lunes, agosto 18, 2008

¿Dónde están los editores salvadoreños?

En los últimos días de julio, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Guatemala (FILGUA), cuatro escritores salvadoreños presentamos tres novelas y un libro de cuentos.

Rafael Menjívar Ochoa presentó Trece, Vanessa Núñez Handal, Los locos mueren de viejos y Jorge Galán El sueño de Mariana (de la cual esta misma revista presentó un generoso avance hace un par de semanas). Todas fueron publicadas en la guatemalteca F&G editores, uno de los sellos más consolidados de la región y que comienza a proyectarse internacionalmente.


Yo presenté mi libro de cuentos El Diablo sabe mi nombre, publicado en Costa Rica por Uruk Editores, un pequeño sello independiente que ha firmado un visionario acuerdo con Fondo de Cultura Económica para utilizar su estructura y poder distribuir sus ediciones en toda la región.

A esta lista de salvadoreños publicando fuera del país podemos agregar a Horacio Castellanos Moya, Claudia Hernández (quien ha publicado en Guatemala también) y Róger Lindo quien publicó su excelente primera novela El perro en la niebla, en una editorial de España.

Esta lista creciente de salvadoreños que publicamos en el exterior, si bien es motivo de celebración, debe servir también como un espacio de reflexión. Porque lo cierto es que detrás de esto hay una verdad contundente: si no publicáramos nuestros libros fuera del país, ya no publicaríamos nada. ¿Por qué? Pues porque en El Salvador, simple y sencillamente, no hay espacios de publicación.

Desde hace demasiados años el sector editorial salvadoreño está tan deprimido, que muchos de los escritores nacionales han optado por la auto publicación como único recurso para dar a conocer su trabajo.




Una de las editoriales que casi a marcha forzada publica algunos pocos títulos al año es la Dirección de Publicaciones e Impresos de Concultura, la cual se ha enfocado en autores noveles a través de la serie “Nueva palabra”, pero que ha descuidado la continuidad de otras de sus colecciones importantes, como “Ficciones” o la colección de poesía.

Clásicos Roxil, hasta donde sé, continúa con su línea de libros de texto y quizás algún que otro título nuevo del cual a duras penas nos damos cuenta. Y creo que ahí se para de contar en cuanto a publicaciones de ficción de autores nacionales.


Desafortunadamente siempre que se toca el tema, los editores o los involucrados en esta área se ponen a la defensiva y para justificar la escasa producción editorial recurren al trillado pretexto de que “en El Salvador no se lee”. A este problema se agregan la falta de distribución y de difusión de la obra nacional.

Por desgracia da la impresión de que hay una actitud de cruzar los brazos y de no empeñar ni el mínimo esfuerzo para dar a conocer el libro salvadoreño, dentro ni mucho menos fuera del país, como si eso no valiera la pena hacerse. Y daré dos ejemplos.

En la Feria Internacional del Libro de Costa Rica, celebrada a fines de junio de este año, se instaló un pabellón centroamericano, para resaltar las publicaciones de cada uno de nuestros países. Pero la Cámara Salvadoreña del Libro hizo algo que me resulta enigmático: llevó libros solamente en exhibición. Peor aún, varios de los libros no fueron facilitados por las editoriales sino que pertenecían a bibliotecas personales de dos o tres personas que generosamente los prestaron.

En la FILGUA (que se está proyectando como la feria del libro más importante de Centro América), no hubo representación de ninguna editorial salvadoreña, a excepción de UCA Editores. La Cámara Salvadoreña del Libro brilló por su ausencia.

Que se desaprovechen vitrinas de gran público como las ferias del libro o que no se publique literatura en El Salvador, me parece el reflejo de una falta de visión de las instituciones salvadoreñas, incluida la empresa privada. Si bien publicar libros no es una actividad tan lucrativa como lo es vender pollo frito o hamburguesas, invertir en la cultura de un país consolida un capital humano con valores morales y estéticos que buena falta nos hacen.

Estoy segura de que en El Salvador hay suficiente dinero como para fundar una editorial que se dedicara a publicar, de manera consistente, novelas, cuentos, poesía y toda la abundante cantidad de literatura salvadoreña que se produce actualmente. Si lo han logrado otros países de la región, ¿por qué no nosotros?

Supongo que la Cámara Salvadoreña del Libro podrá emitir explicaciones para justificar su ausencia y/o asistencia a ferias del libro para sólo exhibir libros prestados; los escasos editores que subsisten tendrán también su lista de motivos por los cuales tienen cerrada la publicación de autores salvadoreños.

No puedo evitar pensar que el problema de fondo es que falta interés por parte del gran capital y del Estado mismo. Y sobre todo falta respeto, valoración y aprecio por la obra de nuestros autores contemporáneos.

Pongo mis manos al fuego por esto que voy a decir: El Salvador se da el lujo de tener un grupo de autores que escribe, no sólo con constancia, sino con un nivel de calidad indiscutible. Lo hacemos contra viento y marea, sin estímulo alguno y sobre todo, porque la literatura es nuestra vocación personal.


Es lamentable que el lector salvadoreño no tenga acceso a la obra de sus escritores, porque éstos se ven obligados a publicar fuera del país y porque los que aún se llaman “editores”, prefieren optar por lo fácil y lo seguro, que son los textos escolares, sin apostarle a la literatura nacional.

Nuestros editores prefieren promover, de manera indirecta, la fuga de nuestros cerebros literarios al no publicarlos. Y lo lamento en particular por los nuevos escritores que, ansiosos e ilusionados, con sus libros bajo el brazo, tendrán un camino más que difícil para dar a conocer su obra.

Que no le quede duda a nadie: los escritores nacionales estamos haciendo nuestro trabajo, que es escribir. Y lo estamos haciendo muy bien. Pero ¿los editores están haciendo el suyo? ¿Dónde están los editores salvadoreños?



(Publicado ayer en "Séptimo Sentido" de La Prensa Gráfica, columna "Gabinete Caligari").

viernes, agosto 15, 2008

Recomendaciones

-Carátula No. 24 en la red: cuentos del guatemalteco Eduardo Halfon, un capítulo de la novela del nicaragüense Ramiro Lacayo entre otras cosas más.



-Una nueva revista digital, Genérica, Instintos del Arte. Se descarga en pdf en la parte inferior.



-Se anuncia el Blog Action Day 2008 para el 15 de octubre. El tema de este año: "la pobreza".



-Escudos hasta en la sopa:

Un comentario de Lilian Fernández Hall sobre la FILGUA (que incluye una de las mejores fotos que me han tomado en la vida), en Letralia.



También de Lilian Fernández, una extensa reseña sobre El Diablo sabe mi nombre en la revista Almiar.



Entrevista en C.A. 21 hecha por Vanessa Núñez Handal.



Allí mismo, una reseña sobre El Diablo sabe mi nombre de Manuel Bermúdez, publicada originalmente en el periódico El Semanario de la Universidad de Costa Rica.





-Y solo porque sí:: "Romeo and Juliet" de Dire Straits.





jueves, agosto 14, 2008

Los cristales soñadores de Theodore Sturgeon

cristalesonadores.jpgPocos días antes de salir para Guatemala me di una vuelta por un par de librerías para mandarle unos libros de regalo a un amigo que vive en El Salvador. En esa búsqueda me topé con la sorpresa de que una librería había sacado varios libros de la editorial Minotauro a precios de remate. Entre las joyas que encontré estaba Los cristales soñadores de Theodore Sturgeon.

Luego de consultar con mi amigo para saber si le interesaba, si lo conocía o si ya lo tenía, volví a la librería para comprarle su respectivo ejemplar y me entretuve más tiempo viendo bien todos los títulos, por si hallaba algo más. Y vaya que lo encontré. Por fin, después de años de búsqueda, pude encontrar Solaris de Stanislaw Lem, uno de esos grandes clásicos que uno DEBE leer y que no había tenido el chance.


Mi dicha sería completa si se apareciera en mi camino La guerra de las salamandras de Karel Capek, el escritor que por primera vez utilizó el término “robot” en una de sus novelas. El término, sugerido por su hermano para una de sus obras teatrales, se supone viene del checo “rabota” que significa “trabajo”.

Ahora todo es que tengamos tiempo para leer, leer, leer...




Cuando compré mi copia de Los cristales soñadores tuve que ir después al banco precisamente a comprar unos dólares para el viaje. Así es que ahí mismo la comencé a leer y me pegué una enganchada que no pude soltar el libro hasta casi llegar a la mitad en el mismo día. Me lo llevé a Guate, aunque allá leí poco y lo terminé de leer en los dos días siguientes de mi viaje. Pero si mis circunstancias hubieran sido otras, estoy segura que lo hubiera leído en dos sentadas, porque así de fascinante resulta.

Theodore Sturgeon fue un autor estadounidense de ciencia ficción. Llegó a escribir guiones para la famosa serie Star Trek. Su nombre quizás no es tan conocido como el de otros autores del género. Pero no por ello es “un autor menor” ni mucho menos despreciado. Si hay alguien que habla muy bien de él es Ray Bradbury. Y Kurt Vonnegut Jr. admite que Sturgeon es una de sus influencias.


Pese a que la ciencia ficción fue el fuerte de este autor, se me hace difícil pensar en Los cristales soñadores como perteneciente al género. Pero luego, también hay que admitir que géneros como la literatura fantástica o la ciencia ficción se han estirado a tal punto que no pueden limitarse a características definidas. En fin, no soy una que se detenga en las clasificaciones.

Ésta es la primera novela de Sturgeon, publicada en 1950. Cuenta la historia del huérfano Horton, quien desde pequeño está inexplicablemente ligado a un muñeco llamado Junky, que tiene como ojos dos cristales. Horty (como se conoce a Horton), huye de la casa de sus padres adoptivos y termina viviendo con un grupo de “freaks” o fenómenos de feria. La feria está dirigida por Pierre Monetre, conocido como El Caníbal. El capítulo 5 del libro, y que es el que cuenta la historia de este personaje, es de las mejores cosas que he leído en años.

No cuento más porque luego me acusan de contar toda la historia y estropearles la lectura (o la película, dado el caso). Pero bueno, ésta es una novela que vale la pena leerse y cuya lectura he disfrutado muchísimo. Le encantará a todo aquel que ande en la onda de la fantasía y la ciencia ficción.

martes, agosto 12, 2008

Shine a Light: the Rolling Stones vistos por Martin Scorsese

SY140.jpgA Martin Scorsese se le ocurrió un día filmar un concierto de los Rolling Stones. Los rockeros estuvieron de acuerdo. Ahí comenzó todo: llamadas telefónicas a través del mundo donde Scorsese y Mick Jagger discuten por el escenario, por las cámaras pero sobre todo, por la lista de las canciones que van a tocar. A Scorsese le urge tener esa lista para poder planificar cómo van a moverse las cámaras. Hay tres listas de las canciones a cantarse: las probables, las que no quieren cantar, la segunda o tercera opción. Scorsese desespera. Se quita y se pone los anteojos totalmente nervioso. A Jagger no le gusta el escenario. Scorsese insiste en la lista de canciones. Jagger en un avión hace listas y listas.

Scorsese, con la meticulosidad del perfeccionista, quiere poder planificar cada detalle. Los Rolling, bueno, actúan más de acuerdo a cómo se sienten el mero día de los hechos.

Finalmente, ya puestos todos en el Beacon Theater de Nueva York, organizado el concierto para la Fundación Clinton, los Rolling Stones saludan al viejo Bill, a la casi presidenciable Hillary y a 30 invitados de los Clinton, antes de que llegue el momento de la música.

Bill Clinton los presenta. Entre bambalinas, Martin Scorsese todavía no tiene la lista de las canciones del concierto. Al fin se apagan las luces, una voz anuncia a los Rolling Stones y en ese preciso instante, le pasan la lista de canciones a Martin. ¿Por qué era tan importante? Porque si comenzaban con una canción cuya intro son guitarras, las cámaras tendrían que enfocar a Keith Richards y Ronnie Wood, pero si era alguna otra que comenzara, por ejemplo, con un solo de piano, habría que enfocar a Mick Jagger.

Pero en efecto, empiezan duro, muy duro, con “Jumping Jack Flash”.




Shine a Light es la filmación de este realmente estupendo concierto de los Stones. Porque hay que admitirlo: yo soy fan de los Stones, pero he visto algunos conciertos donde de pronto como que hay versiones que decepcionan o que no se cantan con tanta potencia o tiene altibajos. En este caso, Scorsese estuvo de muchísima suerte y logró atrapar no solamente un gran concierto sino la potencia y la inspiración que todavía mueve a estos reyes del rock.

Keith Richards toca con toda inspiración su guitarra. Ronnie Wood hace lo suyo. El siempre serio Charlie Watts, desde la retaguardia de la batería, no ha perdido su ímpetu. Y Mick Jagger se mueve serpentino sobre el escenario y canta con la voz intacta.

Hay invitados. Buddy Guy acompaña al grupo para cantar “Champagne and Reefer” (“Champaña y marihuana”), Jack White de The White Stripes alterna con Jagger en “Loving Cup” y Christina Aguilera aparece para una versión de “Live with Me”.

En lo personal, me encantaron las versiones de “Tumbling Dice” y “As Tears Go By”, por cierto, dos de mis canciones favoritas de ellos.

El material incluye algunos cortos de entrevistas a través del tiempo y de la historia del grupo. Es curioso cómo una de las preguntas más frecuentes que quizás se les han hecho es ¿por cuánto tiempo seguirán haciéndolo (es decir, cantando y de gira)? Ellos contestan que siempre. Alguien les pregunta al jovencísimo Jagger ¿se miran haciendo esto cuando tengan 60 años? Sí, contesta Jagger, sin duda alguna.

Y aquí están, sus reales majestades del rock, para quienes la música es una forma de vida y no un asunto de edad. Como debe de ser.



El DVD incluye material de los preparativos del concierto y 4 o 5 canciones que no fueron incluidas en el corte final.


¿Y cuál es el próximo proyecto musical de Scorsese? Un documental biográfico sobre George Harrison. Pero para eso tendremos que esperar hasta el 2010.

lunes, agosto 11, 2008

El blog de George Orwell

orwelldiaries.jpg





Si, leyó bien. George Orwell, el escritor inglés autor de 1984 y Granja de animales, inició un blog el pasado sábado 9 de agosto. ¿Cómo es eso posible?

The Orwell Prize en asociación con The Orwell Trust decidieron publicar las entradas de los diarios de George Orwell en forma de blog, haciéndolo coincidir con las fechas reales de su escritura. Esto como una celebración de los 70 años del inicio de la escritura de los mismos. Dichos diarios comienzan el 9 de agosto de 1938 (de ahí que el proyecto iniciara el pasado sábado).


Los diarios tienen muchas anotaciones de su vida doméstica pero también muchas apreciaciones políticas y del oficio literario, que de seguro servirán para conocer mejor al autor. Las entradas se extenderán hasta el 2012 (los diarios de Orwell se extendieron hasta 1942).

Lo novedoso del asunto no es solamente que se haya decidido hacer esto en forma de blog, sino que los diarios se habían mantenido inéditos hasta ahora.

El blog está en inglés, pero si tiene a alguien cercano que hable el idioma y le pueda traducir a grosso modo las entradas, creo que valdrá la pena. La entrada del pasado sábado se refiere a una culebra que encontró en su jardín, y de cómo el perro de los Orwell, llamado Marx, se asustó al verla.

En lo personal, me parece genial dar a conocer los diarios de Orwell por fin de esta manera. Un uso muy acertado de la tecnología y además, con la sensación para los lectores de "escritura en tiempo real".

Será un auténtico lujo leer algo nuevo de Orwell cada día.

viernes, agosto 08, 2008

Para leer y escuchar

-"De cuando la literatura era peligrosa" de Horacio Castellanos Moya en Babelia.



-"El futuro no es nuestro: narradores de Latinoamérica nacidos entre 1970 y 1980", en Pie de Página. Selección de Diego Trelles Paz.



-Una cancioncita para conjurar el pasado: "Hurdy Gurdy Man" de Donovan.







-Una cancioncita para conjurar los amores imposibles: "Love is a losing game" de Amy Winehouse (con dedicatoria especial para JL).





jueves, agosto 07, 2008

Paprika

paprika.jpgLos amigos del animé estarán de fiesta este mes de agosto pues Cinemax estará presentando, cada miércoles, una película de este género tan popular.

La primera, presentada anoche, fue Paprika de Satoshi Kon. Kon es el escritor y director de otros populares animés como Tokyo Godfather’s y el primer segmento de Memorîzu, que hemos comentado por aquí antes.


Paprika es una historia “simple” con una representación tremendamente compleja: el DC Mini, una máquina en fase experimental que permitiría a terapeutas entrar en los sueños de sus pacientes para ayudarles a sanar patologías psiquiátricas, ha sido robado. El ladrón está interviniendo en los sueños de los científicos, pero también en los de otros, incluso en los sueños colectivos. No sólo hay que descubrir al ladrón, sino por supuesto, detenerlo.

Me parece que éste es el animé más complejo que yo haya visto y confieso que hubo momentos en que me perdí, pero creo que ésa es un poco la intención del director. Donde el espectador se pierde es en saber cuál es la realidad y cuál el mundo de los sueños, qué es lo que se sueña en lucidez y qué en el dormir, cuáles son nuestros íntimos sueños individuales y su simbología personal que solamente nosotros podemos comprender, y cuáles son los sueños de la colectividad (sea del grupo familiar, de los amigos, de los colegas, de los habitantes de la ciudad).




Sin duda, Paprika destaca por su abundante y excelsa representación visual. Si en otros animés el cuidado del detalle es lo que destaca, acá es la abundancia de figuras, sobre todo en los segmentos en que hay algo así como un desfile de personajes soñados, donde pueden verse todo tipo de figuras, muchas de ellas conocidas como representativas de la cultura japonesa: maneki nekus, ranas, muñecas, robots desfilan con frecuencia junto a los personajes que, en el mundo onírico, buscan resolver quién ha robado el DC Mini.

Sin embargo, me parece que lo mejor de la película es ese ir y venir entre la realidad y el sueño y el no poder saber, en casi toda la película, cuándo se estaba “en lo real”. Muchas veces, ni los personajes mismos lo saben. Así mismo, los desdoblamientos y las verdaderas naturalezas personales, que parecen ser las que ocurren allá, al otro lado de la realidad, nos recuerdan todos los pliegues que cada quien guarda y tiene, y que quizás apenas deja salir en el mundo no real.

Paprika plantea la importancia que tiene “el otro mundo”, es decir, aquel que ocurre en nuestro subconsciente, en nuestras noches, ese mundo donde nos desdoblamos, somos y no somos nosotros, un mundo que debe tomarse con tanta seriedad y considerarlo tan real, como éste en el que creemos estár lúcidos y despiertos. El obrar a nivel conciente en ese mundo de sueños hace referencia sin duda también a los viajes astrales y por lo tanto, la insinuación de un contenido esotérico de la experiencia del sueño no puede excluirse de este animé.


Pregúnteselo: ¿está usted realmente despierto? ¿O es este momento el sueño de usted mismo?





Las siguientes películas a presentarse serán:

Miércoles 13: Appleseed

Miércoles 20: Metrópolis (¡altamente recomendable!)

Miércoles 27: Tekkonkinkreet


Busque su programación local para los horarios. En Centro América correrán en el horario estelar de las 9 p.m. en Cinemax.

martes, agosto 05, 2008

Confesiones de una insomne crónica

Siempre he dicho, medio en broma y medio en serio, que yo nací con insomnio. No es una exageración. Muchos de mis primeros recuerdos son mi cuarto infantil, en la oscuridad, de noche, el silencio de una casa donde todos duermen, la angustia de saber que están pasando las horas, y que ese silencio crece y es interrumpido sólo por el incesante cantar de los grillos. Es casi inexplicable la sensación de melancolía que me producía escuchar un carro pasando en la carretera y cuyos faroles hacían crecer sombras de luz en mi cuarto, sombras que se tornaban gigantescas a medida que el carro se acercaba a mi ventana que daba a la calle, y que disminuían, junto con el ruido del motor que se alejaba, dejándome otra vez en la oscuridad y en mis angustias.

Mi madre me enviaba a la cama a las 8 porque, viviendo en Los Planes de Renderos, debía levantarme a las 5 y media de la mañana para poder estar en el colegio a las 7, aunque las clases comenzaran a las 7 y media. En casa, eso de la puntualidad se tomaba con tal severidad que no tuve más remedio que asimilarla y convertirla en un vicio que mantengo hasta el día de hoy. Por eso de mí se dirá cualquier cosa, menos que soy impuntual.

Mientras yo estaba en mi cama intentando sin éxito alguno dormir, escuchaba los programas de televisión que mis padres miraban en la sala. Mi padre se acostaba antes y mi madre se quedaba despierta, muchas veces hasta las 10 u 11 de la noche. Entonces ella apagaba la luz de la sala y se acostaba, y la casa toda se llenaba de oscuridad y silencio.




Quizás por eso tampoco me gustó la oscuridad que se convirtió en uno de mis grandes terrores infantiles. Mi terror era superlativo. Entrar a un cuarto oscuro me causaba taquicardia y un vacío en el pecho. No me gustaba sentarme al borde de la cama y que mis piernas quedaran colgando a merced de ese espacio oscuro entre la cama y el suelo. Imaginaba que allí, justo debajo de mi cama, había una puerta invisible desde la cual el diablo mismo podía salir a jalarme por los pies o por lo menos asustarme tocándome con una mano peluda.

Con los años y con mucha dificultad, fui superando el horror a la oscuridad, pero jamás el insomnio, que fue mi secreto infantil mejor guardado y que se ha convertido en un compañero fiel de toda mi vida, algo con lo que he aprendido a convivir. Cada tanto reaparece y cada crisis es diferente.


De hecho nunca duermo bien y tengo hábitos de sueño fuera de lo común. Por lo general me acuesto a las 10, paso media hora o más pensando tonteras antes de dormir. Duermo 30 minutos, despierto y vuelvo a dormir. En el transcurso de la noche me despierto por lo menos dos o tres veces. Y en dependencia del lugar donde viva, depende la hora de mi despertar. Cuando vivía en Managua, por ejemplo, era imposible dormir después de las 6 de la mañana, porque a esa hora ya hacía calor.

¿Poner la cabeza sobre la almohada y quedar dormida de inmediato? Ignoro lo que es eso. ¿Dormir ocho horas corridas? Casi nunca me pasa, y cuando ocurre, me asusto y pienso que algo anda mal. Cuando llego a un lugar nuevo, esa primera noche no puedo dormir porque no conozco el lugar, los ruidos ni me acomodo a la cama desconocida. No puedo dormir en un cuarto completamente oscuro, siempre tiene que haber algo de luz reflejada del exterior.

Cualquier cosa, por minúscula que sea, me despierta de inmediato. Me puede despertar, por ejemplo, el olor de una cucaracha en el cuarto. Sí, el simple olor. O que se vaya la luz en la noche mientras duermo (cesan ciertos sonidos como la refrigeradora y ese cambio del sonido al silencio, me despierta). Tengo lo que se llama “un oído de tísico” pero también soy “la princesa del guisante”. Si la cama no está bien, no puedo dormir.

Mi peor crisis de insomnio duró seis meses y fue en 1987. Dormía un promedio de 3 a 4 horas, en una buena noche 5, cada 48 horas. Es decir, pasaba una noche en blanco, a la noche siguiente dormía un poco, y así.

Desde hace casi dos meses tengo otra crisis de insomnio. Aunque la verdad es que desde que vivo en Costa Rica, hace tres años y medio, duermo pésimo. Vivo junto a una calle conocida como “la Calle de la Amargura”, llena de cantinas que ponen música a todo volumen y que no terminan la parranda hasta las 2 de la mañana. Entonces los borrachos salen de los bares, suenan las alarmas de los carros, rugen motos, hay gritos, peleas, a veces hasta tiros. Pensar en dormir bien antes de las 3 de la mañana es una quimera. Además, tengo una cama de preso. Es decir, una cama tan angosta que no puedo ni dar una vuelta. Y yo me muevo mucho toda la noche al punto que no es raro que me caiga de la cama. Por eso siempre compro camas anchas, la más grande que pueda encontrar.

He probado todo tipo de yerbas y remedios para el sueño. He contado ovejitas y he repetido mantras hindúes que se supone garantizan el sueño. Nada ha funcionado. Y me niego a tomar pastillas, porque no creo en la medicina alopática.

Escribo esto al filo de una medianoche más en que el sueño es un animal al que acecho con paciencia desde la cueva de mi insomnio. Mientras espero, invento y me cuento a mí misma historias igual que hacía cuando niña, para distraerme. Quizás eso contribuyó para que fuera escritora, porque nunca duermo realmente bien y porque la noche exalta hasta la lucidez y el delirio la mente del insomne.



(Publicado ayer en Séptimo Sentido, La Prensa Gráfica de El Salvador. Por cierto, ya puede verse la revista en formato e-paper o pdf, algo que recomiendo, pues la diagramación de la revista es de primera).

lunes, agosto 04, 2008

El Diablo sabe mi nombre en Guatemala

present.jpg



Un libro escrito por una salvadoreña, publicado en Costa Rica, presentado en Guatemala por un escritor nicaragüense, ¿habría algo más centroamericano que eso? Fue la acertada reflexión que hizo Raúl Figueroa Sarti, presidendete de Filgua, en las palabras de inauguración formal del Encuentro de Escritores el pasado 28 de julio, minutos antes de la presentación de El Diablo sabe mi nombre.

Sergio Ramírez retomó un poco esa idea de Figueroa, señalando mis años de vivir en Nicaragua y que ya casi sólo me hacía falta irme a vivir a Guatemala también (algo que, lo dije en voz alta, no había que descartar...). Sergio hizo varios comentarios sobre el libro y algunos cuentos en particular.

En realidad lo que habíamos organizado inicialmente para después del comentario de Sergio, era un conversatorio con Javier Payeras y José Luis Perdomo (quien desafortunadamente, por motivos de fuerza mayor, no pudo asistir). Pero Payeras, escritor guatemalteco, optó por comentar también sobre cada uno de los cuentos.

El súbito e inesperado cambio de planes me dejó sin idea de qué decir y supongo que me vi más bien torpe y balbuceante, para lo cual se me ocurrió que, dado que todavía teníamos tiempo, podría leer un par de cuentos, cosa que hice. “El placer” y “Yo, cocodrilo” fueron los seleccionados.


Luego, vinillos de honor y firma de libros en el stand de Fondo de Cultura Económica, quien distribuirá los libros en Guatemala (para los guatemaltecos que lo busquen, podrán encontrar El Diablo sabe mi nombre en cualquier librería donde se distribuye FCE). Hablando con el representante de FCE en Guatemala, él viaja para El Salvador en la segunda quincena de agosto para llevar el libro. Estará disponible en La Ceiba y la UCA. La presentación la estamos preparando para fines de noviembre pues la haremos coincidir con otro par de cosas que ya se sabrán en su momento.




No sé por qué he regresado bastante torpe a Costa Rica. Fueron poco menos de 100 horas las que pasé en Guatemala, pero fueron bien fuertes para mí. Siento como que pasó un siglo, como que regresé a un lugar al que no reconozco (¿en realidad lo conozco?). La cabeza la tengo llena de impresiones y pensamientos, pero lo más difícil ha sido sentarme a escribirlas.

El insomnio allá me pegó bien pero bien duro y apenas dormí una o dos horas por noche. Demasiadas emociones supongo. Reencuentros, personas nuevas que conocí, nuevos amigos, amigos antiguos.

Me siento agotada, pero debe tener que ver con la gripe que me dio la semana antes de salir, el insomnio acumulado de los últimos 3 meses, el exceso de trabajo de los últimos 2 meses y esas 4 noches sin casi dormir en Guate.

¿La Feria del Libro? Bien en lo que cabe. No compré ni un sólo libro. En realidad, aunque me moví por los stands, no vi libros, admito. Uno, porque recién hubo la Feria del Libro acá en Costa Rica. Dos, porque no tenía dinero y andar viendo libros sin poderlos comprar me parece masoquista. Tres, porque cuando veo demasiados libros en un mismo lugar me causa angustia y luego empacho. Cuatro, porque tengo un cerro de libros pendientes por leer y estoy tratando de contenerme de acumular más. Pero hablaré más de la Filgua esta semana.



Guatemala es un lugar al que siempre he querido muchísimo. Por varios motivos. Guatemala es, por ejemplo, un lugar muy significativo para mi carrera de escritora. Fue donde gané mi premio más importante, donde tengo publicados un par de libros, uno de ellos en la ya mítica Editorial X (y qué orgullo me produce siempre haber podido ser parte de ese proyecto). El otro en Alfaguara, un paso sin duda importante para mí.


Pero además, Guatemala alberga amistades a las que quiero con un particular cariño, ése que se conserva intacto a través del tiempo, el espacio y el silencio. Sé también que en Guatemala hay gente que me quiere bien, gente que me quiere mucho y lectores que me han seguido la pista a través de libros, muchos de ellos pirateados, o a través del blog. Muchos se acercaron a decirme lo contentos que estaban de que volviera a publicar después de tanto tiempo.

En fin, para mí ir a Guatemala no es más que un viaje a la reconfirmación de mis afectos, un lugar en el que me siento querida, apreciada y amparada, y eso es mucho decir en un mundo tan árido, violento y seco.

A todas las personas que se acercaron a decirme cosas estimulantes sobre mis libros, a los que me contaron historias personales, a quienes intentaron complacer mis deseos (entre ellos un voraz antojo de mole de plátano que ya no pudo realizarse), a quienes no me encontraron o no quisieron acercarse por algún sentido de la pena o la timidez (no muerdo, lo juro), a todos los que estuvieron ahí nada más que porque gustan de mis libros, a los periodistas que me entrevistaron, a todos ustedes les doy un muy sincero y emocionado GRACIAS.



(En la foto, de izquierda a derecha: Óscar Castillo, editor de Uruk, Sergio Ramírez, yo y Javier Payeras).

jueves, julio 24, 2008

Refutación

En ADN.es, Antonio Córdoba hace una acertada refutación al planteamiento de Babelia de que la ciencia ficción está expirando.

jueves, junio 26, 2008

La noche de la presentación

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La pregunta más frecuente que he respondido en los últimos días ha sido “¿como te sentís?”, esto en referencia a la salida de mi más reciente libro y a su presentación. A todos les di la misma respuesta: que me sentía como una niña pequeña, una niña a la que recién le regalaron un juguete nuevo y lo tiene entre sus manos, shiny and new, y lo mira y lo mira y casi que no quiere jugar con él de tan bonito que está.

También me sentía como si fuera la primera vez de publicar un libro. Con un ánimo y una ilusión absolutamente inocente, y éste último sentimiento me sorprendió porque es el octavo libro publicado, amén de las más de 20 antologías que han recogido alguno de mis textos. Es, por supuesto, una primera vez en varios aspectos: es mi primer libro publicado en Costa Rica y mi primer libro publicado en 5 años. Pero qué bueno también que uno todavía pueda sentir ilusión de publicar un libro.

Como en esos 5 años han pasado muchas cosas que me han tenido voluntaria e involuntariamente alejada del “mundo del espectáculo”, tenía además una expectativa nerviosa rica acerca del día de la presentación, que se dio anoche en la Feria del Libro.

Me llegué algo temprano para ver algo de libros (y prometo para mañana un comentario sobre la feria en sí), pero entonces me encontré con una amiga que tenía ratos de no ver y ya no nos separamos hasta horas después. Cafés, saludos con otros amigos y conocidos, plática previa con los presentadores para organizar un poco la velada, y luego... ¡a los leones!


Óscar Castillo, editor de Uruk, aprovechó la circunstancia para anunciar algo que yo ya sabía, pero que no tenía autorización para decir antes, y que fue por cierto el anzuelo con el que me pescó Uruk: esta editorial se ha propuesto, no sólo abrir sus puertas a publicarle a autores centroamericanos, sino a zanjar uno de los principales problemas y de las más amargas quejas que tenemos siempre del libro en Centro América y es lo referente a la distribución en la misma región.

Uruk ha formalizado un arreglo de distribución de sus libros a través de la red del Fondo de Cultura Económica de México (que ya tiene toda una red de librerías y distribuidores con los que trabaja), e incluirá entre los libros que promueva, los de esta pequeña pero visionaria editorial costarricense. La distribución abarca desde México hasta Colombia, incluyendo por supuesto todos los países de C.A.




Cuando Óscar me hablo inicialmente de su idea y proyecto, me gustó, lo apoyé, lo aplaudí, pero siempre he creído que cuando se da una circunstancia como esta, el apoyo militante es mejor que las palabras. De ahí que me animara a salir de mi silencio de publicaciones, de una época de años en que dudé mucho si volver a publicar o no. Pero me pareció importante apoyar esta iniciativa con una apuesta práctica. Así saqué al “diablito”, como llamo cariñosamente a El Diablo sabe mi nombre, de la gaveta. Y estoy cada día más convencida que esta apuesta valdrá la pena, no sólo para mí, sino para los escritores y lectores de la región.

En esto, Uruk se lanza como una pionera en un campo bastante virgen. Y ojalá pronto más editoriales tomen conciencia de lo necesario que es regionalizar el libro centroamericano.

Después de este anuncio, cuya importancia creo que fue poco captada por los presentes, pasamos propiamente a la presentación de mi libro. Habíamos acordado un conversatorio, preguntas y respuestas sobre los cuentos, con Anacristina Rossi y Manuel Bermúdez.

Como siempre me ocurre en estos eventos, los comentarios de los lectores, cuya opinión realmente no conocí hasta el momento de estar con el micrófono enfrente, me sorprendió por detalles y coincidencias que ellos encuentran en los textos, simbolos, influencias... me fue curioso que ambos coincidieran en que había un dejo cortazariano en los cuentos, pero también de Ray Bradbury y de Reinaldo Arenas (sobre todo de Celestino antes del alba)... ahora que lo pienso, Celestino (que es mi libro favorito de Arenas), lo leí después de haber escrito el libro, pero eso me ha pasado más de una vez, como cuando Cuentos Sucios, que me dijeron tenía una influencia de Quentin Tarantino. Y no vi películas de Tarantino hasta años después de haber escrito esos otros cuentos.


La participación del público fue poca, debido a que el libro recién salió a la venta y muy pocas personas lo han leído. Sin embargo espero que los muy generosos comentarios de quienes estuvieron en la mesa conmigo hayan incitado a la curiosidad de los presentes (unas 40 personas), a leerlo.

No faltó la representación salvadoreña. Mi queridísimo amigo Manlio Argueta, Salvador Vaquerano, Rafael Menjívar Ochoa y Roberto Laínez estuvieron presentes; además se acercaron a saludarme un par de muchachas con padres salvadoreños. Y también conocí a un par de amigos blogueros, con los que hemos intercambiado correos y opiniones a través de nuestros blogs.

Créanme que estoy contenta, y sobre todo muy sorprendida de los comentarios tan positivos del mismo. Porque siempre pasa que alguien te dice “me gustó el libro pero...”, y con éste es la primera vez que eso no ha ocurrido, hasta ahora. Seguramente habrá a quien no le guste, o alguien a quien le escandalice el tratamiento de algunos temas. Pero no me esperaba comentarios tan positivos (como que es "mi mejor libro de cuentos"), de un libro del que siempre tuve algo de dudas, pero que como pasó guardado tantos años, también pasó cualquier ataque febril de correcciones mío.

En fin, si la publicación del libro es como un parto, la presentación del libro es como la presentación del hijo en el templo. Ahí está ya para ustedes mi diablito. Trátenlo bien. Léanlo, explórenlo, conózcanlo. Y lo mejor, cuénteme que les pareció.

En cuanto pase el alboroto de la feria, estaremos organizando las demás presentaciones, la venta en internet, les daré listas de librerías, etc. Paciencia, que en eso estamos.

Y gracias a todos los que hicieron de anoche, una noche muy especial con su presencia y comentarios.

martes, junio 24, 2008

Invitación

La invitación está hecha... ¡los espero!




lunes, junio 23, 2008

De canillitas, periódicos y nostalgias: el cierre de la Revista Dominical

1488810_0.jpgYa mencioné alguna vez que los periódicos fueron buena parte de mi incentivo y mi campo de aprendizaje para la lectura. La Prensa Gráfica era llevada todas las mañanas, infaltable, a eso de las 6 o 6 y media, por un señor muy viejito, flaco y que parecía eterno e incambiable, que durante mis primeros 18 años de vida, siempre llegó y jamás, salvo quizás una o dos veces, dejó de llevar el periódico. Cómo lo logró, me es un misterio.

El viejito iba personalmente hasta San Salvador a buscar el diario a LPG y luego regresaba a Los Planes de Renderos a repartirlo en las casas que ya lo teníamos encargado. Si se atrasaba lo extrañábamos y cuando por fin llegaba le preguntábamos qué había pasado. A veces se atrasaban en La Prensa, otras había derrumbes en la carretera por las lluvias. Pero el señor del periódico parecía invencible y su tarea de repartir el diario lo más pronto posible en nuestras casas parecía una cuestión de honor personal que él se tomaba muy a pecho.

Tenía además la delicadeza de que los sábados o domingos, en que nos levantábamos un poco más tarde, nada más dejaba trabado el periódico en alguno de los colochos de la decoración de hierro del zaguán de la entrada.


Muchas veces era yo la que salía corriendo a recibir el periódico cuando escuchaba el timbre por las mañanas. Jamás hablamos mucho con aquel señor, cuyo nombre ahora se me hace imposible recordar. Y hasta me recorre la cruel sospecha de que, en realidad, quizás nunca supimos su nombre y que era, simplemente, “el viejito del periódico” o “el canillita” (como se llamaba popularmente antes en El Salvador a los vendedores ambulantes de periódicos; la palabra venía de “canilla”, pierna, porque los canillitas, bueno “volaban pierna” para vender los diarios).




Cuando mi padre preguntaba por “el canillita” de la casa me daba algo de risa, porque el término, aunque utilizado para vendedores de cualquier edad, era sobre todo asociado a niños que solían vender los diarios en las esquinas de los semáforos en San Salvador, antes que fuera el caos que es ahora. Hablo de los años 60 y 70. Casi que los únicos vendedores que se miraban eran ésos, los canillitas, repartidos en los semáforos estratégicos de la ciudad y donde el conductor ya tenía su favorito. Los canillitas voceaban los periódicos que vendían y el conductor les hacía una seña, un pitazo y los niños venían corriendo a tu carro. En la acera, por lo general, podía haber otro niño, o algún adulto, con una pila de periódicos que servían para recargar el montón que el canillita llevaba enrollados debajo de su brazo.

Por las mañanas, la venta era de LPG y El Diario de Hoy. Por las tardes eran El Mundo y El Diario Latino. Mi padre tenía alguna obsesión por los periódicos porque compraba los 4 todos los santos días (menos el domingo en que no salían los vespertinos), y nos llenábamos de una cantidad de papel indecible. Claro, el papel era utilizado para muchas cosas en casa: para acomodarles nidos a las gallinas y a las patas ponedoras; para servir de alfombra bajo las estacas de nuestros dos pericos y recoger su cuita y desperdicios de comida; para envolver la fruta que venían de la finca y madurarla, para forrar prácticamente cualquier cosa... también recuerdo que en el colegio nos hacían trabajar mucho con papel maché, para lo cual el periódico era lo mejor. Pero siempre acumulábamos tanto que se lo terminábamos vendiendo a otra viejita, la niña Paula, una señora de Panchimalco que nos vendía “huevos de amor” y que compraba la fruta de nuestra finca para venderla de puerta en puerta.

El anuncio ayer de que se cierra la Revista Dominical de LPG me llevó indiscutiblemente en un intenso viaje por el tiempo, donde el mencionado suplemento tuvo una presencia semanal incuestionable en mi casa.


De mis lecturas de periódico, recuerdo con nostalgia la de los domingos, por la variedad de cosas que traía para leer. Desde los “muñequitos” (o comics), con Dick Tracy, El Fantasma y El Príncipe Valiente, pasando por la propia Revista y el estelar reportaje criminal (un reportaje de una página sobre algún crimen, por lo general no resuelto, ocurrido en los USA o en Gran Bretaña), la lectura del periódico dominical llegó a ser parte de nuestra rutina de familia y el espacio para comentarios.

La Revista Dominical se cierra después de medio siglo de publicación. Si era un buen o mal suplemento, no me corresponde decirlo, sobre todo porque no podría ser objetiva ante un juicio semejante. Para mí, la Revista Dominical era una tradición, una parte de casi toda mi vida, algo que seguí leyendo incluso no estando en el país, porque mi padre nunca dejó de mandarme recortes de la misma a cualquier parte del mundo donde yo anduviera y porque luego, con el advenimiento de internet, se convirtió de nuevo en una de mis costumbres de domingo: café y la Revista Dominical.

También cierra Enfoques, pero (sin despreciar), su presencia no tuvo para mí el impacto que tuvo la Revista Dominical, uno de mis primeros “silabarios” para practicar la entonces recién adquirida habilidad de la lectura. Su mínima sección literaria me hizo soñar con ser escritora y con ver algún día algo mío publicado en dichas páginas (algo que nunca ocurrió, porque con los años, dicha sección fue eliminada).


La Revista Dominical cerró ayer con un repaso de varias de sus portadas, algunas que recuerdo nítidamente, como la que ilustra este post. La recuerdo bien porque traía un collie, una de mis razas favoritas de perro, pero que además fue significativa porque fue la primera portada full color, aparecida el 7 de enero de 1979.

Todo cambia, todo pasa y todo perece. El mundo sigue girando. Se cierra un capítulo de la vida de muchos salvadoreños. El cierre me da una profunda nostalgia. Un detalle pequeño de mi vida que fue, que es, no exagero, un pedazo de mi identidad nacional. Es un poco como perder parte de ese país en el que me crié y que ahora me ofrece un rostro tan diferente, nuevo y extraño. Un rostro tan cambiante con el que a veces, me cuesta identificarme.

A partir de la próxima semana comienza un nuevo proyecto. Y ya en su momento, hablaré también de eso.

jueves, enero 31, 2008

Crónicas marcianas, Ray Bradbury

cronicas_marcianas.jpg¿Qué sería lo primero qué harían los humanos si algún día colonizaran Marte? Botar basura por todas partes, exterminar a los nativos y luego llenar todo de comercios para vender cualquier cosa imaginable. Es decir, hacer lo mismo de siempre y por supuesto, copiar lo que se hace en la Tierra.

Por lo menos ése es el planteamiento que hace Ray Bradbury en su libro Crónicas marcianas, uno de los clásicos de la ciencia ficción y por lo demás un libro con tantos méritos y cualidades que trasciende el género para plantearse sobre todo como una buena pieza de literatura.

El libro está estructurado como un grupo de crónicas o episodios aparentemente inconexos que van narrando, a través de un período de tiempo que va desde enero de 1999 hasta octubre del 2026, desde la llegada de los terrícolas a Marte hasta la casi total extinción de los marcianos y luego, los anhelos por los colonizadores terrícolas por volver a la Tierra luego de observar y saber de ciertas explosiones que parecen haberlo destruido todo...

Son episodios en apariencia sin relación aunque hay referencias a personajes y sucesos anteriores. Podría leerse como un libro de cuentos, y por lo tanto, leer los episodios de manera salteada. Pero en lo personal sentí que el libro podía de hecho leerse como una novela, con una estructura peculiar es cierto, pero que tenía toda la coherencia de una historia de largo aliento.




Aparte de su estructura, me llamó mucho la atención el lenguaje usado por Bradbury. Por momentos resulta de mucha poesía, con imágenes plásticas muy delicadas que no recuerdo haber leído en otro de sus libros. Otro componente que viene a ser de gran equilibrio dentro de la narración es el uso del humor y de la ironía.

Uno de los motivos por los cuales siempre me he negado a pensar en que existen “géneros menores” en la literatura es que, cuando un texto está bien escrito, la historia y su manera de plantearla nos llevan a reflexionar sobre nuestra condición humana y, por lo demás, son libros que pueden leerse en cualquier momento sin perder su vigencia. Las guerras, el racismo, la intolerancia, el consumismo y los graves defectos de la humanidad están presentes a lo largo de las narraciones.

Los marcianos de Bradbury no son verdes ni tienen antenas, como quizás se visualizaran en la iconografía popular de los años 40 y 50 del siglo pasado, período de tiempo durante el cual las Crónicas fueron publicadas de manera individual en diferentes revistas del género. Tampoco hay a lo largo del libro explicaciones de complicadas teorías o explicaciones técnicas.

Como lectora de Bradbury me atrevo a decir que es quizás su mejor libro (aunque Farenheit 451 también me gusta mucho). Pero Crónicas marcianas me parece un libro muy bien logrado desde varios ángulos: el lenguaje, el argumento, el balance entre humor y poesía, la exploración del ser humano.


Por cierto, la edición en español de Minotauro aparte de tener una portada genial (ver ilustración) cuenta con un prólogo de Jorge Luis Borges.

Un libro que sin duda se suma a mi lista de grandes favoritos.

lunes, enero 21, 2008

Voy a dormir: Alfonsina Storni

storni.jpgEs de noche y se anuncia tormenta. Una mujer de 46 años que está hospedada en una pensión de Mar de Plata sufre de dolores terribles. La morfina ya no ayuda más. Debilitada por el dolor, llama a la asistenta del lugar y dicta una carta para su hijo Alejandro, de 26 años: “... Suéñame, que me hace falta. Te escribo tan sólo para que veas que te quiero”.

Ya en la madrugada del 25 de octubre de 1938, la mujer sale de su habitación. La tormenta ha comenzado. Quizás ya había escogido el lugar en días anteriores. Quizás nada más caminó y lo encontró. Los suicidas siempre tienen secretos que se llevan consigo. Lo cierto es que llegó hasta un espigón y desde allí se arrojó al mar.

En las primeras horas de la mañana, unos trabajadores ven flotar un cuerpo en la playa. Lo sacan del agua, lo llevan al hospital y reconocen a la muerta como la poeta Alfonsina Storni.

Tres años antes, en 1935, a Storni le fue detectado un cáncer mamario. Los doctores la operan y pierde el seno derecho. La amputación provoca un profundo trauma en Alfonsina. Se suma en una serie de depresiones y se aísla de sus amistades. Comienza una vida en solitario y su estado de ánimo empeora cuando al cabo de poco tiempo, se da cuenta que el mal se ha extendido y que no hay cura posible. La morfina alivia sus dolores físicos momentáneamente, pero no los del espíritu.

La vida de Alfonsina Storni nunca fue fácil. Los negocios de su padre Alfonso, alguna vez prósperos, se vienen abajo cuando ella es apenas una niña. Ella se ve obligada a trabajar desde los 11 años para ayudar en la economía de la familia. Él sufre fuertes depresiones y muere cuando Alfonsina tiene 14 años.




Alfonsina tuvo que dejar la escuela pero en cuanto puede ingresa a la Escuela Normal para sacar un título de maestra. Debido a la pobreza, trabaja como celadora de la Escuela, pero también se dedica a otros oficios. Los fines de semana viaja a Rosario a cantar en un tabladillo, un género cercano al cabaret. Cuando se enteran en Coronda, el lugar donde estudia, sufre una humillación pública, la primera que habría de sufrir a lo largo de su vida por su forma de vida y por sus ideas.

Pero esa humillación le pesó demasiado. Se encerró en su cuarto durante varias horas y al no responder para ir a comer, entraron en la habitación. Ella no estaba, pero sí una nota que decía: “Después de lo ocurrido, no tengo ánimo para seguir viviendo. Alfonsina”. Los compañeros se asustan y salen a buscarla al Río Paraná, cercano a la Escuela. La encuentran y todo no pasa de un susto, pero seguramente la semilla del suicidio quedó metida en su cabeza desde entonces.

Ya graduada se trasladará a Rosario donde conocerá a Carlos Arguimbau, un hombre casado, 24 años mayor que ella, figura prominente de la ciudad y muy culto, que cautivaría a Alfonsina. Al saberse embarazada de él, ella decide viajar a Buenos Aires y asumir su condición de madre soltera.

Es 1912. Tiene poco dinero, está sola, y carga una maleta que más que ropa, está llena de sus versos y de libros de Rubén Darío. Se hospeda en una humilde pensión y ejecuta diversos trabajos para subsistir y mantener a su hijo que nace en abril. Trabaja como cajera en una farmacia y luego en un almacén. También hace labores de modista. Más adelante trabaja en una empresa importadora de aceite de oliva, en un cargo llamado “corresponsal psicológico” y que equivaldría a lo que hoy conocemos como marketing y publicidad. Aborrece su trabajo, pero lo necesita para sobrevivir. En los momentos en que puede, en esa misma oficina escribe un libro de versos llamado La inquietud del rosal, un libro que ella considera pésimo, pero que “escribí para no morir”.

El mencionado poemario es publicado y recibe críticas tibias, pero también causa alboroto. No era común para la época que una mujer hablara abiertamente de sus deseos amorosos, y por otra parte, Storni no ocultaba su condición de madre soltera, de lo cual habla con mucha fuerza en su poema “La Loba”.

A pesar de las polémicas en torno a sus escritos, logra entrar de a poco en el mundo de los escritores de Buenos Aires, hace amistades con varios autores, publica en diferentes revistas. Gana el respeto de algunos y la indiferencia o el recelo de otros, como fue el caso de Leopoldo Lugones. Storni le escribió varias veces a Lugones solicitándole un comentario sobre sus versos. Éste jamás contestó a ninguna de sus cartas. Ambos tendrían siempre una relación calificada de complicada y varios allegados aseguraron que dichas complicaciones se debieron al recelo y al temor de Lugones de tener en Storni a una rival literaria.


Jorge Luis Borges tampoco opinaría bien de Storni. En un artículo titulado “La lírica argentina contemporánea”, publicado en 1921, un jovencísimo y ya talentoso Borges habla con bastante desprecio de la poesía de Alfonsina.

No reaccionaría así el cuentista Horacio Quiroga. Todo lo contrario, Quiroga y Storni tendrían una amistad muy intensa, tanto que se rumoró que hubo una relación sentimental entre ambos. Pero cuando él se marchó a Misiones, en 1925, y le pidió irse con él, ella no accedió.

Ya para entonces, el público que lee los poemas de Storni crece. Se convierte en una poeta reconocida. La gente la detiene en la calle, gustan de sus versos. Trabaja mucho, no solamente en sus diversos libros, artículos y presentaciones, sino también como profesora en diversas escuelas públicas dando clases de artes escénicas, castellano y matemática. Sufre un agotamiento físico y emocional para cuyo restablecimiento le son recomendados reposos anuales, con los que comienza sus visitas a Mar de Plata y Córdoba. Son reposos que duran menos de lo debido, puesto que no puede darse el lujo de descansar un solo día: debe trabajar para mantener a su hijo.

Su poesía evoluciona: desde la obligatoria poesía amorosa que escribían las mujeres de la época y que eran llamadas “poetisas”, para calificarlas como escritoras de rango menor, Storni rompe el molde y se adentra a un estilo más vanguardista y experimental, que trasciende la anécdota personal y trabaja más con las evocaciones sensoriales; así mismo, abandona la rima para cultivar un verso de ritmo personal, más suelto.

El 19 de febrero de 1937, el suicidio de Horacio Quiroga la sacude profundamente. Quiroga había sido diagnosticado con cáncer y se bebió un vaso de cianuro. Casi un año exacto después, el 18 de febrero, se suicida Leopoldo Lugones, también amigo de Quiroga, utilizando un método similar: bebe un vaso de whisky con cianuro. Aunque durante años se rumoró que Lugones se había suicidado por frustraciones políticas, la verdad fue que se había enamorado de una muchacha varios años menor a la que tuvo que abandonar por presiones de su único hijo, Polo Lugones. Pocos meses antes del suicidio de Storni, la hija de Quiroga, Eglé, y por quien Alfonsina sentía un especial cariño, también se suicida.

Cinco días antes de su muerte, Storni había enviado un último poema “Voy a dormir”, escrito en aquel hospedaje de Mar de Plata, al periódico La Nación, un poema a forma de nota de suicidio:



Dientes de flores, cofia de rocío,


manos de hierbas, tú, nodriza fina,

tenme prestas las sábanas terrosas

y el edredón de musgos encardados.

Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame.

Ponme una lámpara a la cabecera,

una constelación, la que te guste:

todas son buenas; bájala un poquito.

Déjame sola: oyes romper los brotes...

te acuna un pie celeste desde arriba


y un pájaro te traza unos compases

para que olvides... Gracias. Ah, un encargo:

si él llama nuevamente por teléfono

le dices que no insista, que he salido...





Archivos Storni:

-Dossier homenaje a Alfonsina Storni en el Centro Virtual Cervantes.


-Entrevista al hijo de Alfonsina Storni.





(Publicado hoy en C.A. 21, parte 8 y final de la serie El Club de los Escritores Suicidas).

viernes, enero 18, 2008

Robo de correo electrónico

Robo de correo electrónico

Hace cosa de un mes recibí un correo de una amiga. En el correo decía que se había ido al África en un programa de ayuda a muchachos con Sida y que se había quedado trabada en Nigeria porque dejó su bolso en un taxi, perdiendo todos sus papeles, dinero, etc. Necesitaba una ayuda de 4 mil dólares para pagar el hotel donde estaba hospedada, reponer su pasaporte, y comer. Que le enviara el dinero vía Money Gram o Western Union.

Como sé que mi amiga B. está casada, tiene dos hijos y vive en España, me parecía extraño que de pronto se fuera al África. Pero el otro detalle raro del correo era que estaba en inglés. B. lo habla, es cierto, pero no nos escribiría a los amigos en inglés... Sin embargo, el mensaje venía firmado con su nombre y apellido.

Pensé que quizás era en realidad un pedido de auxilio de alguna cercana amiga de B. y que B. nos había reenviado el mensaje buscando cómo ayudar a la amiga en África. Pero luego, era extraño que si así fuera, B. no hubiera incluido una explicación o nota personal.

El caso es que, como leí el mensaje de noche, me quedé pensando en eso y concluí que al día siguiente le escribiría a B. para preguntarle de qué iba aquel asunto.

No hubo necesidad de escribirle. Al día siguiente recibí un correo de ella advirtiendo que lo de la mujer en África se trataba nada más y nada menos que alguien había robado su cuenta de correo electrónico (con todo y contraseña) y estaba escribiéndole a toda su lista de direcciones pidiendo plata.




El robo habría sido así: como la dirección era de Yahoo, días antes le habían enviado algún correo supuestamente de la administración de Yahoo, pidiendo la información de la cuenta, contraseña incluida, pues estaban confirmando si las cuentas estaban en uso o no. B., confiada, envió su información. Y cuando quiso accesar a su cuenta, resultó que cambiaron la contraseña y ella ya no podía entrar ni a su propio correo. Luego se dio cuenta del correo de la estafa.

B. se sintió muy mal por su inocencia pero hay que admitir que hoy en día los estafadores se están esmerando para conseguir nuestra información confidencial en internet.

Algo quizás similar me hubiera pasado. Un día recibí un correo de Gmail diciéndome que si no hacía click en el enlace adjunto y reconfirmaba toda mi información, cancelarían mi cuenta de correo en 30 días. Pero el correo venía en portugués... y eso me hizo sospechar, así es que no hice caso. Volví a recibir el mismo otro par de veces y lo envié a la administración de Gmail, reportando el asunto. Por supuesto que Gmail no había enviado dicho correo.

Varios sitios de seguridad electrónica han hecho hincapié últimamente en que cada día será más difícil que se nos contagie un virus que destruya nuestro disco duro o nos haga perder nuestra información, como fue moda durante un tiempo, y que ahora los delincuentes cibernéticos están más empeñados en lograr nuestra información personal, desde claves a cuentas bancarias, números de tarjetas, de seguro social, y hasta nuestra humilde cuenta de correo electrónico para poder estafarnos o realizar estafas a nuestro nombre.

Todos hemos recibido correos en que nos dicen que hemos ganado un premio de lotería electrónica, o que Fulano de Tal nos escribe para pedirnos nuestra ayuda urgentísima para liberar una millonada que tiene trabada en un banco africano o que un desconocido sujeto decidió heredarnos precisamente a nosotros, que ni sabemos quién era, algunos buenos millones de dólares y varios timos por el estilo. También están los correos enviados a nombres de Bancos que dicen que perdieron su archivo de datos y están reconfirmando informaciones. En fin, las estafas electrónicas están a la orden del día.

Comparto la experiencia desagradable de mi amiga para que estén alertas y para que incrementen sus niveles de malicia y desconfianza. Desafortunadamente no todo es sonrisas en internet, o como me dijo alguien una vez “internet es gratis, algún tipo de peaje hay que pagar”. Ese “peaje” son todos esos estafadores y enfermos mentales de diferentes categorías que muchas veces hacen que uno tenga ganas de apagar la red y no volver a ella nunca más.

miércoles, enero 16, 2008

La historia de Oscar, el perro, y Arthur, el gato

oscardogarthur.jpg





Esta historia es verídica y ocurrió los primeros días de este año en la localidad de Wigan, Great Manchester, Inglaterra. En el hogar del matrimonio de Mavis y Robert Bell, vivían en plena armonía un perro y un gato. El perro se llama Oscar, tiene 18 meses y es un Lancashire Heeler. El gato se llamaba Arthur, era blanco, grandote y tenía 17 años. Ambos eran inseparables. Dormían juntos en un cestito. Jamás peleaban. Y el gato hasta le ayudaba al perro a subirse al sofá para hacer sus siestas, puesto que la raza del perro es bastante enana.

El gato un día se murió. Y el matrimonio Bell lo enterró. Oscar por supuesto, acudió al entierro. Y todos se fueron a dormir.


Durante la noche, Oscar se escabulló por la puertecita del gato hacia el jardín. Buscó el lugar donde estaba enterrado Arthur. Comenzó a escarbar hasta encontrar el cuerpo de su amigo. Sacó al gato fuera del hoyo. Tomando en consideración la diferencia de tamaño entre el gato y el perro, es de suponer el esfuerzo físico descomunal que esto le supuso a Oscar. Lo arrastró luego hasta la casa. Lo metió adentro por la puertecita del gato. Lo puso en el cestito donde ambos dormían. Luego, como el gato estaba lleno de tierra y despeinado de toda la maniobra, Oscar se dedicó buena parte de la noche a limpiarlo a lengüetazos.

A la mañana siguiente, cuando el matrimonio Bell se levantó, cuál fue la conmovedora sorpresa al encontrar a Oscar bien dormidito junto a su queridísimo amigo Arthur. Lo que más admiraban los Bell era que el gato estuviera tan pero tan limpio.

Así es que volvieron a enterrar a Arthur en un lugar más “seguro” y le llevaron a Oscar un nuevo gatito al que llaman Limpet. Y Oscar lo cuida y lo sobreprotege, aunque suponemos que el amor por su amigo Arthur pervive en su corazoncito canino.

Cada vez que sé de una historia así, daría mi reino por saber lo que pensaba el perro y qué lo hizo decidir hacer todo lo que hizo. Esto para todos aquellos miserables que insisten en que los animales no tienen sentimientos... guau guau, miau miau.

martes, enero 15, 2008

El Orfanato

orfanato.jpgLaura regresa a lo que fuera su hogar de infancia, un orfanato. Compra el caserón, se instala allí con su esposo Carlos y su pequeño hijo Simón y planea abrir un hogar para cuidar niños con limitaciones físicas. Pero muy pronto comienzan a pasar cosas extrañas y además, Simón insiste en que juega con unos amigos imaginarios...

El Orfanato es el primer largometraje del director Juan Antonio Bayona y viene a ser una refrescante visita al género del misterio y el horror. Lo que me sorprendió en particular es que los elementos con los que crea la tensión en el espectador no son extraordinarios ni novedosos. Rincones oscuros, puertas que se abren con chirridos, maderas que crujen al caminar, música dramática: uno espera en cualquier momento que ocurra algo (que aparezca una mano peluda o un monstruo de facciones aterradoras), pero las más de las veces no pasa nada. Y entonces, cuando tenemos la guardia baja, ya pegaste el primer grito del susto.

El director va construyendo en el espectador una tensión que no da tregua, desde los primeros momentos de la película y realmente uno está a la expectativa de “algo” porque sospecha que en efecto, algo no anda bien, aunque no tenemos la menor idea de qué.

La composición del terror que va armando el director se basa más en lo sugerido y en las piezas que poco a poco se nos van presentando en la historia. Pero no es un terror (como desafortunadamente ocurre en tantas películas actuales), basado en lo escabroso o grotesco. Es algo mucho más fino y construido muy meticulosamente aprovechando todo tipo de elementos (claroscuros, espacios, ruidos, etc.)

Esa tensión es intensa y constante como ya mencioné. Y me ocurrió lo que no recuerdo haber vivido jamás en ninguna película: ¡la gente pegaba unos gritos tremendos! No, yo no grité, pero sí confieso haber pegado mis 3 o 4 brincos en algunas escenas y me pasé con una tensión casi insoportable durante toda la película. ¿Qué más puede uno pedir de una peli de miedo y misterio?


Pero ciertamente la película ofrece mucho más. Hay muy buenos momentos fotográficos. Las escenas de exteriores tiene momentos preciosos. Y también la fotografía (con un constante uso del claroscuro en interiores) es de los elementos que construyen el misterio. Muy buena la escena a nivel fotográfico de cuando Laura va bajando las escaleras a lo que es “la casa de Tomás” (toda la gente del cine en ese momento le gritaba a Laura “¡noooo, no bajés!”).

Belén Rueda está super bien en el papel de Laura. Y luego tenemos un par de sorpresivas presencias, como la de Geraldine Chaplin como una medium que intenta ayudar a Laura y Carlos, y la de Edgar Vivar (conocido y constante cómplice de Chespirito) como parte del equipo de la medium.

Lo único que en lo personal no me gustó fue el final. Me pareció que rompió con toda lo dark y la carga de tensión que llevaba la película desde el comienzo. Pero bueno, puedo comprender la intención del director al hacerlo de esa manera.

No puedo hablar más de esta historia primero para no arruinarles el cuento, pero sobre todo porque El Orfanato es una experiencia que debe vivirse. Si le gusta sentir que se le paran los pelos de la nuca, pegar brincos del miedo y experimentar un salón oscuro lleno de gritones miedosos, no deje de verla. Y lo mejor es que vaya acompañado.

Y ciertamente, quedo a la espera de más películas de este excelente director.

lunes, enero 14, 2008

Os saludo rompiendo la pluma: Emilio Salgari

salgari_emilio.jpgEl 25 de noviembre de 1911, un hombre de 48 años se dirige a un barranco en el Valle di San Martino, cerca de Turín, Italia. El lugar está lleno de buenos recuerdos. Ahí cerca había vivido un tiempo con sus hijos y su amadísima esposa, en la Via Guastella. En aquel lugar, lo recuerda claramente, la familia entera iba a cortar flores. Desayunaban por ahí cerca. Era un pequeño lujo que podían darse, a pesar de la dramática estrechez económica.

Cuando saca el cuchillo, no puede evitar pensar en piratas y sultanes, en tigres y selvas, en barcos y palacios, en lugares exóticos a los que el común de la gente jamás viajará. Ni él tampoco. Piensa en su amada esposa Aída, en sus hijos a los que apenas podrá heredar 150 liras. Confía en que habrá seres bondadosos que cuidarán de ellos.



Cuando cumplió 16 años, el joven Salgari se mudó de su natal Verona a Venecia, para ingresar al Real Instituto Técnico Naval “P. Sarpi”. Su plan era obtener el título de capitán de gran cabotaje pero nunca lo logró. Y es de ahí en adelante donde la vida misma de Salgari se confunde entre la realidad y la fantasía.

En sus memorias, Emilio Salgari asegura haber realizado una serie de viajes por la India, Malasia, Borneo y el Pacífico Sur en los que pasaron toda suerte de sucesos y conoció a las más disímiles personas, quienes se convertirían, más adelante, en el pasto nutricio de sus novelas de aventuras. La verdad aparenta haber sido mucho más sencilla. Se cree que Salgari, quien tenía una fantasía bastante exacerbada, quien era un lector incansable y que para algunos no era más que un mitómano, en realidad no llegó a ser más que un marino que realizara poquísimos viajes como parte de su aprendizaje naval y un viaje como pasajero en un barco mercante que navegó durante tres meses en el mar Adriático.





Sea cual sea la realidad de los hechos, hacia 1883 comenzó a publicar sus relatos y novelas de aventuras, los cuales tuvieron buena aceptación entre el público lector, aunque los críticos lo calificaran como “escritor menor”. Llegó incluso a batirse en duelo con un periodista que despreciaba sus escritos. Al periodista le quedó una cicatriz de por vida en el rostro y Salgari tuvo que cumplir prisión durante un tiempo. De nuevo, esa inexactitud entre la realidad y la fantasía que pueblan sus datos no permite establecer cuánto tiempo estuvo en la cárcel, unas fuentes dicen que fueron 50 días, otras (posiblemente alentadas por Salgari mismo) dicen que fue medio año.

Al salir de la cárcel sigue escribiendo. Logra su primer contrato editorial en Génova, en condiciones desventajosas a nivel económico, lo cual no amilana al escritor. Ante su creciente popularidad, alimenta la certeza de que podrá vivir holgadamente de sus derechos de autor. Se casa con una actriz de teatro, Ida Peruzzi, a la que llamará cariñosamente Aída, en honor al personaje de Verdi. Tienen 4 hijos, se van a vivir a Turín.

Los años siguientes son de mucho trabajo, pero sobre todo, de grandes aprietos económicos debido a malos contratos editoriales. Uno de dichos contratos lo obligaba a entregar tres novelas al año, en exclusiva, y para lo cual recibiría tres mil liras anuales. “El pan, había que ganarse el pan. El editor me lanzó, es verdad, con deslumbradoras cubiertas, pero vendía ejemplar tras ejemplar y yo... yo me atareaba en emborronar cuartillas y cuartillas para ganar lo indispensable para no morir de hambre”, escribiría Salgari al justificar aquellos pésimos acuerdos. Sin embargo, su hijo Nadir Salgari, en el epílogo a las memorias de su padre, advierte que el escritor no aceptaba consejo acerca de aquellos contratos y que además sentía gran desprecio por el dinero.

Salgari escribe días y a veces noches enteras, para cumplir con sus editores. El incansable esfuerzo por llevar una vida digna para él y su familia lo agota moral y físicamente. Rompe con la editorial, firma con otra, se muda con toda su familia a Génova, retorna a Turín. La situación, lejos de mejorar, empeora cada día, pese a que su fama como escritor se consolida y sus novelas se venden fácilmente. Algunos de sus libros alcanzan tirajes de 100,000 ejemplares, cifra extraordinaria para aquella época. Sus novelas se tornan tan populares que surgen un montón de imitadores esperando alcanzar la popularidad de Salgari. Nadie sospecha el verdadero drama que vive el autor.

En 1910 intenta suicidarse. Se apuñala el corazón con un cuchillo. Milagrosamente sobrevive, pero su ánimo y el de su familia están seriamente afectados. Hacia finales de ese mismo año, Aída pierde la razón y no hay más remedio que internarla en el hospital psiquiátrico de Collegno. “He perdido cuanto más tenía de querido, ¡mi Aída! Aquella que todo lo compartió conmigo, aquella que sufrió con mis pesares, mi inspiradora, mi amiga, mi alma... Me siento perder, mi vida declina, ha llegado el fin, ha llegado el fin”, escribe en sus memorias.

Destruido emocionalmente, sin saber cómo enfrentar las circunstancias ni cómo sacar adelante tanto los gastos cotidianos como los de su mujer en el hospital, decide hacer algo que, espera, pueda voltear las circunstancias a favor de los suyos, a pesar de su propia vida.



Emilio Salgari escribió 3 notas antes de su suicidio. La primera dirigida a los directores de los periódicos de Turín:

“Vencido por todo tipo de desgracias, reducido a miseria a pesar del enorme trabajo, con mi mujer loca en el hospital, a la que no puedo pagar sus gastos, me quito la vida. Tengo muchos admiradores en Europa y América. Les pido señores directores, que abran una suscripción para sacar de la miseria a mis cuatro hijos y pagar los gastos de mi mujer mientras esté en el hospital. Debería haber tenido otra situación y suerte, debido a mi nombre. Estoy seguro que ustedes, señores directores, ayudarán a mis desgraciados hijos y a mi mujer. Con las gracias más sentidas, me despido”.



La segunda carta para sus hijos:

“Queridos hijos: Soy un vencido. La locura de vuestra madre me ha partido el corazón y todas mis fuerzas. Yo espero que los millones de mis admiradores, a los que durante años he distraído e instruido, os saldrán al encuentro. Os dejo sólo 150 liras, más un crédito de 600 liras, que recogeréis de la señora Nusshaumar. Os dejo la dirección. Que me entierren como pobre, ya que estoy arruinado. Manteneos buenos y honestos y pensad, en cuanto podáis, en ayudar a vuestra madre. Os besa a todos, con el corazón sangrando, vuestro desgraciado padre”.



La tercera y más brutal, a sus editores, a los que culpa sin sombra de duda de todas sus desgracias:

“A vosotros, que os habéis enriquecido con mi sudor manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semi-miseria o algo peor, pido sólo que, en compensación de las ganancias que os he proporcionado, paguéis los gastos de mi entierro. Os saludo rompiendo la pluma”.



Así, un desesperado Emilio Salgari hunde el cuchillo hasta el fondo de su vientre, intentando simular el rito japonés del harakiri, pero no logrando más que desgarrar sus intestinos y desangrarse hasta morir. En la tarde de aquel mismo día, su cadáver fue encontrado con el rostro vuelto hacia el cielo.

El suicidio se convertiría de esa manera en una presencia permanente en la familia Salgari. Cuando Emilio contaba con apenas 7 años, su padre se había suicidado. Posteriormente, dos de los cuatro hijos del escritor también se suicidarían: Romero en 1931 y Omar en 1963.






(Publicado en C.A. 21, parte 7 de la serie El Club de los Escritores Suicidas).

viernes, enero 11, 2008

Y los demás ¿cuándo?

secuestrados0111a.jpgTenía pensado para hoy escribir sobre otra cosa. Había prometido hablar sobre la nueva novela que estoy escribiendo. Pero me conmovió mucho ayer ver a Clara Rojas abrazando por fin a su madre, esa señora de cabello corto y blanco y de presencia más bien frágil que hemos visto desde hace poco más de 6 años en prácticamente todas las manifestaciones que los colombianos han realizado para la liberación de los 3,200 secuestrados que existen en Colombia.

Doña Clara de Rojas no escatimó esfuerzos ni palabras para hacer todo lo posible por lograr la liberación de su hija, y al mismo tiempo, abogar por la liberación de todos los secuestrados. Su edad, pero sobre todo su salud quebradiza no fueron obstáculo para su activismo. La recuerdo al inicio de todo este calvario caminando con bastón y ahora, con los años, debe caminar con una andadera.

Eso no impidió que ella estuviera ayer en el aeropuerto de Maiquetía en Caracas para recibir a su hija, recién liberada junto a Consuelo González. Se las veía a ambas muy cansadas, un poco confundidas, quizás incrédulas porque al fin pueden estar juntas de nuevo. Clara no dejaba de besarla y abrazarla una y otra vez. Habría que tener un corazón muy duro para no conmoverse ante esa escena. Hasta la periodista de la televisora venezolana que narraba el encuentro y que CNN retransmitía en vivo, se le quebró varias veces la voz.

Trato de imaginar las conversaciones privadas de ambas, lo que hará Clara Rojas al volver a su casa, a su habitación, cómo será ese recomenzar la vida que, seguramente después de lo vivido, jamás volverá a ser igual.




Siento una íntima alegría por la madre de Clara Rojas y también por los familiares y amigos de ambas liberadas. Pero en mi mente se repetía una y otra vez la pregunta “¿e Ingrid?”. Y me repetía la pregunta mientras tenía clavada todavía en la memoria aquel dramático retrato de ella, prueba de vida, sí, pero imagen de una vida que se está extinguiendo, desperdiciando. Aquella imagen de Ingrid me pareció la de una tristísima y solitaria madonna del renacimiento italiano, secuestrada en la inexpugnable selva del odio entre humanos.


La liberación de dos secuestradas es maravilloso, sí. Maravilloso para sus familiares y sus amigos, para Colombia y para todos los que hemos seguido de cerca ese calvario. Es maravilloso porque eso inaugura una esperanza, quizás diminuta, tonta, pero necesaria para continuar el curso de los días, para tener aliento y seguir en la lucha, en las negociaciones, en el esfuerzo por liberar a todos los que falta.

Pero ¿e Ingrid? ¿Y todos los demás secuestrados? Dos liberados está bien. Pero es muy poco. Es un triunfo, pero es muy poco. Es poco cuando sabemos que hay varios secuestrados más desde hace años, AÑOS. Es poco cuando sabemos que son tantos los familiares que sufren cada día la ausencia de los suyos. Es poco cuando sabemos que algunos de esos familiares morirán y nunca volverán a ver a los secuestrados, como ocurrió con el esposo de Consuelo González que murió mientras ella estaba en cautiverio.

Ojalá que los políticos tengan la decencia de no manosear este suceso a su favor, aunque lo dudo. No voy a comentar de los dimes y diretes y vedettismos y ansias de protagonismo que algunos políticos están intentando en medio de todo esto.

Nada más me permito rescatar una frase acertadísima que dijo ayer el vice-presidente de Colombia, también ex-secuestrado: no hay que olvidar a los demás. Y que se haga cierto el clamor de los colombianos, plasmado en las camisetas que llevaban puestas las hijas de Consuelo González: ¡Libertad para todos ya!

jueves, enero 10, 2008

Moan, Trentemøller

El DJ danés Trentemøller le hace un sentido homenaje a nuestra querida Laika en este excelente video.





miércoles, enero 09, 2008

El sueño del cuchillo y el cocodrilo

Hay dos sueños que se me presentan de manera recurrente, por lo menos en cuanto a concepto aunque los detalles varían. En uno de ellos entro a un teatro o a un cine para ver una película y el lugar está reventando de gente, todas las luces de la sala están encendidas y todos esperamos infinitamente por una película que jamás comienza. El otro, que de alguna manera se asemeja, es que llego a un aeropuerto a tomar un avión al que jamás me subo porque siempre hay cinco mil obstáculos o situaciones que lo impiden, aunque la diferencia está en que en el aeropuerto estoy corriendo contra tiempo y eso me causa mucha angustia.

Tuve otro de esos sueños el domingo. Llegué a un lugar donde esperaríamos un bus que nos llevara a la terminal del aeropuerto. El bus se adelantó bastante a la hora normal de salida y algunos pasajeros esperaban a otros. Yo me monté en el bus pero también montaron a un cocodrilo. Éste iba encadenado de las cuatro patas y las fauces, colocado justo detrás del asiento del conductor. Los demás íbamos algo inquietos. Yo pensaba qué se podría hacer en caso de que el cocodrilo se soltara y busqué en mi cartera (un bolsito negro de cuero) encontrando ahí un cuchillo de sierra con mango negro, de los para comer steak. El cuchillo existe en la vida real, es uno que me llevo en cada mudanza por no sé qué fetichismo y tengo añales de tenerlo.




Entonces veo que el cocodrilo se zafa la cadena de la pata posterior derecha pero el conductor sigue manejando tan normal y los pasajeros estamos en realidad bastante calmados. Me preocupa el cuchillo pues no sé por qué lo traje para el viaje y qué puedo hacer con él. Si lo dejo en la cartera, me lo detectarán en la máquina de rayos x y pensarán que quiero hacer un atentado. Si me lo escondo en algún bolsillo de mi abrigo, ídem. Botarlo está totalmente descartado y estoy sola, sin ningún conocido en el aeropuerto como para dárselo y que me lo guarde mientras vuelvo, así es que se me ocurre que en cuanto lleguemos a la terminal, buscaré cómo enviármelo por correo a mí misma.

Cuando llegamos, lo primero que hago es buscar una papelería para comprar un sobre. Veo que en un segundo piso hay varias tiendas e intento subir por unas escaleras eléctricas que están en mal estado (les faltan gradas y están como aplastadas del lado izquierdo). Subir me cuesta mucho pero por fin lo logro y casi que en el primer rincón encuentro una pequeña papelería.

Le pido a la mujer un sobre, me pregunta de qué tamaño. Le digo que debe ser tamaño postal porque al mismo tiempo me voy a mandar una postal a mí misma (no me pregunten por qué). La mujer me saca unos sobres aéreos de un papel bastante delgado. Y al dármelos me pregunta, en un tono de regaño, a qué hora sale mi vuelo. Veo el reloj: faltan 10 para la 1 de la tarde y mi vuelo sale a las 2:30. Ella me apura para que vaya a hacer el chequeo. Le digo que nada más debo hacer un envío urgente y que me voy a eso, que hay tiempo, que no voy a tardar mucho.


Rotulo el sobre pero entonces tengo ganas de ir al baño y comienzo a caminar buscando uno. Paso por un salón donde tienen detenidas a unas 25 personas, gente sin papeles, y ahí hay un baño pero no quiero meterme en ese salón con el cuchillo que ando en la mano. Una mujer policía me pregunta si busco algo, le digo que un baño, me dice que me llevará a uno. Pasamos de nuevo por el salón de los detenidos y me dice “aquí hay uno pero no se lo recomendaría porque estas personas son todas sospechosas”. Sí, le digo con un risa nerviosa, por eso no entré ahí. A todo esto, el cuchillo está de nuevo en la cartera, para no levantar sospechas.

Me enseña uno en un pasillo y me advierte que me apure, que el aeropuerto cierra por las tardes y que debo ir a chequear porque si no perderé el vuelo.

Luego todo se me pone algo confuso, porque de pronto estoy fuera del aeropuerto, en casa de alguien, que ha llevado comida en dos grandes cajas y yo debo comer algo de eso antes de montarme en el bendito avión (que por cierto, no sé qué destino lleva). Abro las cajas, ahora sí muy apurada por el tiempo, y veo grandes ramos de berro, una especie de pastel y otra cosa que no sé qué es y saco mi cuchillo para cortar pedazos de comida... y entonces despierto.

martes, enero 08, 2008

Terminaron las vacaciones...

Qué lástima. Con lo bien que me la estaba pasando: levantarme tarde o mejor dicho, a la hora en que mi cuerpo hubiera terminado de dormir (nunca antes de las 8 y media de la mañana). Desayunar despacio, leer, hacer siestas de una o más horas, darse el lujo de ver una película o documental que comienza muy tarde y que termina a medianoche o incluso después, comer cuando sentía hambre, ir al supermercado y pasearme por los pasillos viendo producto tras producto como si estuviera en un museo, visitar las librerías que estuvieran abiertas y hojear libros y por regla, no ver el reloj más que para estar pendiente del inicio de alguna película interesante.

No hice nada “importante”. Es decir, me olvidé de problemas, trámites pendientes, compromisos, trabajo (del que paga las cuentas). No contesté correos a menos que fueran de los muy amigos.

La semana de Navidad todavía tuve que trabajar un poco, pero fue un trabajo más agradable (“agradable” porque es lo que me gusta hacer, escribir, no porque el tema lo sea). La serie sobre los escritores suicidas se extendió y escribí tres artículos más sobre Hunter S. Thompson, Alfonsina Storni y Emilio Salgari. También tuve que hacer algunas cosas personales que me tuvieron saliendo casi a diario y perdiendo el día en ello. Pero luego, a partir del último fin de semana del año, resolví que me iba a tomar, en efecto, vacaciones. Y dejé de hacer otras cosas que me hubieran supuesto sacrificar un tiempo que necesitaba para hacer simple y sencillamente nada, o por lo menos, lo que me diera la santa gana, a la hora que me diera la gana y de la manera en que me diera la gana. Si quería pasar la mañana entera en pijama o acostada en mi cama leyendo todo un día o nada más haciendo zapping o viendo tonteras por la tele, lo hacía.




También aproveché para trabajar en mi nueva novela (más sobre esto durante la semana). Busqué información, hice anotaciones, escribí un poco (demasiado poco para mi gusto, pero he ido resolviendo bastantes cosas que me tenían trabada). La historia, que comenzó recordando alguna imaginación infantil, se ha ido creciendo e instalándose en mi mente, como un oso adorable que entra en tu casa y se acuesta en tu cama y ya no se quiere ir. Imposible ignorar al oso.

Hicimos largas siestas. Digo “hicimos” porque la Loli, y de vez en cuando hasta Mr. Dickens, me acompañaron gustosos, sobre todo en estos últimos días que ha hecho mucho frío y terrible viento. La Loli, encantada de verme en casa prácticamente el día entero, me “obligaba” a acompañarla. Ella tomaba el sol, echada con una expresión de máxima complacencia mientras yo leía Los pilares de la tierra de Ken Follet, un bestseller interesante pero que no sacudirá los cimientos de mis conceptos literarios. ¿Que cómo me "obliga" la Loli a salir? Fácil: se sienta junto a mí en una pose muy canina, sobre todo cuando estoy trabajando en la computadora, viéndome fijamente y con paciencia de buda; yo la estoy vigilando por el rabillo del ojo y le pregunto qué quiere, le saco agua, comida, pero nada. Me mira, me mira y me sigue viendo, sin retirar la vista, sin parpadear, sin moverse. Como si me estuviera hipnotizando. Si me levanto, ella sale corriendo para afuera y ya sé que significa que quiere que salga con ella. Por lo general, ella me ganaba y me estaba con ella afuera como una hora.


Era maravilloso salir y ver las calles bastante descongestionadas y menos ruidosas. Ya no toparse con esas muchedumbres histéricas en el mall o en el super. Maravilloso que hasta la Calle de la Amargura estuviera en silencio. Pensé además en una muy variada gama de cosas (¡al fin tuve tiempo para pensar!) y seguramente anotaré varias de esas reflexiones por aquí en días próximos. Lo hice, lo disfruté al máximo y no me dio pero ni 3 segundos de mala conciencia o de culpa católica. Me sentí liviana, liberada, con la mente limpia y despejada. Realmente no me daba cuenta de lo agotada que estaba, tanto a nivel físico como mental, hasta que pude darme el lujo de descansar.

Pero ayer la gran mayoría de los que estaban de vacaciones retornaron. Y todo vuelve a su monótona, aburrida, obligatoria rutina. Lástima. Volvemos a las prisas, a los horarios, a las obligaciones, al stress (sobre todo el ajeno, que se contagia como un mal virus), a los trabajos no deseados, a la mala paga, a las angustias económicas, al tráfico y la agresividad sin límites de los automovilistas, al embrutecimiento cotidiano que se queda con lo mejor de nosotros, que posterga nuestros sueños, que los deja en estado de hibernación indefinidamente (y que muchas veces así quedan cuando de pronto, ¡zas!, nos sorprende la muerte...), a esa sensación de que el día no alcanza, que no alcanza el dormir, que la vida no alcanza y que se nos acaba segundo a segundo en cosas que francamente odiamos y nos alejan de nuestro verdadero yo, de nuestra plenitud.

Nada tan valioso como un “break” para valorar el tiempo libre, el ocio, el derecho a la pereza y a no hacer nada (y sobre todo, hacerlo sin culpa). Pero quizás y sobre todo, para valorar el derecho que tendríamos y deberíamos de tener por ser dueños de nuestro propio tiempo, de nuestra vida, y no regalarlo a otros que se hacen ricos a costillas de nuestras frustraciones, de lo mejor de nuestro esfuerzo, nuestra inteligencia, nuestros talentos y nuestra vida entera.

Nada tan valioso como este “break” para reconectarme con la literatura que es la sangre que alimenta mi energía vital.

Necesito una vacación más larga, mucho pero mucho más larga.

lunes, enero 07, 2008

La temporada de juego ha terminado: Hunter S. Thompson<

hst.jpgLa tarde del 20 de febrero del 2005, Anita Thompson está hablando con su esposo por teléfono. Ella se encuentra en el gimnasio y él está en su estudio, en su casa de “Owl Farm”, en Colorado. Él está enfrascado en la escritura de un artículo sobre los atentados del 11 de septiembre pero tiene pendiente la entrega de su columna semanal de ESPN y le pide a Anita que regrese pronto para trabajar en ello.

En algún momento de la conversación, él le pide que espere. Ella se queda en la línea y de pronto escucha un sonido fuerte. Anita piensa que algo se ha caído, pero no logra identificar bien el sonido. Espera en la línea largo rato pero su esposo no vuelve al teléfono.

Ese sonido fue el de un disparo. Hunter S. Thompson se había disparado en la boca con una pistola calibre 45. Su cuerpo estaba sentado frente a su máquina de escribir. En el rodillo había metida una hoja de papel y en su centro estaba escrita una única palabra: “Counselor” (consejero).

En el momento del suicidio, se encontraban en su casa su hijo Juan, su nuera y su nieto. De hecho estaban en el cuarto junto al estudio. Cuando escucharon el ruido del disparo pensaron que se trataba de algún libro que había caído al suelo y continuaron en lo que estaban antes de asomarse a ver si había ocurrido algo.

Horas después, cuando se reportó el incidente y llegó la policía, sus familiares afirmaron estar seguros de que el suicidio había sido algo planeado y no estaban demasiado sorprendidos. Thompson había tenido serios problemas de salud en los meses anteriores. Una cirugía en la espalda y otro procedimiento donde se le había implantado una cadera artificial lo habían dejado extenuado y sobre todo con fuertes dolores. Para rematar, se había quebrado una pierna en uno de sus últimos viajes a Hawaii. Todos estos problemas habían limitado su movilidad.




Uno de sus amigos más cercanos, el ilustrador británico Ralph Steadman, escribiría después en su libro The Joke’s over: “... él me había dicho 25 años antes que se sentiría realmente atrapado si no supiera que podía suicidarse en cualquier momento. No sé si eso es valiente o estúpido o qué, pero era inevitable (...) Él siempre había dicho que lo haría, pero eso no te prepara para la realidad del brutal acto. Como dije ya hace mucho, siempre supe que algún día tomaría ese camino, pero ayer no sabía que sería hoy”.



Cuatro días antes, Hunter S. Thompson había escrito una nota dirigida a su esposa Anita:

No más juegos. No más bombas. No más caminar. No más diversión. No más natación. 67. Eso es 17 años pasados los 50. 17 más de los que necesitaba o quería. Aburrido. Siempre estoy gruñón. Ninguna diversión –para nadie. 67. Te estás volviendo codicioso. Actúa según tu edad. Relájate –esto no dolerá.
La nota fue escrita con marcador negro y llevaba como título “Football season is over” (“La temporada de juego ha terminado”). Al final de la misma había dibujado un corazón con una carita sonriente.

La que fuera considerada como su nota de suicidio, fue publicada en su integridad días después por la revista Rolling Stone, la misma en que Thompson habría publicado muchos de sus mejores artículos y desde cuyas páginas se habría convertido en un escritor de culto por su estilo particular de redacción, y también por la franqueza con la cual expuso sus ideas y su estilo de vida.

Hunter Stockton Thompson comenzó su carrera de periodista a finales de los años 50 con el fin de ganar dinero mientras intentaba escribir un par de novelas. Sus artículos eran convencionales, como se esperaba de cualquier reportero. De aquellos primeros años nacen sus primeras dos novelas, Prince Jellyfish y The Rum Diary. Esta época coincide con una estancia en Puerto Rico y viajes por algunos países de Sur América, entre ellos Brasil, donde estuvo trabajando para el Brazil Herald, único periódico en inglés de aquel país.


A mediados de los 60 regresa a los Estados Unidos. Vive en California, Idaho y finalmente en San Francisco. Se sumerge en el mundo hippie y las drogas, vive una temporada con el grupo de motociclistas Hell’s Angels y se muda a Colorado donde se postula para ser sheriff. Perdió la elección, pero el suceso le sirvió de pretexto para comenzar sus exitosas colaboraciones con la revista Rolling Stone: un día se presentó a la redacción de la revista con un six-pack de cervezas en la mano y diciéndole al editor que, como candidato a sheriff, quería escribir un artículo al respecto.

Pero lo que lo hizo más famoso fue otro asunto. Thompson tenía un cierre de edición que cumplir pero no tenía ideas ni tiempo para escribir el artículo que se le había pedido, un reportaje sobre el derby de Kentucky. Thompson arrancó las páginas de su cuaderno de apuntes y las envió tal cual a la revista Scanlan’s Monthly que las publicó así. La publicación fue un suceso. Cientos de lectores escribieron solicitando más material del mismo autor: había nacido el periodismo “Gonzo”.

Thompson comenzó entonces a escribir involucrándose a sí mismo como personaje de las notas, detallando sus emociones, sus ideas y a veces mezclando ficción con hechos, todo con el objeto de alimentar el contexto del tema en cuestión. Parte de sus características era también la falta de edición, aunque esto naciera más bien por la imposibilidad de Thompson de presentar sus trabajos en las fechas de entrega acordadas, algo que exasperaba a los editores. El periodismo Gonzo rivalizó con “el nuevo periodismo” propuesto en los sesenta, en el que la utilización de técnicas literarias eran aplicada a reportajes y artículos, y cuyos autores más notables han sido Tom Wolfe, Truman Capote y Norman Mailer.

Quizás la máxima representación del periodismo Gonzo fuera su libro Fear and Loathing in Las Vegas (Pánico y locura en Las Vegas). Este libro fue llevado al cine, con Johnny Depp interpretando a Raoul Duke, el alter ego de Thompson. Fue durante la filmación de la película que ambos se hicieron grandes amigos.

El Coronel Depp, como lo llamaba Thompson, se deprimió mucho ante la muerte de su amigo. Pero una tarde reaccionó: “Fuck you Thompson”, dijo. “Quieres un entierro Gonzo, tendrás un entierro Gonzo”.


Treinta años antes de su suicidio y junto con Ralph Steadman, Thompson había diseñado un cañón de 153 pies de altura que haría volar sus cenizas por los aires sobre su propiedad en Colorado. Se entusiasmó tanto con el proyecto que le dijo a su familia más de una vez que ése era su gran deseo, la manera en que quería ser despedido de este mundo.

Johnny Depp se encargó de financiar y organizar este proyecto. El cañón, que costó algunos millones de dólares, tenía la forma de un puño cerrado apretando un botón de peyote, el símbolo del periodismo Gonzo que Thompson había ideado junto a otro de sus amigos, el artista Paul Pascarella.

Así, la noche del 20 de agosto del mismo año de su suicidio, el cañón disparó sus cenizas sobre su propiedad de “Owl Farm” junto con fuegos artificiales azules, blancos, rojos y verdes. Luego del cañonazo se escuchó a gran volumen “Mr. Tambourine Man” de Bob Dylan, una de las canciones favoritas de Thompson. Y entre lágrimas y aplausos, se escuchó a los invitados gritar: “we love you Hunter”.





Archivos Thompson:

-Página oficial de Hunter S. Thompson.

-Reportaje de Rolling Stone sobre la ceremonia del lanzamiento de sus cenizas.


-Varios enlaces sobre Thompson en Rolling Stone.

-El primer artículo Gonzo.

-Video en el que Thompson explica la idea del cañón.


-Video aficionado del lanzamiento de las cenizas.

-Pánico y locura en Las Vegas para descarga en inglés y español.



(Publicado en C.A. 21, parte 6 de la serie El Club de los Escritores Suicidas).