En ADN.es, Antonio Córdoba hace una acertada refutación al planteamiento de Babelia de que la ciencia ficción está expirando.
jueves, julio 24, 2008
Refutación
jueves, junio 26, 2008
La noche de la presentación

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La pregunta más frecuente que he respondido en los últimos días ha sido “¿como te sentís?”, esto en referencia a la salida de mi más reciente libro y a su presentación. A todos les di la misma respuesta: que me sentía como una niña pequeña, una niña a la que recién le regalaron un juguete nuevo y lo tiene entre sus manos, shiny and new, y lo mira y lo mira y casi que no quiere jugar con él de tan bonito que está.
También me sentía como si fuera la primera vez de publicar un libro. Con un ánimo y una ilusión absolutamente inocente, y éste último sentimiento me sorprendió porque es el octavo libro publicado, amén de las más de 20 antologías que han recogido alguno de mis textos. Es, por supuesto, una primera vez en varios aspectos: es mi primer libro publicado en Costa Rica y mi primer libro publicado en 5 años. Pero qué bueno también que uno todavía pueda sentir ilusión de publicar un libro.
Como en esos 5 años han pasado muchas cosas que me han tenido voluntaria e involuntariamente alejada del “mundo del espectáculo”, tenía además una expectativa nerviosa rica acerca del día de la presentación, que se dio anoche en la Feria del Libro.
Me llegué algo temprano para ver algo de libros (y prometo para mañana un comentario sobre la feria en sí), pero entonces me encontré con una amiga que tenía ratos de no ver y ya no nos separamos hasta horas después. Cafés, saludos con otros amigos y conocidos, plática previa con los presentadores para organizar un poco la velada, y luego... ¡a los leones!
Óscar Castillo, editor de Uruk, aprovechó la circunstancia para anunciar algo que yo ya sabía, pero que no tenía autorización para decir antes, y que fue por cierto el anzuelo con el que me pescó Uruk: esta editorial se ha propuesto, no sólo abrir sus puertas a publicarle a autores centroamericanos, sino a zanjar uno de los principales problemas y de las más amargas quejas que tenemos siempre del libro en Centro América y es lo referente a la distribución en la misma región.
Uruk ha formalizado un arreglo de distribución de sus libros a través de la red del Fondo de Cultura Económica de México (que ya tiene toda una red de librerías y distribuidores con los que trabaja), e incluirá entre los libros que promueva, los de esta pequeña pero visionaria editorial costarricense. La distribución abarca desde México hasta Colombia, incluyendo por supuesto todos los países de C.A.
Cuando Óscar me hablo inicialmente de su idea y proyecto, me gustó, lo apoyé, lo aplaudí, pero siempre he creído que cuando se da una circunstancia como esta, el apoyo militante es mejor que las palabras. De ahí que me animara a salir de mi silencio de publicaciones, de una época de años en que dudé mucho si volver a publicar o no. Pero me pareció importante apoyar esta iniciativa con una apuesta práctica. Así saqué al “diablito”, como llamo cariñosamente a El Diablo sabe mi nombre, de la gaveta. Y estoy cada día más convencida que esta apuesta valdrá la pena, no sólo para mí, sino para los escritores y lectores de la región.
En esto, Uruk se lanza como una pionera en un campo bastante virgen. Y ojalá pronto más editoriales tomen conciencia de lo necesario que es regionalizar el libro centroamericano.
Después de este anuncio, cuya importancia creo que fue poco captada por los presentes, pasamos propiamente a la presentación de mi libro. Habíamos acordado un conversatorio, preguntas y respuestas sobre los cuentos, con Anacristina Rossi y Manuel Bermúdez.
Como siempre me ocurre en estos eventos, los comentarios de los lectores, cuya opinión realmente no conocí hasta el momento de estar con el micrófono enfrente, me sorprendió por detalles y coincidencias que ellos encuentran en los textos, simbolos, influencias... me fue curioso que ambos coincidieran en que había un dejo cortazariano en los cuentos, pero también de Ray Bradbury y de Reinaldo Arenas (sobre todo de Celestino antes del alba)... ahora que lo pienso, Celestino (que es mi libro favorito de Arenas), lo leí después de haber escrito el libro, pero eso me ha pasado más de una vez, como cuando Cuentos Sucios, que me dijeron tenía una influencia de Quentin Tarantino. Y no vi películas de Tarantino hasta años después de haber escrito esos otros cuentos.
La participación del público fue poca, debido a que el libro recién salió a la venta y muy pocas personas lo han leído. Sin embargo espero que los muy generosos comentarios de quienes estuvieron en la mesa conmigo hayan incitado a la curiosidad de los presentes (unas 40 personas), a leerlo.
No faltó la representación salvadoreña. Mi queridísimo amigo Manlio Argueta, Salvador Vaquerano, Rafael Menjívar Ochoa y Roberto Laínez estuvieron presentes; además se acercaron a saludarme un par de muchachas con padres salvadoreños. Y también conocí a un par de amigos blogueros, con los que hemos intercambiado correos y opiniones a través de nuestros blogs.
Créanme que estoy contenta, y sobre todo muy sorprendida de los comentarios tan positivos del mismo. Porque siempre pasa que alguien te dice “me gustó el libro pero...”, y con éste es la primera vez que eso no ha ocurrido, hasta ahora. Seguramente habrá a quien no le guste, o alguien a quien le escandalice el tratamiento de algunos temas. Pero no me esperaba comentarios tan positivos (como que es "mi mejor libro de cuentos"), de un libro del que siempre tuve algo de dudas, pero que como pasó guardado tantos años, también pasó cualquier ataque febril de correcciones mío.
En fin, si la publicación del libro es como un parto, la presentación del libro es como la presentación del hijo en el templo. Ahí está ya para ustedes mi diablito. Trátenlo bien. Léanlo, explórenlo, conózcanlo. Y lo mejor, cuénteme que les pareció.
En cuanto pase el alboroto de la feria, estaremos organizando las demás presentaciones, la venta en internet, les daré listas de librerías, etc. Paciencia, que en eso estamos.
Y gracias a todos los que hicieron de anoche, una noche muy especial con su presencia y comentarios.
martes, junio 24, 2008
lunes, junio 23, 2008
De canillitas, periódicos y nostalgias: el cierre de la Revista Dominical
Ya mencioné alguna vez que los periódicos fueron buena parte de mi incentivo y mi campo de aprendizaje para la lectura. La Prensa Gráfica era llevada todas las mañanas, infaltable, a eso de las 6 o 6 y media, por un señor muy viejito, flaco y que parecía eterno e incambiable, que durante mis primeros 18 años de vida, siempre llegó y jamás, salvo quizás una o dos veces, dejó de llevar el periódico. Cómo lo logró, me es un misterio.
El viejito iba personalmente hasta San Salvador a buscar el diario a LPG y luego regresaba a Los Planes de Renderos a repartirlo en las casas que ya lo teníamos encargado. Si se atrasaba lo extrañábamos y cuando por fin llegaba le preguntábamos qué había pasado. A veces se atrasaban en La Prensa, otras había derrumbes en la carretera por las lluvias. Pero el señor del periódico parecía invencible y su tarea de repartir el diario lo más pronto posible en nuestras casas parecía una cuestión de honor personal que él se tomaba muy a pecho.
Tenía además la delicadeza de que los sábados o domingos, en que nos levantábamos un poco más tarde, nada más dejaba trabado el periódico en alguno de los colochos de la decoración de hierro del zaguán de la entrada.
Muchas veces era yo la que salía corriendo a recibir el periódico cuando escuchaba el timbre por las mañanas. Jamás hablamos mucho con aquel señor, cuyo nombre ahora se me hace imposible recordar. Y hasta me recorre la cruel sospecha de que, en realidad, quizás nunca supimos su nombre y que era, simplemente, “el viejito del periódico” o “el canillita” (como se llamaba popularmente antes en El Salvador a los vendedores ambulantes de periódicos; la palabra venía de “canilla”, pierna, porque los canillitas, bueno “volaban pierna” para vender los diarios).
Cuando mi padre preguntaba por “el canillita” de la casa me daba algo de risa, porque el término, aunque utilizado para vendedores de cualquier edad, era sobre todo asociado a niños que solían vender los diarios en las esquinas de los semáforos en San Salvador, antes que fuera el caos que es ahora. Hablo de los años 60 y 70. Casi que los únicos vendedores que se miraban eran ésos, los canillitas, repartidos en los semáforos estratégicos de la ciudad y donde el conductor ya tenía su favorito. Los canillitas voceaban los periódicos que vendían y el conductor les hacía una seña, un pitazo y los niños venían corriendo a tu carro. En la acera, por lo general, podía haber otro niño, o algún adulto, con una pila de periódicos que servían para recargar el montón que el canillita llevaba enrollados debajo de su brazo.
Por las mañanas, la venta era de LPG y El Diario de Hoy. Por las tardes eran El Mundo y El Diario Latino. Mi padre tenía alguna obsesión por los periódicos porque compraba los 4 todos los santos días (menos el domingo en que no salían los vespertinos), y nos llenábamos de una cantidad de papel indecible. Claro, el papel era utilizado para muchas cosas en casa: para acomodarles nidos a las gallinas y a las patas ponedoras; para servir de alfombra bajo las estacas de nuestros dos pericos y recoger su cuita y desperdicios de comida; para envolver la fruta que venían de la finca y madurarla, para forrar prácticamente cualquier cosa... también recuerdo que en el colegio nos hacían trabajar mucho con papel maché, para lo cual el periódico era lo mejor. Pero siempre acumulábamos tanto que se lo terminábamos vendiendo a otra viejita, la niña Paula, una señora de Panchimalco que nos vendía “huevos de amor” y que compraba la fruta de nuestra finca para venderla de puerta en puerta.
El anuncio ayer de que se cierra la Revista Dominical de LPG me llevó indiscutiblemente en un intenso viaje por el tiempo, donde el mencionado suplemento tuvo una presencia semanal incuestionable en mi casa.
De mis lecturas de periódico, recuerdo con nostalgia la de los domingos, por la variedad de cosas que traía para leer. Desde los “muñequitos” (o comics), con Dick Tracy, El Fantasma y El Príncipe Valiente, pasando por la propia Revista y el estelar reportaje criminal (un reportaje de una página sobre algún crimen, por lo general no resuelto, ocurrido en los USA o en Gran Bretaña), la lectura del periódico dominical llegó a ser parte de nuestra rutina de familia y el espacio para comentarios.
La Revista Dominical se cierra después de medio siglo de publicación. Si era un buen o mal suplemento, no me corresponde decirlo, sobre todo porque no podría ser objetiva ante un juicio semejante. Para mí, la Revista Dominical era una tradición, una parte de casi toda mi vida, algo que seguí leyendo incluso no estando en el país, porque mi padre nunca dejó de mandarme recortes de la misma a cualquier parte del mundo donde yo anduviera y porque luego, con el advenimiento de internet, se convirtió de nuevo en una de mis costumbres de domingo: café y la Revista Dominical.
También cierra Enfoques, pero (sin despreciar), su presencia no tuvo para mí el impacto que tuvo la Revista Dominical, uno de mis primeros “silabarios” para practicar la entonces recién adquirida habilidad de la lectura. Su mínima sección literaria me hizo soñar con ser escritora y con ver algún día algo mío publicado en dichas páginas (algo que nunca ocurrió, porque con los años, dicha sección fue eliminada).
La Revista Dominical cerró ayer con un repaso de varias de sus portadas, algunas que recuerdo nítidamente, como la que ilustra este post. La recuerdo bien porque traía un collie, una de mis razas favoritas de perro, pero que además fue significativa porque fue la primera portada full color, aparecida el 7 de enero de 1979.
Todo cambia, todo pasa y todo perece. El mundo sigue girando. Se cierra un capítulo de la vida de muchos salvadoreños. El cierre me da una profunda nostalgia. Un detalle pequeño de mi vida que fue, que es, no exagero, un pedazo de mi identidad nacional. Es un poco como perder parte de ese país en el que me crié y que ahora me ofrece un rostro tan diferente, nuevo y extraño. Un rostro tan cambiante con el que a veces, me cuesta identificarme.
A partir de la próxima semana comienza un nuevo proyecto. Y ya en su momento, hablaré también de eso.
jueves, enero 31, 2008
Crónicas marcianas, Ray Bradbury
¿Qué sería lo primero qué harían los humanos si algún día colonizaran Marte? Botar basura por todas partes, exterminar a los nativos y luego llenar todo de comercios para vender cualquier cosa imaginable. Es decir, hacer lo mismo de siempre y por supuesto, copiar lo que se hace en la Tierra.
Por lo menos ése es el planteamiento que hace Ray Bradbury en su libro Crónicas marcianas, uno de los clásicos de la ciencia ficción y por lo demás un libro con tantos méritos y cualidades que trasciende el género para plantearse sobre todo como una buena pieza de literatura.
El libro está estructurado como un grupo de crónicas o episodios aparentemente inconexos que van narrando, a través de un período de tiempo que va desde enero de 1999 hasta octubre del 2026, desde la llegada de los terrícolas a Marte hasta la casi total extinción de los marcianos y luego, los anhelos por los colonizadores terrícolas por volver a la Tierra luego de observar y saber de ciertas explosiones que parecen haberlo destruido todo...
Son episodios en apariencia sin relación aunque hay referencias a personajes y sucesos anteriores. Podría leerse como un libro de cuentos, y por lo tanto, leer los episodios de manera salteada. Pero en lo personal sentí que el libro podía de hecho leerse como una novela, con una estructura peculiar es cierto, pero que tenía toda la coherencia de una historia de largo aliento.
Aparte de su estructura, me llamó mucho la atención el lenguaje usado por Bradbury. Por momentos resulta de mucha poesía, con imágenes plásticas muy delicadas que no recuerdo haber leído en otro de sus libros. Otro componente que viene a ser de gran equilibrio dentro de la narración es el uso del humor y de la ironía.
Uno de los motivos por los cuales siempre me he negado a pensar en que existen “géneros menores” en la literatura es que, cuando un texto está bien escrito, la historia y su manera de plantearla nos llevan a reflexionar sobre nuestra condición humana y, por lo demás, son libros que pueden leerse en cualquier momento sin perder su vigencia. Las guerras, el racismo, la intolerancia, el consumismo y los graves defectos de la humanidad están presentes a lo largo de las narraciones.
Los marcianos de Bradbury no son verdes ni tienen antenas, como quizás se visualizaran en la iconografía popular de los años 40 y 50 del siglo pasado, período de tiempo durante el cual las Crónicas fueron publicadas de manera individual en diferentes revistas del género. Tampoco hay a lo largo del libro explicaciones de complicadas teorías o explicaciones técnicas.
Como lectora de Bradbury me atrevo a decir que es quizás su mejor libro (aunque Farenheit 451 también me gusta mucho). Pero Crónicas marcianas me parece un libro muy bien logrado desde varios ángulos: el lenguaje, el argumento, el balance entre humor y poesía, la exploración del ser humano.
Por cierto, la edición en español de Minotauro aparte de tener una portada genial (ver ilustración) cuenta con un prólogo de Jorge Luis Borges.
Un libro que sin duda se suma a mi lista de grandes favoritos.
lunes, enero 21, 2008
Voy a dormir: Alfonsina Storni
Es de noche y se anuncia tormenta. Una mujer de 46 años que está hospedada en una pensión de Mar de Plata sufre de dolores terribles. La morfina ya no ayuda más. Debilitada por el dolor, llama a la asistenta del lugar y dicta una carta para su hijo Alejandro, de 26 años: “... Suéñame, que me hace falta. Te escribo tan sólo para que veas que te quiero”.
Ya en la madrugada del 25 de octubre de 1938, la mujer sale de su habitación. La tormenta ha comenzado. Quizás ya había escogido el lugar en días anteriores. Quizás nada más caminó y lo encontró. Los suicidas siempre tienen secretos que se llevan consigo. Lo cierto es que llegó hasta un espigón y desde allí se arrojó al mar.
En las primeras horas de la mañana, unos trabajadores ven flotar un cuerpo en la playa. Lo sacan del agua, lo llevan al hospital y reconocen a la muerta como la poeta Alfonsina Storni.
Tres años antes, en 1935, a Storni le fue detectado un cáncer mamario. Los doctores la operan y pierde el seno derecho. La amputación provoca un profundo trauma en Alfonsina. Se suma en una serie de depresiones y se aísla de sus amistades. Comienza una vida en solitario y su estado de ánimo empeora cuando al cabo de poco tiempo, se da cuenta que el mal se ha extendido y que no hay cura posible. La morfina alivia sus dolores físicos momentáneamente, pero no los del espíritu.
La vida de Alfonsina Storni nunca fue fácil. Los negocios de su padre Alfonso, alguna vez prósperos, se vienen abajo cuando ella es apenas una niña. Ella se ve obligada a trabajar desde los 11 años para ayudar en la economía de la familia. Él sufre fuertes depresiones y muere cuando Alfonsina tiene 14 años.
Alfonsina tuvo que dejar la escuela pero en cuanto puede ingresa a la Escuela Normal para sacar un título de maestra. Debido a la pobreza, trabaja como celadora de la Escuela, pero también se dedica a otros oficios. Los fines de semana viaja a Rosario a cantar en un tabladillo, un género cercano al cabaret. Cuando se enteran en Coronda, el lugar donde estudia, sufre una humillación pública, la primera que habría de sufrir a lo largo de su vida por su forma de vida y por sus ideas.
Pero esa humillación le pesó demasiado. Se encerró en su cuarto durante varias horas y al no responder para ir a comer, entraron en la habitación. Ella no estaba, pero sí una nota que decía: “Después de lo ocurrido, no tengo ánimo para seguir viviendo. Alfonsina”. Los compañeros se asustan y salen a buscarla al Río Paraná, cercano a la Escuela. La encuentran y todo no pasa de un susto, pero seguramente la semilla del suicidio quedó metida en su cabeza desde entonces.
Ya graduada se trasladará a Rosario donde conocerá a Carlos Arguimbau, un hombre casado, 24 años mayor que ella, figura prominente de la ciudad y muy culto, que cautivaría a Alfonsina. Al saberse embarazada de él, ella decide viajar a Buenos Aires y asumir su condición de madre soltera.
Es 1912. Tiene poco dinero, está sola, y carga una maleta que más que ropa, está llena de sus versos y de libros de Rubén Darío. Se hospeda en una humilde pensión y ejecuta diversos trabajos para subsistir y mantener a su hijo que nace en abril. Trabaja como cajera en una farmacia y luego en un almacén. También hace labores de modista. Más adelante trabaja en una empresa importadora de aceite de oliva, en un cargo llamado “corresponsal psicológico” y que equivaldría a lo que hoy conocemos como marketing y publicidad. Aborrece su trabajo, pero lo necesita para sobrevivir. En los momentos en que puede, en esa misma oficina escribe un libro de versos llamado La inquietud del rosal, un libro que ella considera pésimo, pero que “escribí para no morir”.
El mencionado poemario es publicado y recibe críticas tibias, pero también causa alboroto. No era común para la época que una mujer hablara abiertamente de sus deseos amorosos, y por otra parte, Storni no ocultaba su condición de madre soltera, de lo cual habla con mucha fuerza en su poema “La Loba”.
A pesar de las polémicas en torno a sus escritos, logra entrar de a poco en el mundo de los escritores de Buenos Aires, hace amistades con varios autores, publica en diferentes revistas. Gana el respeto de algunos y la indiferencia o el recelo de otros, como fue el caso de Leopoldo Lugones. Storni le escribió varias veces a Lugones solicitándole un comentario sobre sus versos. Éste jamás contestó a ninguna de sus cartas. Ambos tendrían siempre una relación calificada de complicada y varios allegados aseguraron que dichas complicaciones se debieron al recelo y al temor de Lugones de tener en Storni a una rival literaria.
Jorge Luis Borges tampoco opinaría bien de Storni. En un artículo titulado “La lírica argentina contemporánea”, publicado en 1921, un jovencísimo y ya talentoso Borges habla con bastante desprecio de la poesía de Alfonsina.
No reaccionaría así el cuentista Horacio Quiroga. Todo lo contrario, Quiroga y Storni tendrían una amistad muy intensa, tanto que se rumoró que hubo una relación sentimental entre ambos. Pero cuando él se marchó a Misiones, en 1925, y le pidió irse con él, ella no accedió.
Ya para entonces, el público que lee los poemas de Storni crece. Se convierte en una poeta reconocida. La gente la detiene en la calle, gustan de sus versos. Trabaja mucho, no solamente en sus diversos libros, artículos y presentaciones, sino también como profesora en diversas escuelas públicas dando clases de artes escénicas, castellano y matemática. Sufre un agotamiento físico y emocional para cuyo restablecimiento le son recomendados reposos anuales, con los que comienza sus visitas a Mar de Plata y Córdoba. Son reposos que duran menos de lo debido, puesto que no puede darse el lujo de descansar un solo día: debe trabajar para mantener a su hijo.
Su poesía evoluciona: desde la obligatoria poesía amorosa que escribían las mujeres de la época y que eran llamadas “poetisas”, para calificarlas como escritoras de rango menor, Storni rompe el molde y se adentra a un estilo más vanguardista y experimental, que trasciende la anécdota personal y trabaja más con las evocaciones sensoriales; así mismo, abandona la rima para cultivar un verso de ritmo personal, más suelto.
El 19 de febrero de 1937, el suicidio de Horacio Quiroga la sacude profundamente. Quiroga había sido diagnosticado con cáncer y se bebió un vaso de cianuro. Casi un año exacto después, el 18 de febrero, se suicida Leopoldo Lugones, también amigo de Quiroga, utilizando un método similar: bebe un vaso de whisky con cianuro. Aunque durante años se rumoró que Lugones se había suicidado por frustraciones políticas, la verdad fue que se había enamorado de una muchacha varios años menor a la que tuvo que abandonar por presiones de su único hijo, Polo Lugones. Pocos meses antes del suicidio de Storni, la hija de Quiroga, Eglé, y por quien Alfonsina sentía un especial cariño, también se suicida.
Cinco días antes de su muerte, Storni había enviado un último poema “Voy a dormir”, escrito en aquel hospedaje de Mar de Plata, al periódico La Nación, un poema a forma de nota de suicidio:
Dientes de flores, cofia de rocío,
manos de hierbas, tú, nodriza fina,
tenme prestas las sábanas terrosas
y el edredón de musgos encardados.
Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.
Ponme una lámpara a la cabecera,
una constelación, la que te guste:
todas son buenas; bájala un poquito.
Déjame sola: oyes romper los brotes...
te acuna un pie celeste desde arriba
y un pájaro te traza unos compases
para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:
si él llama nuevamente por teléfono
le dices que no insista, que he salido...
Archivos Storni:
-Dossier homenaje a Alfonsina Storni en el Centro Virtual Cervantes.
-Entrevista al hijo de Alfonsina Storni.
(Publicado hoy en C.A. 21, parte 8 y final de la serie El Club de los Escritores Suicidas).
viernes, enero 18, 2008
Robo de correo electrónico
Hace cosa de un mes recibí un correo de una amiga. En el correo decía que se había ido al África en un programa de ayuda a muchachos con Sida y que se había quedado trabada en Nigeria porque dejó su bolso en un taxi, perdiendo todos sus papeles, dinero, etc. Necesitaba una ayuda de 4 mil dólares para pagar el hotel donde estaba hospedada, reponer su pasaporte, y comer. Que le enviara el dinero vía Money Gram o Western Union.
Como sé que mi amiga B. está casada, tiene dos hijos y vive en España, me parecía extraño que de pronto se fuera al África. Pero el otro detalle raro del correo era que estaba en inglés. B. lo habla, es cierto, pero no nos escribiría a los amigos en inglés... Sin embargo, el mensaje venía firmado con su nombre y apellido.
Pensé que quizás era en realidad un pedido de auxilio de alguna cercana amiga de B. y que B. nos había reenviado el mensaje buscando cómo ayudar a la amiga en África. Pero luego, era extraño que si así fuera, B. no hubiera incluido una explicación o nota personal.
El caso es que, como leí el mensaje de noche, me quedé pensando en eso y concluí que al día siguiente le escribiría a B. para preguntarle de qué iba aquel asunto.
No hubo necesidad de escribirle. Al día siguiente recibí un correo de ella advirtiendo que lo de la mujer en África se trataba nada más y nada menos que alguien había robado su cuenta de correo electrónico (con todo y contraseña) y estaba escribiéndole a toda su lista de direcciones pidiendo plata.
El robo habría sido así: como la dirección era de Yahoo, días antes le habían enviado algún correo supuestamente de la administración de Yahoo, pidiendo la información de la cuenta, contraseña incluida, pues estaban confirmando si las cuentas estaban en uso o no. B., confiada, envió su información. Y cuando quiso accesar a su cuenta, resultó que cambiaron la contraseña y ella ya no podía entrar ni a su propio correo. Luego se dio cuenta del correo de la estafa.
B. se sintió muy mal por su inocencia pero hay que admitir que hoy en día los estafadores se están esmerando para conseguir nuestra información confidencial en internet.
Algo quizás similar me hubiera pasado. Un día recibí un correo de Gmail diciéndome que si no hacía click en el enlace adjunto y reconfirmaba toda mi información, cancelarían mi cuenta de correo en 30 días. Pero el correo venía en portugués... y eso me hizo sospechar, así es que no hice caso. Volví a recibir el mismo otro par de veces y lo envié a la administración de Gmail, reportando el asunto. Por supuesto que Gmail no había enviado dicho correo.
Varios sitios de seguridad electrónica han hecho hincapié últimamente en que cada día será más difícil que se nos contagie un virus que destruya nuestro disco duro o nos haga perder nuestra información, como fue moda durante un tiempo, y que ahora los delincuentes cibernéticos están más empeñados en lograr nuestra información personal, desde claves a cuentas bancarias, números de tarjetas, de seguro social, y hasta nuestra humilde cuenta de correo electrónico para poder estafarnos o realizar estafas a nuestro nombre.
Todos hemos recibido correos en que nos dicen que hemos ganado un premio de lotería electrónica, o que Fulano de Tal nos escribe para pedirnos nuestra ayuda urgentísima para liberar una millonada que tiene trabada en un banco africano o que un desconocido sujeto decidió heredarnos precisamente a nosotros, que ni sabemos quién era, algunos buenos millones de dólares y varios timos por el estilo. También están los correos enviados a nombres de Bancos que dicen que perdieron su archivo de datos y están reconfirmando informaciones. En fin, las estafas electrónicas están a la orden del día.
Comparto la experiencia desagradable de mi amiga para que estén alertas y para que incrementen sus niveles de malicia y desconfianza. Desafortunadamente no todo es sonrisas en internet, o como me dijo alguien una vez “internet es gratis, algún tipo de peaje hay que pagar”. Ese “peaje” son todos esos estafadores y enfermos mentales de diferentes categorías que muchas veces hacen que uno tenga ganas de apagar la red y no volver a ella nunca más.
miércoles, enero 16, 2008
La historia de Oscar, el perro, y Arthur, el gato
Esta historia es verídica y ocurrió los primeros días de este año en la localidad de Wigan, Great Manchester, Inglaterra. En el hogar del matrimonio de Mavis y Robert Bell, vivían en plena armonía un perro y un gato. El perro se llama Oscar, tiene 18 meses y es un Lancashire Heeler. El gato se llamaba Arthur, era blanco, grandote y tenía 17 años. Ambos eran inseparables. Dormían juntos en un cestito. Jamás peleaban. Y el gato hasta le ayudaba al perro a subirse al sofá para hacer sus siestas, puesto que la raza del perro es bastante enana.
El gato un día se murió. Y el matrimonio Bell lo enterró. Oscar por supuesto, acudió al entierro. Y todos se fueron a dormir.
Durante la noche, Oscar se escabulló por la puertecita del gato hacia el jardín. Buscó el lugar donde estaba enterrado Arthur. Comenzó a escarbar hasta encontrar el cuerpo de su amigo. Sacó al gato fuera del hoyo. Tomando en consideración la diferencia de tamaño entre el gato y el perro, es de suponer el esfuerzo físico descomunal que esto le supuso a Oscar. Lo arrastró luego hasta la casa. Lo metió adentro por la puertecita del gato. Lo puso en el cestito donde ambos dormían. Luego, como el gato estaba lleno de tierra y despeinado de toda la maniobra, Oscar se dedicó buena parte de la noche a limpiarlo a lengüetazos.
A la mañana siguiente, cuando el matrimonio Bell se levantó, cuál fue la conmovedora sorpresa al encontrar a Oscar bien dormidito junto a su queridísimo amigo Arthur. Lo que más admiraban los Bell era que el gato estuviera tan pero tan limpio.
Así es que volvieron a enterrar a Arthur en un lugar más “seguro” y le llevaron a Oscar un nuevo gatito al que llaman Limpet. Y Oscar lo cuida y lo sobreprotege, aunque suponemos que el amor por su amigo Arthur pervive en su corazoncito canino.
Cada vez que sé de una historia así, daría mi reino por saber lo que pensaba el perro y qué lo hizo decidir hacer todo lo que hizo. Esto para todos aquellos miserables que insisten en que los animales no tienen sentimientos... guau guau, miau miau.
martes, enero 15, 2008
El Orfanato
Laura regresa a lo que fuera su hogar de infancia, un orfanato. Compra el caserón, se instala allí con su esposo Carlos y su pequeño hijo Simón y planea abrir un hogar para cuidar niños con limitaciones físicas. Pero muy pronto comienzan a pasar cosas extrañas y además, Simón insiste en que juega con unos amigos imaginarios...
El Orfanato es el primer largometraje del director Juan Antonio Bayona y viene a ser una refrescante visita al género del misterio y el horror. Lo que me sorprendió en particular es que los elementos con los que crea la tensión en el espectador no son extraordinarios ni novedosos. Rincones oscuros, puertas que se abren con chirridos, maderas que crujen al caminar, música dramática: uno espera en cualquier momento que ocurra algo (que aparezca una mano peluda o un monstruo de facciones aterradoras), pero las más de las veces no pasa nada. Y entonces, cuando tenemos la guardia baja, ya pegaste el primer grito del susto.
El director va construyendo en el espectador una tensión que no da tregua, desde los primeros momentos de la película y realmente uno está a la expectativa de “algo” porque sospecha que en efecto, algo no anda bien, aunque no tenemos la menor idea de qué.
La composición del terror que va armando el director se basa más en lo sugerido y en las piezas que poco a poco se nos van presentando en la historia. Pero no es un terror (como desafortunadamente ocurre en tantas películas actuales), basado en lo escabroso o grotesco. Es algo mucho más fino y construido muy meticulosamente aprovechando todo tipo de elementos (claroscuros, espacios, ruidos, etc.)
Esa tensión es intensa y constante como ya mencioné. Y me ocurrió lo que no recuerdo haber vivido jamás en ninguna película: ¡la gente pegaba unos gritos tremendos! No, yo no grité, pero sí confieso haber pegado mis 3 o 4 brincos en algunas escenas y me pasé con una tensión casi insoportable durante toda la película. ¿Qué más puede uno pedir de una peli de miedo y misterio?
Pero ciertamente la película ofrece mucho más. Hay muy buenos momentos fotográficos. Las escenas de exteriores tiene momentos preciosos. Y también la fotografía (con un constante uso del claroscuro en interiores) es de los elementos que construyen el misterio. Muy buena la escena a nivel fotográfico de cuando Laura va bajando las escaleras a lo que es “la casa de Tomás” (toda la gente del cine en ese momento le gritaba a Laura “¡noooo, no bajés!”).
Belén Rueda está super bien en el papel de Laura. Y luego tenemos un par de sorpresivas presencias, como la de Geraldine Chaplin como una medium que intenta ayudar a Laura y Carlos, y la de Edgar Vivar (conocido y constante cómplice de Chespirito) como parte del equipo de la medium.
Lo único que en lo personal no me gustó fue el final. Me pareció que rompió con toda lo dark y la carga de tensión que llevaba la película desde el comienzo. Pero bueno, puedo comprender la intención del director al hacerlo de esa manera.
No puedo hablar más de esta historia primero para no arruinarles el cuento, pero sobre todo porque El Orfanato es una experiencia que debe vivirse. Si le gusta sentir que se le paran los pelos de la nuca, pegar brincos del miedo y experimentar un salón oscuro lleno de gritones miedosos, no deje de verla. Y lo mejor es que vaya acompañado.
Y ciertamente, quedo a la espera de más películas de este excelente director.
lunes, enero 14, 2008
Os saludo rompiendo la pluma: Emilio Salgari
El 25 de noviembre de 1911, un hombre de 48 años se dirige a un barranco en el Valle di San Martino, cerca de Turín, Italia. El lugar está lleno de buenos recuerdos. Ahí cerca había vivido un tiempo con sus hijos y su amadísima esposa, en la Via Guastella. En aquel lugar, lo recuerda claramente, la familia entera iba a cortar flores. Desayunaban por ahí cerca. Era un pequeño lujo que podían darse, a pesar de la dramática estrechez económica.
Cuando saca el cuchillo, no puede evitar pensar en piratas y sultanes, en tigres y selvas, en barcos y palacios, en lugares exóticos a los que el común de la gente jamás viajará. Ni él tampoco. Piensa en su amada esposa Aída, en sus hijos a los que apenas podrá heredar 150 liras. Confía en que habrá seres bondadosos que cuidarán de ellos.
Cuando cumplió 16 años, el joven Salgari se mudó de su natal Verona a Venecia, para ingresar al Real Instituto Técnico Naval “P. Sarpi”. Su plan era obtener el título de capitán de gran cabotaje pero nunca lo logró. Y es de ahí en adelante donde la vida misma de Salgari se confunde entre la realidad y la fantasía.
En sus memorias, Emilio Salgari asegura haber realizado una serie de viajes por la India, Malasia, Borneo y el Pacífico Sur en los que pasaron toda suerte de sucesos y conoció a las más disímiles personas, quienes se convertirían, más adelante, en el pasto nutricio de sus novelas de aventuras. La verdad aparenta haber sido mucho más sencilla. Se cree que Salgari, quien tenía una fantasía bastante exacerbada, quien era un lector incansable y que para algunos no era más que un mitómano, en realidad no llegó a ser más que un marino que realizara poquísimos viajes como parte de su aprendizaje naval y un viaje como pasajero en un barco mercante que navegó durante tres meses en el mar Adriático.
Sea cual sea la realidad de los hechos, hacia 1883 comenzó a publicar sus relatos y novelas de aventuras, los cuales tuvieron buena aceptación entre el público lector, aunque los críticos lo calificaran como “escritor menor”. Llegó incluso a batirse en duelo con un periodista que despreciaba sus escritos. Al periodista le quedó una cicatriz de por vida en el rostro y Salgari tuvo que cumplir prisión durante un tiempo. De nuevo, esa inexactitud entre la realidad y la fantasía que pueblan sus datos no permite establecer cuánto tiempo estuvo en la cárcel, unas fuentes dicen que fueron 50 días, otras (posiblemente alentadas por Salgari mismo) dicen que fue medio año.
Al salir de la cárcel sigue escribiendo. Logra su primer contrato editorial en Génova, en condiciones desventajosas a nivel económico, lo cual no amilana al escritor. Ante su creciente popularidad, alimenta la certeza de que podrá vivir holgadamente de sus derechos de autor. Se casa con una actriz de teatro, Ida Peruzzi, a la que llamará cariñosamente Aída, en honor al personaje de Verdi. Tienen 4 hijos, se van a vivir a Turín.
Los años siguientes son de mucho trabajo, pero sobre todo, de grandes aprietos económicos debido a malos contratos editoriales. Uno de dichos contratos lo obligaba a entregar tres novelas al año, en exclusiva, y para lo cual recibiría tres mil liras anuales. “El pan, había que ganarse el pan. El editor me lanzó, es verdad, con deslumbradoras cubiertas, pero vendía ejemplar tras ejemplar y yo... yo me atareaba en emborronar cuartillas y cuartillas para ganar lo indispensable para no morir de hambre”, escribiría Salgari al justificar aquellos pésimos acuerdos. Sin embargo, su hijo Nadir Salgari, en el epílogo a las memorias de su padre, advierte que el escritor no aceptaba consejo acerca de aquellos contratos y que además sentía gran desprecio por el dinero.
Salgari escribe días y a veces noches enteras, para cumplir con sus editores. El incansable esfuerzo por llevar una vida digna para él y su familia lo agota moral y físicamente. Rompe con la editorial, firma con otra, se muda con toda su familia a Génova, retorna a Turín. La situación, lejos de mejorar, empeora cada día, pese a que su fama como escritor se consolida y sus novelas se venden fácilmente. Algunos de sus libros alcanzan tirajes de 100,000 ejemplares, cifra extraordinaria para aquella época. Sus novelas se tornan tan populares que surgen un montón de imitadores esperando alcanzar la popularidad de Salgari. Nadie sospecha el verdadero drama que vive el autor.
En 1910 intenta suicidarse. Se apuñala el corazón con un cuchillo. Milagrosamente sobrevive, pero su ánimo y el de su familia están seriamente afectados. Hacia finales de ese mismo año, Aída pierde la razón y no hay más remedio que internarla en el hospital psiquiátrico de Collegno. “He perdido cuanto más tenía de querido, ¡mi Aída! Aquella que todo lo compartió conmigo, aquella que sufrió con mis pesares, mi inspiradora, mi amiga, mi alma... Me siento perder, mi vida declina, ha llegado el fin, ha llegado el fin”, escribe en sus memorias.
Destruido emocionalmente, sin saber cómo enfrentar las circunstancias ni cómo sacar adelante tanto los gastos cotidianos como los de su mujer en el hospital, decide hacer algo que, espera, pueda voltear las circunstancias a favor de los suyos, a pesar de su propia vida.
Emilio Salgari escribió 3 notas antes de su suicidio. La primera dirigida a los directores de los periódicos de Turín:
“Vencido por todo tipo de desgracias, reducido a miseria a pesar del enorme trabajo, con mi mujer loca en el hospital, a la que no puedo pagar sus gastos, me quito la vida. Tengo muchos admiradores en Europa y América. Les pido señores directores, que abran una suscripción para sacar de la miseria a mis cuatro hijos y pagar los gastos de mi mujer mientras esté en el hospital. Debería haber tenido otra situación y suerte, debido a mi nombre. Estoy seguro que ustedes, señores directores, ayudarán a mis desgraciados hijos y a mi mujer. Con las gracias más sentidas, me despido”.
La segunda carta para sus hijos:
“Queridos hijos: Soy un vencido. La locura de vuestra madre me ha partido el corazón y todas mis fuerzas. Yo espero que los millones de mis admiradores, a los que durante años he distraído e instruido, os saldrán al encuentro. Os dejo sólo 150 liras, más un crédito de 600 liras, que recogeréis de la señora Nusshaumar. Os dejo la dirección. Que me entierren como pobre, ya que estoy arruinado. Manteneos buenos y honestos y pensad, en cuanto podáis, en ayudar a vuestra madre. Os besa a todos, con el corazón sangrando, vuestro desgraciado padre”.
La tercera y más brutal, a sus editores, a los que culpa sin sombra de duda de todas sus desgracias:
“A vosotros, que os habéis enriquecido con mi sudor manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semi-miseria o algo peor, pido sólo que, en compensación de las ganancias que os he proporcionado, paguéis los gastos de mi entierro. Os saludo rompiendo la pluma”.
Así, un desesperado Emilio Salgari hunde el cuchillo hasta el fondo de su vientre, intentando simular el rito japonés del harakiri, pero no logrando más que desgarrar sus intestinos y desangrarse hasta morir. En la tarde de aquel mismo día, su cadáver fue encontrado con el rostro vuelto hacia el cielo.
El suicidio se convertiría de esa manera en una presencia permanente en la familia Salgari. Cuando Emilio contaba con apenas 7 años, su padre se había suicidado. Posteriormente, dos de los cuatro hijos del escritor también se suicidarían: Romero en 1931 y Omar en 1963.
(Publicado en C.A. 21, parte 7 de la serie El Club de los Escritores Suicidas).
viernes, enero 11, 2008
Y los demás ¿cuándo?
Tenía pensado para hoy escribir sobre otra cosa. Había prometido hablar sobre la nueva novela que estoy escribiendo. Pero me conmovió mucho ayer ver a Clara Rojas abrazando por fin a su madre, esa señora de cabello corto y blanco y de presencia más bien frágil que hemos visto desde hace poco más de 6 años en prácticamente todas las manifestaciones que los colombianos han realizado para la liberación de los 3,200 secuestrados que existen en Colombia.
Doña Clara de Rojas no escatimó esfuerzos ni palabras para hacer todo lo posible por lograr la liberación de su hija, y al mismo tiempo, abogar por la liberación de todos los secuestrados. Su edad, pero sobre todo su salud quebradiza no fueron obstáculo para su activismo. La recuerdo al inicio de todo este calvario caminando con bastón y ahora, con los años, debe caminar con una andadera.
Eso no impidió que ella estuviera ayer en el aeropuerto de Maiquetía en Caracas para recibir a su hija, recién liberada junto a Consuelo González. Se las veía a ambas muy cansadas, un poco confundidas, quizás incrédulas porque al fin pueden estar juntas de nuevo. Clara no dejaba de besarla y abrazarla una y otra vez. Habría que tener un corazón muy duro para no conmoverse ante esa escena. Hasta la periodista de la televisora venezolana que narraba el encuentro y que CNN retransmitía en vivo, se le quebró varias veces la voz.
Trato de imaginar las conversaciones privadas de ambas, lo que hará Clara Rojas al volver a su casa, a su habitación, cómo será ese recomenzar la vida que, seguramente después de lo vivido, jamás volverá a ser igual.
Siento una íntima alegría por la madre de Clara Rojas y también por los familiares y amigos de ambas liberadas. Pero en mi mente se repetía una y otra vez la pregunta “¿e Ingrid?”. Y me repetía la pregunta mientras tenía clavada todavía en la memoria aquel dramático retrato de ella, prueba de vida, sí, pero imagen de una vida que se está extinguiendo, desperdiciando. Aquella imagen de Ingrid me pareció la de una tristísima y solitaria madonna del renacimiento italiano, secuestrada en la inexpugnable selva del odio entre humanos.
La liberación de dos secuestradas es maravilloso, sí. Maravilloso para sus familiares y sus amigos, para Colombia y para todos los que hemos seguido de cerca ese calvario. Es maravilloso porque eso inaugura una esperanza, quizás diminuta, tonta, pero necesaria para continuar el curso de los días, para tener aliento y seguir en la lucha, en las negociaciones, en el esfuerzo por liberar a todos los que falta.
Pero ¿e Ingrid? ¿Y todos los demás secuestrados? Dos liberados está bien. Pero es muy poco. Es un triunfo, pero es muy poco. Es poco cuando sabemos que hay varios secuestrados más desde hace años, AÑOS. Es poco cuando sabemos que son tantos los familiares que sufren cada día la ausencia de los suyos. Es poco cuando sabemos que algunos de esos familiares morirán y nunca volverán a ver a los secuestrados, como ocurrió con el esposo de Consuelo González que murió mientras ella estaba en cautiverio.
Ojalá que los políticos tengan la decencia de no manosear este suceso a su favor, aunque lo dudo. No voy a comentar de los dimes y diretes y vedettismos y ansias de protagonismo que algunos políticos están intentando en medio de todo esto.
Nada más me permito rescatar una frase acertadísima que dijo ayer el vice-presidente de Colombia, también ex-secuestrado: no hay que olvidar a los demás. Y que se haga cierto el clamor de los colombianos, plasmado en las camisetas que llevaban puestas las hijas de Consuelo González: ¡Libertad para todos ya!
jueves, enero 10, 2008
Moan, Trentemøller
El DJ danés Trentemøller le hace un sentido homenaje a nuestra querida Laika en este excelente video.
miércoles, enero 09, 2008
El sueño del cuchillo y el cocodrilo
Hay dos sueños que se me presentan de manera recurrente, por lo menos en cuanto a concepto aunque los detalles varían. En uno de ellos entro a un teatro o a un cine para ver una película y el lugar está reventando de gente, todas las luces de la sala están encendidas y todos esperamos infinitamente por una película que jamás comienza. El otro, que de alguna manera se asemeja, es que llego a un aeropuerto a tomar un avión al que jamás me subo porque siempre hay cinco mil obstáculos o situaciones que lo impiden, aunque la diferencia está en que en el aeropuerto estoy corriendo contra tiempo y eso me causa mucha angustia.
Tuve otro de esos sueños el domingo. Llegué a un lugar donde esperaríamos un bus que nos llevara a la terminal del aeropuerto. El bus se adelantó bastante a la hora normal de salida y algunos pasajeros esperaban a otros. Yo me monté en el bus pero también montaron a un cocodrilo. Éste iba encadenado de las cuatro patas y las fauces, colocado justo detrás del asiento del conductor. Los demás íbamos algo inquietos. Yo pensaba qué se podría hacer en caso de que el cocodrilo se soltara y busqué en mi cartera (un bolsito negro de cuero) encontrando ahí un cuchillo de sierra con mango negro, de los para comer steak. El cuchillo existe en la vida real, es uno que me llevo en cada mudanza por no sé qué fetichismo y tengo añales de tenerlo.
Entonces veo que el cocodrilo se zafa la cadena de la pata posterior derecha pero el conductor sigue manejando tan normal y los pasajeros estamos en realidad bastante calmados. Me preocupa el cuchillo pues no sé por qué lo traje para el viaje y qué puedo hacer con él. Si lo dejo en la cartera, me lo detectarán en la máquina de rayos x y pensarán que quiero hacer un atentado. Si me lo escondo en algún bolsillo de mi abrigo, ídem. Botarlo está totalmente descartado y estoy sola, sin ningún conocido en el aeropuerto como para dárselo y que me lo guarde mientras vuelvo, así es que se me ocurre que en cuanto lleguemos a la terminal, buscaré cómo enviármelo por correo a mí misma.
Cuando llegamos, lo primero que hago es buscar una papelería para comprar un sobre. Veo que en un segundo piso hay varias tiendas e intento subir por unas escaleras eléctricas que están en mal estado (les faltan gradas y están como aplastadas del lado izquierdo). Subir me cuesta mucho pero por fin lo logro y casi que en el primer rincón encuentro una pequeña papelería.
Le pido a la mujer un sobre, me pregunta de qué tamaño. Le digo que debe ser tamaño postal porque al mismo tiempo me voy a mandar una postal a mí misma (no me pregunten por qué). La mujer me saca unos sobres aéreos de un papel bastante delgado. Y al dármelos me pregunta, en un tono de regaño, a qué hora sale mi vuelo. Veo el reloj: faltan 10 para la 1 de la tarde y mi vuelo sale a las 2:30. Ella me apura para que vaya a hacer el chequeo. Le digo que nada más debo hacer un envío urgente y que me voy a eso, que hay tiempo, que no voy a tardar mucho.
Rotulo el sobre pero entonces tengo ganas de ir al baño y comienzo a caminar buscando uno. Paso por un salón donde tienen detenidas a unas 25 personas, gente sin papeles, y ahí hay un baño pero no quiero meterme en ese salón con el cuchillo que ando en la mano. Una mujer policía me pregunta si busco algo, le digo que un baño, me dice que me llevará a uno. Pasamos de nuevo por el salón de los detenidos y me dice “aquí hay uno pero no se lo recomendaría porque estas personas son todas sospechosas”. Sí, le digo con un risa nerviosa, por eso no entré ahí. A todo esto, el cuchillo está de nuevo en la cartera, para no levantar sospechas.
Me enseña uno en un pasillo y me advierte que me apure, que el aeropuerto cierra por las tardes y que debo ir a chequear porque si no perderé el vuelo.
Luego todo se me pone algo confuso, porque de pronto estoy fuera del aeropuerto, en casa de alguien, que ha llevado comida en dos grandes cajas y yo debo comer algo de eso antes de montarme en el bendito avión (que por cierto, no sé qué destino lleva). Abro las cajas, ahora sí muy apurada por el tiempo, y veo grandes ramos de berro, una especie de pastel y otra cosa que no sé qué es y saco mi cuchillo para cortar pedazos de comida... y entonces despierto.
martes, enero 08, 2008
Terminaron las vacaciones...
Qué lástima. Con lo bien que me la estaba pasando: levantarme tarde o mejor dicho, a la hora en que mi cuerpo hubiera terminado de dormir (nunca antes de las 8 y media de la mañana). Desayunar despacio, leer, hacer siestas de una o más horas, darse el lujo de ver una película o documental que comienza muy tarde y que termina a medianoche o incluso después, comer cuando sentía hambre, ir al supermercado y pasearme por los pasillos viendo producto tras producto como si estuviera en un museo, visitar las librerías que estuvieran abiertas y hojear libros y por regla, no ver el reloj más que para estar pendiente del inicio de alguna película interesante.
No hice nada “importante”. Es decir, me olvidé de problemas, trámites pendientes, compromisos, trabajo (del que paga las cuentas). No contesté correos a menos que fueran de los muy amigos.
La semana de Navidad todavía tuve que trabajar un poco, pero fue un trabajo más agradable (“agradable” porque es lo que me gusta hacer, escribir, no porque el tema lo sea). La serie sobre los escritores suicidas se extendió y escribí tres artículos más sobre Hunter S. Thompson, Alfonsina Storni y Emilio Salgari. También tuve que hacer algunas cosas personales que me tuvieron saliendo casi a diario y perdiendo el día en ello. Pero luego, a partir del último fin de semana del año, resolví que me iba a tomar, en efecto, vacaciones. Y dejé de hacer otras cosas que me hubieran supuesto sacrificar un tiempo que necesitaba para hacer simple y sencillamente nada, o por lo menos, lo que me diera la santa gana, a la hora que me diera la gana y de la manera en que me diera la gana. Si quería pasar la mañana entera en pijama o acostada en mi cama leyendo todo un día o nada más haciendo zapping o viendo tonteras por la tele, lo hacía.
También aproveché para trabajar en mi nueva novela (más sobre esto durante la semana). Busqué información, hice anotaciones, escribí un poco (demasiado poco para mi gusto, pero he ido resolviendo bastantes cosas que me tenían trabada). La historia, que comenzó recordando alguna imaginación infantil, se ha ido creciendo e instalándose en mi mente, como un oso adorable que entra en tu casa y se acuesta en tu cama y ya no se quiere ir. Imposible ignorar al oso.
Hicimos largas siestas. Digo “hicimos” porque la Loli, y de vez en cuando hasta Mr. Dickens, me acompañaron gustosos, sobre todo en estos últimos días que ha hecho mucho frío y terrible viento. La Loli, encantada de verme en casa prácticamente el día entero, me “obligaba” a acompañarla. Ella tomaba el sol, echada con una expresión de máxima complacencia mientras yo leía Los pilares de la tierra de Ken Follet, un bestseller interesante pero que no sacudirá los cimientos de mis conceptos literarios. ¿Que cómo me "obliga" la Loli a salir? Fácil: se sienta junto a mí en una pose muy canina, sobre todo cuando estoy trabajando en la computadora, viéndome fijamente y con paciencia de buda; yo la estoy vigilando por el rabillo del ojo y le pregunto qué quiere, le saco agua, comida, pero nada. Me mira, me mira y me sigue viendo, sin retirar la vista, sin parpadear, sin moverse. Como si me estuviera hipnotizando. Si me levanto, ella sale corriendo para afuera y ya sé que significa que quiere que salga con ella. Por lo general, ella me ganaba y me estaba con ella afuera como una hora.
Era maravilloso salir y ver las calles bastante descongestionadas y menos ruidosas. Ya no toparse con esas muchedumbres histéricas en el mall o en el super. Maravilloso que hasta la Calle de la Amargura estuviera en silencio. Pensé además en una muy variada gama de cosas (¡al fin tuve tiempo para pensar!) y seguramente anotaré varias de esas reflexiones por aquí en días próximos. Lo hice, lo disfruté al máximo y no me dio pero ni 3 segundos de mala conciencia o de culpa católica. Me sentí liviana, liberada, con la mente limpia y despejada. Realmente no me daba cuenta de lo agotada que estaba, tanto a nivel físico como mental, hasta que pude darme el lujo de descansar.
Pero ayer la gran mayoría de los que estaban de vacaciones retornaron. Y todo vuelve a su monótona, aburrida, obligatoria rutina. Lástima. Volvemos a las prisas, a los horarios, a las obligaciones, al stress (sobre todo el ajeno, que se contagia como un mal virus), a los trabajos no deseados, a la mala paga, a las angustias económicas, al tráfico y la agresividad sin límites de los automovilistas, al embrutecimiento cotidiano que se queda con lo mejor de nosotros, que posterga nuestros sueños, que los deja en estado de hibernación indefinidamente (y que muchas veces así quedan cuando de pronto, ¡zas!, nos sorprende la muerte...), a esa sensación de que el día no alcanza, que no alcanza el dormir, que la vida no alcanza y que se nos acaba segundo a segundo en cosas que francamente odiamos y nos alejan de nuestro verdadero yo, de nuestra plenitud.
Nada tan valioso como un “break” para valorar el tiempo libre, el ocio, el derecho a la pereza y a no hacer nada (y sobre todo, hacerlo sin culpa). Pero quizás y sobre todo, para valorar el derecho que tendríamos y deberíamos de tener por ser dueños de nuestro propio tiempo, de nuestra vida, y no regalarlo a otros que se hacen ricos a costillas de nuestras frustraciones, de lo mejor de nuestro esfuerzo, nuestra inteligencia, nuestros talentos y nuestra vida entera.
Nada tan valioso como este “break” para reconectarme con la literatura que es la sangre que alimenta mi energía vital.
Necesito una vacación más larga, mucho pero mucho más larga.
lunes, enero 07, 2008
La temporada de juego ha terminado: Hunter S. Thompson<
La tarde del 20 de febrero del 2005, Anita Thompson está hablando con su esposo por teléfono. Ella se encuentra en el gimnasio y él está en su estudio, en su casa de “Owl Farm”, en Colorado. Él está enfrascado en la escritura de un artículo sobre los atentados del 11 de septiembre pero tiene pendiente la entrega de su columna semanal de ESPN y le pide a Anita que regrese pronto para trabajar en ello.
En algún momento de la conversación, él le pide que espere. Ella se queda en la línea y de pronto escucha un sonido fuerte. Anita piensa que algo se ha caído, pero no logra identificar bien el sonido. Espera en la línea largo rato pero su esposo no vuelve al teléfono.
Ese sonido fue el de un disparo. Hunter S. Thompson se había disparado en la boca con una pistola calibre 45. Su cuerpo estaba sentado frente a su máquina de escribir. En el rodillo había metida una hoja de papel y en su centro estaba escrita una única palabra: “Counselor” (consejero).
En el momento del suicidio, se encontraban en su casa su hijo Juan, su nuera y su nieto. De hecho estaban en el cuarto junto al estudio. Cuando escucharon el ruido del disparo pensaron que se trataba de algún libro que había caído al suelo y continuaron en lo que estaban antes de asomarse a ver si había ocurrido algo.
Horas después, cuando se reportó el incidente y llegó la policía, sus familiares afirmaron estar seguros de que el suicidio había sido algo planeado y no estaban demasiado sorprendidos. Thompson había tenido serios problemas de salud en los meses anteriores. Una cirugía en la espalda y otro procedimiento donde se le había implantado una cadera artificial lo habían dejado extenuado y sobre todo con fuertes dolores. Para rematar, se había quebrado una pierna en uno de sus últimos viajes a Hawaii. Todos estos problemas habían limitado su movilidad.
Uno de sus amigos más cercanos, el ilustrador británico Ralph Steadman, escribiría después en su libro The Joke’s over: “... él me había dicho 25 años antes que se sentiría realmente atrapado si no supiera que podía suicidarse en cualquier momento. No sé si eso es valiente o estúpido o qué, pero era inevitable (...) Él siempre había dicho que lo haría, pero eso no te prepara para la realidad del brutal acto. Como dije ya hace mucho, siempre supe que algún día tomaría ese camino, pero ayer no sabía que sería hoy”.
Cuatro días antes, Hunter S. Thompson había escrito una nota dirigida a su esposa Anita:
No más juegos. No más bombas. No más caminar. No más diversión. No más natación. 67. Eso es 17 años pasados los 50. 17 más de los que necesitaba o quería. Aburrido. Siempre estoy gruñón. Ninguna diversión –para nadie. 67. Te estás volviendo codicioso. Actúa según tu edad. Relájate –esto no dolerá.La nota fue escrita con marcador negro y llevaba como título “Football season is over” (“La temporada de juego ha terminado”). Al final de la misma había dibujado un corazón con una carita sonriente.
La que fuera considerada como su nota de suicidio, fue publicada en su integridad días después por la revista Rolling Stone, la misma en que Thompson habría publicado muchos de sus mejores artículos y desde cuyas páginas se habría convertido en un escritor de culto por su estilo particular de redacción, y también por la franqueza con la cual expuso sus ideas y su estilo de vida.
Hunter Stockton Thompson comenzó su carrera de periodista a finales de los años 50 con el fin de ganar dinero mientras intentaba escribir un par de novelas. Sus artículos eran convencionales, como se esperaba de cualquier reportero. De aquellos primeros años nacen sus primeras dos novelas, Prince Jellyfish y The Rum Diary. Esta época coincide con una estancia en Puerto Rico y viajes por algunos países de Sur América, entre ellos Brasil, donde estuvo trabajando para el Brazil Herald, único periódico en inglés de aquel país.
A mediados de los 60 regresa a los Estados Unidos. Vive en California, Idaho y finalmente en San Francisco. Se sumerge en el mundo hippie y las drogas, vive una temporada con el grupo de motociclistas Hell’s Angels y se muda a Colorado donde se postula para ser sheriff. Perdió la elección, pero el suceso le sirvió de pretexto para comenzar sus exitosas colaboraciones con la revista Rolling Stone: un día se presentó a la redacción de la revista con un six-pack de cervezas en la mano y diciéndole al editor que, como candidato a sheriff, quería escribir un artículo al respecto.
Pero lo que lo hizo más famoso fue otro asunto. Thompson tenía un cierre de edición que cumplir pero no tenía ideas ni tiempo para escribir el artículo que se le había pedido, un reportaje sobre el derby de Kentucky. Thompson arrancó las páginas de su cuaderno de apuntes y las envió tal cual a la revista Scanlan’s Monthly que las publicó así. La publicación fue un suceso. Cientos de lectores escribieron solicitando más material del mismo autor: había nacido el periodismo “Gonzo”.
Thompson comenzó entonces a escribir involucrándose a sí mismo como personaje de las notas, detallando sus emociones, sus ideas y a veces mezclando ficción con hechos, todo con el objeto de alimentar el contexto del tema en cuestión. Parte de sus características era también la falta de edición, aunque esto naciera más bien por la imposibilidad de Thompson de presentar sus trabajos en las fechas de entrega acordadas, algo que exasperaba a los editores. El periodismo Gonzo rivalizó con “el nuevo periodismo” propuesto en los sesenta, en el que la utilización de técnicas literarias eran aplicada a reportajes y artículos, y cuyos autores más notables han sido Tom Wolfe, Truman Capote y Norman Mailer.
Quizás la máxima representación del periodismo Gonzo fuera su libro Fear and Loathing in Las Vegas (Pánico y locura en Las Vegas). Este libro fue llevado al cine, con Johnny Depp interpretando a Raoul Duke, el alter ego de Thompson. Fue durante la filmación de la película que ambos se hicieron grandes amigos.
El Coronel Depp, como lo llamaba Thompson, se deprimió mucho ante la muerte de su amigo. Pero una tarde reaccionó: “Fuck you Thompson”, dijo. “Quieres un entierro Gonzo, tendrás un entierro Gonzo”.
Treinta años antes de su suicidio y junto con Ralph Steadman, Thompson había diseñado un cañón de 153 pies de altura que haría volar sus cenizas por los aires sobre su propiedad en Colorado. Se entusiasmó tanto con el proyecto que le dijo a su familia más de una vez que ése era su gran deseo, la manera en que quería ser despedido de este mundo.
Johnny Depp se encargó de financiar y organizar este proyecto. El cañón, que costó algunos millones de dólares, tenía la forma de un puño cerrado apretando un botón de peyote, el símbolo del periodismo Gonzo que Thompson había ideado junto a otro de sus amigos, el artista Paul Pascarella.
Así, la noche del 20 de agosto del mismo año de su suicidio, el cañón disparó sus cenizas sobre su propiedad de “Owl Farm” junto con fuegos artificiales azules, blancos, rojos y verdes. Luego del cañonazo se escuchó a gran volumen “Mr. Tambourine Man” de Bob Dylan, una de las canciones favoritas de Thompson. Y entre lágrimas y aplausos, se escuchó a los invitados gritar: “we love you Hunter”.
Archivos Thompson:
-Página oficial de Hunter S. Thompson.
-Reportaje de Rolling Stone sobre la ceremonia del lanzamiento de sus cenizas.
-Varios enlaces sobre Thompson en Rolling Stone.
-El primer artículo Gonzo.
-Video en el que Thompson explica la idea del cañón.
-Video aficionado del lanzamiento de las cenizas.
-Pánico y locura en Las Vegas para descarga en inglés y español.
(Publicado en C.A. 21, parte 6 de la serie El Club de los Escritores Suicidas).
viernes, enero 04, 2008
Georgia O'Keeffe en Nuevo México
Cuando llegó por primera vez a Nuevo México, cuenta Georgia O'Keeffe en este video, se sintió de inmediato en casa y eventualmente se mudaría allá. Salía todos los días a explorar los alrededores de su propiedad, el Ghost Ranch, desde las 7 de la mañana hasta las 5 de la tarde.
Pintaba en su carro, convertido en un improvisado estudio al sacar el asiento de atrás, darle vuelta al asiento del chofer y colocar las telas en el espacio que quedaba. Era el único lugar con sombra donde pintar.
Estaba acostumbrada a pintar flores en formato gigante, pero no había flores en aquellos parajes. Así es que recogía huesos y calaveras para usarlas como “modelos”. También, cuando iba a la ciudad más cercana, compraba flores artificiales, para usarlas en sus cuadros. Deseaba pintar los paisajes y buscó a alguien que le enseñara a hacerlo, pero nunca encontró a nadie, así es que se atrevió a intentarlo sola. A veces el viento era tan fuerte que no sabía cómo hacer para pintar y sostener la tela al mismo tiempo.
Pensaba, luego de escucharla, que cuando se necesita pintar (o escribir o bailar o hacer música), se hace no importando las circunstancias, las carencias, las dificultades...
jueves, enero 03, 2008
Roberto Castillo (1950-2007)
Comenzamos mal este año. Ayer por la mañana falleció el querido amigo Roberto Castillo, escritor hondureño. Como suele pasar en estos casos, la noticia lo deja a uno aturdido, repasando recuerdos.
Por algún motivo nos comunicamos por correo electrónico, pero no nos conocimos personalmente hasta el 2004, cuando coincidimos en Madrid invitados por Casa de América, para un encuentro sobre literatura centroamericana. Hicimos migas de inmediato. Roberto andaba acompañado de su esposa Leslie y todos los escritores invitados estábamos alojados en la Residencia de Estudiantes. Compartimos mesa en los desayunos o almuerzos y siempre era un gusto estar con ellos.
Roberto era un tipo de buen carácter, afable y excelente conversador. Afectados por el jet-lag, no era inusual encontrarnos de madrugada en el área de computadoras en que íbamos a revisar nuestros correos y continuábamos las pláticas sobre los más diversos tópicos.
Luego, cuando cada quien regresó a su país, Roberto y yo mantuvimos contacto por correo. Fue de las pocas personas que realmente escribía cartas. Con mi traslado a Costa Rica (y creo que él se había mudado a un lugar donde no tenía mucho acceso a internet), nos dejamos de escribir un tiempo, pero en algún momento me escribió de nuevo porque le iban a publicar un libro de ensayos acá. Suponíamos que haría un viaje para presentarlo... pero ya no supe más de él. Hasta ayer. ¡Cuán impertinente esta condición de mortales!
Comparto el enlace a una entrevista que le hice para el suplemento "Áncora" de La Nación de Costa Rica, parte de una serie de entrevistas a escritores centroamericanos.
Te vamos a extrañar, Roberto.
miércoles, enero 02, 2008
Hermosa como el suicidio: Alejandra Pizarnik
25 de septiembre de 1972. En el 980 de la Calle Montevideo de Buenos Aires, departamento C del séptimo piso, 50 pastillas de Seconal sódico son ingeridas por una mujer de 36 años que teme a la locura y a la vejez, que está deprimida y también desencantada de la poesía (“dediqué mi vida a la poesía y ahora descubro que la poesía no le importa a nadie”).
Lo único que tiene es su nombre, Alejandra Pizarnik, que fue el que se dio a sí misma a partir de su segunda publicación, guardando para el recuerdo el que le habían dado sus padres, Flora, y el verdadero apellido, Pozharnik, alterado por un error de registro, hecho frecuente entre los funcionarios de migración de Argentina, cuando admitieron a sus padres, una pareja de judíos rusos que huyeron de Europa justo a tiempo, es decir, antes del holocausto donde, en efecto, murió gran parte de la familia que quedó atrás.
En junio del 71, poco más de un año antes, Pizarnik había ingerido una sobredosis de barbitúricos pero fue encontrada a tiempo como para ser llevada a un hospital a hacerle un lavado de estómago. A partir de entonces frecuentaría clínicas y tratamientos para tratar de aliviar su persistente depresión.
Su familia siempre estuvo consciente de que algo pasaba con Buma o Blímele, diminutivo cariñoso en yiddish con el que llamaban a la entonces aún Flora: era tartamuda, asmática, muy tímida, tenía acné, era bajita y también un poco gorda. Ella se consideraba además a sí misma como fea e inadaptada.
A los 15 años comienza a fumar y la obsesión por su sobrepeso, la hizo consumir anfetaminas, fácilmente adquiribles en las farmacias, y que se utilizaban como tratamientos contra la obesidad.
Las anfetaminas seguirían acompañándola durante sus años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, prolongando las noches de desvelo en las que intenta estudiar letras pero que después deja para estudiar pintura con Juan Battle Planas. Lee todo lo que cae en sus manos, se fascina por el surrealismo y acude al psicoanálisis para explorar sus obsesiones, una de ellas, la infancia perdida.
Su primer libro de poemas será financiado por su padre quien además paga las clases de pintura, el psicoanálisis, algunos dicen que la publicación también de sus dos siguientes libros y eventualmente el viaje que la llevará a Paris en 1960. Siempre mantendrá una dependencia económica con su familia, dependencia que odia pero que al mismo tiempo le sirve como un refugio de seguridad al que siempre puede recurrir.
En los cuatro años que vivirá en Paris conocerá a Julio Cortázar y a Octavio Paz, con quienes tendrá fructíferas amistades. Cortázar la apoda cariñosamente “bicho”. Paz prologa su libro Árbol de Diana en 1962, uno de sus mejores trabajos. Pizarnik trabaja para la publicación de Cuadernos para la liberación de la cultura como correctora de pruebas y colabora en La Nouvelle Revue Francaise, Les Lettres Nouvelles y Zona Franca de Caracas. También publica en Sur de Argentina.
Es uno de sus momentos más productivos como escritora pero también, uno de pobreza y preocupaciones. Vive en un cuarto minúsculo, apenas le alcanza el dinero (enviar una carta le supone privarse de almorzar), maldice los trabajos que tiene que hacer para sobrevivir y que le quitan las horas para poder escribir. A pesar de ello, goza de sus amistades intelectuales y de caminar bajo el cielo gris de París que, de alguna manera, refleja su estado interior.
Sus cartas de esa época reflejan una dualidad de euforia por lo que escribe y angustia por lo material: “Yo ando mejor que nunca. Escribo, publico en las revistas de aquí, –y– lamentablemente, trabajo en sitios infames para ganarme el duro pan de cada noche”.
Tiene que regresar a Argentina, apurada por su familia. Su padre está mal de salud. Pizarnik vuelve en el 64 y su padre muere en 1967. Se muda con su madre a un apartamento en Buenos Aires que ésta compra. Va publicando lo que ha escrito en París, Los trabajos y las noches y Extracción de la piedra de la locura, poemas que demuestran su madurez como poeta. Gana también premios de poesía y una Beca Guggenheim que dilapida sin miramientos. Hace dibujos que recuerdan a los de Paul Klee y a los de García Lorca.
Hace un breve viaje a Nueva York (“New York me horrorizó”) y luego a París, adonde añoraba volver, pero se decepciona de lo que encuentra. París está “desposeída de su antiguo encanto literario”. Se reencuentra con Cortázar pero, según le escribe a un amigo, “está sumamente politizado desde hace un tiempo. Por lo tanto, si quieres que te responda, escríbele en términos de rebelde enamorado de Cuba mezclado con algo de Rimbaud y sobre todo de Lautréamont. No me estoy burlando de Cortázar, a quien tanto quiero, pero no creo en sus dotes políticas (ni seguramente él tampoco a pesar de sus esfuerzos por engañarse)”.
De regreso a Buenos Aires, casi no publica y la depresión la abruma. Pese a ello, logra trabajar en La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa. Es 1970, el año en que muere Janis Joplin y de quien Alejandra es devota. Amigos cuentan que solía escuchar su música a todo volumen durante horas enteras. Alejandra le escribe un poema:
a cantar dulce y a morirse luego
no:
a ladrar.
Así como duerme la gitana de Rousseau
así cantás, más las lecciones de terror.
Hay que llorar hasta romperse
para crear o decir una pequeña canción,
gritar tanto para cubrir los agujeros de la ausencia
eso hiciste vos, eso yo.
Me pregunto si eso no aumentó el error.
Hiciste bien en morir.
Por eso te hablo,
por eso me confío a una niña monstruo
Al año siguiente, el proceso terapéutico que diseña Pichon Rivière mejora temporalmente la situación de Alejandra. O por lo menos eso parece. Sin embargo, ese año publica dos libros, La condesa sangrienta y El infierno musical, donde las alusiones a la muerte y sobre todo al suicidio son evidentes. En el segundo de los libros mencionados, Pizarnik escribe: “El soplo de la luz en mis huesos cuando escribo la palabra tierra. Palabra o presencia seguida por animales perfumados; triste como sí misma, hermosa como el suicidio; y que me sobrevuela como una dinastía de soles”.
Decae y no podrá recomponerse de nuevo. Se la pasa recluida, rechaza la luz, vive de noche, su mundo es de tinieblas. Escribe cartas y poemas incoherentes. Entra y sale de hospitales, de clínicas, de tratamientos. A mediados de 1972 estuvo internada cinco meses en el Hospital Siquiátrico Pirovano de Buenos Aires y en un permiso para pasar el fin de semana en su casa, toma el Seconal.
Sus diarios personales fueron mutilados por la familia para evitar que se supiera sobre su homosexualidad y sobre sus fantasías eróticas de contenido sadista y obsceno. Así mismo, los diarios ya habían sido editados años antes por la misma Alejandra, quien borró algunas partes que no le hubiera gustado ver publicadas.
Sin embargo, hay muchos retazos de Alejandra Pizarnik que la sobreviven pese a sí misma. Como esta anotación de su diario escrita alrededor de un año antes de morir: “Abandono de todo plan literario… Las palabras son más terribles de lo que me sospechaba. Mi necesidad de ternura es una larga caravana… sé que escribo bien y esto es todo. Pero no me sirve para que me quieran”.
En aquella habitación, junto a su cuerpo, encontraron escrito en un pizarrón: “No quiero ir nada más que hasta el fondo”. Su cuarto estaba lleno de muñecas destartaladas y maquilladas, libros que se apiñaban por todas partes, lápices de colores que ella coleccionaba como manía personal y los papeles dispersos de sus últimos escritos.
(Publicado en C.A. 21, número 5 de la serie El Club de los Escritores Suicidas).
viernes, diciembre 28, 2007
viernes, octubre 26, 2007
Pekín 2008: ¿Y el Tibet?
En los últimos meses hemos visto como literalmente casi todo el mundo se ha acercado a la China. Lo hacen con el signo de dólares brillando en sus ojos y frotándose las manos con avaricia. Se mira en la China a un monstruo con un potencial de comercio valioso para todo país que logre establecer con ellos relaciones fluidas.
Pero yo lo siento. A mí me dan desconfianza los chinos. Para comenzar, la reciente oleada de productos que han tenido que retirarse del mercado y que, como denominador común, tenían ingredientes o partes que estaban elaborados directamente en China. Desde pasta de dientes hasta juguetes, desde alimentos para perros y gatos hasta caramelos, todo viene contaminado con plomo o con otros ingredientes nocivos para la salud de humanos y animales. Esto habló mal no solamente de la falta de controles de calidad en aquel país, sino también en los países receptores de sus productos.
¿Tan rápido olvidamos Tiananmen? Todavía no se sabe el número exacto de muertos que hubo en aquella plaza en 1989, pero hay cálculos que hablan hasta de 10 mil personas. Quizás la verdad nunca se sabrá.
Luego, está la situación de Birmania. Se supone que China podría haber influenciado o tomado una postura para detener la represión contra los monjes budistas y la población civil que protestó masivamente ante el aumento de los combustibles, la cual fue solamente el detonante para que la sociedad birmana se alzara en protesta contra el régimen anti-democrático. ¿Qué por qué China influye tanto en Birmania? Las inversiones, las importaciones y el armamento que mantienen a flote al gobierno son chinos.
Por supuesto, los chinos no se pronunciaron al respecto. Y la verdad es que no me sorprende. Pero lo que sí me sorprende es que cuando se habla de China se nos está olvidando siempre algo que está ahí, como la basura más sucia haciendo bulto debajo de la alfombra: el Tíbet.
El Tíbet fue invadido por China en 1950 venciendo rápidamente al pequeño y débil ejército tibetano. Y las atrocidades que han cometido los chinos en aquel país desde entonces han sido sustancialmente documentadas. La represión se extendió sobre las costumbres, tradiciones y sobre todo sobre las creencias espirituales de los tibetanos.
Ahora, con esa manía de la corrección política, a todos parece habérseles olvidado “ese pequeño detalle”. Se habla de “la anexión” del Tíbet a la China, cuando lo que hubo (y sigue habiendo) fue/es una ocupación violenta sobre otro país. Y no es suceso que haya mejorado con los años. Los chinos siguen provocando a los tibetanos con mandatos tan estúpidos como ridículos, por ejemplo, aquel en que le prohibieron a S.S. el Dalai Lama volver a reencarnar. Ahora solamente el gobierno chino puede nombrar lama a alguien. Para más arrogancia, le han prohibido a todos fuera de China (el Tibet incluido) buscar y participar en el proceso de reconocimiento de un Buda reencarnado. Esta ley ha entrado en vigencia recién ahora en septiembre.
Tanto temor le tienen a los lamas que apresaron al Panchen Lama a los seis años, cuando fuera reconocido por el Dalai Lama, convirtiéndose así en el prisionero político más joven del mundo. Al día de hoy se desconoce su paradero. Donde quiera que se encuentre, debe tener ahora 18 años.
Puede ser que a los ateos y no budistas eso de Budas y reencarnaciones les valga un pepino. Pero se trata de la más profunda violación por parte de un gobierno a las creencias de todo un país que ha basado su cultura, su identidad, sus tradiciones y toda su existencia alrededor del budismo, al punto que el jefe de gobierno es el jefe espiritual, en este caso el Dalai Lama.
Un país que se las quiere dar de moderno y que pretende entrar a esta era “globalizada” (esa palabra me parece bastante obscena...), no puede mantener subyugado a un país independiente, pisotear todas sus creencias y torturar y encarcelar a todo el que se les oponga o a quien ellos consideren "enemigo".
Por todo esto es que los chinos me provocan desconfianza. No me refiero, por supuesto, al ciudadano común, sino a su gobierno. No creo en sus sonrisas cuando alegremente están contando los días para las próximas Olimpíadas de Pekín. No me alegra en lo más mínimo que el mundo acuda a China como si nada, jugando a la amnesia, haciéndonos el “aquí no pasa nada” cuando hay tantas cuentas pendientes.
Pensé en todo esto al leer la columna de Paolo Lüers en la que hace un tan acertado paralelo entre las Olimpíadas de Berlín de 1936 y las de Pekín en el 2008. En 1936, las naciones acudieron gozosas a los juegos que Adolfo Hitler utilizaría como su gran, pomposo y majestuoso show propagandístico. Así asistiremos a los de China.
No hay que mezclar los deportes con la política, pensará alguno. Que fue lo que se dijo cuando las Olimpíadas de Moscú en 1980. Pero qué barata es la humanidad que asistirá sonriente y jubilosa a unos juegos con tal de ganarse a un supuestamente poderoso socio comercial, que nos va a llenar de juguetes con plomo, de comida para animales, pasta de dientes y quien sabe cuántos otros productos alimenticios, medicinales y de aseo que serán tóxicos, de productos baratos y peligrosos para nuestra salud. Ese será el precio para hacernos de la vista gorda.
Qué barata es la dignidad hoy en día.
(Ilustración: "El rebelde desconocido", como se conoció al muchacho que se paró delante de la fila de tanques en Tiananmen. Foto tomada por Jeff Widener).
Más información:
-Campaña por la liberación de S.S. Panchen Lama.
-Campaña por la liberación del Tibet.
-Beijing Wide Open: blog de una tibetana que ha viajado a China para documentar y presionar en busca de la liberación del Tibet.
-Bring Tibet to the 2008 Games: blog sobre diversas acciones de protesta contra China, en apoyo al Tibet.
-Video de acción de protesta en la Gran Muralla China, nunca reportada por la prensa. Fue realizada el día antes de iniciar el conteo del año que falta para los juegos.

