera que habitamos, es un auténtico milagro.

No es necesario leer libros científicos para llegar a estas reflexiones. Basta con ver las fotografías del telescopio espacial Hubble, por ejemplo. Es imposible no asombrarse y conmoverse con las diferentes fotografías de las nebulosas. Bastan esas imágenes para desear viajar en una nave espacial que, violando absolutamente toda ley científica y matemática, nos pudiera acercar a ver la Nebulosa del Águila (mejor conocida como “pilares de la creación”). Imposible no preguntarse sobre el origen, el fin, los límites, pero fundamentalmente sobre la verdad de todo.

No cabe duda tampoco que, para los escritores de ficciones literarias, la ciencia ha sido proveedora de numerosos recursos para construir muchos de los grandes clásicos de la literatura, la música y también del cine. Pienso en 2001, una odisea espacial, la película de Stanley Kubrick, basada en un cuento de Arthur C. Clarke, y que luego convirtiera en una novela. O en el angst espacial de varias de las canciones de David Bowie.


También pienso en las exquisitas narraciones de Ray Bradbury. Su libro Crónicas marcianas narra la colonización del planeta Marte por los humanos y la extinción de los habitantes marcianos. Pero lejos de concentrarse en los pormenores científicos de lo que implicarían constantes naves terrestres viajando hacia Marte como si de tomar un autobús se tratara, Bradbury aprovecha la historia para realizar una crítica mordaz a la humanidad, a través de textos que van desde lo humorístico hasta lo melancólico.

La lectura de la Historia del tiempo de Hawking desmoronó el pretexto del que parte mi intento de novela. Pero también me ha hecho ver a las estrellas y el espacio sobre mi cabeza de un modo totalmente diferente.



(Publicado en revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, domingo 8 de agosto 2010).


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miércoles, julio 14, 2010

Invitación a presentación de Crónicas para Sentimentales

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Quedan invitados si viven en Guatemala o estarán por allá el próximo 20 de julio para que nos acompañen en la presentación de Crónicas para sentimentales, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guatemala. Comentarios a cargo de José Luis Perdomo y Vanessa Núñez Handal. Por allá nos vemos...



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lunes, julio 12, 2010

Diario de Alemania

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1. Tres aviones, dos trenes y dos días de viaje después, arribo por fin a mi destino, la pequeña ciudad de Gütersloh, en Renania del Norte-Westfalia, Alemania.

Lo primero que veo al salir de la estación de tren son varios taxis. Encima de uno de ellos hay un pequeño televisor, conectado con un cable al interior. Cinco hombres están reunidos frente a él, viendo el partido Alemania-Ghana.

Son las 21:48 de la noche, pero parecen las cinco de la tarde. Así es en verano. La luz del sol dura hasta pasadas las 10 y media de la noche y a las 4 de la mañana ya está de nuevo claro.


Subo al taxi y le pregunto al chofer quién va ganando el partido. La pregunta es superflua. Alemania, naturalmente, me dice con tremenda sonrisa. Uno a cero.

Mientras me lleva al hotel, noto que las calles están virtualmente desiertas. No se mira gente en la calle, tampoco muchos carros. Los pocos que se miran llevan una banderita alemana. El único lugar donde veo gente es cuando pasamos por una kneipe o bar. El jardín está lleno de fanáticos sentados en bancas de madera, viendo el partido en pantalla gigante mientras empinan unas cervezas. Ya casi llegando al hotel, un par de niños parados en la acera tocan un tambor y ondean la bandera alemana con un frenesí tan contagioso que me hacen reír. El taxista me mira por el retrovisor y ríe conmigo.




2. Gütersloh es una ciudad de casi 100 mil habitantes. La primera mención que se tiene de esta población data del año 1184, en un documento escrito por el Obispo de Osnabrück.

La persecución de judíos durante el Nacional Socialismo no fue una excepción en esta tranquila región. Para 1938 se quemaron tres edificios de apartamentos, dos casas y una sinagoga. Para 1941, los judíos que allí habitaban fueron llevados a campos de concentración y al terminar la guerra, la comunidad judía completa había desaparecido.

Entre 1940 y 1943, 1017 pacientes fueron deportados desde otros puntos de Alemania al hospital psiquiátrico de Gütersloh como parte del programa de “eutanasia” Aktion T4, en el que personas con enfermedades mentales eran sujetos de experimentos “científicos”. De aquel contingente, sobrevivieron 220 personas.

La ciudad también fue blanco de numerosos ataques aéreos a partir de 1940, debido a que allí había un aeropuerto militar construido por los alemanes. Veinticinco por ciento de la ciudad fue destruida. Luego del fin de la guerra, se instaló allí la base militar de la Real Fuerza Aérea Británica, la cual estuvo activa hasta 1993.



3. El hotel Lindenkrug está ubicado a pocos metros de la Fundación Bertelsman, institución que patrocinó mi viaje. Se nos ha invitado a un taller de 72 horas a personas de Ghana, Bután, Estados Unidos, Rusia, Alemania y yo, como única latinoamericana, para hablar de las megatendencias y los retos que representa para el futuro de nuestras sociedades.

¿Cómo hacer converger a personas con antecedentes, experiencias de vida y lugares de origen tan disímiles para hablar sobre estos temas e intercambiar opiniones? A través de la web 2.0, por supuesto. Es así como la Fundación ha echado a andar la plataforma de blogs “Future Challenges” (Retos Futuros), para motivar una discusión que implique no solamente hablar de las megatendencias sino (y sobre todo), de la correlación entre ellas.

Migraciones, cambios climáticos, la globalización económica, el buen uso de la energía y los recursos naturales, la biodiversidad, las amenazas a la seguridad global, las pandemias, la gobernabilidad y demografía, son algunas de estas megatendencias.

Al ser estudiadas desde su correlación, la discusión puede contribuir a encontrar soluciones y proyectos que, a pequeña o gran escala, sirvan para marcar la diferencia y paliar los efectos negativos casi inevitables a los que parecen arrastrarnos esta oleada que llamamos vida. Una oleada que puede comprenderse mejor cuando se estudia el concepto de “sociedades líquidas” del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, quien junto al francés Alain Touraine, fuera galardonado este año con el Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades.



4. Cada vez que Mac-Jordan Elikem Degadjor habla de su país, Ghana, lo comprendo perfectamente porque parece hablar de El Salvador.

Dice que en Ghana el tema principal de discusión es la política. Son dos los partidos en pugna, el Nuevo Partido Patriótico y el Congreso Nacional Democrático. Virtualmente inexistente es la discusión sobre otros temas intelectuales y mucho menos, sobre las megatendencias del futuro.

Hay un altísimo nivel de migración del campo a la ciudad debido al desempleo y a las paupérrimas condiciones de vida de otras localidades. Los índices de corrupción son lamentables. La no existente política de conservación de los recursos naturales afecta visiblemente a lugares como Keta, la ciudad donde él nació.


Keta está ubicada en el Golfo de Guinea, cerca de la desembocadura del río Volta. Es una ciudad costera que tuvo su importancia como puerto comercial desde el siglo 14 y donde los holandeses construyeron una fortaleza en 1784. Desde ahí se exportó marfil, oro, especias y esclavos, cientos de esclavos.

El mar está destruyendo lentamente esta ciudad, erosionando la franja de tierra que está entre el océano Atlántico y la laguna de Keta, de agua salada. Parte de la ciudad ya fue destruida entre 1960 y 1980 debido a esto. Se ha comenzado un proyecto de emergencia para contener el avance del mar pero puede ser que, en pocos años, esta delgada lengua de tierra simplemente desaparezca.

Los altos niveles de desempleo, subempleo y muy bajos salarios obligan a muchos ghaneses a buscar fortuna en otros países, sobre todo europeos. Mac-Jordan mismo gana apenas 200 dólares al mes para un trabajo especializado en informática, con un horario de 7 horas diarias. Las conexiones de internet son lentas y costosas, tanto que comparte con un vecino un módem para poder acceder a la web.



5. Sonam Ongmo nació en Bután pero vive hace 10 años en Nueva York, junto con sus dos hijos y su esposo canadiense.

Traducido al español, Bután significa “la tierra del dragón de truenos” e integra la lista de los 100 lugares que hay que visitar antes de morir, según uno de los populares canales de televisión de la cadena Discovery.

Ubicado en la cordillera del Himalaya, vecina de Tíbet, Nepal e India, el país permaneció aislado durante siglos, en parte por su difícil acceso pero también como una decisión consciente de sus respectivos reyes de proteger el reino. Eso hasta que el soberano Jigme Dorji Wangchuck decidió abrir las fronteras del país y comenzar un proceso de democratización, que fuera continuado y concluido por su hijo Jigme Singye Wangchuck, el último rey de Bután, quién abdicó en 2006.

El afán de los monarcas era modernizarse pero sin perder las tradiciones culturales de su pueblo, algo que han logrado mediante la curiosa medida de no tener relaciones diplomáticas con ningún país, lo cual obliga a que todo viajero al lejano Bután deba pedir un visado, no importando la nacionalidad.


La fragilidad y los riesgos de la construcción de una nueva democracia en Bután también me recordaron a El Salvador.



6. Para terminar el taller nos trasladamos a Berlín.

La conocí cuando existía el muro, cuando era dos ciudades en una y cuando era, sobre todo, la ciudad de mi triste exilio. La reconocí después de la caída del muro y en la euforia de reconstrucción que hizo surgir edificios audaces, atrevidos y maravillosos, que han convertido a Berlín en una ciudad donde la arquitectura es un gozo para el ojo y que se renueva día a día.

En mi caso personal, pareciera que todos los caminos me llevan a Berlín, porque el destino siempre encuentra el modo de hacerme volver. De alguna manera, o de muchas en realidad, Berlín es mi segunda ciudad.

Y ahí estamos, un ghanés, una butanesa y una salvadoreña, paseando por la ciudad que conozco tan bien, bebiendo cerveza turbia, tomándonos fotos frente al Reichstag y la Isla de los Museos, viendo de lejos la antena de televisión de Alexanderplatz y observando el balcón del hotel Adlon, desde donde Michael Jackson agitó a su tierno hijo frente a una muchedumbre asustada.

Ahora el paseo Unter den Linden es una vía peatonal (idea que no me gusta para nada, confieso), y docenas de turistas caminan y se toman fotos frente a la Puerta de Brandenburgo.

Y mientras cumplo el inevitable ritual, pienso en Berlín bombardeada durante la guerra; en Abdulkhakim Ismailov, el soldado ruso que plantó la bandera roja con la hoz y el martillo, sobre el Reichstag; en Conrad Schumann, el soldado y primer desertor de Berlín Oriental, que saltó el alambre de púas para alcanzar su libertad; y en esta ciudad, bello fénix resucitado de entre las cenizas.



(Publicado en revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 11 de julio 2010).



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viernes, julio 09, 2010

Mi nuevo libro: Crónicas para sentimentales

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Cronicas150.jpgEntre las múltiples cosas que se han estado cocinando entre bambalinas en la montaña rusa que es mi vida (dice un amigo que mi vida es una novela... ¡créanle!), entre esas cosas, digo, he estado dándole los toques finales a la aparición de un nuevo libro, corrigiendo pruebas, seleccionando portada y hasta dejándome tomar fotos para la solapa (ODIO tomarme y que me tomen fotos, lo odio, lo odio, lo odio, lo odio...).

Es una colección de cuentos y se llama Crónicas para sentimentales. No quisiera mucho hablar de su contenido para no prejuiciar ni encauzar la lectura ajena, ya cada quien se hará sus propia ideas.

El libro lo publica F&G Editores de Guatemala. Sí, ya sé, he sido una promiscua editorial. Casi todos mis libros están publicados por otra editorial. Tengo (con este) 8 libros publicados en 6 editoriales. F&G me parece el proyecto más respetado actualmente en la región, con un sistema probado de distribución en espacios y países que me interesan y además, un detalle muy importante en estos modernos tiempos: el libro se puede adquirir por internet a través de su página, algo que ninguna otra editorial me ha cumplido (aunque lo ofrecen, pero nunca concretan).


Por lo demás, les dejo el enlace que comenta un poco del contenido y el tono de los libros, una contraportada que me parece capta bien el espíritu del libro.

Diré también que estos cuentos fueron escritos en el mismo período creativo de Cuentos sucios. En ese sentido es, digamos, un libro “viejo”, por lo menos en el sentido que se escribió ya hace bastante rato. Pero había quedado guardado ahí en la gaveta por motivos bastante ajenos a mi voluntad.




Siempre vi a ambos libros como gemelos del mismo parto, pero no podían juntarse en un mismo volumen por la diferencia sustancial de la temática. Si Cuentos sucios era algo oscuro y morboso, Crónicas... aparenta tener un aire de humor y de ligereza, que en realidad es engañoso, porque estos textos siguen explorando ciertos asuntos humanos, sobre todo eso que llamamos “el amor”: los amores platónicos, frustrados, irrealizados, finales incomprensibles y fantasías romanticoides.


Mi idea era que fueran publicados uno después del otro, pero en aquel momento, la DPI se empeñó en que entregara una novela y me saqué de la manga El desencanto. Algo de lo que todavía me arrepiento al día de hoy porque creo que era un libro que aguantaba un par de años más en corrección (y que quizás, finalmente, ni hubiera publicado). Total, que me amarraron con un contrato firmado y lo tuvieron ahí en la editorial 4 años hasta que finalmente lo imprimieron, situación que me hizo perder la traducción y publicación al francés de este libro... pero mejor no digo más, me vuelve la colerita de nuevo y ya eso es agua pasada.

Crónicas... es especial para mí en otro sentido, pues tiene los dos cuentos que en lo personal son los que más me gustan de todos los que he escrito: “¿En qué libro guardé tus cabellos, Elsa Kuriaki?” y “Materia negra”. Y creo que este último me gusta todavía mucho más que el primero.

No sé si sea muy radical decir esto (y uno aprende que en la vida nunca hay que decir nunca), pero puede que éste sea también mi último libro de cuentos. O por lo menos, será el último que se publique en varios años. No escribo cuentos desde el 2003 o 2004. El último que escribí es uno que está en El Diablo sabe mi nombre, “Película japonesa de los años 60”.

Como ya expliqué alguna vez por acá, dejé de escribir cuentos cuando sentí que había alcanzado una especie de fórmula y que ya no me significaba ningún tipo de reto o aprendizaje la escritura de cuentos. Si, ya sé, han de estar pensando: “vieja loca, ¿para qué quiere hacer algo que encuentra complicado?”. Pero bueno, cada loco con su tema y el mío es el reto en la escritura, aprender, encontrar, descubrir, descifrar, retarme a mí misma. Escribir desde la oscuridad para encontrar algo de luz. Escribir desde el caos originario, misterioso y oscuro para ordenar, crear algo desde la nada del silencio y de la página en blanco y de pronto haber conformado un micro cosmos, que es lo que se encierra en cada texto literario.

He hecho algunos intentos de cuento, tengo varios comenzados, pero nada terminado. Y no sé si los retomaré. Y luego tengo un montón de textos bien raros que no sé si realmente son cuentos o que (beep) son, pero ahí están, hasta que les busque acomodo en algún lugar de papel.



Detalles de carácter práctico:

-Ni yo misma he visto el libro todavía y no lo veré hasta que vaya a Guatemala.

-La portada es una foto de Walterio Iraheta y la foto de la solapa (de las pocas fotos mías que me gustan), es de Sandro Stivella, ambos salvadoreños.

-El libro tiene su primera presentación pública el 20 de julio a las 18 horas en la Filgua de Guatemala.

-El libro puede adquirirse por internet aquí.

-Circulará en Centro América en los canales habituales de distribución de F&G. Pero todavía no sé cuándo exactamente empezará a venderse. Cuando vuelva de Guate, seguro tengo más datos.


-Espero que lo presentemos acá en El Salvador, pero igual, primero que venga el libro, que circule y luego presentamos. Y por supuesto, cuando así sea, les aviso e invito.



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miércoles, julio 07, 2010

Trabajar cansa, Cesare Pavese

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Atravesar una calle para escapar de casa

lo hace sólo un muchacho, pero este hombre que anda

todo el día las calles, ya no es un muchacho

y no huye de casa.


Hay en el verano

tardes en que las plazas quedan vacías, tendidas

bajo el sol que ya empieza a ponerse, y este hombre que llega

por una avenida de inútiles plantas, se detiene.

¿Vale la pena estar solo para quedarse siempre solo?

Callejear únicamente, las plazas y las calles

están vacías. Es preciso detener a una mujer

y hablarle y decidirle a que viva con uno.


Si no, uno habla solo. Por eso algunas veces

el borracho nocturno comienza a parlotear

y explica los proyectos de toda su vida.



No es cierto que esperando en la plaza desierta

te encuentres con alguno, pero el que anda las calles

a ratos se detiene. Pero si fueran dos,

aun andando las calles, la casa ya estaría

donde aquella mujer, y valdría la pena.


Por la noche la plaza vuelve a quedar desierta

y este hombre que la cruza no ve los edificios

tras las luces inútiles, pues ya no alza los ojos:

sólo ve el empedrado, que hicieron otros hombres

de endurecidas manos, como lo están las suyas.

No es correcto quedarse en la plaza desierta.

Seguro que está en la calle aquella mujer

que, al pedírselo, quiera ayudar en la casa.



(En internet hay dos versiones muy diferentes de este poema con el mismo título. La que reproduzco aquí es la que coincide con la publicada en Le Poesie, Cesare Pavese, Einaudi Tascabili, 1998, Turín. Mi edición está en italiano. Desafortunadamente este poema, encontrado en internet, no detalla quién lo tradujo).



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lunes, julio 05, 2010

Para recuperar San Salvador

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No sé si San Salvador era una ciudad bella o no, pero me gustaba. El centro en los años 60, ése centro que conocí cuando me tocó ser niña y adolescente, tenía algo que al día de hoy conmueve mis recuerdos.

Todavía era una niña cuando abrió el almacén Simán en el centro. Recuerdo que el hecho de que construyeran aquel edificio fue tomado como una muestra de progreso. San Salvador se modernizaba. Era la primera tienda por departamentos del país. Había un silencioso y compartido orgullo nacional en eso.

No recuerdo dónde estaba antes el almacén original pero para aquellos años, el nuevo edificio era “grande” y era de lo más moderno de la ciudad. No sólo eso. Se dieron el lujo de adornar las porciones de acera que le correspondían con enchapados de mármol. Tenían vitrinas que iban adornando con escenas de acuerdo a la temporada correspondiente de compras. Durante los primeros días de su apertura, la gente iba nada más por conocer todo lo que ofrecía. Una de las grandes novedades era además que en el interior habían escaleras eléctricas.

Hace unos días se anunció que la familia Simán está considerando trasladar ese almacén, que se convirtió en emblemático de la ciudad pero también en un punto de referencia urbana. El motivo para trasladarlo es la poca afluencia de clientes debido a las ventas callejeras que cubren por completo las aceras del almacén, así como la inseguridad de la zona.




La noticia me causó tristeza aunque las razones son comprensibles. Cada día es mayor el número de comerciantes formales en el centro que miran afectados sus negocios de tal manera que optan por trasladarse a zonas con mejores condiciones, antes de ahogarse totalmente en la quiebra o en las extorsiones. Pero estas migraciones de los comerciantes formales hacia otros puntos de la ciudad, de alguna manera conceden el poder a los comerciantes ambulantes e informales para instalarse a sus anchas en las aceras y las calles, que deberían ser para el uso y la libre circulación de todos.

Los callejeros usurpan el espacio público, los edificios se van cerrando y deteriorando cada vez más. La inseguridad y la falta de control sobre lo que se calcula son unos 16 mil vendedores ocupando las calles de lo que se llama “el centro histórico”, incrementan la criminalidad en el área.

Hay muchos motivos para desear que la ciudad sea reordenada. Motivos que van desde lo estético hasta lo cultural, lo económico pero sobre todo lo humano. Gran parte de ese reordenamiento pasa por el traslado de las ventas callejeras a lugares aptos para su actividad. Pero aunque suena fácil, es una tarea de una complejidad enorme.

Es necesario encontrar o construir esos espacios aptos para que los vendedores puedan continuar en su actividad, en un ambiente ordenado, limpio y seguro, y que sea lo suficientemente atractivo y accesible como para que los compradores lleguen hasta ahí. Es necesario que esto vaya acompañado de un proceso educativo para la sociedad en general, para que comprendamos y tomemos conciencia de que la ciudad es un espacio de todos, y que no puede sacrificarse u obstaculizarse a nadie por la necedad de unos cuantos o por la pereza de quienes no les da la gana ir hasta los puestos formales y prefieren comprar a los ambulantes.

Es necesario también terminar con el falso paternalismo y la victimización. El paternalismo de los que opinan que los vendedores deben seguir donde están porque tienen derecho a ganarse la vida como todos y porque no tienen otro lugar donde ir a vender sus productos. La victimización de parte de los propios vendedores que utilizan como argumento el concepto de que “son pobres” y de que no tienen otra manera de ganarse la vida.

En los reportajes de televisión es frecuente escuchar este tipo de argumentos, así como otros más incongruentes, como alguien que dijo: “nos hemos ganado el derecho a estar en las calles”. O la consabida amenaza de “si nos sacan de aquí nos vamos a tener que dedicar a robar, porque no vamos a tener trabajo”.

Entre los numerosos editoriales y reportajes que salieron publicados en días recientes en torno al desalojo de los vendedores ambulantes del centro de San Salvador, hubo un comentario en particular que me llamó la atención. Alguien opinaba que había que dejar a los vendedores donde estaban porque “así ha sido siempre”. Supongo que el comentario lo hizo alguien nacido en los 80 y que lo único que conoció de la ciudad fue eso.

Pero no. San Salvador no siempre fue así. Y aunque lo hubiera sido, ¿algo que es una costumbre debe ser pretexto para dejar todo como está, aunque la costumbre sea negativa? ¿A quién no le gustaría tener una ciudad bonita, limpia, ordenada, caminable, segura?


Los actuales esfuerzos de la Alcaldía capitalina por reordenar la ciudad son loables. Cada vez que escucho al Dr. Norman Quijano reiterar que la recuperación de la ciudad no se detendrá, quiero creerle. Ojalá que lo logre. Me encantaría que la ciudad cambiara y volviéramos a ver las fachadas restauradas y limpias de sus edificios. Que pudiéramos caminar por sus parques y que nos reencontráramos con nuestro pasado, aprendiendo y conociendo lo que aconteció alguna vez en lo que llamamos el centro histórico.

Pero estos esfuerzos se mirarán limitados y posiblemente no arrojen resultados adecuados ni duraderos, si no se trabaja en conjunto con otras instituciones gubernamentales. La recuperación del centro no debería ser (y en realidad no es) una tarea que compete estrictamente a la Alcaldía. Se debe superar el divorcio entre el Gobierno Central y la Alcaldía para promocionar un plan de rescate de la ciudad y que todas las entidades relacionadas con uno u otro aspecto de la recuperación total del centro trabajen en conjunto para que pueda llegar a ser una realidad.

El desalojo de los vendedores será bastante inútil si no viene acompañado de medidas de refuerzo. La más importante: espacios convenientes y adecuados para la reubicación de todos. Una campaña educativa e informativa que les permita asimilar el plan general de reordenamiento.

Pero además ¿qué se está haciendo o qué se va a hacer para desviar las rutas de buses del centro y evitar los congestionamientos de las horas picos y la altísima circulación de peatones para trasbordar rutas? ¿Qué se está haciendo para desmantelar las pandillas delincuenciales que operan en la zona? ¿Hay presupuesto para restaurar los edificios que son patrimonio cultural y que naufragan, abandonados a su suerte, en medio del abandono, los vendedores, los indigentes y las inclemencias del tiempo? ¿Quién está impulsando un programa educativo entre los ambulantes para que entiendan por qué no pueden seguir tomándose las calles a antojo?

Rescatar el centro de San Salvador no es tarea imposible. Es cuestión de encontrar la solución específica para nuestra realidad. Recordemos los casos de la ciudad de México, Quito, Bogotá o Lima, que tenían problemas similares y que lograron recuperar y restaurar sus respectivos centros.

Para los nostálgicos, es imposible pensar que la ciudad volverá a ser la de los años previos a la guerra. Pero eso no significa que no podamos tener un espacio público agradable que pueda combinar las necesidades comerciales, culturales, laborales y habitacionales de la ciudadanía.

Es posible que si no se aprovecha ahora el impulso del alcalde, volvamos a caer en esa modorra y en ese “dejar hacer” característico de la personalidad del salvadoreño.

Los miles de vendedores afincados en las calles y aceras de San Salvador no son más que el reflejo de las desigualdades económicas que hemos sufrido desde siempre y que se acentuaron durante la guerra. Tampoco se puede asumir que todos los ambulantes son criminales y hacen las cosas de manera oscura. Seguramente entre ellos hay también un amplio segmento que, realmente, trabaja para sacar adelante a su familia.

Pero lo que no se puede disculpar en ningún momento es la resistencia casi caprichosa de los vendedores de salir de las calles y que terminan en reacciones violentas de parte de grupos que manipulan la circunstancia tanto para causar desórdenes como para provocar destrucción en la propiedad pública y privada.


Si como sociedad estamos de acuerdo en que el centro debe ordenarse, también deberíamos abstenernos de politizar este problema. Lo importante aquí es comprender que solucionar esta situación contribuirá a aumentar la calidad de vida, tanto de los vendedores como de la ciudadanía en general.

Necesitamos un reordenamiento. Sí. Es urgente. Pero el reordenamiento no es una tarea exclusiva de la Alcaldía. No es un asunto concerniente sólo a la Alcaldía. Es algo que nos incumbe a todos.



(Para no perder la costumbre ni interrumpir el registro, esta fue la columna publicada el pasado 27 de junio 2010 en Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica).



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viernes, julio 02, 2010

A la Casa del Escritor

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Hace ya ratos que me aparezco por aquí de manera irregular. Motivos para esas esporádicas apariciones han habido varias: desde una sobrecarga de trabajo hasta no tener nada que decir o guardar lo que tengo que decir para mi columna quincenal. Ya lo dije alguna vez, desde que volví a El Salvador siento que todo ha sido como una montaña rusa: a veces subir la cuesta con terrible esfuerzo y otras bajar a velocidades temerarias por la pendiente temiendo se vaya a descarrilar el carrito o temiendo que la fuerza del viento te arranque la cabellera de raíz.

No creo que ahora esté entrando en la parte planita de la montaña rusa, en que el carrito parece descansar ni mucho menos terminar el trayecto. Pero espero retomar este espacio con algo más de regularidad. Hay muchas cosas que tengo en la mente, muchos enlaces que compartir y otras cosas que irán aconteciendo en próximos meses.

Por el momento, y como quizás ya algunos saben, he sido nombrada directora de la Casa del Escritor y por ahí estaremos encarrilando algunos esfuerzos y sueños literarios. Gracias de corazón a todos los que han escrito por todas las vías posibles y manifestado su apoyo y sus felicitaciones. En su momento estaré compartiendo informaciones y noticias de lo que estaremos haciendo en aquel espacio.



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lunes, junio 14, 2010

Lucia bailando para James Joyce

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El irlandés James Augustine Aloysius Joyce, mejor conocido como James Joyce, escribió dos libros paradigmáticos, de esos que siempre todos dicen que deben leerse porque son “obras maestras”: Ulises y Finnegan’s Wake.

Leer Ulises, un libro de casi mil páginas, no me fue tarea fácil. Había comprado los dos tomos de la edición de Bruguera, en la traducción de José María Valverde, en algún viaje que hice a la ciudad de México en el 84 o el 85. Por lo menos tres veces había intentado leerlo y no podía seguir. No lo entendía, me aburría. Pero pudo más la infinita curiosidad de descubrir por mi cuenta por qué era un libro tan importante para la literatura. Así es que lo seguí intentando.


Fue hasta casi 10 años después, en el 93, que alguna tarde se me ocurrió agarrarlo de nuevo. Y ya no pude parar. Devoré aquellos dos tomos en tres meses, después de los cuales sentí que había descubierto el agua tibia otra vez. Se me había abierto el horizonte como escritora.

Lo que aprendí del Ulises, lo que le debo como narradora, es lo que me hace considerar a James Joyce como uno de mis maestros literarios, de esos que te enseñan que en la escritura todo es posible si se sabe hacer. Que hay que salir de la zona de seguridad para no correr el peligro de estancarse como escritor y de repetirse a sí mismo, cansando a los lectores. Que te enseñan la audacia en la escritura. Y los felices accidentes que pueden ocurrir cuando uno se permite experimentar con la estructura narrativa, con las palabras, con las formas establecidas. De lo deliciosas que pueden ser algunas palabras, cuya combinación en alguna frase o párrafo, puede degustarse en la boca como un manjar oriental.

El moralismo reinante impidió que se publicara en Inglaterra, donde se decía que se trataba de una novela “inmoral” así es que su primera edición fue en Paris en 1922. En Inglaterra se publicó hasta 1936. En los Estados Unidos, donde el libro enfrentó una acusación de obscenidad, no se publicó hasta 1934.




De James Joyce es también Finnegan’s Wake, el libro que estoy leyendo. Y reitero a Joyce como mi maestro. ¿Qué aprendo ahora? Que como lectores, no siempre tenemos que entender una obra para disfrutarla. Que puedo leer un párrafo por mes y está bien. Y como escritores, que no siempre vamos a escribir cosas para que otros las entiendan, sino como un deleite, una faena y un gozo personal. Que no todo tiene que tener sentido (de hecho, muchas veces no lo tiene).

De Finnegan’s Wake se ha dicho mucho. Para muchos es una basura. Para otros es un interminable baúl de recursos literarios. Tiene la fama de ser el libro más difícil de entender de la literatura mundial, comparable en lo enigmático con el Jabberwocky de Lewis Carroll.


Joyce mismo decía que le había interesado retratar lo que ocurre en la mente mientras uno duerme. Lo cual parecía lógico tomando en cuenta que Ulises retrata un día en la vida de Leopold Bloom, más específicamente el 16 de junio de 1904, una fecha que se conoce ya como el Bloomsday, y que se conmemora con diversas y novedosas actividades alrededor del mundo, todos los años, por los amantes de esta obra. Así pues, James Joyce, en las dos novelas mencionadas, estudia la mente en vigilia pero también el subconsciente dormido, desde la oscuridad del sueño y acaso también, desde de la locura.

Finnegan’s Wake fue escrita durante 17 años y apareció en forma de libro en 1939. Comenzó a publicarse por entregas en un par de revistas. Pero tanto por entregas como en libro, las reacciones fueron negativas y de estupor por un texto que fue tomado como incomprensible. Joyce recibió incluso palabras muy subidas de tono de varios críticos por “irrespetar las formas tradicionales de la novela”.

Muchos pensaban que el autor le estaba tomando el pelo a todos, especialmente porque con las discusiones que había generado Ulises dijo: “He colocado tantos enigmas y rompecabezas en él, que mantendrá a los académicos ocupados durante siglos e intentarán argumentar lo que quise decir. Es la única manera de ganar la inmortalidad”. Nada modesto, pero profético totalmente, porque su obra se sigue leyendo y estudiando con la minuciosidad de quien siente puede encontrar ahí el secreto de la existencia o la piedra filosofal misma.

Algunos estudiosos han intentado demostrar que Finnegan’s Wake fue inspirado en Lucia, la hija que James Joyce tuvo con su esposa Nora Barnacle.


Lucia nació en Italia en 1907, dos años después que su único hermano. Nació bizca y algo frágil de salud, motivo por el cual la madre prefería a George, un muchacho plenamente saludable, que ya adulto se convertiría en alcohólico.

Lucia estudió danza, o en realidad “anti-danza”, un movimiento de ruptura contra las formas clásicas y tradicionales del baile de comienzos del sigo pasado. Llegó a bailar con suficiente talento como para entrenar con el hermano de Isadora Duncan. A comienzo de los años 30, tuvo amores con Samuel Beckett (entonces secretario de James Joyce), aunque no se sabe si hubo una relación real o si fue una obsesión platónica de ella. Lo cierto fue que Becket no alentó aquella relación debido a que Lucia ya mostraba síntomas de enfermedad mental. Luego a ella se le diagnosticaría con esquizofrenia.

Comenzó a ser atendida por Carl Jung en persona. Éste pensó, después de terminar de leer el Ulises, que tanto el padre como la hija estaban esquizofrénicos, llegando a decir que los dos “van hacia el fondo del río, con la diferencia de que uno sabe nadar y la otra se hunde”.

Durante los años que Joyce escribió Finnegan, Lucia lo acompañaba en la misma habitación, muchas veces bailando para su padre en silencio y sin música. Él solamente la observaba y tomaba notas.

Joyce quería atender personalmente la salud de su hija, pero el éxito que le había supuesto el Ulises y la velocidad con que sus ojos se deterioraban (un día finalmente quedó ciego), eran una presión muy grande para terminar el nuevo libro, que estaba siendo escrito junto con un par de asistentes.

Lucia tuvo que ser internada. En ese periodo es que empieza un frecuente intercambio epistolar entre padre e hija. Es también el tiempo de entradas y salidas de sanatorios mentales, de episodios piromaníacos, de tirarle una silla a su madre, de bajarle el zíper a los visitantes masculinos del hogar Joyce, de enviarle telegramas a gente muerta, de pintarse la cara de negro, de perderse durante días por Dublín, vagando y durmiendo en sus calles.

Su padre no escatimó jamás gastos ni mimos para atenderla e intentar mitigar los efectos de su enfermedad. Para 1935 se reporta que tres cuartas partes de los ingresos de James Joyce estaban destinados para la recuperación de Lucia. Cuando los alemanes invadieron Francia, la familia Joyce huyó a Suiza. James hizo un esfuerzo sobrehumano por llevarse a Lucia con ellos, quien estaba internada en una clínica en ese momento. No pudo lograrlo. Se cree que la tensión y el disgusto de no poder llevársela fue la que le ocasionó la perforación de la úlcera que, en 1941, terminaría con la vida de James Joyce.

En 1951, Lucia Joyce fue internada en el Hospital Saint Andrew de Northampton de donde ya no saldría más y donde moriría a los 75 años, en 1982.


Desafortunadamente toda la correspondencia entre padre e hija, y otros papeles, como diarios, tarjetas postales, poemas y los escritos de Lucia Joyce, fueron quemados por los herederos para proteger la honra familiar, ya que siempre se consideró a Lucia como una constante fuente de momentos incómodos y vergüenzas.

Descubrí esta complicada historia luego de que la lectura de la novela me moviera a buscar información para comprender el contexto desde el cual se origina. Explorando la biografía del autor, me encontré también con la historia de Lucia, que me era desconocida.

Hay una foto de Lucia Joyce que me gusta mucho. Fue tomada por la fotógrafa estadounidense Berenice Abbott. En ella, Lucia viste un pantalón enrollado a media pierna y una túnica y sombrero que parecen orientales. Paralizada en actitud de baile (piernas separadas, brazos alzados y las manos en ángulo recto, emulando los murales egipcios), vemos su cabeza desde el perfil izquierdo e inclinada hacia atrás junto con el torso.

Lucia tiene los ojos cerrados. Y me pregunto cuál era la música que sonaba dentro de su cabeza. E imagino a James Joyce mirándola bailar. Y en la esquizofrenia compartida que les sirvió de puente, de conexión mental y emocional y, que fluyó hasta materializarse en esa sorprendente obra que es Finnegan’s Wake.



(Publicado en La Prensa Gráfica, revista Séptimo Sentido, 13 de junio de 2010).




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jueves, junio 10, 2010

"Discurso en el depósito de objetos perdidos", Wislawa Szymborska

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Perdí algunas diosas en el camino de sur a norte,

y también muchos dioses en el camino de este a oeste.

Se me apagaron para siempre un par de estrellas, ábrete cielo.

Se me hundió en el mar una isla, otra.


Ni siquiera sé exactamente dónde dejé las garras,

quién trae mi piel, quién vive en mi concha.

Mis hermanos murieron cuando me arrastré a la orilla

y sólo algún huesito celebra en mí ese aniversario.

Salté de mi pellejo, perdí vértebras y piernas,

me alejé de mis sentidos muchísimas veces.

Desde hace mucho cerré mi tercer ojo ante todo esto,

me despedí de todo con la aleta, me encogí de ramas.



Se esfumó, se perdió, se dispersó a los cuatro vientos.

Yo misma me sorprendo de mí misma, de lo poco que quedó

de mí:

un individuo aislado, del género humano por ahora,

que sólo perdió su paraguas ayer en el tranvía.



(De Si acaso, 1978, versión de Gerardo Beltrán).



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martes, junio 08, 2010

Escribir y amar

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Cada vez que comienzo a escribir un libro, siento como si fuera la primera vez. Y de hecho lo es. Cada libro es nuevo, único, diferente. Cada libro es el primer libro. Cada libro encierra la emoción, las dudas, el aprendizaje de la primera vez. La incertidumbre del resultado, de la duración, de los problemas que vendrán.

Y de pronto pienso que así debería ser con el ser que se ama también. Que cada encuentro, cada mirada, cada frase dicha debería decirse con la nerviosa emoción de las primeras veces, cuando uno no sabe si el otro le corresponde, cuando uno quiere pero también teme, cuando se ansía el encuentro o el estar a solas con la persona, cuando uno imagina conversaciones, besos y otras cosas...

Guardar siempre esa pureza, ese asombro (ante la pareja y ante la literatura).

Escribir y amar son pasiones emparentadas, semejantes.
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lunes, mayo 31, 2010

Memento mori

Ocurrió un sábado por la mañana en Los Planes de Renderos. Desayunábamos. Era temprano, ni las 8. Primero se escuchó pasar un carro. Y segundos después, un golpe. “Un choque” pensamos o dijimos en voz alta. Segundos después estaba asomándome a la calle.

Un par de casas más adelante, en efecto, un carro estaba estrellado contra un árbol. Fui hasta allá. No recuerdo cómo lo hice. Es justo explicar aquí que mi madre, bajo ningún concepto, me hubiera permitido jamás levantarme de la mesa en pleno desayuno y mucho menos me hubiera permitido salir a la calle para ir a curiosear un accidente. Pero aquella mañana se pudo. Lo logré. Salí. Supongo que conmigo estaba la empleada doméstica porque sola definitivamente no me iban a dejar salir. Pero no lo sé. No lo recuerdo.

Al llegar hasta el vehículo me di cuenta de algo que no pude ver antes. Sobre el engramado frente a aquella casa estaba acostada una mujer. Bocarriba. Y unas cinco o seis personas ya estaban allí, viéndola. Al grupito llegué a sumarme yo. Y la mirábamos. Entre fascinados y tristes. Sólo escuchaba el murmullo de los adultos: “está muerta, la mató el carro”.

La atropellada no tenía signos visibles de golpes. No había sangre en ninguna parte. Su expresión era serena. De hecho, no parecía violentada de ningún modo. Me impresionó aquel aspecto tan limpio y nada agredido. Era difícil creer que estuviera muerta. Que así se miraba un muerto.




Entonces llegó una muchacha. Lloraba. Gritaba. La mujer que estaba bocarriba era su madre. Había salido de su casa hacía pocos minutos antes pues iba a trabajar cerca de ahí. El carro la había golpeado, la había tirado contra la grama y la había matado. Luego el carro se había estrellado contra el árbol. El conductor estaba ileso. Y borracho. Muy borracho. A él no le había pasado absolutamente nada.

La muchacha lloraba sobre el cadáver. Gritaba. Preguntaba a gritos y con la voz quebrada por el llanto “¿por qué?”. Lo preguntaba una y otra y otra vez más. Ella no entendía por qué su madre estaba viva un momento y menos de media hora después yacía muerta sobre la grama de una casa cercana.

Volví pensativa. Imaginaba a la mujer saliendo de su casa. A la mujer despidiéndose de su hija. A la mujer caminando por la calle. A la mujer y los pensamientos que tendría antes de morir. A la mujer pensando en las cosas que debería hacer aquel día. A la mujer golpeada por el carro. A la mujer volando por los aires y cayendo sobre la grama (siempre tuve una imaginación muy gráfica). A la mujer muriendo. Pero lo que más me impresionó fue una cosa: pensar que un minuto estaba viva y que al siguiente, de manera inesperada, estaba muerta.

Cuando se crece rodeado de animales, el roce con la muerte es una presencia constante. Algo había de terrible, dulce y enigmático en la muerte de nuestros animales y que me dejaba pensativa. Un pollito o un patito ahogado en la pila de agua. Una gallina enferma o víctima de un oscuro destino a manos, o mejor dicho, a garras de un tacuazín que la hubiera raptado. Un perro envenenado. Un perro atropellado. Las culebras que aparecían en la casa y que Juan, el jardinero, mataba a machetazos sin piedad alguna. Los pajaritos que encontrábamos caídos de algún nido y que, por más que cuidáramos, no lográbamos salvar. Los gatos que, tan pudorosos en su morir, se iban al monte para que nadie los viera y partían solitarios de este mundo.

La mujer atropellada fue la primera persona muerta que vi en mi vida. Yo tenía unos 8 o 9 años y aunque ya me habían hablado sobre la muerte, el entendimiento que yo tenía sobre el asunto era limitado. Convivía con el constante recordatorio por parte de mi padre de que iba a morirse pronto. Mi padre era un hombre mayor, de más de 60 años, y no desperdiciaba ocasión alguna para recordarnos todos los santos días: “ya me voy a morir”. Pero ese “ya me voy a morir” tardó más de 30 años en ocurrir.

Aquella atropellada fue la inauguración de todos los muertos de mi vida. Porque de ahí en adelante, y hasta el día de hoy, la gente se me ha muerto en cantidades insostenibles. Mi tío Ricardo que cayó a la entrada de su casa por nunca supe bien qué hemorragia interna. Mi tío el Boina Verde que murió emboscado en la vuelta de un río en Saigón, durante la guerra de Vietnam. Una serie de amigos y conocidos que decidieron todos morirse entre 1994 y 1995 y que dejó poblado de fantasmas mi panorama: Alejandro, un ex-novio, muerto en un impresionante accidente automovilístico. Bud, Pablo y Róger, muertos de cáncer. Noel y Roberto muertos de SIDA. Ignacio, ataque al corazón. Christian, accidente de tránsito. Los muertos ajenos pero de alguien muy cercano a uno y que también se tornan nuestros. O ese muerto que te deja patoja la mesa de los sentimientos y cuya ausencia trastoca todo.



He pensado muchas veces que solamente hay dos sucesos verdaderamente importantes en la vida: nacer y morir. Y así como una mujer se prepara para estar saludable al embarazarse; así como se prepara la habitación del ser que vendrá; así como se estudia y analizan las diferentes edades del niño, ¿por qué no nos preparamos para la muerte desde la infancia? ¿Por qué no nos enseñan a morir con dignidad, a convivir con la muerte, a tener conciencia de ella?


¿Por qué nos enseñan a callarla, a ignorarla, a vivir la vida como si fuéramos a ser eternos y no como los mortales que somos? ¿Por qué nadie quiere o parece comprender que precisa y justamente porque existe la muerte es que la vida se torna tanto más importante y que cada minuto, cada segundo que pasamos en esta dimensión de la mortalidad es un tesoro que deberíamos apreciar y cuidar?

Cuando nos enfrentamos a la muerte de nuestros seres queridos es que podemos darnos cuenta de lo poco preparados que estamos para morir y para vivir nuestros duelos. Es frecuente hacer un repaso mental de todos nuestros muertos. También es frecuente preguntarse, una vez más, sobre nuestra propia muerte. Sobre cómo irá a ser. Cuándo. Dónde.

A veces me sorprendo a mí misma con estos pensamientos y aterrizo en detalles acaso frívolos, pero que la melancolía de saberme mortal me obliga a ver como pormenores poéticos que ojalá pudiera decidir para mi propio final. ¿En qué mes preferiría morir? ¿En qué día? ¿A qué hora? ¿En qué lugar? ¿Haciendo qué? ¿Quién me gustaría que estuviese allí? ¿Preferiría estar a solas en ese instante, para no distraerme y concentrarme en preparar mi espíritu para lo que sigue? Y si pudiera escoger a alguien para que estuviera junto a mí en ese momento, ¿a quién se lo pediría?

Para los que creen o no en una siguiente vida, para los que creen o no en paraísos e infiernos, para los que creen o no en lo espiritual, la verdad de la muerte no altera el hecho de que debiéramos vivir más a conciencia el aquí y el ahora, lo único que, a fin de cuentas, podemos asir en el día a día.

Sin embargo, la enajenación actual (esta pesadilla que llamamos progreso), nos hace voltear el rostro ante la muerte. No hablar de ella. Ni pensar en nuestro propio fin. ¿No sería mejor todo lo contrario? ¿No sería mejor que a todos, desde niños, nos hablaran de la muerte, nos educaran para la muerte (propia y ajena) pero no desde el ángulo de una exaltación religiosa de la muerte, sino de una convivencia cotidiana con ella?

Tener conciencia de nuestro propio fin, de que podemos morir en exactamente cualquier momento y por cualquier misterioso motivo, nos puede hacer valorar mejor la vida misma. Y, aunque suene contradictorio, vivirla con mayor calidad, alegría, intensidad, conciencia.

Cuando los generales romanos tornaban triunfales a Roma y desfilaban por sus calles, un esclavo iba detrás de ellos con la tarea de recordarles que todo es pasajero. “Memento mori”, le decía durante el desfile, recuerda que morirás. Y se hacía para que los generales no incurrieran en la soberbia de actuar como inmortales.

La muerte despierta diferentes sentimientos pero impone una única certeza: es algo de lo que no escaparemos. Y esa certeza absoluta es, fin de cuentas, lo que debería darle un valor supremo a la vida misma. Acaso de ahí provenga otro dicho que complementa al anterior: “Carpe diem”, aprovecha el día. Puede que sea el último que tengas.



(Publicado en la revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, domingo 30 de mayo 2010).



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lunes, mayo 17, 2010

Ciudades perdidas

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En el capítulo 22 de su libro Estambul, ciudad y recuerdos, el escritor turco y ganador del Premio Nobel de Literatura 2006, Orhan Pamuk, cuenta que cuando era niño tomó el hábito de contar los barcos que miraba pasar en el Bósforo. La descripción es tan vívida que podemos visualizarlo, apoyado en algún balcón, viendo hacia el agua y contando los barcos.

Pocas páginas después de ese párrafo nos encontramos con una fotografía donde se ve a un muchacho apoyado en un balcón. Al fondo de la foto se ve, por supuesto, el Bósforo y un par de barcos. Suponemos que el muchacho de la foto es el joven Pamuk.

El autor cuenta que comenzó a tomar nota en un cuaderno de todos los barcos que iban y venían. Luego se enteró de que su manía no era original, que su hermano, amigos y conocidos también contaban los barcos del Bósforo.


Algo fascinante hay en ese inocente ejercicio de contar barcos. Quizás porque cada uno encierra el secreto de su origen, de su destino, de sus tripulantes, historias que comenzamos a imaginar y que ocurren en puertos y ciudades de nombres impronunciables; o el afán que, para los que sufrimos el vicio de viajar, se transforma en una búsqueda y en un movimiento que se resiste a terminar o que ansía con llegar al puerto soñado




Comprendo la calidad y la melancolía de este juego. Yo también conté barcos alguna vez. Eso fue en Saint-Nazaire, Francia. Viví seis semanas en un apartamento ubicado en el décimo piso de un edificio en la desembocadura del Loira, cerca de Nantes, en Francia.

El apartamento tenía un balcón con una panorámica excepcional: el río, las esclusas para la entrada de los barcos, el astillero (cuando yo estuve ahí, se construía el Queen Mary 2 y lo miraba desde mi apartamento), el puente, la ciudad. Eso fue en el año 2000, cuando estuve becada como escritora residente por la Casa de los Escritores Extranjeros y los Traductores.

Yo también comencé a tomar nota sobre cada barco que entraba o salía. Anotaba el día, la hora, el nombre del barco y su puerto de origen (muchos llevaban anotado, en letras más pequeñas, debajo del nombre del barco, el nombre de la ciudad). Y luego anotaba cualquier detalle que me llamara la atención como cuántos remolcadores lo acomodaban en la esclusa, el nombre de los remolcadores (que, junto al barco, parecían indefensos artefactos quebradizos), qué tipo de carga llevaba el barco, el olor que despedían sus humos, el detalle de alguna bandera (que a veces hasta dibujaba), el color del barco.

Los barcos entraban y salían a cualquier hora, y tal era mi manía que, si algo entraba de madrugada, me levantaba corriendo cuando escuchaba el timbre que anunciaba el paso de un barco, tomaba mi cuaderno de apuntes, y me disponía a pasar entre media y una hora viendo el trajín correspondiente.

A veces también anotaba cosas que se me ocurrían, como con un barco llamado Jonás, en que anoté: “Jonás es una inmensa ballena verde”. O con otro, llamado Alí Baba: “Como buen ladrón, Alí Baba entra de madrugada y sale de madrugada. Se desliza sobre el agua en silencio, sin agitarla. Pareciera que flota, que levita sobre el elemento, que resbala por una inmensa superficie estática”.

Pamuk escribe en el mismo capítulo 22: “Cuando me voy de Estambul, a veces pienso que mi deseo de volver lo antes posible a la ciudad se debe a que quiero seguir contando barcos”.

Y coincido: qué bueno sería volver a cualquier lugar donde alguna vez contamos barcos.



En Estambul, Pamuk ha tenido la gran habilidad de recrear su infancia al compás de la ciudad en que ha vivido toda su vida y desde donde, nos lo confirma en una que otra línea, escribe precisamente las memorias que tenemos entre manos.

Parecería que es imposible que un lector de cualquier país se conecte con las memorias de un chiquillo en Turquía. Pero lo que permite que un salvadoreño, por ejemplo, pueda identificarse con un niño turco son esos recuerdos que subsisten a través del tiempo y que Pamuk relata con tanto acierto. El relato de los juegos infantiles, las peleas con el hermano, el primer amor, las escapadas de la escuela, disparan los recuerdos del propio lector porque son cosas que todos hemos vivido aquí y en la Cochinchina.

De Estambul, Pamuk nos describe la visión de ilustres visitantes de Occidente (como Flaubert, Gautier y Nerval, entre otros) y la de los diversos personajes intelectuales de Turquía misma, visiones contrastantes que, juntas, conforman un cuadro panorámico de la ciudad, del Bósforo y de sus diferentes barrios y habitantes, un macro y un micro retrato de la ciudad.

Uno de los puntos en los que Pamuk insiste es en subrayar el vínculo que une a los habitantes con la ciudad: el hüzün, una palabra de difícil traducción. Podría definirse como una mezcla de melancolía y amargura, aunque comprende toda una actitud de derrotismo, de conformismo, de silencio, de lo abrumador que resulta el pasado imperial para sus habitantes, muchos muy pobres, que ven cómo poco a poco la ciudad cambia su rostro, muta sus edificios y casas, conserva algunos vestigios desvencijados de glorias pasadas y trata de adecuarse a esa occidentalización irremediable que sufre Estambul.

Estambul le otorga a la ciudad la categoría de personaje, donde la sombra del fenecido imperio otomano parece seguir vertiendo sobre sus habitantes un veneno llamado amargura.


El libro viene acompañado de muchas fotos, todas en blanco y negro, tomadas de archivos locales, y de la colección familiar de la familia Pamuk, complementando visualmente las descripciones del autor, contribuyendo al ánimo a veces melancólico del libro, pero donde también se encuentra una ternura subyacente en la delicadeza con que describe las múltiples facetas de la ciudad.

El tono melancólico de la narración adquiere diversas intensidades. Hay espacio para el humor pero también para la crítica hacia sus conciudadanos (no deja de llamarlos “amargados”, aunque él mismo se considera como tal también).

Las descripciones de sus paseos por la ciudad, a solas o acompañado de alguno de sus familiares o amigos me remitieron a una serie de recuerdos personales. Me fue inevitable recordar el San Salvador de mi infancia, una ciudad totalmente diferente a la de hoy en día y que conocí, sobre todo, de la mano de mi padre.

Sentí una perturbadora dicha al pensar que por lo menos tuve el gusto de conocer la ciudad cuando era limpia, sin ninguna venta callejera. Lo curioso es que la descripción que hace Pamuk al inicio del capítulo 34 (titulado “La infelicidad es odiar la ciudad y odiarse a uno mismo”), no es demasiado diferente al San Salvador actual:

“Todos los parques se transforman en un momento en eriales fangosos e insípidos, las plazas cubiertas de postes eléctricos y paneles publicitarios en fríos espacios de cemento y la ciudad en un lugar tan completamente vacío como mi alma. La suciedad de los callejones, el hedor que se extiende por toda la ciudad desde los contenedores de basura abiertos, los infinitos socavones en calles y aceras, las subidas y bajadas, todo ese desorden, esa confusión y ese caos que convierten Estambul en ella misma me provoca la impresión de que no es la ciudad la insuficiente, mala y deficiente, sino mi vida y mi alma”.

Dice también Pamuk: “¡Puede que queramos la ciudad en que vivimos, como queremos a nuestra familia, porque no nos queda más remedio! Con todo, tenemos que inventarnos qué es lo que nos gusta de ella y por qué”.

Las ciudades pues, todas ellas, las más bonitas, las más antiguas, las más sucias, las más espantosas, son ese regazo donde nos ha tocado, por azares del destino, nacer al mundo, vivir sudores y arrebatos, lecciones y fracasos, muerte y vida.

Cada quien hablará de su ciudad como mejor le apetezca, como mejor la sienta o la perciba. Cada quien la vive y la describe de manera diferente, pero el común denominador está en las historias colectivas que la memoria urbana ha ido acumulando en la pintura descascarada de sus paredes.

Me pregunto si algún día alguien podrá escribir un libro que hable con la misma dura ternura sobre la ciudad de San Salvador y que no esté lleno de reproches, cinismo y amargura, ese mismo sentimiento que forma parte del veneno que nos une con nuestra rabiosa ciudad. Bien nos haría recordar que San Salvador fue una agradable ciudad donde se podía caminar sin miedo y comenzar por fin a conocer las historias que guardan sus calles y edificios, testigos secretos de nuestra propia historia.



(Publicado en revista Séptimo Sentido de La Prensa Gráfica, domingo 16 de mayo 2010).



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lunes, mayo 03, 2010

La piedra de los sueños

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Mientras iba en el asiento de atrás del diminuto carro del Consulado de El Salvador en el puerto mexicano de Veracruz, mientras miraba las calles desconocidas para mí hasta aquella noche, me pregunté cuántos salvadoreños estarían residiendo en aquel lugar como para que el gobierno mantuviera ahí un consulado.

“En realidad son pocos” me dijo Claudia Zaldaña de Sifontes, Cónsul de El Salvador en Veracruz, quien había llegado a traerme al aeropuerto. “Lo que hacemos sobre todo es apoyar a los compatriotas migrantes que pasan por aquí”.

Como resultado de un cambio de rutas en el flujo de migrantes centroamericanos hacia el norte, Veracruz se ha convertido en los últimos años en un paso obligado para quienes quieren llegar a los Estados Unidos. Abordando diferentes trenes desde Chiapas a Tabasco, de Tabasco a Veracruz y de allí al D.F. para luego enrumbar hacia Ciudad Juárez u otros puntos de la frontera norte, miles de centroamericanos se lanzan en la búsqueda del así llamado “sueño americano”, aunque lo que tengan que pasar para lograrlo sea una auténtica pesadilla. Y buena parte de esa pesadilla la viven en México.

Desde abusos de parte de las autoridades, extorsiones, secuestros, trabajos forzados, robos y violaciones hasta mutilaciones o la misma muerte cuando caen del tren, los peligros a los que se encuentran expuestos los migrantes en su paso por México son frecuentes y variados.


Buena parte del trabajo consular consiste en velar por los compatriotas que son “asegurados” por las autoridades mexicanas y que entran en proceso de deportación, así como darle seguimiento a los casos de salvadoreños mutilados o repatriar los cuerpos de los que mueren al caer del tren.




La actual Cónsul tiene poco más de un mes de haber llegado a Veracruz y ya le tocaron un par de casos bastante complejos. El primero, el de cuatro niños que viajaban con un coyote cuando fueron capturados en un autobús mexicano por no llevar documentación de ningún tipo. Los menores, dos niñas y dos niños, viajaban solos aunque se cree que el coyote que los llevaba “se hizo el loco” cuando el bus fue interceptado.

Los menores habían salido de Santa Ana el 10 de marzo y el 21 fueron detenidos en el estado de Veracruz. Mientras se desarrolló todo el trámite de deportación, el consulado se encargó de notificar a sus familiares en el país y de velar por su bienestar.

Los migrantes tienen que permanecer durante el tiempo que duren los trámites en el lugar de resguardo de las instalaciones del Instituto Nacional de Migración, INAMI, que no cuentan con espacio suficiente. Los niños mencionados fueron puestos juntos en una misma estación migratoria. Durante las noches se les dejaba salir al corredor a ver televisión, pero pasaban dormidos la mayor parte del día por no tener nada qué hacer.

Finalmente regresaron al país después de la Semana Santa. Viajaron en compañía de dos oficiales migratorios certificados como Oficiales de Protección a la Infancia, OPI, de México, y aquí fueron entregados a sus respectivos familiares, con intermediación de la Dirección de Gestión Humanitaria de la Cancillería y el ISNA.

Sólo entre enero y abril de este año, 17 niñas y 13 niños, fueron repatriados a El Salvador desde México. Se estima que un coyote o pollero, puede llegar a cobrar hasta 8 mil dólares por llevar niños hasta los Estados Unidos, pagándose la mitad al inicio del viaje y la otra mitad al ser entregado el menor, por lo general a alguno de sus padres, quienes son los que mandan a traer a sus hijos de esa manera.



El Consulado de El Salvador en Veracruz es de hecho un consulado conjunto que, con la representación de Guatemala, a través de su Cónsul General Cristy Andrino Matta, comparten además de las instalaciones en la Plaza Acuario algunos casos a resolver, como cuando en marzo de este año, un grupo de migrantes de diferentes nacionalidades centroamericanas, entre ellos cinco mujeres salvadoreñas y una guatemalteca, fueron rescatados en la localidad de Tierra Blanca, donde permanecían secuestrados por una banda delincuencial.


Una ley en México le permite a los extranjeros indocumentados, víctimas de algún delito, optar por obtener un permiso migratorio para residir temporalmente en México, siempre y cuando hagan la denuncia contra los maleantes y atestigüen contra ellos en un juicio. Aunque muchas veces los indocumentados prefieren no hacer la denuncia por temor a las represalias, de las cinco salvadoreñas, cuatro accedieron a hacerlo. La que no accedió, una muchacha de 18 años, prefirió la deportación, aunque se supone que intentará hacer el viaje hacia el norte de nuevo.

Las cuatro denunciantes fueron resguardadas por varias semanas en la estación migratoria de Veracruz y justo en el mismo lugar, se mantuvo en detención a uno de los miembros de la banda que las había secuestrado. Después de amenazas y de situaciones incómodas, a petición de los consulados, las mujeres fueron trasladadas a Acayucan, una población a varios kilómetros al sur del puerto, para continuar con el proceso de averiguación previa y de la obtención de la documentación migratoria prometida, momento en el cual serán dejadas en libertad.



Una de las mujeres, a quien llamaremos “Rosita”, contó que el grupo estuvo secuestrado 34 días, tiempo durante el cual fueron obligados a realizar trabajos forzados. A ella, uno de los de la banda la utilizaba como “chola”, es decir, se la llevaba en una camioneta a hacer las cobranzas de sus extorsiones, mientras trasladaba en el vehículo dinero y armas. El temor a morir era constante para ella, consciente como estaba que si los encontraba la policía, podría no sólo ser acusada de complicidad sino que podría morir en un enfrentamiento armado.

Este grupo de mujeres piensa que si llegaron hasta allí y sobrevivieron al secuestro, nada peor podrá pasarles. Pero la verdadera intención detrás de obtener su permiso migratorio está en seguir intentando llegar a la frontera norte y lograr el cruce final.

Lo más desconcertante para la Cónsul Zaldaña fue cuando le preguntó a Rosita si no conocía los peligros a los que estaba expuesta cuando emprendió el viaje. Rosita le dijo que no, que jamás se hubiera imaginado todo lo que le había pasado. Que en El Salvador nadie le había advertido que las cosas son así en el camino. Que sabía que el viaje era duro, pero no que su vida correría peligro de manera permanente.

¿Por qué emprendieron el viaje? Las cuatro mujeres, todas madres que habían dejado sus hijos bajo responsabilidad de otras personas, estaban en serios apuros económicos en su lugar de origen, el departamento de Santa Ana, y no tuvieron otra opción.



Para el Consulado de Guatemala, las labores son similares. La Cónsul Andrino me habla también de la atención y el seguimiento que debe dársele a los que quedan mutilados por el tren. Los tratamientos de recuperación y los mecanismos para obtener una prótesis (que para los indocumentados es gratis), pueden tardar varios meses y el consulado tiene que velar por las condiciones de vida de los migrantes, funcionando como enlace entre ellos y sus familiares en Guatemala.

En estos casos, los familiares se miran obligados a enviar dinero para comprarles alimentos y para procurar algún alojamiento. Los albergues para migrantes permiten que los viajeros permanezcan un máximo de tres días, pero la permanencia de los indocumentados mutilados puede ser muy larga, como es el caso de un muchacho guatemalteco a quien el tren le cercenó un pie y que tendrá que esperar 6 meses para recibir su prótesis.


Desafortunadamente, las condiciones para este tipo de trabajo son difíciles y de recursos limitados. La gestión del Consulado Conjunto permite garantizar y sobre todo llegar a acuerdos con diferentes instancias mexicanas, para garantizar que a las personas indocumentadas se les permita estar en las mejores condiciones posibles y que se respeten su integridad y sus derechos humanos.



Se estima que un promedio de entre 200 a 300 personas salen a diario de El Salvador con rumbo a los Estados Unidos. La gran mayoría intenta hacerlo por tierra, emprendiendo un viaje largo y en condiciones de extremo peligro.

Unos llegarán, pero muchos más morirán en el camino, serán asaltados, secuestrados, violados, asesinados, perderán alguno de sus miembros o la vida misma en el trayecto. Otros serán deportados. De ellos pocos permanecerán en El Salvador. Porque lo más común es que incluso, en la frontera misma, cuando son devueltos por tierra a Guatemala o a El Salvador, den la vuelta ahí mismo, descaradamente, para volver a entrar. Para volver a probar. Para volver a empujar, con el afán de Sísifo, la piedra de su sueño. Un sueño que dejará parte de sus añicos en el idílico puerto de Veracruz.



(Publicado en la revista Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica, domingo 2 de mayo 2010).

viernes, abril 30, 2010

Nuevas definiciones de "dolor"

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La luz está compuesta por finas navajas voladoras que rasgan, al contacto, tus glóbulos oculares.

Tu cabeza es yunque para un martillo. Caja de percusión para todo ritmo.

El sonido es un fluir de agujas invisibles que pincha tus tímpanos.

Cierras los ojos y tienes alucinaciones geométricas y de colores estridentes. Serían bellas las alucinaciones si no dolieran tanto.


Duermes y la oscuridad del sueño se llena de incongruencias que provocan angustia. Un sueño pastoso, profundo, incómodo.

Alucinas. Imaginas cosas. Piensas: si la cabeza pudiera desatornillarse, la dejarías puesta sobre el librero, hasta que pasara el dolor.

Pero luego, tendrías que deshacerte también del asco en el pecho, ése que no te permite comer ni un bocado.

Ves luces. Ves círculos morados y franjas azul cobalto.

El dolor es la suave sábana que acaricia tus órganos y que te permite percibir formas exactas: reconoces la redondez de tus ojos, la profundidad de tus cuencas, la profundidad y las curvas del cerebro.

Sabes que va a llover. La presión del agua en las nubes es la misma presión que sientes en tu cabeza. El dolor no va a ceder hasta que ceda el agua, es decir, hasta que caiga una buena, fuerte, feroz tormenta.

Por qué sientes en tu cabeza la presión de las nubes, no lo sabes. Te preguntas si eres pariente de las nubes. Te preguntas si tu cabeza es una nube. Y si tu cabeza es una nube, ¿son tus palabras agua? ¿Son tus pensamientos agua? ¿Es llorar llover?

La migraña es un camino lleno de piedras duras, secas, filosas. Algo así como caminar descalzo dentro de un cuento de Juan Rulfo. Espinarse. Y doler. Cortarse. Y doler. Tropezar. Y doler. Caerse. Y doler. Dormir. Y doler. Soñar. Y doler.



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miércoles, abril 28, 2010

Cuando me asomo por la ventanilla del avión

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Pienso en los viajes hechos antes. En la geografía de formas y colores que he visto desde arriba. Charcos negros en medio de parches blancos sobre Canadá. El río Misisipi, con todas sus vertientes y pantanos. Ver el Golfo de México desde la cabina de mando del avión (hace algunos años, en algún vuelo, me invitó el capitán a ver el mar desde ahí. Ninguna “mala intención”, es que alguien le dijo que en su avión iba una escritora “famosa” que resulté ser yo).

Ver el mundo desde el avión te hace comprender algunos cuadros de Georgia O’Keffee.

Pienso en la gente que quiero. Imagino qué estarán haciendo. Imagino que les contaré de este viaje al regreso. Me pregunto si ellos me estarán imaginando a mí sentada en este avión.


Pienso en las nubes. Las veo. Conozco la explicación científica del cómo se forman y de lo que son en realidad. Pero para mí siguen estando hechas de un material innominado que, si pudiéramos tocarlo, si pudiéramos caminar sobre ellas, serían de una suavidad seductora y narcótica.

Veo en la distancia y entre las formas de las nubes distingo a un cerdo, a un cisne y a King Kong viendo hacia el sol.

Me pregunto si al morir los animales se convierten en nubes. Me pregunto si por aquí estarán los espíritus de todos mis gatos muertos, convertidos en nubes blancas, limpias, luminosas.

Pero ya lo sé. Los gatos no se convierten en nubes cuando mueren, sino que se van al Valle de los Gatos, a vivir entre árboles y prados soleados, a ser felinamente felices por el resto de la eternidad. Allí me iré yo también, a pastorear gatos para siempre.




Veo entre las nubes, unas con la forma de la nebulosa de Los Pilares de la Creación. Pienso en la nebulosa. Cuando la vi por primera vez pensé que ésa era la foto de Dios. El origen y el misterio del mundo están ahí.

Nosotros somos tan diminutos, casi nada, pero nuestra arrogancia es tan gigantesca.

Entonces veo estas nubes desde la ventanilla del avión. Veo el cielo de un azul casi lavanda. Because the sky is blue it makes me cry. Se me llenan de agua los ojos.


Me trastorna tanta belleza. Y pienso que el mundo es bello.

Pienso en tierra. En esos amigos que pensé antes. En esa gente que amo. En ellos que me aman con todo y mis defectos (que no son pocos / los defectos, no los que me aman, ésos son los menos). Pero así me quieren, me aceptan y están conmigo.

Pienso en alguna gente muy especial que ha entrado a mi vida, como si fueran ángeles. Más de alguno ha sido un ángel enviado para ayudarme aunque sólo sea con una palabra de aliento. Hay gente que no entiende que a veces, cuando todo se desmorona alrededor, una palabra de aliento, una palabra de afecto, un mínimo gesto es tan grande que te levanta del suelo.

Esos ángeles son los que más aprecio porque, por experiencia lo sé, están un tiempo muy, pero muy breve en tu vida. Luego se van a seguir haciendo el bien donde corresponda.

Veo ese paisaje tan sencillo, cambiante, no permanente, un paisaje que ha sido visto por miles de seres que han viajado en aviones, que ha sido contemplado desde tiempos inmemoriales por millones de seres desde la tierra y desde el mar y por un puñado de astronautas cuando han salido más allá. Un paisaje tan sencillo y tan común como un montón de nubes.

Y no comprendo, de veras que no comprendo, por qué estamos empeñados en destruir tanta belleza.



(Escrito en el aeropuerto de México D.F., 15 de abril 2010, durante una espera de 5 horas antes de tomar el avión a Veracruz. La foto la tomé desde el avión, volcanes mexicanos que no sé cómo se llaman).



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jueves, abril 15, 2010

De héroes y milagros

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No me olvido de escribir.

No me abruma el silencio.

Movimiento, velocidad, tiempo que parece útil pero que finalmente es perdido.

¿Cómo explicar que la columna vertebral de mi cuerpo sean un montón de letras continuadas, como hormigas que sostienen el cuerpo y amansan el alma? ¿Cómo explicarlo para que alguien, por fin, lo entienda?


Poesía, poemas, versos.

Alberto Guerra Trigueros, Francisco Gavidia, Raúl Contreras, Claudia Lars.

“Instante y elegía de un marino” de Lars.

Leerlo pronto, en voz alta, en una ciudad frente al mar.

A veces no se entiende qué quiere la vida de uno. Por qué aprieta tan fuerte sus tenazas de cangrejo. Pero cuando afloja, hay que saber escapar. O aceptar el respiro. Y gozar el escape, disfrutarlo.

A veces no se entiende por qué nada.

A veces te ponen a prueba y luego, hay recompensa. Doble.

A veces falta arrojo y ponerse en plan María Félix.


María Félix y Agustín Lara.

Veracruz.

Habitantes angustiados sobreviven una nevada mortal en Buenos Aires y luchan contra extraños invasores en El eternauta, que ahora leo.

John Cheever y la sed que nunca acaba.

Absolut. Nostalgia de un bar en Guatemala.

La carta que nunca escriben. ¿El inicio del cansancio?

Una intensa, curiosa, obsesiva, grata, sorprendente fantasía dominguera.

“De qué callada manera se me adentra usted sonriendo, como si fuera la primavera y yo muriendo; y de qué modo sutil me derramó en la camisa todas las flores de abril. Quién le dijo que yo era risa siempre y nunca llanto, como si fuera la primavera, no soy tanto; en cambio qué espiritual que usted me brinde una rosa de su rosal principal”.


Un gallo aplastado en la carretera.

El camino más corto a la lavandería.

Flores que se quiebran. Geranios que renacen.

Hablar de tatuajes.

Envolver un regalo.

Abrazar a una gata y decirle “gracias por ser tan fiel”.

Agradecer algo desde el sótano del corazón.

Esperanzas. Árbol de la literatura mantente firme.

La imaginación: abrir puertas y estar en un balcón frente al mar. Oler la sal. Naufragar la pupila en el turquesa del agua.


Extraños sucesos. Inexplicables sucesos. Cosas desconocidas que ocurren entre telones y que hacen que seres antes agrestes ahora te hablen como si fueran mansos gatitos.

Un afiche de Monseñor Romero, el más joven de los profetas.

Héroe: un hombre que cumple con su palabra. Un hombre que cumple con su palabra y que con eso te ha salvado en muchos sentidos y él no sabe la dimensión del bien que ha hecho.

Hoy conocí a mi héroe.

Y mañana me voy.

Un milagro. Y al regreso, cumplir una promesa.



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