domingo, julio 15, 2007

Rescatando "Vicio-nes"

Alguien llora una rata




En octubre del 2002, La Prensa Gráfica, uno de los periódicos de mayor circulación en El Salvador, inauguró su sección de Cultura. Parte del atractivo de aquel par de páginas fue una sección de columnas escritas por diversos artistas y personas del mundo cultural salvadoreño. Fui invitada a participar. Lo de la columna llevaba varias semanas hablándose y cuando finalmente fue aprobado el asunto, me dijeron que contaría con un espacio quincenal, cada sábado, de 300 palabras.

Me sentí bastante decepcionada. Me parecía que 300 palabras era poquísimo espacio, que apenas se podría completar una idea en tan poco (menos que una cuartilla tamaño carta). Pero luego pensé que ése sería precisamente un reto y un ejercicio del que, como escritora, podría aprender algo. Así es que acepté. (Por cierto, ahora que volví a releer algunas, me asombra lo breves que eran).

Por aquellos días tenía poco más de un año de haber regresado a vivir en El Salvador. Viví en Los Planes de Renderos, y para hacer cualquier mandado, debía obligadamente atravesar el centro de la ciudad, el área de mayor criminalidad del país. No tenía remedio pues no tenía carro y me tocaba hacer aquellos viajes en bus.

Antes incluso de que se me propusiera la columna, ya había comenzado a escribir algunas crónicas de lo que miraba en mi paso por la ciudad. Cuando lo de la columna, decidí que "mi línea" sería hacer eso, crónicas de la ciudad (aunque de vez en cuando escribía sobre otros temas).




Inicialmente pensé llamarla "Centro incógnito", porque me parecía (y me sigue pareciendo) que son pocos los salvadoreños que saben realmente qué cosas ocurren en el centro. Hay gente que de hecho te dice que jamás ha ido, que no lo conoce. O que van solamente una o dos veces al año: para comprar los útiles escolares y los adornos navideños en las ventas callejeras o ambulantes, porque los precios son más baratos.

Después, hojeando un libro del escritor guatemalteco Estuardo Prado, vi que uno de sus textos se llamaba "Vicio-nes" y me pareció más apropiado ese nombre para mi columna, porque me parecía que se me había convertido un poco en eso, en un vicio, que yo era una suerte de "voyeur", una mirona de la miseria de la ciudad. Una miseria que sentía además la obsesión de dejar registrada, porque se refería a historias y personajes cotidianos, anónimos que, de otra manera, pasarían al olvido o a la indiferencia.

La columna se mantuvo hasta algún momento del 2005, cuando de manera sorpresiva el editor de la sección, en un escueto correo, nos comunicó que gracias a nosotros la sección se había consolidado y que nos agradecían nuestro aporte pero que a partir del siguiente lunes (recuerdo que el correo fue enviado un jueves muy tarde por la noche), ya no se publicaría ninguna columna más. No se nos dio jamás explicación alguna.

Recién había iniciado mi blog (su versión anterior) y el cierre de la columna de hecho sirvió para alentarme a ponerle más empeño, sobre todo porque en aquel momento no estaba yo muy clara de lo que estaba haciendo con aquello del blog. Jacintario vino a convertirse, de alguna manera, en "mi columna diaria".

La experiencia en general fue muy positiva, sobre todo por las cartas de los lectores que comentaron favorablemente aquellos "cuentos bonitos que usted se inventa". Había gente que hasta me detenía en la calle para comentármelos. Siempre les aclaré que todo lo escrito en aquella columna fue real. Ningún detalle fue inventado ni exagerado. Todo lo vi y aconteció tal cual.

Supongo que algo habré hecho bien porque tantos años después, hay gente que todavía recuerda aquellos textos. Hace poco uno de los lectores de este espacio pidió que reprodujera alguna de ellas. El caso es que no tengo el archivo completo de Vicio-nes. Un accidente con mi computadora anterior me hizo perder varios textos, entre ellos, gran parte de las columnas que había escrito.


Siempre he querido revisar los archivos electrónicos del periódico para recuperar ese material. Los comentarios de los que todavía recuerdan aquellos textos me han animado a comenzar por fin con esa tarea. No es fácil. Los archivos de LPG no funcionan tan bien como uno quisiera. Quiere tiempo y hay días en que tengo tanto trabajo que no tengo tiempo para mucho. Pero iré poco a poco rescatando ese material y publicando por acá algunas. Para ello he abierto una nueva categoría ("Vicio-nes") donde podrán consultarlas cuando quieran.

Y sinceramente les agradezco ese interés por un material que, en lo personal, constituyó un gran aprendizaje de escritura. Ser suscinto, borrar las palabras innecesarias, ir al grano. No todas quedaron como yo hubiera deseado, algunas me dieron siempre la impresión de estar truncas, pero eran las reglas del juego y había que seguirlas.

Les comparto la primerísima que apareció publicada. Eso fue el 19 de octubre del 2002. No he cambiado nada, más que alguna que otra inexactitud gramatical, esto con el ánimo de mantener el asunto de las 300-315 palabras, que era el margen máximo de espacio.





Alguien llora una rata

Tres hombres barbudos y sucios, con cara de haber bebido demasiado absolutamente todos los días de sus vidas, están sentados en una acera de la Calle Gerardo Barrios, cerca de la esquina que hace con la 11 Av. Sur. Están a la entrada de un parqueo, en una zona de muchas bodegas y despensas de mayoreo, donde es frecuente ver hombres cargando sacos de maíz, arroz, frijoles y harina.

Un hombre cruza la calle desde la acera opuesta donde están sentados los barbudos sucios. Trae en su mano izquierda una bolsa negra de plástico, llena de quién sabe qué cosas. Y en la mano derecha, colgando de una pita negra, trae amarrada una rata, de regular tamaño, muerta, con los ojos abiertos.

El hombre la viene cargando con cuidado para que no toque el suelo. Llega hasta los otros tres y se las enseña, diciendo:

-Miren cómo quedó la pobrecita.


Uno de los sentados en el suelo la mira con una expresión de profundo desconsuelo. Los otros dos se levantan. El de la bolsa negra pone a la rata en el suelo con supremo cuidado y todos hacen un círculo alrededor de ella.

-Pobrecita –se oye que dice alguno.

Yo, que he visto todo el suceso porque vengo caminando por la Gerardo Barrios, me conmuevo por todo el cuadro. Me pregunto cómo habrá muerto la rata y qué relación tenían los hombres con ella. Por los comentarios de los tipos me imagino que, de alguna manera que no alcanza mi entendimiento, esa rata era su mascota. Quizás nada más la miraban pasar todos los días en algún lugar específico. Quizás le daban pedazos de tortilla vieja y quizás la rata ya los conocía y era mansa como un gatito con ellos. Quizás incluso ellos le hubieran enseñado algún truco. Y quizás murió víctima de algún veneno, puesto por la mano de alguno de los dueños de las bodegas de las cercanías.

Pienso en esas cosas cuando escucho una voz agresiva que me pregunta:

-¿Qué estás viendo, dunda?

Es uno de los borrachos, el barbudo que permaneció sentado cuando se puso al animal sobre la acera.

-La rata –respondo, inocentemente desconcertada por la agresividad del tono. Pero lo digo en voz tan baja que sé ni me han escuchado.

A los otros tres mi presencia no les importa ni incomoda. Al sentado sí. Le molesta y mucho. He sido una voyereuse, una mirona indecente atisbando el dolor y la miseria ajena.



Vocabulario de salvadoreñismos:

Pita: cuerda.

Dunda: tonta.


...

martes, julio 10, 2007

En busca de mi ciudad perdida

Escribí el siguiente texto a solicitud de Centroamérica 21. Se me pedía comparar a San Salvador y San José, qué cosas amo y odio de ambas. De principio la idea me gustó, pero luego me inquietaron dos cosas: primero, comparar dos ciudades tan disímiles entre sí. Comparar, por lo general, puede suponer un ejercicio peligroso de poca objetividad, donde se favorece a una de las partes. Y en esa comparación sentía que ambas ciudades podrían salir perdiendo, de un modo o de otro. Cosa que no me parecía justa.

Pero sobre todo me inquietaba la parte del "odio" posible por alguna o ambas. Hay cosas que me dan rabia o que me molestan en ambos lugares, es cierto, pero están muy lejos de convertirse en odio, sobre todo porque dicho sentimiento es ajeno a mi naturaleza y ciertamente, trato de evitarlo.

Lo importante fue que este texto me permitió poner por escrito algo que le vengo diciendo a mucha gente desde hace ratos: que San José me recuerda al San Salvador de "antes". Y en ese sentido, me siento cómoda (sobre todo a nivel anímico), con un sentido de recuperación y no de pérdida por haber abandonado mi ciudad natal.

A continuación el texto publicado:




En busca de mi ciudad perdida



Con demasiada frecuencia escucho a la gente decirme que San José es “un pueblón”. Me lo dicen sobre todo salvadoreños, pero también otros centroamericanos. En el tono va implícito mucho de desprecio por lo que consideran una ciudad “poco moderna”. San José no es perfecta, claro está. Pero ¿qué ciudad lo es?

Esos comentarios me hacen preguntarme sobre la concepción de “lo moderno” que tienen algunas personas y sobre lo que un enfermizo frenesí urbanístico, de espaldas al centro de San Salvador que está abandonado a su suerte, como un perro enfermo, obra sobre sus habitantes. Parece que se nos olvida que las ciudades no son solamente edificios y carreteras, sino sobre todo su gente.

Pienso en esas frases cuando camino en San José. Veo con detenimiento a mi alrededor y creo comprender por qué lo acusan de pueblón. No hay edificios demasiado altos, pese a la gran expansión de la ciudad, una expansión tan vasta que me temo jamás conoceré todos los rincones que la conforman. San José no destaca por sus centros comerciales diseñados por arquitectos famosos ni por torres con apartamentos que valen miles de dólares ni por pulmones verdes sacrificados para que unos cuantos privilegiados jueguen al golf o puedan manejar más rápido sus carros en autopistas y carreteras.

Sin embargo, el viajero (llámese exiliado, migrante o turista) sufre de una enfermedad corrosiva: la nostalgia. Al perseguir el espejismo del regreso a San Salvador, una obsesión que alimenté durante 20 años de ausencia en los que estuve viviendo entre Europa y Nicaragua, soñaba con una cosa en particular: volver a la ciudad donde yo imaginé vivir mi vida de adulto independiente.

Volví. Pero se me olvidó que el tiempo no pasa en vano ni para la gente ni para las ciudades y tampoco para mí misma. Mi padre había muerto. Y aquel San Salvador que él me hizo conocer y amar, tomada de su mano, también. Menos de 6 meses después de mi regreso, comprendí que había cometido un error al intentar vivir de nuevo allí, pero por lo menos me curé de nostalgias. El lugar al que soñé volver ya no existía ni existirá más.

A solas caminé las calles de San Salvador descubriendo los más dramáticos cuadros de la miseria humana, escuchando historias pavorosas de violencia, asaltos, violaciones, secuestros y siendo asaltada yo misma 4 veces (en la última, sobreviviendo Dios sabe por qué, después de que un huelepega de unos 14 años, al que me negué a darle “un peso”, me quiso ahorcar a las 3:30 de la tarde, frente al Parque Barrios y donde absolutamente NADIE se acercó a ayudarme. Y conste, no era un marero).

No comprendí ni a la ciudad ni a sus gentes y pensé mejor largarme antes de que me mataran, decisión que tomé después de la segunda vez que se metieron a robar a mi casa. “Una tercera vez no me encuentran”, me dije.


Hace poco, releyendo algunos diarios personales, me di cuenta de algo que no recordaba y es que la idea de venirme a Costa Rica tenía varios años de rondarme la mente. Lo pensé incluso mucho antes de conocer este país. El destino o la fuerza de mi deseo, puso en mi camino personas y circunstancias que hicieron posible dicho traslado.

Lo más curioso es que, a medida que he ido conociendo San José, sobre todo el centro, he tenido una suerte de déjà vu, una intensa sensación de recuerdo, porque San José me recuerda mucho al San Salvador de los años 60 y 70, mi San Salvador perdido.

Las edificaciones del centro y de algunos vecindarios, como Los Yoses, que comparten una arquitectura común con el resto de ciudades centroamericanas y que todavía se conservan en bastante buen estado; las calles estrechas, con ruidoso comercio, vitrinas y edificios que refrescan la retina como el Correo o la escuela metálica frente al Parque España (hecha con el mismo sistema con el que se construyó el Hospital Rosales); los parques, pulmoncitos verdes, bien cuidados con bancas de cemento donde la gente se sientan a hablar sus cosas o a leer, como el Parque Morazán con su Templo de la Música, todo me remite a una ciudad ahora imaginada, añorada en la angustia de lo perdido para siempre.

Y muchas, tantas veces, caminando en San Pedro Montes de Oca, una de las zonas más populares de la ciudad donde ahora vivo, sintiendo la brisa fresca del atardecer, viendo el cielo azul intenso en esa hora particular en que el día se convierte en noche, durante algunos segundos me siento transportada en el tiempo y en el espacio. Y siento recuperar mi San Salvador perdido, aunque sea por breves, ilusos instantes.

lunes, marzo 12, 2007

Corre Maya corre

apocalypto.jpgNo tenía muchos deseos de ver Apocalypto, sobre todo después de las críticas, los comentarios, las discusiones, las protestas, etc. etc. Pero algo de curiosidad me daba y fui un poco resignada a perder la tarde y a tratar de ver la película con ojos neutrales, tratando de no pensar en toda la propaganda negativa que se dio alrededor de ella.

Pero la película objetivamente decepciona por varios motivos. La historia no tiene elaboraciones ni sorpresas: un grupo maya es atacado y masacrado por otro, los sobrevivientes son tomados prisioneros y llevados a una ciudad donde serán sacrificados para rogar por lluvias debido a que la sequía a hecho perder sus cosechas. Garra Jaguar se salva en el último minuto de ser sacrificado porque justito en el momento que el sacerdote alza el puñal para clavárselo en el pecho y sacarle el corazón (como ya hizo antes con chorrocientos hombres más), hay un eclipse...

miércoles, enero 17, 2007

Don't look back, Peter Tosh & Mick Jagger

Hay gente que parece vivir aferrada al pasado, sea éste bueno o malo. En lo personal, prefiero no ver atrás y mirar donde voy poniendo el pie en el día presente, lo único más o menos cierto que tenemos además de la muerte. Por ahí va el rumbo de esta canción: So if you just put your hand in mine / we're gonna leave all our troubles behind / we're gonna walk and don't look back.

En este clip, un jovencísimo Elliot Gould presenta en Saturday Night Live al gran Peter Tosh, quien canta Don't look back acompañado de nadie más y nadie menos que de Mick Jagger.

(Dedicado a Mr. H. navegando en estos días por algún lugar del mar Caribe y quien me introdujo al vasto, ancho y complejo mundo de los ritmos caribeños. Kiss, kiss, kiss).

miércoles, enero 10, 2007

La Naranja Mecánica revisitada

alex.jpgNo recuerdo ahora el detalle exacto pero hace algunas semanas leí un comentario sobre La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange) que me llamó la atención. Desafortunadamente, no guardé el link, pero iba en torno a lo que el autor llamaba “la violencia gratuita” de la película. El comentario me pareció curioso porque era algo escrito en medio de esta “era moderna” en la que convivimos con la violencia de tal manera que ya es parte de nuestra vida.

Por casualidad, metida en una librería donde tenía que recoger un libro que me habían enviado, vi la novela de Anthony Burguess y aunque el precio estaba bastante violento, lo compré empujada por la motivación que me dejó el comentario y porque siempre he querido leer este libro. Luego, aprovechando las vacaciones en que me dio un frenesí por alquilar DVD’s, encontré la película de Stanley Kubrick y la alquilé.

Verla fue como no haberla visto, como si fuera una película nueva. Casi la tenía borrada de la memoria (y me convencí de que volver a leer ciertos libros y ver algunas películas, es un ejercicio valioso, no solamente para refrescar la memoria o para comprender mejor las cosas, sino también para confirmar que algunas propuestas no pierden vigencia a través del tiempo).




No recuerdo cuándo vi por primera vez la película pero recordaba realmente pocas cosas. Lo que sí: el Korova Milk Bar y su alucinante decoración. O la escena en la que Alex (soberbiamente interpretado por Malcom McDowell), se levanta a un par de muchachas y se las lleva a su cuarto (la escena transcurre a velocidad acelerada).

Me pareció muy interesante la lectura que puede hacerse de la película en estos tiempos. Recordemos: Alex es un joven antisocial que con un grupo de amigos o “droogies” les encanta agredir, matar, violar, golpear, robar. Su desprecio por los demás seres humanos es profundo. En algún momento termina en la cárcel. Y dentro de la cárcel se ofrece como voluntario para recibir un “tratamiento” que le permitirá “curar sus instintos criminales” y poder ser liberado. Alex está seguro de que no hay nada sobre la faz de la tierra que pueda cambiar su naturaleza criminal, pero accede a recibir el tratamiento como una táctica para salir de la cárcel.

El “tratamiento” consiste en inyecciones de “la droga #114” y luego, ser colocado con una camisa de fuerza y un artefacto que mantiene sus ojos abiertos frente a una pantalla en la cual se están transmitiendo diversas imágenes violentas; violaciones, asesinatos, asesinos en serie, masacres, todo pasa ante los ojos abiertos de Alex. A cada escena, la droga inyectada le provoca una reacción de malestar físico insoportable. El tratamiento dura varios días, pero el momento culminante es cuando ve unas escenas de Hitler mientras suena música de Beethoven. Alex AMA a Beethoven. Y Alex siente una auténtica indignación al ver imágenes tan asquerosas atadas a música tan sublime (sic).

Finalmente cuando sale de la cárcel, cuando él cree que su vida transcurrirá igual que antes, nota los efectos del tratamiento. No puede defenderse cuando es agredido, no puede agredir cuando siente rabia pues de inmediato siente ese tremendo malestar físico que lo dobla y lo paraliza hasta el asco. Incluso cuando vuelve a escuchar música de Beethoven, su reacción es de una desesperación tal que prefiere saltar por una ventana antes que seguir escuchando.

El tratamiento recibido por Alex me hizo pensar en que, de alguna manera, todos estamos siendo sometidos al mismo: estamos obligados a ver por todos los medios posibles violencia, a rozarnos con ella, a relacionarnos con ella. Pero como no contamos con la droga #114, nuestras reacciones son muy diferentes: hay gente que ante la violencia está absolutamente anestesiada y ya no puede ni reaccionar, la violencia los deja indiferentes. Hay gente a quien la violencia le despierta instintos agresivos o les da ideas de cómo agredir. A otros, les llega a saturar tanto que les causa mucho rechazo, como a Alex tras su programación.

Sin embargo, el tratamiento planteado en La Naranja Mecánica tiene una falla pues elimina las opciones, la moral, la ética, la capacidad de discernir y de optar por una reacción. Alex no puede defenderse cuando es apaleado por sus ex droogies y por un grupo de indigentes (uno de los cuales, había sido agredido por Alex y sus droogies). Y defenderse debería ser una reacción natural, pero gracias a la programación, Alex es incapaz de moverse, de evadir los golpes, ni siquiera de huir.

El mismo Anthony Burguess, autor de la novela, habla sobre este tema en el prólogo a la edición en español:



… por definición, el ser humano está dotado de libre albedrío y puede elegir entre el bien y el mal. Si sólo puede actuar bien o sólo puede actuar mal, no será más que una naranja mecánica, lo que quiere decir que en apariencia será un hermoso organismo con color y zumo, pero de hecho no será más que un juguete mecánico al que Dios o el Diablo (o el Todopoderoso Estado, ya que está sustituyéndolos a los dos), le dará cuerda. Es tan inhumano ser totalmente bueno como ser totalmente malvado. Lo importante es la elección moral. La maldad tiene que existir junto a la bondad para que pueda darse esa elección moral. La vida se sostiene gracias a la enconada oposición de entidades morales. De eso hablan los noticiarios televisivos. Desgraciadamente hay en nosotros tanto pecado original que el mal nos parece atractivo. Destruir es más fácil y mucho más espectacular que crear.


¿Tiene entonces el criminal “cura”? ¿No será una ingenuidad pensar que el mal puede ser eliminado? Al final de la película, Alex fantasea con una orgía monumental y piensa “estoy curado”. Su “cura” era volver a ser “his good old self”, o sea, el mismo pervertido de siempre.

En el libro hay un capítulo que fue omitido en la película. En ese capítulo Alex ya es un adulto y la violencia ha terminado por aburrirlo, pensando que es mejor dedicar su energía a cosas constructivas. Cosas como casarse y tener hijos, mientras ve con vergüenza su pasado. (No he leído el libro todavía, pero Burguess habla sobre ese capítulo extensamente en el prólogo de la edición que tengo, pues fue suprimido porque al editor de Nueva York no le gustaba. Ay, estos editores… Y Burguess, que necesitaba dinero y no era conocido en esa época, aceptó la eliminación del capítulo por temor a que no le publicaran el libro. La edición que tengo viene con el famoso capítulo 21, el suprimido).

La película es de 1971, el libro de 1961 (la edición incompleta) y 1962 (la versión completa, editada en Inglaterra). Cuarenta y tantos años después, la historia tiene una vigencia perturbadora. ¿Violencia gratuita? No lo creo. En aquel momento sería algo así como una advertencia, una prefiguración del futuro. Y, hello, el futuro nos alcanzó.

martes, enero 09, 2007

Asfalto, un road poem (Luis Chaves)

chaves.jpgSi existen el road-movie y el road-novel, ¿por qué no un road-poem? Por lo menos eso es lo que nos propone Luis Chaves con su libro Asfalto, un road poem, de reciente publicación en Ediciones Perro Azul de Costa Rica.

A través de sus 31 textos acompañamos a una pareja en un viaje por carretera. Pero intuimos que las cosas no están bien entre hombre y mujer y que casi con toda certeza, aquel viaje representa un distanciamiento, una despedida. Que después de este viaje no habrá otros. Tampoco habrá reconciliación ni retorno. Para los viajeros todo está perdido; lo intuyen, pero no lo dicen. Sin embargo, lo exudan en sus actos, sus palabras, sus silencios. El viaje se suaviza un poco ante la presencia de un autoestopista que acompaña a la pareja por un rato. Y luego, de nuevo la soledad compartida, los silencios, los hoteles, los baños en las gasolineras, el diario de ella, los pensamientos de él.

Es muy difícil calificar estos textos y decir que son poemas. Pero la verdad es me tienen muy sin cuidado las etiquetas y las definiciones. En todo caso, es prosa que, a partir de las descripciones, va conformando un ánimo triste en el lector, a pesar de algunos chispazos de humor y de la identificación que podemos sentir con algunos detalles, cosas que todos hacemos, decimos o sentimos en esos largos y monótonos viajes en automóvil.




Pero Chaves no solamente acude a la prosa. En “Dos secuencias” , los hechos se mezclan con sonido y resultan en esto:



Secuencia A

Audio 1: Viento que entra por la ventana.

Audio 2: Mano que sale por la ventana y juega con la resistencia del viento. Hace movimiento de olas, de serpientes marinas. Movimientos del mar. En el aire.

Audio 3: Con audio 1 de fondo, ella tararea la canción de un grupo del britpop de inicios de los 90.

Audio 4: Con audio 1 y 3 de fondo, el copiloto ronca.



Secuencia B

Audio 1: Nuevamente, varios minutos de aire atravesado a 95 km/h. La mano fuera de la ventana. El mar en el aire.



La música y los sonidos ambiente ocupan un lugar primordial:



Wild Thing, The Kinks; Trance Europe Express, Sr. Coconut remix; del rock clásico a la música electrónica sin ningún tipo de amortiguamiento, en seco. La camiseta con la leyenda Fuck Trance, ahora enfundada en el respaldar del asiento, por el calor. (“Tres Tripping Tigres”).


No hay redención posible, la separación es inminente y, aunque no se dice expresamente sabemos que al regresar, todo estará consumado. Un adiós más para anestesiar las emociones.

En lo personal, me ha resultado muy grata esta exploración de Chaves en la prosa, que sin embargo no pierde su esencia poética. La calidad escurridiza en la poesía bien puede encontrarse enterrada más allá de las palabras y las emociones descritas. Más que eso, es de esperar que la poesía nos provoque emociones, nos remita a las capas de cebolla de nuestra interioridad, capas que, de tan delgadas, a veces nos parecen invisibles o inexistentes. Asfalto logra sin duda hacernos recordar chispazos de nuestras propias vidas y viajes, de todos esos road-poems que llevamos guardados en la memoria.

Luis Chaves logra con este libro sorprender de nuevo por la novedad de su propuesta y reafirmar la seriedad con la que se toma el oficio.





Interesados en este libro, pueden escribir a Ediciones Perro Azul, perroazuloso@hotmail.com o al fax (506) 280-7990.

jueves, enero 04, 2007

Bebo, luego... ¿escribo?

bookcov.jpgHay escritores que les gusta enfrentar su oficio con un par de copas adentro. O en realidad, con un par de botellas. Larga es la lista de escritores aficionados al alcohol: Hemingway, Bukowski, Faulkner, Scott Fitzgerald, Kerouac... esta comunión entre escritores y alcohol sirvió de pretexto a Mark Bailey para escribir un libro sobre el tema.

Hemingway & Bailey's Bartending Guide es un curioso libro aparecido a finales del año recién pasado, donde se enumeran a autores estadounidenses y sus cocteles favoritos, junto a la receta para prepararlos. El libro incluye además ilustraciones de Edward Hemingway, nieto del autor de El viejo y el mar. Junto a todo ello, hay fragmentos de textos de los autores en los que se habla del oficio de beber y alguna frase que posiblemente resuma la filosofía alrededor de beber que, con tanta vehemencia, practicaban estos autores.

"Un hombre no existe hasta que está borracho" dijo Hemingway alguna vez. Y Faulkner aseguró que "la civilización comienza con la destilación".

¿Pero cuál es la relación, en apariencia tan frecuente, entre escritores y alcohol? ¿Se puede escribir estando borracho?




Carson McCullers solía mantener un termo con té caliente mezclado con sherry y bebía del termo durante sus horas de escritura, durante todo el día.

Raymond Chandler había dejado de beber y todo iba bien en su estrenada sobriedad hasta el momento en que se atrasó con un guión que debía entregar pero que no podía terminar porque tuvo un bloqueo de escritor. La única manera de superar el bloqueo fue... volviendo a beber. La leyenda dice que ese guión fue uno de sus mejores trabajos.

Charles Bukowski escribía mientras escuchaba música clásica por radio y bebía whisky o cerveza durante toda la noche.

Hemingway, a pesar de su fama de bebedor, no lo hacía mientras escribía. Lo hacía después de terminar su horas de escritura. Sus años en Cuba lo hicieron preferir el mojito por sobre todas las bebidas.

El alcohol ejerce cierto efecto deshinibidor que quizás, para algunos, es necesario para destrabar las cerraduras de su imaginación, su pudor personal o sus emociones. Sin embargo, pasada cierta dosis, el alcohol también nubla la mente. ¿Será posible escribir por ejemplo, una novela, estando totalmente borracho? Aparentemente algunos autores sí pudieron hacerlo y varios de ellos lo lograron con brillantez. Y aunque no tenemos testimonio exacto de los estados alternos de sobriedad y embriaguez con que fueron escritas algunas novelas, habrá que creer que sí hubo momentos en que el texto debió afrontarse desde la conciencia de la abstención. Porque a fin de cuentas, escribir implica varias etapas de intenso trabajo que no se realizará de manera automática ni de cantina en cantina. El que sigue creyendo que ser escritor es estar borracho todo el tiempo y que los textos se escriben solos, lo siento: escribir implica trabajar, no hay cómo esquivarlo. También es errado pensar que todos los escritores somos aficionados a la bebida y a la parranda, por el simple hecho de serlo.

Es posible que el elemento "soledad" influya grandemente en esto del beber. Recordemos que escribir es el oficio más solitario del mundo. Debe uno aislarse, encerrarse, estar a solas consigo mismo, su mente, sus palabras y sobre todo, con sus obsesiones personales. Y hay gente para quienes la soledad es simplemente invivible. Por otro lado, hay gente que no comprende que un escritor, cuando escribe, necesita, ansía y desea estar a solas, a toda costa. Quizás ahí un par de drinks no caen mal.

Otra suposición es que ese aislamiento, el enfrentamiento con los fantasmas y obsesiones personales y posibles frustraciones a la hora de redactar, "obliguen" a un par de cocteles para desconectar el cerebro del lado oscuro que puede posesionarse de un escritor en dichas soledades. Pensemos también en la cantidad de escritores y poetas suicidas. El mundo de la literatura no es precisamente un paraíso...

Hay gente que cree que quien escribe embriagado o drogado no es capaz de hacer un buen trabajo o que su trabajo no es "meritorio" porque escribió, digamos, en un "estado alterado artificialmente". Me permito disentir. A fin de cuentas, alcohol o drogas no te transportan a otro planeta sino a otras capas de tu interioridad, a lugares que a veces no se está dispuesto a acceder desde la sobriedad. Con esto no estoy insinuando que para escribir es imprescindible utilizar estimulantes. Pero considero que el que escribe debe conocerse bien a sí mismo y saber cómo funciona mejor a la hora de escribir. Y si siente que su lucidez y su fluidez narrativa están en su pico después de varias copas pues... ¡salud! Y a escribir.

viernes, diciembre 29, 2006

Fin de año del misántropo moderno

Esta época no es precisamente de mis favoritas. La Navidad, con su consumismo, asesinato masivo de animales y árboles, imposiciones y obligaciones, me es un época totalmente fastidiosa e incómoda. La obsesión de todos por gastar lo poco que tienen, la de comerse cualquier animal que camine, trepe o repte (para luego desperdiciar y botar toneladas de alimentos que en otros lugares hacen buena falta), el corte de árboles que igualmente terminarán botados a las pocas semanas, el desperdicio energético masivo por la electricidad consumida para iluminar árboles y casas, las toneladas de basura; los villancicos en voces infantiles (o en cualquier voz); la imposición de una celebración, cuyo origen es religioso, sobre los que no comparten dicha creencia (o sea, tendríamos que celebrar entonces con la misma magnitud Hannukah, el nacimiento del profeta Mahoma, el de Buda y todos los seres iluminados); pero sobre todo, la obligación de "estar feliz" y "ser gregario", donde "el cariño" se mide por si diste o no diste un regalo y de cuánto valor económico fue el regalo que diste; cuando se tiene la obligación de pasárselo con la familia, aunque ésta sea una manada de lobos, serpientes y hienas (perdón por los queridos animalitos), y cuando precisamente esas navideñas reuniones familiares se convierten, luego de un par de tragos, en una sacadera de trapos sucios que da vergüenza propia y ajena; cuando preferir pasártela a solas, con tus gatos, un buen libro y una taza de té caliente es visto como la reacción de alguien que, definitivamente, no está en sus cabales...

Pero no todo está perdido para los misántropos como yo en estas épocas. Precisamente una de las buenas cosas es que medio mundo se va la ciudad, el teléfono no suena y nadie toca el timbre. Época fabulosa para sentarse a leer horas, a ver películas, a dormir horas extra y hacer todos los pequeños mandados que intentamos hacer desde hace semanas pero que no se pudo por el puto trabajo (definamos trabajo: esa deshonrosa labor que hace uno para pagar las cuentas, que nos robotiza cada día más y que no tiene nada o mucho que ver con lo que realmente querés hacer en la vida, con tu pasión real y verdadera, en mi caso, la literatura).
Salvado el bombardeo navideño entramos a la época de fin de año. Las obligaciones continúan pero son algo más flexibles. Lo único que sí me parece válido de estos últimos días del año es el ejercicio de repasar lo acontecido en los últimos doce meses y la planificación del siguiente. Hay gente que jamás reflexiona sobre sus actos y sobre su vida, y si no fuera por estas fechas, se la pasarían en una inconciencia personal permanente. De los famosos propósitos de año nuevo, supongo que muy pocas cosas se cumplen. Pero el hecho de asumir que se quiere cambiar algo y ojalá intentarlo y mejor aún, lograrlo, no puede ser más que algo positivo.
En lo personal no suelo hacerme propósitos para el año venidero. Pienso en cosas que quisiera acontecieran, pero estoy clara que muchas de ellas dependen de elementos que están fuera de mi control. A veces me planteo propósitos, pero no pasan de 2 o 3. Para este nuevo año, la verdad es que todavía no me propongo nada, aunque siempre está el deseo de escribir una nueva novela y ojalá sea este año.
Pienso en el año pasado, claro. Este año en particular podría quizás pasar a mi historia personal como uno de los más aburridos y monótonos. La mayor parte del año fue una gran rutina fastidiosa que no me tiene ni más cerca ni más lejos de mis metas personales. Un año de estancamiento, si se quiere. No se lograron las cosas que quería se lograran, aunque me esforcé para ello, pero de nuevo, depende de factores que me superan.
Puedo enumerar, como cosas positivas, el hecho de no haberme enfermado (fuera de un par de ataques de alergia y de algunas crisis de migraña); mis queridas compañeras felinas siguen vivas y bien de salud. Hubo dinero suficiente para pagar el día a día, pero nada más. Leí un par de buenos libros, pero no leí tanto como me hubiera gustado; eso sí, fui bastante compulsiva con la compra de libros (vivir rodeada de librerías no ayuda mucho) y ahora tengo un buena provisión de lecturas pendientes. No escribí nada nuevo, por lo menos no novela, cuento o poesía aunque escribí algunas crónicas que me parecen decentes y publicables. Un par de textos míos aparecieron en algunas antologías. Retomé con disciplina el gimnasio, que había descuidado un poco, y en consecuencia, también me discipliné con una alimentación sana. Volví a meditar. El blog sobrevivió pese a varias situaciones que me hicieron considerar seriamente en cerrarlo.
Ojalá el otro año sea mejor, o por lo menos, diferente. Que no sea tan rutinariamente monótono como éste porque si hay algo que seca poco a poco el espíritu es la rutina. Y ojalá que este año me acerque de nuevo a la literatura, que es lo único que me anima a salir de la cama todos los días, lo único que me interesa en la vida.
Aprovecho para darles las gracias a los que han visitado este blog y les deseo que sus deseos se conviertan en realidad. Y nos leemos en el 2007.

miércoles, diciembre 20, 2006

La luna

Hay muy, pero muy pocas cosas que extraño de El Salvador. Muy pocas. Casi ninguna. Pero una de esas cosas es La Luna.

La primera vez que llegué habrá sido una noche de enero del 92, cuando recién firmados los así llamados Acuerdos de Paz, me invitaron a conocer el lugar que, a tan poco tiempo de ser inaugurado, ya tenía fama de ser un punto obligado de visita.

Ese año comencé a viajar con alguna frecuencia al país, como tantos salvadoreños que durante años no habíamos podido entrar a consecuencia de nuestras posturas políticas. Lo bueno de regresar era recuperar el país, los amigos, el espacio que se nos había quedado trunco al irnos forzadamente, conocer y reconocer. En alguna de esas visitas conocí a Beatriz Alcaine quien es, ha sido y seguro seguirá siendo el alma de La Luna, su motor, su batería, su gasolina, su visionaria, y quien se convirtió en una amiga queridísima, una cómplice, una maestra en tantas cosas.

La Luna Casa y Arte ("casi arte" le gusta decir a Beatriz), fue abierto en diciembre del 91, en un momento en que no había ningún espacio cultural, en un momento confuso para la historia nacional, en instantes en que estábamos con un pie entre la guerra y la paz, y con la obligada tradición de los fines de años (hacer balances, comenzar con nuevos propósitos).




Fue también un momento de nuevas esperanzas para un país que estaba agotado por la guerra. Muchos regresaron en ese momento al Salvador, con entusiasmos renovados, con ganas de hacer cosas y con la experiencia de lo aprendido en los lugares del exilio. Fue La Luna el espacio que sirvió de refugio, de taller de germinación para desarrollar y hacer ideas, en un espacio que físicamente cambiaba, que tenía la frescura de lo espontáneo, que logró sentar bajo un mismo techo a gente que, apenas meses antes, eran enemigos políticos. Militares y guerrilleros, políticos de izquierda y de derecha, jóvenes y adultos, todos encontraron un espacio donde lo formal, la diferencia, lo no-posible se quedaban en la calle.

No voy a repetir el rango de actividades que se han llevado a cabo en La Luna. Su fama trasciende el espacio nacional y creo que es bastante conocida toda su trayectoria y desarrollo.

En lo personal, mis tres años y medio en El Salvador (luego de una ausencia de 20), fueron menos miserables gracias a La Luna. Ahí presenté un par de libros: Contra-corriente para el que armamos un escenario que simulaba ser un dormitorio y yo leí sentada sobre la cama con un vestido blanco divino que había sido (si mal no recuerdo) de la abuelita de Beatriz y que tenía en aquel anexo llamado "El Ropero". Luego presentaríamos El Desencanto, en un espacio lleno de telas, flores, velas e inciensos.

También armamos los talleres narrativos "Litera-tour" que tuvieron tan buena acogida que hicimos dos grupos, uno matutino y otro vespertino los días sábado, y hasta nos dimos el lujo de tener una sesión especial con Sergio Ramírez que llegó a compartir su experiencia como escritor y a contestar las preguntas de aquel grupo de gente interesada en escribir.

En La Luna me tatuaron (cuando se hizo un tatoo-fest, con tatuadores locales pero también de Guatemala y creo que hasta uno de Costa Rica). En La Luna hacía las citas con la gente que necesitaba o quería verme pero que no quería o no podía ir hasta Los Planes. En La Luna mataba el tiempo entre un mandado y otro cuando andaba por San Salvador. En La Luna vi películas, tomé capuccinos, contesté entrevistas, compré algún libro o algún collar a Pedro Portillo, leí poemas de otros, escuché música que no se escuchaba en ninguna parte más del país, comí pastel de espinacas, zangolotes y unos alfajores maravillosos, vi cuadros y fotografías de diversos artistas, conocí a cualquier cantidad de gente, bailé, escuché a La Pepa, vi malabaristas de fuego y tuve larguísimas conversaciones con Beatriz sobre absolutamente todos los tópicos imaginables.

Siempre admiré, dentro de ello, la capacidad del lugar de renovarse, cambiar, asombrar, mantenerse fresco y sin embargo, en esencia, ser lo mismo: más allá de una rica y diversa propuesta cultural, La Luna fue para mí una especie de segundo hogar, de sucursal de mi casa, un refugio agradable en medio del caos de la ciudad que cada día se me hacía más invivible. Un lugar donde era posible sentarse a inventar cosas, a soñarlas, pero también, a hacerlas realidad.

Hace unos pocos días, gracias a una nota que se preparaba para El Faro, me di cuenta de que La Luna está cumpliendo quince años. Todos estos y muchos otros recuerdos afloraron de inmediato.

Hay cosas, lugares, personas y sucesos cuya significación no se puede apreciar en el momento mismo en que ocurren o se viven. Hay que tomar algo de distancia para saberlo. Saber que La Luna es quinceañera me hizo no sólo recordar sino caer en la cuenta del papel estelar que ha tenido en mi vida, un papel cálido, agradable e importante.

Felicidades pues a todos los que lograron concretar ese sueño, a los que tuvieron la visión, la energía, las ganas de hacerlo. Y por supuesto, un abrazo muy apretado para la Bea, quien a pesar de los buenos y malos ratos (como las constantes amenazas de la alcaldía por cerrar el lugar), a mantenido en marcha un sueño y mi otra casa.

martes, agosto 29, 2006

Viaje al imperio de las ventanas cerradas

Ventanas Cerradas.jpgDebo comenzar diciendo que tengo una relación algo complicada con la poesía. Me gusta, pero soy exigente. Me he sobre todo concentrado en lectura de poetas ya establecidos, considerados como clásicos (antiguos o contemporáneos). Me gusta la poesía original, la que me dice algo, la que no me intenta convencer ni imponer nada. Por supuesto que no me gusta la poesía que hace el grueso de la población que se autodenomina poeta y que creen que hacer poesía es hacer malabares de palabras o escribir un texto, cortarlo a media línea y voilá, "escribí un poema".

Lo cual no quita que siempre ande "probando", buscando nuevos poetas que me emocionen y que estén haciendo cosas interesantes, intensas, locas, profundas, con sustancia. Por lo general me decepciono. Basta leer unas 4 líneas para saber si alguien es poeta (con todo el peso de la palabra), si es alguien que tiene fibra y a quien haya que seguirle la pista o si es un simple aficionado que jamás pasará de allí.

Pero a veces se lleva uno agradables sorpresas, y de pronto he descubierto a más de algún buen poeta, más de algún profundo poema y más de alguna buena colección de poesía. Que es el caso del que quiero hablar hoy.




Viaje al imperio de las ventanas cerradas es el segundo poemario publicado por Krisma Mancía, quien ganó con esta colección el I Premio de Poesía Joven La Garúa, en la categoría de autores hispanoamericanos. El concurso es organizado por La Garúa de Barcelona.

El poemario me impresionó agradablemente y me enganchó de inmediato. Me gustó (como me gustan, cuando están bien hechos), los poemarios que tienen una secuencia entre sus poemas, cuando los mismos son como escenas, capítulos de una historia, ambientaciones, detalles, micros y macros de emociones, imágenes y situaciones. Mancía utiliza como motivo literario a la Ofelia shakespereana para amarrar con ese hilo los poco más de 30 poemas de este Viaje.



Frente al mar

soy una extranjera en la ciudad prometida

con las maletas llenas de cangrejos disecados

pero en el Imperio de las Ventanas Cerradas

todo es áspero

y al salir a la calle cierro la puerta con doble llave

y trato de olvidar

a la sirena atrapada en la tubería del baño



y soy nostalgia

cuando me entrego sin dolor al abismo rutinario de las esquinas



y soy nostalgia

al cumplir con mi tarea de ser buena ciudadana.



Resulta agradable que no se utilice la frase fácil ni los juegos vacíos de palabras. Los poemas de Mancía tienen sustancia, un peso que se siente más allá de las palabras (y que es lo que, finalmente, distingue a poetas de aficionados). Sorprende también el contraste entre la madurez de estos poemas y la juventud de la autora, que no llega a los 30 años de edad.

Mancía interroga a Ofelia en sus poemas, habla con ella, le cuenta secretos, melancolías, intimidades, se vuelve Ofelia, se desdobla en ella, y finalmente pensamos que quizás ambas son la misma o que hay un intruso, un tercer personaje metido en los versos como un mirón, alguien que roba secretos, acaso el lector, acaso fantasmas cuya forma nunca conoceremos.

Una lectura recomendable para los exigentes buscadores de poesía.

sábado, agosto 26, 2006

¿Con qué puedo retenerte?

A Beatriz Bibiloni Webster de Bullrich





¿Con qué puedo retenerte?

Te ofrezco magras calles, ocasos desesperados, la luna

de los corroídos suburbios.

Te ofrezco la amargura de un hombre que ha mirado

largamente a la luna solitaria.

Te ofrezco mis antepasados, mis muertos, los fantasmas

que hombres vivientes han honrado en mármol:

el padre de mi padre muerto en la frontera

de Buenos Aires, dos balas a través de sus pulmones,

barbado y muerto, envuelto por sus soldados

en el cuero de una vaca; el abuelo de mi madre

-con tan solo venticuatro años- encabezando

una carga de trescientos hombres en el Perú, ahora

espectros en desvanecidos caballos.

Te ofrezco cualquier agudeza que puedan contener

mis libros, cualquier hombradía o humor en mi vida.

Te ofrezco la lealtad de un hombre que nunca ha sido leal.

Te ofrezco ese meollo de mí mismo que he salvado,

de alguna manera: el corazón central que no

comercia con palabras, no trafica con sueños,

y está intocado por el tiempo, por la alegría,

por las adversidades.

Te ofrezco la memoria de una rosa amarilla vista

en el ocaso, años antes de que hubieras nacido.

Te ofrezco explicaciones de ti misma, teorías sobre ti misma,

auténticas y sorprendentes noticias de ti misma.

Te puedo dar mi soledad, mi oscuridad, el hambre

de mi corazón; trato de sobornarte con

la incetidumbre, con el peligro, con la derrota.



De El otro, el mismo

Traducción de Roberto Fernández Retamar



JORGE LUIS BORGES




En los días en que estuve sin computadora (y por ende, desconectada), se me metió entre ceja y ceja leer este poema que no tengo en versión impresa y que tuve que buscar en internet.

Ojalá doña María Kodama no me demande por reproducirlo. Parte de las noticias literarias más movidas de los días recientes ha sido la negativa de Kodama a publicar la obra completa de Borges en francés y todos los dimes y diretes nacidos a partir de ello. Una nota bastante completa sobre el asunto pueden encontrarla en Piel de Leopardo.

Y para completar el asunto, va la versión en inglés del poema, que fue la original que escribió Borges y que luego muchos se dieron a traducir (algún día deberé intentar, como ejercicio, mi versión):



What can I hold you with?

I offer you lean streets, desperate sunsets, the

moon of the ragged suburbs.

I offer you the bitterness of a man who has

looked long and long at the lonely moon.

I offer you my ancestors, my dead men, the

ghosts that living men have honoured in marble:

my father's father killed in the frontier of

Buenos Aires, two bullets through his lungs,

bearded and dead, wrapped by his soldiers

in the hide of a cow; my mother's grandfather

-just twentyfour- heading a charge

of three hundred men in Peru, now ghosts on

vanished horses.

I offer you whatever insight my books may

hold, whatever manliness or humour my life.

I offer you the loyalty of a man who has never

been loyal.

I offer you that kernel of myself that I have

saved, somehow --the central heart that deals

not in words, traffics not with dreams, and is

untouched by time, by joy, by adversities.

I offer you the memory of a yellow rose seen at

sunset, years before you were born.

I offer you explanations of yourself, theories about

yourself, authentic and surprising news of your-

self.

I can give you my loneliness, my darkness, the

hunger of my heart; I am trying to bribe you

with uncertainty, with danger, with defeat.

domingo, junio 18, 2006

Déjà vu

dejavu.jpgUna de las obsesiones del ser humano es sin duda la de volver atrás en el tiempo. ¿Qué haríamos si tuviéramos esa capacidad? El tema ha sido recurrente en el cine y la literatura. En algunas propuestas, la idea de los viajeros en el tiempo es la de investigar o conocer el pasado. En otras el viaje ocurre por circunstancias incontrolables y la obsesión, luego de estar atrapados en otras épocas y países, es volver al “comfort zone” del conocido presente. Y en otras ocasiones, la idea es volver al pasado para enmendar errores o impedir tragedias.

Es en esta última línea que se basa el argumento de Déjà Vu, de Tony Scott y protagonizada por Denzel Washington, sobre quien el tiempo parece pasar de manera benévola (lo digo porque en la misma aparece Val Kilmer, quien luego de pasar por galán de cine está ahora algo desmejorado).

El título y la propaganda de la película sugieren algo bastante errado. No puedo más que parafrasear la propaganda del trailer para decir lo que es un déjà vu: la sensación de ya haber estado antes en otro lugar o de estar viviendo una circunstancia por segunda vez. Algunas veces la sensación es tan fuerte que uno sabe lo que ocurrirá a continuación. Es algo así como “recordar el futuro”. Los científicos creen que se trata estrictamente de una anomalía de la memoria debido a que, aunque existe una sensación de familiaridad en una situación, no logra ubicarse con exactitud el recuerdo.




Aunque es un fenómeno común, el déjà vu puede relacionarse con estados de ansiedad, esquizofrenia y epilepsia. Por supuesto que hay toda otra gama de explicaciones que van desde la relación de estos fenómenos con los sueños, premoniciones, vidas pasadas o con la idea del eterno retorno (que supone que vivimos la misma vida una y otra vez de manera idéntica hasta el infinito).

Por ello es que el título de la película resulta errado y apela a un fenómeno que nos ha pasado a muchos, para llamar la atención de los espectadores, un truco de mercadeo totalmente innecesario pues la película tiene una historia con planteamientos que la hacen muy interesante. Lo que en realidad ocurre en la película es algo más cercano a la ciencia ficción y muy alejado de fenómenos neurológicos o mentales. Un ferry explota en Nueva Orleáns matando a 543 personas. En el transcurso de la investigación, el agente Carlin se obsesiona con el cadáver de una muchacha, Claire, que muere minutos antes de la explosión y que puede ser la clave para encontrar al hechor del atentado.

Carlin, interpretado por Washington, es incorporado a una unidad especial que utiliza para sus investigaciones un complejo sistema que permite ver el pasado hasta 4 días y medio atrás, como si hubiera cámaras vigilantes instaladas en todas partes. La idea es bastante jalada de los pelos, pero la verdad es que se torna interesante, pues el cuestionamiento sobre el tiempo es fascinante: ¿el tiempo camina hacia adelante, de principio a fin? ¿Podría “doblarse” el tiempo para poder “verlo”? ¿Podrían mandarse mensajes al pasado para advertir sobre peligros y salvar a alguien de, digamos, un atentado? ¿Qué pasaría con el presente si alteráramos algo del pasado?

Muchas cuestiones éticas son planteadas acá. Los detectives únicamente quieren observar todo lo ocurrido para establecer quién fue el culpable. Eso implica vigilancia 24 horas sobre Claire, incluso cuando se baña. Pero después de varias horas de revisar “el pasado”, Carlin plantea intervenir en el pasado para evitar la tragedia, porque según dice “estoy acostumbrado a detener a los delincuentes luego de cometer sus crímenes, quiero por una vez capturar a uno antes de cometerlo”.

La historia combina muy bien secuencias de acción con suspenso y en cierto momento pasado y presente ocurren paralelos gracias a un casco especial que le permite a Carlin descubrir el escondite del sujeto que ejecutó el atentado. Esta persecución es sin duda una de las mejores escenas de la película.

Es inevitable salir del cine reflexionando sobre lo que haríamos si tuviéramos acceso a este tipo de tecnología, a qué rincones del pasado volveríamos si se pudiera, ¿cambiaríamos algo? ¿Qué? ¿Por qué? ¿Y cuáles serían las consecuencias de ello, cómo se modificaría mi vida, mi personalidad y la vida de otros a partir de ello? Jjjmmm...

Película

domingo, abril 09, 2006

Muere Lizandro Chávez Alfaro

Hoy domingo en la madrugada falleció el escritor Lizandro Chávez Alfaro, sin duda uno de los narradores más importantes de Nicaragua. Con su libro de cuentos Los Monos de San Telmo, ganó en 1963 el premio Casa de las Américas, aunque la importancia del libro no está en el premio, sino en sus historias. El libro se convitió en una de las piedras angulares de la narrativa nicaragüense (y me atrevo a decir que de la centroamericana, aunque por las injusticias literarias que rigen en el istmo, su obra no haya sido lo suficientemente difundida ni conocida). Sus cuentos lograron resumir la situación de marginalidad y la ambigua relación con los Estados Unidos que siempre ha mantenido nuestro franja de territorio. En 1969 sería finalista del premio Seix Barral con su novela Trágame Tierra.

No recuerdo cuándo exactamente conocí a Lizandro. Pero cuando anunció que daría una taller de narrativa en la UCA de Managua, no dudé en apuntarme. Debe haber sido en 1991, en que un reducido grupo de 6 o 7 personas (entre ellos la pintora María Gallo), nos reunimos con Lizandro una vez por semana para compartir nuestros cuentos y realizar un proyecto de novela. A él le debo, sin duda, parte de mis lecturas y aprendizajes en este mundo de la escritura. Y quizás por eso es tan difícil poder hablar de él en este momento.

Sus honras fúnebres serán mañana lunes, en Managua.

miércoles, abril 05, 2006

El síndrome "Código DaVinci"

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Estoy desconcertada luego de leer un artículo en El Cultural de España, llamado "Genuino sabor americano". En el artículo, varios editores dicen "haber vuelto al tipo de edición de antes", en que se aconsejaba a los autores sobre cambios y cortes en sus novelas. Lo lamentable es que esto no es realmente con el fin de mejorar un libro que puede estar medio cojo en algunas páginas, sino estrictamente en la retorcida obsesión de buscar un bestseller, y hoy en día, tanto peor, lo que los editores buscan es a un autor primerizo en el cual invertir y que logre las monstruosas cantidades vendidas por El Código DaVinci de Dan Brown.

Si el artículo se llama "Genuino sabor americano", es porque los editores consultados argumentan que así trabajan los editores de los USA, otorgando sustanciosos adelantos monetarios sobre la próxima novela de un autor que "ha pegado" a nivel de ventas y supuestamente, leyendo la obra y trabajando hombro a hombro con el autor para (según ellos) mejorarla.



Yo tengo algo de problemas con esa intervención de los editores en algún libro. No me parece mal si el editor es un ilustrado en literatura, un buen lector, un conocedor, ojalá un buen escritor él mismo, y me haga observaciones pertinentes en referencia a eventuales fallas que pueda tener un libro. Si en la página 25 se dijo que el hombre salió por la puerta de la cocina, pero en la página 76 resulta que para describir la misma escena, el hombre salió por la puerta principal, es obvio que hay que corregir esas inconsistencias. O si hay una parte del texto que por algún motivo resulta largo o reitera la misma idea demasiado, cortar un par de páginas o párrafos tendrá que tomarse en consideración. Lo malo es que por lo general, muchos de los editores hoy en día son expertos en cualquier cosa, menos en literatura (varios de ellos no leen libros, me consta).

Pero por otro lado, me pregunto por qué un editor acepta publicar un libro, para luego machetearlo, cambiar el título, cambiar el nombre de algún personaje u otro tipo de cambios que de algún modo tocan e inciden en la idea inicial del autor y en su proceso creativo. Eso es un poco como los que compran una casa y botan todas sus paredes para volverla a construir.

Está más que claro. Las editoriales están cada día más lejos de la literatura y más cerca de gerentes de ventas, tablas numéricas dolarizadas, proyecciones de ventas y esas cosas tan, pero tan ajenas a la esencia del oficio del escritor. Intervenir tanto en la obra de un autor me parece, por una parte, irrespetarlo y por otra, un desconocimiento de los procesos creativos. Hay algunos libros que están armados de tal manera que cambiar una escena o modificar algún personaje, significa tocar el resto de capítulos o personajes o escenas. Me suena esa actitud un poco a "niño, hiciste mal la tarea, hay que volverla a hacer completa". De lo cual tampoco hay que sorprenderse: la relación entre escritores y editores hoy en día es bastante perversa. Muchos editores tratan a los escritores como si les estuvieran haciendo un inmenso favor al publicarles y los tratan como empleadillos de octava, que deberían estar agradecidos y besar por siempre manos, pies y otras partes del cuerpo del editor que no mencionaré.

Lo crítico es que los que comienzan a escribir, los jóvenes que ahora comienzan a interesarse en literatura y que juguetean con la idea de ser escritores, no están pensando en contar historias, en experimentar con lenguaje o estructuras, en escribir de madrugada, de noche y en cualquier momento que se pueda. Quieren ser un Dan Brown. Quieren ganarse un gran premio. Quieren salir en el periódico y hacer giras de autor. Quieren escribir un libro rápido, fácil, y que venda millones, hacer fortuna fácil, codearse con "los grandes". Quieren o querrán ser "escritores famosos" pero no "hacer literatura". Que son dos cosas supremamente diferentes.

Por lo menos los editores españoles tienen su juego bien claro puesto cartas arriba sobre la mesa. Mientras tanto, en otro lugar del bosque, se espera el veredicto del juicio por supuesto hurto de ideas de Dan Brown a los autores de otro libro que plantea que Jesús y la Magdalena se casaron y tuvieron descendencia. Un juicio propagandístico, a mi modo de ver, porque el libro de los ofendidos está publicado en la misma editorial, no ha tenido nada de fortuna comercial (ahora, claro, la tendrá) y porque, aunque no conozco al dedillo los intrínculis del juicio, el planteamiento de los demandantes me parece absurdo. O sea, no base una novela en las ideas de Freud, de Darwin, de Nietzche ni de nadie. Vaya a ser los herederos lo demanden, por copión.


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martes, marzo 21, 2006

El día que dejé de escribir cuento

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Hubo una época en que me dio por escribir cuentos. Muchos cuentos. Largos, cortos, complicados, sencillos, lineales, experimentales. Probé de todo. Fue como un gran campo de experimentación y juego. Fue también una etapa que me sirvió de transición de un silencio de escritura que había durado algunos años debido al trabajo de 8 a 5 que me había exprimido el seso, el tiempo, la energía y la imaginación.

Esa época, que habrá sido por ahí entre el 90 y el 94, fue prolífica en muchos sentidos. Escribir cuento me llevó a sentarme a trabajar novelas que andaba en la mente desde hacía rato. Y también pinté mucho.

Pero en algún momento, cuando quise retomar la escritura de cuentos me di cuenta de algo. Primero se manifestó como que escribir cuentos "ya no tenía gracia". Y ya no tenía gracia porque... había encontrado algo así como una fórmula para escribirlos.

Si explicara la fórmula no sería muy entendible. Quizás no era en realidad una fórmula. El proceso era más rítmico y de sonido que de procesos o pasos. Cuando escribía cuento, había comenzado a ponerle palabras a un sonsonete interno, a un ritmo, a una melodía. Ya no me interesaba mucho el contenido, los personajes, el escenario. Me interesaba estrictamente ponerle palabras a una melodía, algo así como llenar una plantilla. Era un proceso automático que me tomó un rato advertir. Pero cuando me di cuenta, paré. Y no volví a escribir cuentos desde entonces. No me parecía motivador ni retador ni satisfactorio ni sorprendente. Dejé de escribir cuentos y pensé que algún día los retomaría. Que quizás necesitaba "un descanso" del género y tener nuevas ideas.


Han pasado años desde entonces. Años en los que he escrito escasos cuentos, quizás 2 o 3. Comencé varios en el 2000, durante mis becas, pero nunca los terminé. Esos cuentos descansan dentro de una carpeta en mi computadora llamada "stand-by". Un stand-by que lleva casi 6 años.

No quiero decir que nunca más voy a escribir cuentos. Uno nunca debe decir nunca. A veces se me ocurre alguna historia, y tomo nota en un mi cuadernito destinado para esas "grandes ideas". Y pienso que quizás me siente a escribir pronto un cuento. Pero no ocurre.

En lo personal, no me gusta imponer ni forzar la escritura. Eso se nota en el resultado final. Al igual que se nota cuando uno escribe sin pasión, de automático. El texto captura y transmite el estado de ánimo del escritor, y si se escribe con tedio, por obligación, con fastidio, eso es lo que captará el lector. Por lo demás, el tiempo me ha enseñado que uno escribe una historia en particular cuando está listo para escribirla (ni antes, ni después).

Recordé todo esto el fin de semana, mientras tomaba notas y examinaba apuntes de cosas que quiero escribir. Y me dije que ya vendrán los cuentos, cuando tengan que venir, si es que van a regresar, porque siempre he pensado también que los textos tienen vida propia, que son como animalitos a los que tenemos que ir llamando y ganando su confianza de poquito a poco para que convivan con nosotros. Cuidado con espantarlos porque si no, puede que no vuelvan.

¿Y el trabajo, la disciplina del escritor? Está ahí, en eso, en ganarse día a día la confianza del texto, de sus personajes, en conocerlos, en saber cómo "amansarlos" y en cómo hacerlos cobrar vida, atraparlos en la jaula de las palabras. Y alimentarlos en esa jaula, hacerlos que engorden, que se pongan bonitos... o que se mueran del empacho. Pero todo eso, es otra historia.


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lunes, marzo 20, 2006

Album de fotos

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Los invito a mi álbum de fotos de Flickr, que también fue reubicado. La nueva dirección es: http://www.flickr.com/photos/jacintaescudos/. También pueden acceder a él mediante el banner de la izquierda, haciendo click en cualquiera de las fotos.


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viernes, marzo 17, 2006

San José, Capital Iberoamericana de la Cultura

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Este año, San José ha sido seleccionada como Capital Iberoamericana de la Cultura. Aunque ha pasado algo desapercibido el significado del mismo, hay expectativas de que este año la actividad cultural en la ciudad sea más agitada que de costumbre.

Una de las primeras actividades en este sentido fue el Papaya Fest, una serie de conciertos de diferentes géneros de música que tuvieron representación de grupos de toda Centro América... o bueno, casi toda, porque fue notable la ausencia de grupos de Guatemala y El Salvador. Hace pocas semanas fue el festival Transitarte.

Y este fin de semana comienza una de las actividades más esperadas por los ticos, el X Festival Internacional de las Artes. Teatro, música, danza, cine, circo, toda una serie de espectáculos que involucrarán la participación de unos 850 artistas nacionales y extranjeros. En la página del festival puede descargarse la programación de las actividades de los 10 días que durará el mismo.


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viernes, marzo 10, 2006

Poema en forma de pájaro

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poemaenformadepajaro.jpg


Homenaje a Jorge Eduardo Eielson, peruano (1924-2006).

(Quien desee ser parte de este homenaje, a raíz de la muerte del poeta Eielson, puede reproducir este poema en su blog y enviar una notificación a poesiaenformadepajaro@gmail.com).


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domingo, marzo 05, 2006

Norman Mailer, Legión de Honor

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Norman Mailer, Legión de Honor: ha pasado algo desapercibida la noticia de que el escritor Norman Mailer ha recibido la más alta distinción francesa el pasado viernes, la Legión de Honor. La nota en inglés aquí.




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Moleskine vuelve

Moleskine vuelve: clap, clap, clap: Celebro con gusto la decisión del escritor peruano Iván Thays de retomar su excelente blog literario Moleskine. Los motivos del cierre y del cambio de decisión se explican acá: http://notasmoleskine.blogspot.com/2006/03/vuelve-moleskine.html