Esta historia es verídica y ocurrió los primeros días de este año en la localidad de Wigan, Great Manchester, Inglaterra. En el hogar del matrimonio de Mavis y Robert Bell, vivían en plena armonía un perro y un gato. El perro se llama Oscar, tiene 18 meses y es un Lancashire Heeler. El gato se llamaba Arthur, era blanco, grandote y tenía 17 años. Ambos eran inseparables. Dormían juntos en un cestito. Jamás peleaban. Y el gato hasta le ayudaba al perro a subirse al sofá para hacer sus siestas, puesto que la raza del perro es bastante enana.
El gato un día se murió. Y el matrimonio Bell lo enterró. Oscar por supuesto, acudió al entierro. Y todos se fueron a dormir.
Durante la noche, Oscar se escabulló por la puertecita del gato hacia el jardín. Buscó el lugar donde estaba enterrado Arthur. Comenzó a escarbar hasta encontrar el cuerpo de su amigo. Sacó al gato fuera del hoyo. Tomando en consideración la diferencia de tamaño entre el gato y el perro, es de suponer el esfuerzo físico descomunal que esto le supuso a Oscar. Lo arrastró luego hasta la casa. Lo metió adentro por la puertecita del gato. Lo puso en el cestito donde ambos dormían. Luego, como el gato estaba lleno de tierra y despeinado de toda la maniobra, Oscar se dedicó buena parte de la noche a limpiarlo a lengüetazos.
A la mañana siguiente, cuando el matrimonio Bell se levantó, cuál fue la conmovedora sorpresa al encontrar a Oscar bien dormidito junto a su queridísimo amigo Arthur. Lo que más admiraban los Bell era que el gato estuviera tan pero tan limpio.
Así es que volvieron a enterrar a Arthur en un lugar más “seguro” y le llevaron a Oscar un nuevo gatito al que llaman Limpet. Y Oscar lo cuida y lo sobreprotege, aunque suponemos que el amor por su amigo Arthur pervive en su corazoncito canino.
Cada vez que sé de una historia así, daría mi reino por saber lo que pensaba el perro y qué lo hizo decidir hacer todo lo que hizo. Esto para todos aquellos miserables que insisten en que los animales no tienen sentimientos... guau guau, miau miau.
miércoles, enero 16, 2008
La historia de Oscar, el perro, y Arthur, el gato
martes, enero 15, 2008
El Orfanato
Laura regresa a lo que fuera su hogar de infancia, un orfanato. Compra el caserón, se instala allí con su esposo Carlos y su pequeño hijo Simón y planea abrir un hogar para cuidar niños con limitaciones físicas. Pero muy pronto comienzan a pasar cosas extrañas y además, Simón insiste en que juega con unos amigos imaginarios...
El Orfanato es el primer largometraje del director Juan Antonio Bayona y viene a ser una refrescante visita al género del misterio y el horror. Lo que me sorprendió en particular es que los elementos con los que crea la tensión en el espectador no son extraordinarios ni novedosos. Rincones oscuros, puertas que se abren con chirridos, maderas que crujen al caminar, música dramática: uno espera en cualquier momento que ocurra algo (que aparezca una mano peluda o un monstruo de facciones aterradoras), pero las más de las veces no pasa nada. Y entonces, cuando tenemos la guardia baja, ya pegaste el primer grito del susto.
El director va construyendo en el espectador una tensión que no da tregua, desde los primeros momentos de la película y realmente uno está a la expectativa de “algo” porque sospecha que en efecto, algo no anda bien, aunque no tenemos la menor idea de qué.
La composición del terror que va armando el director se basa más en lo sugerido y en las piezas que poco a poco se nos van presentando en la historia. Pero no es un terror (como desafortunadamente ocurre en tantas películas actuales), basado en lo escabroso o grotesco. Es algo mucho más fino y construido muy meticulosamente aprovechando todo tipo de elementos (claroscuros, espacios, ruidos, etc.)
Esa tensión es intensa y constante como ya mencioné. Y me ocurrió lo que no recuerdo haber vivido jamás en ninguna película: ¡la gente pegaba unos gritos tremendos! No, yo no grité, pero sí confieso haber pegado mis 3 o 4 brincos en algunas escenas y me pasé con una tensión casi insoportable durante toda la película. ¿Qué más puede uno pedir de una peli de miedo y misterio?
Pero ciertamente la película ofrece mucho más. Hay muy buenos momentos fotográficos. Las escenas de exteriores tiene momentos preciosos. Y también la fotografía (con un constante uso del claroscuro en interiores) es de los elementos que construyen el misterio. Muy buena la escena a nivel fotográfico de cuando Laura va bajando las escaleras a lo que es “la casa de Tomás” (toda la gente del cine en ese momento le gritaba a Laura “¡noooo, no bajés!”).
Belén Rueda está super bien en el papel de Laura. Y luego tenemos un par de sorpresivas presencias, como la de Geraldine Chaplin como una medium que intenta ayudar a Laura y Carlos, y la de Edgar Vivar (conocido y constante cómplice de Chespirito) como parte del equipo de la medium.
Lo único que en lo personal no me gustó fue el final. Me pareció que rompió con toda lo dark y la carga de tensión que llevaba la película desde el comienzo. Pero bueno, puedo comprender la intención del director al hacerlo de esa manera.
No puedo hablar más de esta historia primero para no arruinarles el cuento, pero sobre todo porque El Orfanato es una experiencia que debe vivirse. Si le gusta sentir que se le paran los pelos de la nuca, pegar brincos del miedo y experimentar un salón oscuro lleno de gritones miedosos, no deje de verla. Y lo mejor es que vaya acompañado.
Y ciertamente, quedo a la espera de más películas de este excelente director.
lunes, enero 14, 2008
Os saludo rompiendo la pluma: Emilio Salgari
El 25 de noviembre de 1911, un hombre de 48 años se dirige a un barranco en el Valle di San Martino, cerca de Turín, Italia. El lugar está lleno de buenos recuerdos. Ahí cerca había vivido un tiempo con sus hijos y su amadísima esposa, en la Via Guastella. En aquel lugar, lo recuerda claramente, la familia entera iba a cortar flores. Desayunaban por ahí cerca. Era un pequeño lujo que podían darse, a pesar de la dramática estrechez económica.
Cuando saca el cuchillo, no puede evitar pensar en piratas y sultanes, en tigres y selvas, en barcos y palacios, en lugares exóticos a los que el común de la gente jamás viajará. Ni él tampoco. Piensa en su amada esposa Aída, en sus hijos a los que apenas podrá heredar 150 liras. Confía en que habrá seres bondadosos que cuidarán de ellos.
Cuando cumplió 16 años, el joven Salgari se mudó de su natal Verona a Venecia, para ingresar al Real Instituto Técnico Naval “P. Sarpi”. Su plan era obtener el título de capitán de gran cabotaje pero nunca lo logró. Y es de ahí en adelante donde la vida misma de Salgari se confunde entre la realidad y la fantasía.
En sus memorias, Emilio Salgari asegura haber realizado una serie de viajes por la India, Malasia, Borneo y el Pacífico Sur en los que pasaron toda suerte de sucesos y conoció a las más disímiles personas, quienes se convertirían, más adelante, en el pasto nutricio de sus novelas de aventuras. La verdad aparenta haber sido mucho más sencilla. Se cree que Salgari, quien tenía una fantasía bastante exacerbada, quien era un lector incansable y que para algunos no era más que un mitómano, en realidad no llegó a ser más que un marino que realizara poquísimos viajes como parte de su aprendizaje naval y un viaje como pasajero en un barco mercante que navegó durante tres meses en el mar Adriático.
Sea cual sea la realidad de los hechos, hacia 1883 comenzó a publicar sus relatos y novelas de aventuras, los cuales tuvieron buena aceptación entre el público lector, aunque los críticos lo calificaran como “escritor menor”. Llegó incluso a batirse en duelo con un periodista que despreciaba sus escritos. Al periodista le quedó una cicatriz de por vida en el rostro y Salgari tuvo que cumplir prisión durante un tiempo. De nuevo, esa inexactitud entre la realidad y la fantasía que pueblan sus datos no permite establecer cuánto tiempo estuvo en la cárcel, unas fuentes dicen que fueron 50 días, otras (posiblemente alentadas por Salgari mismo) dicen que fue medio año.
Al salir de la cárcel sigue escribiendo. Logra su primer contrato editorial en Génova, en condiciones desventajosas a nivel económico, lo cual no amilana al escritor. Ante su creciente popularidad, alimenta la certeza de que podrá vivir holgadamente de sus derechos de autor. Se casa con una actriz de teatro, Ida Peruzzi, a la que llamará cariñosamente Aída, en honor al personaje de Verdi. Tienen 4 hijos, se van a vivir a Turín.
Los años siguientes son de mucho trabajo, pero sobre todo, de grandes aprietos económicos debido a malos contratos editoriales. Uno de dichos contratos lo obligaba a entregar tres novelas al año, en exclusiva, y para lo cual recibiría tres mil liras anuales. “El pan, había que ganarse el pan. El editor me lanzó, es verdad, con deslumbradoras cubiertas, pero vendía ejemplar tras ejemplar y yo... yo me atareaba en emborronar cuartillas y cuartillas para ganar lo indispensable para no morir de hambre”, escribiría Salgari al justificar aquellos pésimos acuerdos. Sin embargo, su hijo Nadir Salgari, en el epílogo a las memorias de su padre, advierte que el escritor no aceptaba consejo acerca de aquellos contratos y que además sentía gran desprecio por el dinero.
Salgari escribe días y a veces noches enteras, para cumplir con sus editores. El incansable esfuerzo por llevar una vida digna para él y su familia lo agota moral y físicamente. Rompe con la editorial, firma con otra, se muda con toda su familia a Génova, retorna a Turín. La situación, lejos de mejorar, empeora cada día, pese a que su fama como escritor se consolida y sus novelas se venden fácilmente. Algunos de sus libros alcanzan tirajes de 100,000 ejemplares, cifra extraordinaria para aquella época. Sus novelas se tornan tan populares que surgen un montón de imitadores esperando alcanzar la popularidad de Salgari. Nadie sospecha el verdadero drama que vive el autor.
En 1910 intenta suicidarse. Se apuñala el corazón con un cuchillo. Milagrosamente sobrevive, pero su ánimo y el de su familia están seriamente afectados. Hacia finales de ese mismo año, Aída pierde la razón y no hay más remedio que internarla en el hospital psiquiátrico de Collegno. “He perdido cuanto más tenía de querido, ¡mi Aída! Aquella que todo lo compartió conmigo, aquella que sufrió con mis pesares, mi inspiradora, mi amiga, mi alma... Me siento perder, mi vida declina, ha llegado el fin, ha llegado el fin”, escribe en sus memorias.
Destruido emocionalmente, sin saber cómo enfrentar las circunstancias ni cómo sacar adelante tanto los gastos cotidianos como los de su mujer en el hospital, decide hacer algo que, espera, pueda voltear las circunstancias a favor de los suyos, a pesar de su propia vida.
Emilio Salgari escribió 3 notas antes de su suicidio. La primera dirigida a los directores de los periódicos de Turín:
“Vencido por todo tipo de desgracias, reducido a miseria a pesar del enorme trabajo, con mi mujer loca en el hospital, a la que no puedo pagar sus gastos, me quito la vida. Tengo muchos admiradores en Europa y América. Les pido señores directores, que abran una suscripción para sacar de la miseria a mis cuatro hijos y pagar los gastos de mi mujer mientras esté en el hospital. Debería haber tenido otra situación y suerte, debido a mi nombre. Estoy seguro que ustedes, señores directores, ayudarán a mis desgraciados hijos y a mi mujer. Con las gracias más sentidas, me despido”.
La segunda carta para sus hijos:
“Queridos hijos: Soy un vencido. La locura de vuestra madre me ha partido el corazón y todas mis fuerzas. Yo espero que los millones de mis admiradores, a los que durante años he distraído e instruido, os saldrán al encuentro. Os dejo sólo 150 liras, más un crédito de 600 liras, que recogeréis de la señora Nusshaumar. Os dejo la dirección. Que me entierren como pobre, ya que estoy arruinado. Manteneos buenos y honestos y pensad, en cuanto podáis, en ayudar a vuestra madre. Os besa a todos, con el corazón sangrando, vuestro desgraciado padre”.
La tercera y más brutal, a sus editores, a los que culpa sin sombra de duda de todas sus desgracias:
“A vosotros, que os habéis enriquecido con mi sudor manteniéndome a mí y a mi familia en una continua semi-miseria o algo peor, pido sólo que, en compensación de las ganancias que os he proporcionado, paguéis los gastos de mi entierro. Os saludo rompiendo la pluma”.
Así, un desesperado Emilio Salgari hunde el cuchillo hasta el fondo de su vientre, intentando simular el rito japonés del harakiri, pero no logrando más que desgarrar sus intestinos y desangrarse hasta morir. En la tarde de aquel mismo día, su cadáver fue encontrado con el rostro vuelto hacia el cielo.
El suicidio se convertiría de esa manera en una presencia permanente en la familia Salgari. Cuando Emilio contaba con apenas 7 años, su padre se había suicidado. Posteriormente, dos de los cuatro hijos del escritor también se suicidarían: Romero en 1931 y Omar en 1963.
(Publicado en C.A. 21, parte 7 de la serie El Club de los Escritores Suicidas).
viernes, enero 11, 2008
Y los demás ¿cuándo?
Tenía pensado para hoy escribir sobre otra cosa. Había prometido hablar sobre la nueva novela que estoy escribiendo. Pero me conmovió mucho ayer ver a Clara Rojas abrazando por fin a su madre, esa señora de cabello corto y blanco y de presencia más bien frágil que hemos visto desde hace poco más de 6 años en prácticamente todas las manifestaciones que los colombianos han realizado para la liberación de los 3,200 secuestrados que existen en Colombia.
Doña Clara de Rojas no escatimó esfuerzos ni palabras para hacer todo lo posible por lograr la liberación de su hija, y al mismo tiempo, abogar por la liberación de todos los secuestrados. Su edad, pero sobre todo su salud quebradiza no fueron obstáculo para su activismo. La recuerdo al inicio de todo este calvario caminando con bastón y ahora, con los años, debe caminar con una andadera.
Eso no impidió que ella estuviera ayer en el aeropuerto de Maiquetía en Caracas para recibir a su hija, recién liberada junto a Consuelo González. Se las veía a ambas muy cansadas, un poco confundidas, quizás incrédulas porque al fin pueden estar juntas de nuevo. Clara no dejaba de besarla y abrazarla una y otra vez. Habría que tener un corazón muy duro para no conmoverse ante esa escena. Hasta la periodista de la televisora venezolana que narraba el encuentro y que CNN retransmitía en vivo, se le quebró varias veces la voz.
Trato de imaginar las conversaciones privadas de ambas, lo que hará Clara Rojas al volver a su casa, a su habitación, cómo será ese recomenzar la vida que, seguramente después de lo vivido, jamás volverá a ser igual.
Siento una íntima alegría por la madre de Clara Rojas y también por los familiares y amigos de ambas liberadas. Pero en mi mente se repetía una y otra vez la pregunta “¿e Ingrid?”. Y me repetía la pregunta mientras tenía clavada todavía en la memoria aquel dramático retrato de ella, prueba de vida, sí, pero imagen de una vida que se está extinguiendo, desperdiciando. Aquella imagen de Ingrid me pareció la de una tristísima y solitaria madonna del renacimiento italiano, secuestrada en la inexpugnable selva del odio entre humanos.
La liberación de dos secuestradas es maravilloso, sí. Maravilloso para sus familiares y sus amigos, para Colombia y para todos los que hemos seguido de cerca ese calvario. Es maravilloso porque eso inaugura una esperanza, quizás diminuta, tonta, pero necesaria para continuar el curso de los días, para tener aliento y seguir en la lucha, en las negociaciones, en el esfuerzo por liberar a todos los que falta.
Pero ¿e Ingrid? ¿Y todos los demás secuestrados? Dos liberados está bien. Pero es muy poco. Es un triunfo, pero es muy poco. Es poco cuando sabemos que hay varios secuestrados más desde hace años, AÑOS. Es poco cuando sabemos que son tantos los familiares que sufren cada día la ausencia de los suyos. Es poco cuando sabemos que algunos de esos familiares morirán y nunca volverán a ver a los secuestrados, como ocurrió con el esposo de Consuelo González que murió mientras ella estaba en cautiverio.
Ojalá que los políticos tengan la decencia de no manosear este suceso a su favor, aunque lo dudo. No voy a comentar de los dimes y diretes y vedettismos y ansias de protagonismo que algunos políticos están intentando en medio de todo esto.
Nada más me permito rescatar una frase acertadísima que dijo ayer el vice-presidente de Colombia, también ex-secuestrado: no hay que olvidar a los demás. Y que se haga cierto el clamor de los colombianos, plasmado en las camisetas que llevaban puestas las hijas de Consuelo González: ¡Libertad para todos ya!
jueves, enero 10, 2008
Moan, Trentemøller
El DJ danés Trentemøller le hace un sentido homenaje a nuestra querida Laika en este excelente video.
miércoles, enero 09, 2008
El sueño del cuchillo y el cocodrilo
Hay dos sueños que se me presentan de manera recurrente, por lo menos en cuanto a concepto aunque los detalles varían. En uno de ellos entro a un teatro o a un cine para ver una película y el lugar está reventando de gente, todas las luces de la sala están encendidas y todos esperamos infinitamente por una película que jamás comienza. El otro, que de alguna manera se asemeja, es que llego a un aeropuerto a tomar un avión al que jamás me subo porque siempre hay cinco mil obstáculos o situaciones que lo impiden, aunque la diferencia está en que en el aeropuerto estoy corriendo contra tiempo y eso me causa mucha angustia.
Tuve otro de esos sueños el domingo. Llegué a un lugar donde esperaríamos un bus que nos llevara a la terminal del aeropuerto. El bus se adelantó bastante a la hora normal de salida y algunos pasajeros esperaban a otros. Yo me monté en el bus pero también montaron a un cocodrilo. Éste iba encadenado de las cuatro patas y las fauces, colocado justo detrás del asiento del conductor. Los demás íbamos algo inquietos. Yo pensaba qué se podría hacer en caso de que el cocodrilo se soltara y busqué en mi cartera (un bolsito negro de cuero) encontrando ahí un cuchillo de sierra con mango negro, de los para comer steak. El cuchillo existe en la vida real, es uno que me llevo en cada mudanza por no sé qué fetichismo y tengo añales de tenerlo.
Entonces veo que el cocodrilo se zafa la cadena de la pata posterior derecha pero el conductor sigue manejando tan normal y los pasajeros estamos en realidad bastante calmados. Me preocupa el cuchillo pues no sé por qué lo traje para el viaje y qué puedo hacer con él. Si lo dejo en la cartera, me lo detectarán en la máquina de rayos x y pensarán que quiero hacer un atentado. Si me lo escondo en algún bolsillo de mi abrigo, ídem. Botarlo está totalmente descartado y estoy sola, sin ningún conocido en el aeropuerto como para dárselo y que me lo guarde mientras vuelvo, así es que se me ocurre que en cuanto lleguemos a la terminal, buscaré cómo enviármelo por correo a mí misma.
Cuando llegamos, lo primero que hago es buscar una papelería para comprar un sobre. Veo que en un segundo piso hay varias tiendas e intento subir por unas escaleras eléctricas que están en mal estado (les faltan gradas y están como aplastadas del lado izquierdo). Subir me cuesta mucho pero por fin lo logro y casi que en el primer rincón encuentro una pequeña papelería.
Le pido a la mujer un sobre, me pregunta de qué tamaño. Le digo que debe ser tamaño postal porque al mismo tiempo me voy a mandar una postal a mí misma (no me pregunten por qué). La mujer me saca unos sobres aéreos de un papel bastante delgado. Y al dármelos me pregunta, en un tono de regaño, a qué hora sale mi vuelo. Veo el reloj: faltan 10 para la 1 de la tarde y mi vuelo sale a las 2:30. Ella me apura para que vaya a hacer el chequeo. Le digo que nada más debo hacer un envío urgente y que me voy a eso, que hay tiempo, que no voy a tardar mucho.
Rotulo el sobre pero entonces tengo ganas de ir al baño y comienzo a caminar buscando uno. Paso por un salón donde tienen detenidas a unas 25 personas, gente sin papeles, y ahí hay un baño pero no quiero meterme en ese salón con el cuchillo que ando en la mano. Una mujer policía me pregunta si busco algo, le digo que un baño, me dice que me llevará a uno. Pasamos de nuevo por el salón de los detenidos y me dice “aquí hay uno pero no se lo recomendaría porque estas personas son todas sospechosas”. Sí, le digo con un risa nerviosa, por eso no entré ahí. A todo esto, el cuchillo está de nuevo en la cartera, para no levantar sospechas.
Me enseña uno en un pasillo y me advierte que me apure, que el aeropuerto cierra por las tardes y que debo ir a chequear porque si no perderé el vuelo.
Luego todo se me pone algo confuso, porque de pronto estoy fuera del aeropuerto, en casa de alguien, que ha llevado comida en dos grandes cajas y yo debo comer algo de eso antes de montarme en el bendito avión (que por cierto, no sé qué destino lleva). Abro las cajas, ahora sí muy apurada por el tiempo, y veo grandes ramos de berro, una especie de pastel y otra cosa que no sé qué es y saco mi cuchillo para cortar pedazos de comida... y entonces despierto.
martes, enero 08, 2008
Terminaron las vacaciones...
Qué lástima. Con lo bien que me la estaba pasando: levantarme tarde o mejor dicho, a la hora en que mi cuerpo hubiera terminado de dormir (nunca antes de las 8 y media de la mañana). Desayunar despacio, leer, hacer siestas de una o más horas, darse el lujo de ver una película o documental que comienza muy tarde y que termina a medianoche o incluso después, comer cuando sentía hambre, ir al supermercado y pasearme por los pasillos viendo producto tras producto como si estuviera en un museo, visitar las librerías que estuvieran abiertas y hojear libros y por regla, no ver el reloj más que para estar pendiente del inicio de alguna película interesante.
No hice nada “importante”. Es decir, me olvidé de problemas, trámites pendientes, compromisos, trabajo (del que paga las cuentas). No contesté correos a menos que fueran de los muy amigos.
La semana de Navidad todavía tuve que trabajar un poco, pero fue un trabajo más agradable (“agradable” porque es lo que me gusta hacer, escribir, no porque el tema lo sea). La serie sobre los escritores suicidas se extendió y escribí tres artículos más sobre Hunter S. Thompson, Alfonsina Storni y Emilio Salgari. También tuve que hacer algunas cosas personales que me tuvieron saliendo casi a diario y perdiendo el día en ello. Pero luego, a partir del último fin de semana del año, resolví que me iba a tomar, en efecto, vacaciones. Y dejé de hacer otras cosas que me hubieran supuesto sacrificar un tiempo que necesitaba para hacer simple y sencillamente nada, o por lo menos, lo que me diera la santa gana, a la hora que me diera la gana y de la manera en que me diera la gana. Si quería pasar la mañana entera en pijama o acostada en mi cama leyendo todo un día o nada más haciendo zapping o viendo tonteras por la tele, lo hacía.
También aproveché para trabajar en mi nueva novela (más sobre esto durante la semana). Busqué información, hice anotaciones, escribí un poco (demasiado poco para mi gusto, pero he ido resolviendo bastantes cosas que me tenían trabada). La historia, que comenzó recordando alguna imaginación infantil, se ha ido creciendo e instalándose en mi mente, como un oso adorable que entra en tu casa y se acuesta en tu cama y ya no se quiere ir. Imposible ignorar al oso.
Hicimos largas siestas. Digo “hicimos” porque la Loli, y de vez en cuando hasta Mr. Dickens, me acompañaron gustosos, sobre todo en estos últimos días que ha hecho mucho frío y terrible viento. La Loli, encantada de verme en casa prácticamente el día entero, me “obligaba” a acompañarla. Ella tomaba el sol, echada con una expresión de máxima complacencia mientras yo leía Los pilares de la tierra de Ken Follet, un bestseller interesante pero que no sacudirá los cimientos de mis conceptos literarios. ¿Que cómo me "obliga" la Loli a salir? Fácil: se sienta junto a mí en una pose muy canina, sobre todo cuando estoy trabajando en la computadora, viéndome fijamente y con paciencia de buda; yo la estoy vigilando por el rabillo del ojo y le pregunto qué quiere, le saco agua, comida, pero nada. Me mira, me mira y me sigue viendo, sin retirar la vista, sin parpadear, sin moverse. Como si me estuviera hipnotizando. Si me levanto, ella sale corriendo para afuera y ya sé que significa que quiere que salga con ella. Por lo general, ella me ganaba y me estaba con ella afuera como una hora.
Era maravilloso salir y ver las calles bastante descongestionadas y menos ruidosas. Ya no toparse con esas muchedumbres histéricas en el mall o en el super. Maravilloso que hasta la Calle de la Amargura estuviera en silencio. Pensé además en una muy variada gama de cosas (¡al fin tuve tiempo para pensar!) y seguramente anotaré varias de esas reflexiones por aquí en días próximos. Lo hice, lo disfruté al máximo y no me dio pero ni 3 segundos de mala conciencia o de culpa católica. Me sentí liviana, liberada, con la mente limpia y despejada. Realmente no me daba cuenta de lo agotada que estaba, tanto a nivel físico como mental, hasta que pude darme el lujo de descansar.
Pero ayer la gran mayoría de los que estaban de vacaciones retornaron. Y todo vuelve a su monótona, aburrida, obligatoria rutina. Lástima. Volvemos a las prisas, a los horarios, a las obligaciones, al stress (sobre todo el ajeno, que se contagia como un mal virus), a los trabajos no deseados, a la mala paga, a las angustias económicas, al tráfico y la agresividad sin límites de los automovilistas, al embrutecimiento cotidiano que se queda con lo mejor de nosotros, que posterga nuestros sueños, que los deja en estado de hibernación indefinidamente (y que muchas veces así quedan cuando de pronto, ¡zas!, nos sorprende la muerte...), a esa sensación de que el día no alcanza, que no alcanza el dormir, que la vida no alcanza y que se nos acaba segundo a segundo en cosas que francamente odiamos y nos alejan de nuestro verdadero yo, de nuestra plenitud.
Nada tan valioso como un “break” para valorar el tiempo libre, el ocio, el derecho a la pereza y a no hacer nada (y sobre todo, hacerlo sin culpa). Pero quizás y sobre todo, para valorar el derecho que tendríamos y deberíamos de tener por ser dueños de nuestro propio tiempo, de nuestra vida, y no regalarlo a otros que se hacen ricos a costillas de nuestras frustraciones, de lo mejor de nuestro esfuerzo, nuestra inteligencia, nuestros talentos y nuestra vida entera.
Nada tan valioso como este “break” para reconectarme con la literatura que es la sangre que alimenta mi energía vital.
Necesito una vacación más larga, mucho pero mucho más larga.
lunes, enero 07, 2008
La temporada de juego ha terminado: Hunter S. Thompson<
La tarde del 20 de febrero del 2005, Anita Thompson está hablando con su esposo por teléfono. Ella se encuentra en el gimnasio y él está en su estudio, en su casa de “Owl Farm”, en Colorado. Él está enfrascado en la escritura de un artículo sobre los atentados del 11 de septiembre pero tiene pendiente la entrega de su columna semanal de ESPN y le pide a Anita que regrese pronto para trabajar en ello.
En algún momento de la conversación, él le pide que espere. Ella se queda en la línea y de pronto escucha un sonido fuerte. Anita piensa que algo se ha caído, pero no logra identificar bien el sonido. Espera en la línea largo rato pero su esposo no vuelve al teléfono.
Ese sonido fue el de un disparo. Hunter S. Thompson se había disparado en la boca con una pistola calibre 45. Su cuerpo estaba sentado frente a su máquina de escribir. En el rodillo había metida una hoja de papel y en su centro estaba escrita una única palabra: “Counselor” (consejero).
En el momento del suicidio, se encontraban en su casa su hijo Juan, su nuera y su nieto. De hecho estaban en el cuarto junto al estudio. Cuando escucharon el ruido del disparo pensaron que se trataba de algún libro que había caído al suelo y continuaron en lo que estaban antes de asomarse a ver si había ocurrido algo.
Horas después, cuando se reportó el incidente y llegó la policía, sus familiares afirmaron estar seguros de que el suicidio había sido algo planeado y no estaban demasiado sorprendidos. Thompson había tenido serios problemas de salud en los meses anteriores. Una cirugía en la espalda y otro procedimiento donde se le había implantado una cadera artificial lo habían dejado extenuado y sobre todo con fuertes dolores. Para rematar, se había quebrado una pierna en uno de sus últimos viajes a Hawaii. Todos estos problemas habían limitado su movilidad.
Uno de sus amigos más cercanos, el ilustrador británico Ralph Steadman, escribiría después en su libro The Joke’s over: “... él me había dicho 25 años antes que se sentiría realmente atrapado si no supiera que podía suicidarse en cualquier momento. No sé si eso es valiente o estúpido o qué, pero era inevitable (...) Él siempre había dicho que lo haría, pero eso no te prepara para la realidad del brutal acto. Como dije ya hace mucho, siempre supe que algún día tomaría ese camino, pero ayer no sabía que sería hoy”.
Cuatro días antes, Hunter S. Thompson había escrito una nota dirigida a su esposa Anita:
No más juegos. No más bombas. No más caminar. No más diversión. No más natación. 67. Eso es 17 años pasados los 50. 17 más de los que necesitaba o quería. Aburrido. Siempre estoy gruñón. Ninguna diversión –para nadie. 67. Te estás volviendo codicioso. Actúa según tu edad. Relájate –esto no dolerá.La nota fue escrita con marcador negro y llevaba como título “Football season is over” (“La temporada de juego ha terminado”). Al final de la misma había dibujado un corazón con una carita sonriente.
La que fuera considerada como su nota de suicidio, fue publicada en su integridad días después por la revista Rolling Stone, la misma en que Thompson habría publicado muchos de sus mejores artículos y desde cuyas páginas se habría convertido en un escritor de culto por su estilo particular de redacción, y también por la franqueza con la cual expuso sus ideas y su estilo de vida.
Hunter Stockton Thompson comenzó su carrera de periodista a finales de los años 50 con el fin de ganar dinero mientras intentaba escribir un par de novelas. Sus artículos eran convencionales, como se esperaba de cualquier reportero. De aquellos primeros años nacen sus primeras dos novelas, Prince Jellyfish y The Rum Diary. Esta época coincide con una estancia en Puerto Rico y viajes por algunos países de Sur América, entre ellos Brasil, donde estuvo trabajando para el Brazil Herald, único periódico en inglés de aquel país.
A mediados de los 60 regresa a los Estados Unidos. Vive en California, Idaho y finalmente en San Francisco. Se sumerge en el mundo hippie y las drogas, vive una temporada con el grupo de motociclistas Hell’s Angels y se muda a Colorado donde se postula para ser sheriff. Perdió la elección, pero el suceso le sirvió de pretexto para comenzar sus exitosas colaboraciones con la revista Rolling Stone: un día se presentó a la redacción de la revista con un six-pack de cervezas en la mano y diciéndole al editor que, como candidato a sheriff, quería escribir un artículo al respecto.
Pero lo que lo hizo más famoso fue otro asunto. Thompson tenía un cierre de edición que cumplir pero no tenía ideas ni tiempo para escribir el artículo que se le había pedido, un reportaje sobre el derby de Kentucky. Thompson arrancó las páginas de su cuaderno de apuntes y las envió tal cual a la revista Scanlan’s Monthly que las publicó así. La publicación fue un suceso. Cientos de lectores escribieron solicitando más material del mismo autor: había nacido el periodismo “Gonzo”.
Thompson comenzó entonces a escribir involucrándose a sí mismo como personaje de las notas, detallando sus emociones, sus ideas y a veces mezclando ficción con hechos, todo con el objeto de alimentar el contexto del tema en cuestión. Parte de sus características era también la falta de edición, aunque esto naciera más bien por la imposibilidad de Thompson de presentar sus trabajos en las fechas de entrega acordadas, algo que exasperaba a los editores. El periodismo Gonzo rivalizó con “el nuevo periodismo” propuesto en los sesenta, en el que la utilización de técnicas literarias eran aplicada a reportajes y artículos, y cuyos autores más notables han sido Tom Wolfe, Truman Capote y Norman Mailer.
Quizás la máxima representación del periodismo Gonzo fuera su libro Fear and Loathing in Las Vegas (Pánico y locura en Las Vegas). Este libro fue llevado al cine, con Johnny Depp interpretando a Raoul Duke, el alter ego de Thompson. Fue durante la filmación de la película que ambos se hicieron grandes amigos.
El Coronel Depp, como lo llamaba Thompson, se deprimió mucho ante la muerte de su amigo. Pero una tarde reaccionó: “Fuck you Thompson”, dijo. “Quieres un entierro Gonzo, tendrás un entierro Gonzo”.
Treinta años antes de su suicidio y junto con Ralph Steadman, Thompson había diseñado un cañón de 153 pies de altura que haría volar sus cenizas por los aires sobre su propiedad en Colorado. Se entusiasmó tanto con el proyecto que le dijo a su familia más de una vez que ése era su gran deseo, la manera en que quería ser despedido de este mundo.
Johnny Depp se encargó de financiar y organizar este proyecto. El cañón, que costó algunos millones de dólares, tenía la forma de un puño cerrado apretando un botón de peyote, el símbolo del periodismo Gonzo que Thompson había ideado junto a otro de sus amigos, el artista Paul Pascarella.
Así, la noche del 20 de agosto del mismo año de su suicidio, el cañón disparó sus cenizas sobre su propiedad de “Owl Farm” junto con fuegos artificiales azules, blancos, rojos y verdes. Luego del cañonazo se escuchó a gran volumen “Mr. Tambourine Man” de Bob Dylan, una de las canciones favoritas de Thompson. Y entre lágrimas y aplausos, se escuchó a los invitados gritar: “we love you Hunter”.
Archivos Thompson:
-Página oficial de Hunter S. Thompson.
-Reportaje de Rolling Stone sobre la ceremonia del lanzamiento de sus cenizas.
-Varios enlaces sobre Thompson en Rolling Stone.
-El primer artículo Gonzo.
-Video en el que Thompson explica la idea del cañón.
-Video aficionado del lanzamiento de las cenizas.
-Pánico y locura en Las Vegas para descarga en inglés y español.
(Publicado en C.A. 21, parte 6 de la serie El Club de los Escritores Suicidas).
viernes, enero 04, 2008
Georgia O'Keeffe en Nuevo México
Cuando llegó por primera vez a Nuevo México, cuenta Georgia O'Keeffe en este video, se sintió de inmediato en casa y eventualmente se mudaría allá. Salía todos los días a explorar los alrededores de su propiedad, el Ghost Ranch, desde las 7 de la mañana hasta las 5 de la tarde.
Pintaba en su carro, convertido en un improvisado estudio al sacar el asiento de atrás, darle vuelta al asiento del chofer y colocar las telas en el espacio que quedaba. Era el único lugar con sombra donde pintar.
Estaba acostumbrada a pintar flores en formato gigante, pero no había flores en aquellos parajes. Así es que recogía huesos y calaveras para usarlas como “modelos”. También, cuando iba a la ciudad más cercana, compraba flores artificiales, para usarlas en sus cuadros. Deseaba pintar los paisajes y buscó a alguien que le enseñara a hacerlo, pero nunca encontró a nadie, así es que se atrevió a intentarlo sola. A veces el viento era tan fuerte que no sabía cómo hacer para pintar y sostener la tela al mismo tiempo.
Pensaba, luego de escucharla, que cuando se necesita pintar (o escribir o bailar o hacer música), se hace no importando las circunstancias, las carencias, las dificultades...
jueves, enero 03, 2008
Roberto Castillo (1950-2007)
Comenzamos mal este año. Ayer por la mañana falleció el querido amigo Roberto Castillo, escritor hondureño. Como suele pasar en estos casos, la noticia lo deja a uno aturdido, repasando recuerdos.
Por algún motivo nos comunicamos por correo electrónico, pero no nos conocimos personalmente hasta el 2004, cuando coincidimos en Madrid invitados por Casa de América, para un encuentro sobre literatura centroamericana. Hicimos migas de inmediato. Roberto andaba acompañado de su esposa Leslie y todos los escritores invitados estábamos alojados en la Residencia de Estudiantes. Compartimos mesa en los desayunos o almuerzos y siempre era un gusto estar con ellos.
Roberto era un tipo de buen carácter, afable y excelente conversador. Afectados por el jet-lag, no era inusual encontrarnos de madrugada en el área de computadoras en que íbamos a revisar nuestros correos y continuábamos las pláticas sobre los más diversos tópicos.
Luego, cuando cada quien regresó a su país, Roberto y yo mantuvimos contacto por correo. Fue de las pocas personas que realmente escribía cartas. Con mi traslado a Costa Rica (y creo que él se había mudado a un lugar donde no tenía mucho acceso a internet), nos dejamos de escribir un tiempo, pero en algún momento me escribió de nuevo porque le iban a publicar un libro de ensayos acá. Suponíamos que haría un viaje para presentarlo... pero ya no supe más de él. Hasta ayer. ¡Cuán impertinente esta condición de mortales!
Comparto el enlace a una entrevista que le hice para el suplemento "Áncora" de La Nación de Costa Rica, parte de una serie de entrevistas a escritores centroamericanos.
Te vamos a extrañar, Roberto.
miércoles, enero 02, 2008
Hermosa como el suicidio: Alejandra Pizarnik
25 de septiembre de 1972. En el 980 de la Calle Montevideo de Buenos Aires, departamento C del séptimo piso, 50 pastillas de Seconal sódico son ingeridas por una mujer de 36 años que teme a la locura y a la vejez, que está deprimida y también desencantada de la poesía (“dediqué mi vida a la poesía y ahora descubro que la poesía no le importa a nadie”).
Lo único que tiene es su nombre, Alejandra Pizarnik, que fue el que se dio a sí misma a partir de su segunda publicación, guardando para el recuerdo el que le habían dado sus padres, Flora, y el verdadero apellido, Pozharnik, alterado por un error de registro, hecho frecuente entre los funcionarios de migración de Argentina, cuando admitieron a sus padres, una pareja de judíos rusos que huyeron de Europa justo a tiempo, es decir, antes del holocausto donde, en efecto, murió gran parte de la familia que quedó atrás.
En junio del 71, poco más de un año antes, Pizarnik había ingerido una sobredosis de barbitúricos pero fue encontrada a tiempo como para ser llevada a un hospital a hacerle un lavado de estómago. A partir de entonces frecuentaría clínicas y tratamientos para tratar de aliviar su persistente depresión.
Su familia siempre estuvo consciente de que algo pasaba con Buma o Blímele, diminutivo cariñoso en yiddish con el que llamaban a la entonces aún Flora: era tartamuda, asmática, muy tímida, tenía acné, era bajita y también un poco gorda. Ella se consideraba además a sí misma como fea e inadaptada.
A los 15 años comienza a fumar y la obsesión por su sobrepeso, la hizo consumir anfetaminas, fácilmente adquiribles en las farmacias, y que se utilizaban como tratamientos contra la obesidad.
Las anfetaminas seguirían acompañándola durante sus años en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, prolongando las noches de desvelo en las que intenta estudiar letras pero que después deja para estudiar pintura con Juan Battle Planas. Lee todo lo que cae en sus manos, se fascina por el surrealismo y acude al psicoanálisis para explorar sus obsesiones, una de ellas, la infancia perdida.
Su primer libro de poemas será financiado por su padre quien además paga las clases de pintura, el psicoanálisis, algunos dicen que la publicación también de sus dos siguientes libros y eventualmente el viaje que la llevará a Paris en 1960. Siempre mantendrá una dependencia económica con su familia, dependencia que odia pero que al mismo tiempo le sirve como un refugio de seguridad al que siempre puede recurrir.
En los cuatro años que vivirá en Paris conocerá a Julio Cortázar y a Octavio Paz, con quienes tendrá fructíferas amistades. Cortázar la apoda cariñosamente “bicho”. Paz prologa su libro Árbol de Diana en 1962, uno de sus mejores trabajos. Pizarnik trabaja para la publicación de Cuadernos para la liberación de la cultura como correctora de pruebas y colabora en La Nouvelle Revue Francaise, Les Lettres Nouvelles y Zona Franca de Caracas. También publica en Sur de Argentina.
Es uno de sus momentos más productivos como escritora pero también, uno de pobreza y preocupaciones. Vive en un cuarto minúsculo, apenas le alcanza el dinero (enviar una carta le supone privarse de almorzar), maldice los trabajos que tiene que hacer para sobrevivir y que le quitan las horas para poder escribir. A pesar de ello, goza de sus amistades intelectuales y de caminar bajo el cielo gris de París que, de alguna manera, refleja su estado interior.
Sus cartas de esa época reflejan una dualidad de euforia por lo que escribe y angustia por lo material: “Yo ando mejor que nunca. Escribo, publico en las revistas de aquí, –y– lamentablemente, trabajo en sitios infames para ganarme el duro pan de cada noche”.
Tiene que regresar a Argentina, apurada por su familia. Su padre está mal de salud. Pizarnik vuelve en el 64 y su padre muere en 1967. Se muda con su madre a un apartamento en Buenos Aires que ésta compra. Va publicando lo que ha escrito en París, Los trabajos y las noches y Extracción de la piedra de la locura, poemas que demuestran su madurez como poeta. Gana también premios de poesía y una Beca Guggenheim que dilapida sin miramientos. Hace dibujos que recuerdan a los de Paul Klee y a los de García Lorca.
Hace un breve viaje a Nueva York (“New York me horrorizó”) y luego a París, adonde añoraba volver, pero se decepciona de lo que encuentra. París está “desposeída de su antiguo encanto literario”. Se reencuentra con Cortázar pero, según le escribe a un amigo, “está sumamente politizado desde hace un tiempo. Por lo tanto, si quieres que te responda, escríbele en términos de rebelde enamorado de Cuba mezclado con algo de Rimbaud y sobre todo de Lautréamont. No me estoy burlando de Cortázar, a quien tanto quiero, pero no creo en sus dotes políticas (ni seguramente él tampoco a pesar de sus esfuerzos por engañarse)”.
De regreso a Buenos Aires, casi no publica y la depresión la abruma. Pese a ello, logra trabajar en La bucanera de Pernambuco o Hilda la polígrafa. Es 1970, el año en que muere Janis Joplin y de quien Alejandra es devota. Amigos cuentan que solía escuchar su música a todo volumen durante horas enteras. Alejandra le escribe un poema:
a cantar dulce y a morirse luego
no:
a ladrar.
Así como duerme la gitana de Rousseau
así cantás, más las lecciones de terror.
Hay que llorar hasta romperse
para crear o decir una pequeña canción,
gritar tanto para cubrir los agujeros de la ausencia
eso hiciste vos, eso yo.
Me pregunto si eso no aumentó el error.
Hiciste bien en morir.
Por eso te hablo,
por eso me confío a una niña monstruo
Al año siguiente, el proceso terapéutico que diseña Pichon Rivière mejora temporalmente la situación de Alejandra. O por lo menos eso parece. Sin embargo, ese año publica dos libros, La condesa sangrienta y El infierno musical, donde las alusiones a la muerte y sobre todo al suicidio son evidentes. En el segundo de los libros mencionados, Pizarnik escribe: “El soplo de la luz en mis huesos cuando escribo la palabra tierra. Palabra o presencia seguida por animales perfumados; triste como sí misma, hermosa como el suicidio; y que me sobrevuela como una dinastía de soles”.
Decae y no podrá recomponerse de nuevo. Se la pasa recluida, rechaza la luz, vive de noche, su mundo es de tinieblas. Escribe cartas y poemas incoherentes. Entra y sale de hospitales, de clínicas, de tratamientos. A mediados de 1972 estuvo internada cinco meses en el Hospital Siquiátrico Pirovano de Buenos Aires y en un permiso para pasar el fin de semana en su casa, toma el Seconal.
Sus diarios personales fueron mutilados por la familia para evitar que se supiera sobre su homosexualidad y sobre sus fantasías eróticas de contenido sadista y obsceno. Así mismo, los diarios ya habían sido editados años antes por la misma Alejandra, quien borró algunas partes que no le hubiera gustado ver publicadas.
Sin embargo, hay muchos retazos de Alejandra Pizarnik que la sobreviven pese a sí misma. Como esta anotación de su diario escrita alrededor de un año antes de morir: “Abandono de todo plan literario… Las palabras son más terribles de lo que me sospechaba. Mi necesidad de ternura es una larga caravana… sé que escribo bien y esto es todo. Pero no me sirve para que me quieran”.
En aquella habitación, junto a su cuerpo, encontraron escrito en un pizarrón: “No quiero ir nada más que hasta el fondo”. Su cuarto estaba lleno de muñecas destartaladas y maquilladas, libros que se apiñaban por todas partes, lápices de colores que ella coleccionaba como manía personal y los papeles dispersos de sus últimos escritos.
(Publicado en C.A. 21, número 5 de la serie El Club de los Escritores Suicidas).
viernes, diciembre 28, 2007
viernes, octubre 26, 2007
Pekín 2008: ¿Y el Tibet?
En los últimos meses hemos visto como literalmente casi todo el mundo se ha acercado a la China. Lo hacen con el signo de dólares brillando en sus ojos y frotándose las manos con avaricia. Se mira en la China a un monstruo con un potencial de comercio valioso para todo país que logre establecer con ellos relaciones fluidas.
Pero yo lo siento. A mí me dan desconfianza los chinos. Para comenzar, la reciente oleada de productos que han tenido que retirarse del mercado y que, como denominador común, tenían ingredientes o partes que estaban elaborados directamente en China. Desde pasta de dientes hasta juguetes, desde alimentos para perros y gatos hasta caramelos, todo viene contaminado con plomo o con otros ingredientes nocivos para la salud de humanos y animales. Esto habló mal no solamente de la falta de controles de calidad en aquel país, sino también en los países receptores de sus productos.
¿Tan rápido olvidamos Tiananmen? Todavía no se sabe el número exacto de muertos que hubo en aquella plaza en 1989, pero hay cálculos que hablan hasta de 10 mil personas. Quizás la verdad nunca se sabrá.
Luego, está la situación de Birmania. Se supone que China podría haber influenciado o tomado una postura para detener la represión contra los monjes budistas y la población civil que protestó masivamente ante el aumento de los combustibles, la cual fue solamente el detonante para que la sociedad birmana se alzara en protesta contra el régimen anti-democrático. ¿Qué por qué China influye tanto en Birmania? Las inversiones, las importaciones y el armamento que mantienen a flote al gobierno son chinos.
Por supuesto, los chinos no se pronunciaron al respecto. Y la verdad es que no me sorprende. Pero lo que sí me sorprende es que cuando se habla de China se nos está olvidando siempre algo que está ahí, como la basura más sucia haciendo bulto debajo de la alfombra: el Tíbet.
El Tíbet fue invadido por China en 1950 venciendo rápidamente al pequeño y débil ejército tibetano. Y las atrocidades que han cometido los chinos en aquel país desde entonces han sido sustancialmente documentadas. La represión se extendió sobre las costumbres, tradiciones y sobre todo sobre las creencias espirituales de los tibetanos.
Ahora, con esa manía de la corrección política, a todos parece habérseles olvidado “ese pequeño detalle”. Se habla de “la anexión” del Tíbet a la China, cuando lo que hubo (y sigue habiendo) fue/es una ocupación violenta sobre otro país. Y no es suceso que haya mejorado con los años. Los chinos siguen provocando a los tibetanos con mandatos tan estúpidos como ridículos, por ejemplo, aquel en que le prohibieron a S.S. el Dalai Lama volver a reencarnar. Ahora solamente el gobierno chino puede nombrar lama a alguien. Para más arrogancia, le han prohibido a todos fuera de China (el Tibet incluido) buscar y participar en el proceso de reconocimiento de un Buda reencarnado. Esta ley ha entrado en vigencia recién ahora en septiembre.
Tanto temor le tienen a los lamas que apresaron al Panchen Lama a los seis años, cuando fuera reconocido por el Dalai Lama, convirtiéndose así en el prisionero político más joven del mundo. Al día de hoy se desconoce su paradero. Donde quiera que se encuentre, debe tener ahora 18 años.
Puede ser que a los ateos y no budistas eso de Budas y reencarnaciones les valga un pepino. Pero se trata de la más profunda violación por parte de un gobierno a las creencias de todo un país que ha basado su cultura, su identidad, sus tradiciones y toda su existencia alrededor del budismo, al punto que el jefe de gobierno es el jefe espiritual, en este caso el Dalai Lama.
Un país que se las quiere dar de moderno y que pretende entrar a esta era “globalizada” (esa palabra me parece bastante obscena...), no puede mantener subyugado a un país independiente, pisotear todas sus creencias y torturar y encarcelar a todo el que se les oponga o a quien ellos consideren "enemigo".
Por todo esto es que los chinos me provocan desconfianza. No me refiero, por supuesto, al ciudadano común, sino a su gobierno. No creo en sus sonrisas cuando alegremente están contando los días para las próximas Olimpíadas de Pekín. No me alegra en lo más mínimo que el mundo acuda a China como si nada, jugando a la amnesia, haciéndonos el “aquí no pasa nada” cuando hay tantas cuentas pendientes.
Pensé en todo esto al leer la columna de Paolo Lüers en la que hace un tan acertado paralelo entre las Olimpíadas de Berlín de 1936 y las de Pekín en el 2008. En 1936, las naciones acudieron gozosas a los juegos que Adolfo Hitler utilizaría como su gran, pomposo y majestuoso show propagandístico. Así asistiremos a los de China.
No hay que mezclar los deportes con la política, pensará alguno. Que fue lo que se dijo cuando las Olimpíadas de Moscú en 1980. Pero qué barata es la humanidad que asistirá sonriente y jubilosa a unos juegos con tal de ganarse a un supuestamente poderoso socio comercial, que nos va a llenar de juguetes con plomo, de comida para animales, pasta de dientes y quien sabe cuántos otros productos alimenticios, medicinales y de aseo que serán tóxicos, de productos baratos y peligrosos para nuestra salud. Ese será el precio para hacernos de la vista gorda.
Qué barata es la dignidad hoy en día.
(Ilustración: "El rebelde desconocido", como se conoció al muchacho que se paró delante de la fila de tanques en Tiananmen. Foto tomada por Jeff Widener).
Más información:
-Campaña por la liberación de S.S. Panchen Lama.
-Campaña por la liberación del Tibet.
-Beijing Wide Open: blog de una tibetana que ha viajado a China para documentar y presionar en busca de la liberación del Tibet.
-Bring Tibet to the 2008 Games: blog sobre diversas acciones de protesta contra China, en apoyo al Tibet.
-Video de acción de protesta en la Gran Muralla China, nunca reportada por la prensa. Fue realizada el día antes de iniciar el conteo del año que falta para los juegos.
jueves, septiembre 27, 2007
¿Arte o pornografía infantil?
Ayer leí una noticia que me llamó mucho la atención. La policía irrumpió en una galería de arte, el Baltic Centre for Contemporary Art en Inglaterra, y se llevó una fotografía. ¿Los motivos? Sospecha de ser pornografía infantil.
La foto en cuestión fue tomada por la conocida fotógrafa de Nueva York, Nan Goldin, y se llama Klara and Eda bellydancing. Se trata de dos niñas que según las notas de prensa están una desnuda y la otra a medio vestir, jugando una encima de la otra frente a un fregadero de cocina. Goldin es conocida por sus controversiales fotos de trasvestis, drogadictos, alcohólicos y gente masturbándose, entre otros sujetos o situaciones más, digamos, normales.
Resulta que el dueño de la fotografía es nadie menos que el cantante Elton John, quien salió en defensa de Goldin y declaró que la foto ya ha sido exhibida en diferentes ciudades del mundo sin haber causado ningún tipo de problema.
La foto es parte de una micro-retrospectiva del trabajo de la autora que iba a exhibirse, pero cuando los curadores de la galería la vieron se preocuparon y llamaron a la policía para pedirles su opinión. Los policías optaron por llevarse la foto “para examinarla” y definir si su exhibición sería legal según el Acta de Protección Infantil de 1978. Como parte de la investigación están las personas involucradas en la producción de la imagen y hasta su dueño.
Según Rachel Campbell-Johnston, la crítica de arte en jefe del Times, el trabajo de Goldin siempre ha sido provocador, pero lo que lo salva es su estilo casi documental. Goldin misma ha afirmado que la diferencia entre su trabajo y la pornografía es que ella (Goldin) captura lo que está frente a sus ojos. “La realidad puede ser cruda y desagradable. La pornografía está en el ojo del espectador”, dice la crítica del Times.
El asunto no es nuevo. Siempre hay artistas que a través de sus diversas expresiones de trabajo han provocado reacciones encontradas y hasta acusaciones como las planteadas contra la foto de Goldin.
De inmediato pienso en las fotos de Robert Mapplethorpe. Recuerdo por cierto que en mi último viaje a México, en 1992, se presentó una exhibición de fotos de Mapplethorpe, pero días previos se suscitó el escándalo de que habían sido retiradas las “fotos delicadas”. La mayoría de las que dejaron colgadas fueron fotos de personalidades y de flores, pero no estaban por ninguna parte sus famosísimos y preciosos desnudos.
También recordé las fotos de Charles Lutwidge Dodgson, mejor conocido como Lewis Carroll, el autor de Alicia en el país de las maravillas. Carroll tuvo gran afición por la fotografía y parte de sus sujetos favoritos eran niñas, entre ellas Alice Lidell, quien muchos insisten fue la inspiración del famoso personaje. Muchas de las fotos son bastante inocentes, aunque quizás la expresión en el rostro de algunas de las niñas puede resultar algo inusual. Entre ellas hay una serie de niñas desnudas o a medio vestir, algunas acostadas lánguidamente en divanes.
Recuerdo que cuando vimos las fotos con unos amigos en el Centro Georges Pompidou de Paris, comentábamos lo ambiguas que podían ser para el espectador. O sea, fotográficamente eran preciosas. Pero viéndolas ya con toda la contaminación mental de las viñetas de corrección políticas asumidas en los últimos años, podría pensarse que son “fotos incorrectas”. Valga decir que Carroll siempre pasó por sospechoso de pedófilo, aunque se supone que nunca cumplió sus fantasías. La sospecha surgió precisamente por su obsesión de fotografiar y dibujar niñas.
Entonces, ¿cómo diferenciar arte de pornografía infantil? ¿Dónde está la finísima línea de separación de ambas categorías?
Yo no sabría decirlo. Las definiciones de arte varían de persona en persona. Lo que para unos puede ser arte, para otros es simplemente basura. Pero comparto lo que dice la crítica del Times, que la pornografía está en el ojo (y en la mente) del espectador. Es el espectador quien encuentra morbo en la foto de una niña del siglo XIX que tiene desnuda una piernita mientras está sentada en un diván o de dos niñas a medio vestir jugando en una cocina o de la erección de un par de hombres abrazados.
La desnudez no es más que eso, un cuerpo sin ropa, no importando la edad, el sexo o la raza del sujeto fotografiado. Obviamente como sociedad tenemos serios problemas todavía para asumir la desnudez y la sexualidad como partes normales y naturales de nuestra vida, y las seguimos viviendo (y viendo) con culpa y con vergüenza.
No puedo opinar sobre la fotografía de Goldin porque no la conozco ni se encuentra en la red. Pero obviamente lo que se bajó de la galería de arte inglesa no se trataba de una foto hecha por un sujeto enfermo, molestador de infantes y con antecedentes policiales por delitos de esa índole. No es una foto que se estaba comerciando en redes clandestinas, a escondidas del público y las autoridades.
En último caso, si los curadores la consideraban una “foto difícil”, creo que podría hacerse como se hace ahora con los CD’s o la programación de televisión: advertir al público que en la exhibición pueden haber imágenes “perturbadoras”, para que los que de plano no soporten ver un desnudo no asistan y no priven a los demás de ver algo que les puede resultar interesante.
De última hora me llego esta referencia de la susodicha foto:
Yo pienso que he encontrado la foto de "Klara and Edda belly-dancing" en la red. La direccion es:
http://hitsusa.com/blog/140/klara-and-edda-belly-dancing/
Muchas gracias y saludos cariñosos para Lisbeth
(Ilustración: dos fotos tomadas por Lewis Carroll).
domingo, julio 15, 2007
Rescatando "Vicio-nes"
Alguien llora una rata
En octubre del 2002, La Prensa Gráfica, uno de los periódicos de mayor circulación en El Salvador, inauguró su sección de Cultura. Parte del atractivo de aquel par de páginas fue una sección de columnas escritas por diversos artistas y personas del mundo cultural salvadoreño. Fui invitada a participar. Lo de la columna llevaba varias semanas hablándose y cuando finalmente fue aprobado el asunto, me dijeron que contaría con un espacio quincenal, cada sábado, de 300 palabras.
Me sentí bastante decepcionada. Me parecía que 300 palabras era poquísimo espacio, que apenas se podría completar una idea en tan poco (menos que una cuartilla tamaño carta). Pero luego pensé que ése sería precisamente un reto y un ejercicio del que, como escritora, podría aprender algo. Así es que acepté. (Por cierto, ahora que volví a releer algunas, me asombra lo breves que eran).
Por aquellos días tenía poco más de un año de haber regresado a vivir en El Salvador. Viví en Los Planes de Renderos, y para hacer cualquier mandado, debía obligadamente atravesar el centro de la ciudad, el área de mayor criminalidad del país. No tenía remedio pues no tenía carro y me tocaba hacer aquellos viajes en bus.
Antes incluso de que se me propusiera la columna, ya había comenzado a escribir algunas crónicas de lo que miraba en mi paso por la ciudad. Cuando lo de la columna, decidí que "mi línea" sería hacer eso, crónicas de la ciudad (aunque de vez en cuando escribía sobre otros temas).
Inicialmente pensé llamarla "Centro incógnito", porque me parecía (y me sigue pareciendo) que son pocos los salvadoreños que saben realmente qué cosas ocurren en el centro. Hay gente que de hecho te dice que jamás ha ido, que no lo conoce. O que van solamente una o dos veces al año: para comprar los útiles escolares y los adornos navideños en las ventas callejeras o ambulantes, porque los precios son más baratos.
Después, hojeando un libro del escritor guatemalteco Estuardo Prado, vi que uno de sus textos se llamaba "Vicio-nes" y me pareció más apropiado ese nombre para mi columna, porque me parecía que se me había convertido un poco en eso, en un vicio, que yo era una suerte de "voyeur", una mirona de la miseria de la ciudad. Una miseria que sentía además la obsesión de dejar registrada, porque se refería a historias y personajes cotidianos, anónimos que, de otra manera, pasarían al olvido o a la indiferencia.
La columna se mantuvo hasta algún momento del 2005, cuando de manera sorpresiva el editor de la sección, en un escueto correo, nos comunicó que gracias a nosotros la sección se había consolidado y que nos agradecían nuestro aporte pero que a partir del siguiente lunes (recuerdo que el correo fue enviado un jueves muy tarde por la noche), ya no se publicaría ninguna columna más. No se nos dio jamás explicación alguna.
Recién había iniciado mi blog (su versión anterior) y el cierre de la columna de hecho sirvió para alentarme a ponerle más empeño, sobre todo porque en aquel momento no estaba yo muy clara de lo que estaba haciendo con aquello del blog. Jacintario vino a convertirse, de alguna manera, en "mi columna diaria".
La experiencia en general fue muy positiva, sobre todo por las cartas de los lectores que comentaron favorablemente aquellos "cuentos bonitos que usted se inventa". Había gente que hasta me detenía en la calle para comentármelos. Siempre les aclaré que todo lo escrito en aquella columna fue real. Ningún detalle fue inventado ni exagerado. Todo lo vi y aconteció tal cual.
Supongo que algo habré hecho bien porque tantos años después, hay gente que todavía recuerda aquellos textos. Hace poco uno de los lectores de este espacio pidió que reprodujera alguna de ellas. El caso es que no tengo el archivo completo de Vicio-nes. Un accidente con mi computadora anterior me hizo perder varios textos, entre ellos, gran parte de las columnas que había escrito.
Siempre he querido revisar los archivos electrónicos del periódico para recuperar ese material. Los comentarios de los que todavía recuerdan aquellos textos me han animado a comenzar por fin con esa tarea. No es fácil. Los archivos de LPG no funcionan tan bien como uno quisiera. Quiere tiempo y hay días en que tengo tanto trabajo que no tengo tiempo para mucho. Pero iré poco a poco rescatando ese material y publicando por acá algunas. Para ello he abierto una nueva categoría ("Vicio-nes") donde podrán consultarlas cuando quieran.
Y sinceramente les agradezco ese interés por un material que, en lo personal, constituyó un gran aprendizaje de escritura. Ser suscinto, borrar las palabras innecesarias, ir al grano. No todas quedaron como yo hubiera deseado, algunas me dieron siempre la impresión de estar truncas, pero eran las reglas del juego y había que seguirlas.
Les comparto la primerísima que apareció publicada. Eso fue el 19 de octubre del 2002. No he cambiado nada, más que alguna que otra inexactitud gramatical, esto con el ánimo de mantener el asunto de las 300-315 palabras, que era el margen máximo de espacio.
Alguien llora una rata
Tres hombres barbudos y sucios, con cara de haber bebido demasiado absolutamente todos los días de sus vidas, están sentados en una acera de la Calle Gerardo Barrios, cerca de la esquina que hace con la 11 Av. Sur. Están a la entrada de un parqueo, en una zona de muchas bodegas y despensas de mayoreo, donde es frecuente ver hombres cargando sacos de maíz, arroz, frijoles y harina.
Un hombre cruza la calle desde la acera opuesta donde están sentados los barbudos sucios. Trae en su mano izquierda una bolsa negra de plástico, llena de quién sabe qué cosas. Y en la mano derecha, colgando de una pita negra, trae amarrada una rata, de regular tamaño, muerta, con los ojos abiertos.
El hombre la viene cargando con cuidado para que no toque el suelo. Llega hasta los otros tres y se las enseña, diciendo:
-Miren cómo quedó la pobrecita.
Uno de los sentados en el suelo la mira con una expresión de profundo desconsuelo. Los otros dos se levantan. El de la bolsa negra pone a la rata en el suelo con supremo cuidado y todos hacen un círculo alrededor de ella.
-Pobrecita –se oye que dice alguno.
Yo, que he visto todo el suceso porque vengo caminando por la Gerardo Barrios, me conmuevo por todo el cuadro. Me pregunto cómo habrá muerto la rata y qué relación tenían los hombres con ella. Por los comentarios de los tipos me imagino que, de alguna manera que no alcanza mi entendimiento, esa rata era su mascota. Quizás nada más la miraban pasar todos los días en algún lugar específico. Quizás le daban pedazos de tortilla vieja y quizás la rata ya los conocía y era mansa como un gatito con ellos. Quizás incluso ellos le hubieran enseñado algún truco. Y quizás murió víctima de algún veneno, puesto por la mano de alguno de los dueños de las bodegas de las cercanías.
Pienso en esas cosas cuando escucho una voz agresiva que me pregunta:
-¿Qué estás viendo, dunda?
Es uno de los borrachos, el barbudo que permaneció sentado cuando se puso al animal sobre la acera.
-La rata –respondo, inocentemente desconcertada por la agresividad del tono. Pero lo digo en voz tan baja que sé ni me han escuchado.
A los otros tres mi presencia no les importa ni incomoda. Al sentado sí. Le molesta y mucho. He sido una voyereuse, una mirona indecente atisbando el dolor y la miseria ajena.
Vocabulario de salvadoreñismos:
Pita: cuerda.
Dunda: tonta.
...
martes, julio 10, 2007
En busca de mi ciudad perdida
Escribí el siguiente texto a solicitud de Centroamérica 21. Se me pedía comparar a San Salvador y San José, qué cosas amo y odio de ambas. De principio la idea me gustó, pero luego me inquietaron dos cosas: primero, comparar dos ciudades tan disímiles entre sí. Comparar, por lo general, puede suponer un ejercicio peligroso de poca objetividad, donde se favorece a una de las partes. Y en esa comparación sentía que ambas ciudades podrían salir perdiendo, de un modo o de otro. Cosa que no me parecía justa.
Pero sobre todo me inquietaba la parte del "odio" posible por alguna o ambas. Hay cosas que me dan rabia o que me molestan en ambos lugares, es cierto, pero están muy lejos de convertirse en odio, sobre todo porque dicho sentimiento es ajeno a mi naturaleza y ciertamente, trato de evitarlo.
Lo importante fue que este texto me permitió poner por escrito algo que le vengo diciendo a mucha gente desde hace ratos: que San José me recuerda al San Salvador de "antes". Y en ese sentido, me siento cómoda (sobre todo a nivel anímico), con un sentido de recuperación y no de pérdida por haber abandonado mi ciudad natal.
A continuación el texto publicado:
En busca de mi ciudad perdida
Con demasiada frecuencia escucho a la gente decirme que San José es “un pueblón”. Me lo dicen sobre todo salvadoreños, pero también otros centroamericanos. En el tono va implícito mucho de desprecio por lo que consideran una ciudad “poco moderna”. San José no es perfecta, claro está. Pero ¿qué ciudad lo es?
Esos comentarios me hacen preguntarme sobre la concepción de “lo moderno” que tienen algunas personas y sobre lo que un enfermizo frenesí urbanístico, de espaldas al centro de San Salvador que está abandonado a su suerte, como un perro enfermo, obra sobre sus habitantes. Parece que se nos olvida que las ciudades no son solamente edificios y carreteras, sino sobre todo su gente.
Pienso en esas frases cuando camino en San José. Veo con detenimiento a mi alrededor y creo comprender por qué lo acusan de pueblón. No hay edificios demasiado altos, pese a la gran expansión de la ciudad, una expansión tan vasta que me temo jamás conoceré todos los rincones que la conforman. San José no destaca por sus centros comerciales diseñados por arquitectos famosos ni por torres con apartamentos que valen miles de dólares ni por pulmones verdes sacrificados para que unos cuantos privilegiados jueguen al golf o puedan manejar más rápido sus carros en autopistas y carreteras.
Sin embargo, el viajero (llámese exiliado, migrante o turista) sufre de una enfermedad corrosiva: la nostalgia. Al perseguir el espejismo del regreso a San Salvador, una obsesión que alimenté durante 20 años de ausencia en los que estuve viviendo entre Europa y Nicaragua, soñaba con una cosa en particular: volver a la ciudad donde yo imaginé vivir mi vida de adulto independiente.
Volví. Pero se me olvidó que el tiempo no pasa en vano ni para la gente ni para las ciudades y tampoco para mí misma. Mi padre había muerto. Y aquel San Salvador que él me hizo conocer y amar, tomada de su mano, también. Menos de 6 meses después de mi regreso, comprendí que había cometido un error al intentar vivir de nuevo allí, pero por lo menos me curé de nostalgias. El lugar al que soñé volver ya no existía ni existirá más.
A solas caminé las calles de San Salvador descubriendo los más dramáticos cuadros de la miseria humana, escuchando historias pavorosas de violencia, asaltos, violaciones, secuestros y siendo asaltada yo misma 4 veces (en la última, sobreviviendo Dios sabe por qué, después de que un huelepega de unos 14 años, al que me negué a darle “un peso”, me quiso ahorcar a las 3:30 de la tarde, frente al Parque Barrios y donde absolutamente NADIE se acercó a ayudarme. Y conste, no era un marero).
No comprendí ni a la ciudad ni a sus gentes y pensé mejor largarme antes de que me mataran, decisión que tomé después de la segunda vez que se metieron a robar a mi casa. “Una tercera vez no me encuentran”, me dije.
Hace poco, releyendo algunos diarios personales, me di cuenta de algo que no recordaba y es que la idea de venirme a Costa Rica tenía varios años de rondarme la mente. Lo pensé incluso mucho antes de conocer este país. El destino o la fuerza de mi deseo, puso en mi camino personas y circunstancias que hicieron posible dicho traslado.
Lo más curioso es que, a medida que he ido conociendo San José, sobre todo el centro, he tenido una suerte de déjà vu, una intensa sensación de recuerdo, porque San José me recuerda mucho al San Salvador de los años 60 y 70, mi San Salvador perdido.
Las edificaciones del centro y de algunos vecindarios, como Los Yoses, que comparten una arquitectura común con el resto de ciudades centroamericanas y que todavía se conservan en bastante buen estado; las calles estrechas, con ruidoso comercio, vitrinas y edificios que refrescan la retina como el Correo o la escuela metálica frente al Parque España (hecha con el mismo sistema con el que se construyó el Hospital Rosales); los parques, pulmoncitos verdes, bien cuidados con bancas de cemento donde la gente se sientan a hablar sus cosas o a leer, como el Parque Morazán con su Templo de la Música, todo me remite a una ciudad ahora imaginada, añorada en la angustia de lo perdido para siempre.
Y muchas, tantas veces, caminando en San Pedro Montes de Oca, una de las zonas más populares de la ciudad donde ahora vivo, sintiendo la brisa fresca del atardecer, viendo el cielo azul intenso en esa hora particular en que el día se convierte en noche, durante algunos segundos me siento transportada en el tiempo y en el espacio. Y siento recuperar mi San Salvador perdido, aunque sea por breves, ilusos instantes.
lunes, marzo 12, 2007
Corre Maya corre
No tenía muchos deseos de ver Apocalypto, sobre todo después de las críticas, los comentarios, las discusiones, las protestas, etc. etc. Pero algo de curiosidad me daba y fui un poco resignada a perder la tarde y a tratar de ver la película con ojos neutrales, tratando de no pensar en toda la propaganda negativa que se dio alrededor de ella.
Pero la película objetivamente decepciona por varios motivos. La historia no tiene elaboraciones ni sorpresas: un grupo maya es atacado y masacrado por otro, los sobrevivientes son tomados prisioneros y llevados a una ciudad donde serán sacrificados para rogar por lluvias debido a que la sequía a hecho perder sus cosechas. Garra Jaguar se salva en el último minuto de ser sacrificado porque justito en el momento que el sacerdote alza el puñal para clavárselo en el pecho y sacarle el corazón (como ya hizo antes con chorrocientos hombres más), hay un eclipse...
miércoles, enero 17, 2007
Don't look back, Peter Tosh & Mick Jagger
Hay gente que parece vivir aferrada al pasado, sea éste bueno o malo. En lo personal, prefiero no ver atrás y mirar donde voy poniendo el pie en el día presente, lo único más o menos cierto que tenemos además de la muerte. Por ahí va el rumbo de esta canción: So if you just put your hand in mine / we're gonna leave all our troubles behind / we're gonna walk and don't look back.
En este clip, un jovencísimo Elliot Gould presenta en Saturday Night Live al gran Peter Tosh, quien canta Don't look back acompañado de nadie más y nadie menos que de Mick Jagger.
(Dedicado a Mr. H. navegando en estos días por algún lugar del mar Caribe y quien me introdujo al vasto, ancho y complejo mundo de los ritmos caribeños. Kiss, kiss, kiss).
miércoles, enero 10, 2007
La Naranja Mecánica revisitada
No recuerdo ahora el detalle exacto pero hace algunas semanas leí un comentario sobre La Naranja Mecánica (A Clockwork Orange) que me llamó la atención. Desafortunadamente, no guardé el link, pero iba en torno a lo que el autor llamaba “la violencia gratuita” de la película. El comentario me pareció curioso porque era algo escrito en medio de esta “era moderna” en la que convivimos con la violencia de tal manera que ya es parte de nuestra vida.
Por casualidad, metida en una librería donde tenía que recoger un libro que me habían enviado, vi la novela de Anthony Burguess y aunque el precio estaba bastante violento, lo compré empujada por la motivación que me dejó el comentario y porque siempre he querido leer este libro. Luego, aprovechando las vacaciones en que me dio un frenesí por alquilar DVD’s, encontré la película de Stanley Kubrick y la alquilé.
Verla fue como no haberla visto, como si fuera una película nueva. Casi la tenía borrada de la memoria (y me convencí de que volver a leer ciertos libros y ver algunas películas, es un ejercicio valioso, no solamente para refrescar la memoria o para comprender mejor las cosas, sino también para confirmar que algunas propuestas no pierden vigencia a través del tiempo).
No recuerdo cuándo vi por primera vez la película pero recordaba realmente pocas cosas. Lo que sí: el Korova Milk Bar y su alucinante decoración. O la escena en la que Alex (soberbiamente interpretado por Malcom McDowell), se levanta a un par de muchachas y se las lleva a su cuarto (la escena transcurre a velocidad acelerada).
Me pareció muy interesante la lectura que puede hacerse de la película en estos tiempos. Recordemos: Alex es un joven antisocial que con un grupo de amigos o “droogies” les encanta agredir, matar, violar, golpear, robar. Su desprecio por los demás seres humanos es profundo. En algún momento termina en la cárcel. Y dentro de la cárcel se ofrece como voluntario para recibir un “tratamiento” que le permitirá “curar sus instintos criminales” y poder ser liberado. Alex está seguro de que no hay nada sobre la faz de la tierra que pueda cambiar su naturaleza criminal, pero accede a recibir el tratamiento como una táctica para salir de la cárcel.
El “tratamiento” consiste en inyecciones de “la droga #114” y luego, ser colocado con una camisa de fuerza y un artefacto que mantiene sus ojos abiertos frente a una pantalla en la cual se están transmitiendo diversas imágenes violentas; violaciones, asesinatos, asesinos en serie, masacres, todo pasa ante los ojos abiertos de Alex. A cada escena, la droga inyectada le provoca una reacción de malestar físico insoportable. El tratamiento dura varios días, pero el momento culminante es cuando ve unas escenas de Hitler mientras suena música de Beethoven. Alex AMA a Beethoven. Y Alex siente una auténtica indignación al ver imágenes tan asquerosas atadas a música tan sublime (sic).
Finalmente cuando sale de la cárcel, cuando él cree que su vida transcurrirá igual que antes, nota los efectos del tratamiento. No puede defenderse cuando es agredido, no puede agredir cuando siente rabia pues de inmediato siente ese tremendo malestar físico que lo dobla y lo paraliza hasta el asco. Incluso cuando vuelve a escuchar música de Beethoven, su reacción es de una desesperación tal que prefiere saltar por una ventana antes que seguir escuchando.
El tratamiento recibido por Alex me hizo pensar en que, de alguna manera, todos estamos siendo sometidos al mismo: estamos obligados a ver por todos los medios posibles violencia, a rozarnos con ella, a relacionarnos con ella. Pero como no contamos con la droga #114, nuestras reacciones son muy diferentes: hay gente que ante la violencia está absolutamente anestesiada y ya no puede ni reaccionar, la violencia los deja indiferentes. Hay gente a quien la violencia le despierta instintos agresivos o les da ideas de cómo agredir. A otros, les llega a saturar tanto que les causa mucho rechazo, como a Alex tras su programación.
Sin embargo, el tratamiento planteado en La Naranja Mecánica tiene una falla pues elimina las opciones, la moral, la ética, la capacidad de discernir y de optar por una reacción. Alex no puede defenderse cuando es apaleado por sus ex droogies y por un grupo de indigentes (uno de los cuales, había sido agredido por Alex y sus droogies). Y defenderse debería ser una reacción natural, pero gracias a la programación, Alex es incapaz de moverse, de evadir los golpes, ni siquiera de huir.
El mismo Anthony Burguess, autor de la novela, habla sobre este tema en el prólogo a la edición en español:
… por definición, el ser humano está dotado de libre albedrío y puede elegir entre el bien y el mal. Si sólo puede actuar bien o sólo puede actuar mal, no será más que una naranja mecánica, lo que quiere decir que en apariencia será un hermoso organismo con color y zumo, pero de hecho no será más que un juguete mecánico al que Dios o el Diablo (o el Todopoderoso Estado, ya que está sustituyéndolos a los dos), le dará cuerda. Es tan inhumano ser totalmente bueno como ser totalmente malvado. Lo importante es la elección moral. La maldad tiene que existir junto a la bondad para que pueda darse esa elección moral. La vida se sostiene gracias a la enconada oposición de entidades morales. De eso hablan los noticiarios televisivos. Desgraciadamente hay en nosotros tanto pecado original que el mal nos parece atractivo. Destruir es más fácil y mucho más espectacular que crear.
¿Tiene entonces el criminal “cura”? ¿No será una ingenuidad pensar que el mal puede ser eliminado? Al final de la película, Alex fantasea con una orgía monumental y piensa “estoy curado”. Su “cura” era volver a ser “his good old self”, o sea, el mismo pervertido de siempre.
En el libro hay un capítulo que fue omitido en la película. En ese capítulo Alex ya es un adulto y la violencia ha terminado por aburrirlo, pensando que es mejor dedicar su energía a cosas constructivas. Cosas como casarse y tener hijos, mientras ve con vergüenza su pasado. (No he leído el libro todavía, pero Burguess habla sobre ese capítulo extensamente en el prólogo de la edición que tengo, pues fue suprimido porque al editor de Nueva York no le gustaba. Ay, estos editores… Y Burguess, que necesitaba dinero y no era conocido en esa época, aceptó la eliminación del capítulo por temor a que no le publicaran el libro. La edición que tengo viene con el famoso capítulo 21, el suprimido).
La película es de 1971, el libro de 1961 (la edición incompleta) y 1962 (la versión completa, editada en Inglaterra). Cuarenta y tantos años después, la historia tiene una vigencia perturbadora. ¿Violencia gratuita? No lo creo. En aquel momento sería algo así como una advertencia, una prefiguración del futuro. Y, hello, el futuro nos alcanzó.
martes, enero 09, 2007
Asfalto, un road poem (Luis Chaves)
Si existen el road-movie y el road-novel, ¿por qué no un road-poem? Por lo menos eso es lo que nos propone Luis Chaves con su libro Asfalto, un road poem, de reciente publicación en Ediciones Perro Azul de Costa Rica.
A través de sus 31 textos acompañamos a una pareja en un viaje por carretera. Pero intuimos que las cosas no están bien entre hombre y mujer y que casi con toda certeza, aquel viaje representa un distanciamiento, una despedida. Que después de este viaje no habrá otros. Tampoco habrá reconciliación ni retorno. Para los viajeros todo está perdido; lo intuyen, pero no lo dicen. Sin embargo, lo exudan en sus actos, sus palabras, sus silencios. El viaje se suaviza un poco ante la presencia de un autoestopista que acompaña a la pareja por un rato. Y luego, de nuevo la soledad compartida, los silencios, los hoteles, los baños en las gasolineras, el diario de ella, los pensamientos de él.
Es muy difícil calificar estos textos y decir que son poemas. Pero la verdad es me tienen muy sin cuidado las etiquetas y las definiciones. En todo caso, es prosa que, a partir de las descripciones, va conformando un ánimo triste en el lector, a pesar de algunos chispazos de humor y de la identificación que podemos sentir con algunos detalles, cosas que todos hacemos, decimos o sentimos en esos largos y monótonos viajes en automóvil.
Pero Chaves no solamente acude a la prosa. En “Dos secuencias” , los hechos se mezclan con sonido y resultan en esto:
Secuencia A
Audio 1: Viento que entra por la ventana.
Audio 2: Mano que sale por la ventana y juega con la resistencia del viento. Hace movimiento de olas, de serpientes marinas. Movimientos del mar. En el aire.
Audio 3: Con audio 1 de fondo, ella tararea la canción de un grupo del britpop de inicios de los 90.
Audio 4: Con audio 1 y 3 de fondo, el copiloto ronca.
Secuencia B
Audio 1: Nuevamente, varios minutos de aire atravesado a 95 km/h. La mano fuera de la ventana. El mar en el aire.
La música y los sonidos ambiente ocupan un lugar primordial:
Wild Thing, The Kinks; Trance Europe Express, Sr. Coconut remix; del rock clásico a la música electrónica sin ningún tipo de amortiguamiento, en seco. La camiseta con la leyenda Fuck Trance, ahora enfundada en el respaldar del asiento, por el calor. (“Tres Tripping Tigres”).
No hay redención posible, la separación es inminente y, aunque no se dice expresamente sabemos que al regresar, todo estará consumado. Un adiós más para anestesiar las emociones.
En lo personal, me ha resultado muy grata esta exploración de Chaves en la prosa, que sin embargo no pierde su esencia poética. La calidad escurridiza en la poesía bien puede encontrarse enterrada más allá de las palabras y las emociones descritas. Más que eso, es de esperar que la poesía nos provoque emociones, nos remita a las capas de cebolla de nuestra interioridad, capas que, de tan delgadas, a veces nos parecen invisibles o inexistentes. Asfalto logra sin duda hacernos recordar chispazos de nuestras propias vidas y viajes, de todos esos road-poems que llevamos guardados en la memoria.
Luis Chaves logra con este libro sorprender de nuevo por la novedad de su propuesta y reafirmar la seriedad con la que se toma el oficio.
Interesados en este libro, pueden escribir a Ediciones Perro Azul, perroazuloso@hotmail.com o al fax (506) 280-7990.
jueves, enero 04, 2007
Bebo, luego... ¿escribo?
Hay escritores que les gusta enfrentar su oficio con un par de copas adentro. O en realidad, con un par de botellas. Larga es la lista de escritores aficionados al alcohol: Hemingway, Bukowski, Faulkner, Scott Fitzgerald, Kerouac... esta comunión entre escritores y alcohol sirvió de pretexto a Mark Bailey para escribir un libro sobre el tema.
Hemingway & Bailey's Bartending Guide es un curioso libro aparecido a finales del año recién pasado, donde se enumeran a autores estadounidenses y sus cocteles favoritos, junto a la receta para prepararlos. El libro incluye además ilustraciones de Edward Hemingway, nieto del autor de El viejo y el mar. Junto a todo ello, hay fragmentos de textos de los autores en los que se habla del oficio de beber y alguna frase que posiblemente resuma la filosofía alrededor de beber que, con tanta vehemencia, practicaban estos autores.
"Un hombre no existe hasta que está borracho" dijo Hemingway alguna vez. Y Faulkner aseguró que "la civilización comienza con la destilación".
¿Pero cuál es la relación, en apariencia tan frecuente, entre escritores y alcohol? ¿Se puede escribir estando borracho?
Carson McCullers solía mantener un termo con té caliente mezclado con sherry y bebía del termo durante sus horas de escritura, durante todo el día.
Raymond Chandler había dejado de beber y todo iba bien en su estrenada sobriedad hasta el momento en que se atrasó con un guión que debía entregar pero que no podía terminar porque tuvo un bloqueo de escritor. La única manera de superar el bloqueo fue... volviendo a beber. La leyenda dice que ese guión fue uno de sus mejores trabajos.
Charles Bukowski escribía mientras escuchaba música clásica por radio y bebía whisky o cerveza durante toda la noche.
Hemingway, a pesar de su fama de bebedor, no lo hacía mientras escribía. Lo hacía después de terminar su horas de escritura. Sus años en Cuba lo hicieron preferir el mojito por sobre todas las bebidas.
El alcohol ejerce cierto efecto deshinibidor que quizás, para algunos, es necesario para destrabar las cerraduras de su imaginación, su pudor personal o sus emociones. Sin embargo, pasada cierta dosis, el alcohol también nubla la mente. ¿Será posible escribir por ejemplo, una novela, estando totalmente borracho? Aparentemente algunos autores sí pudieron hacerlo y varios de ellos lo lograron con brillantez. Y aunque no tenemos testimonio exacto de los estados alternos de sobriedad y embriaguez con que fueron escritas algunas novelas, habrá que creer que sí hubo momentos en que el texto debió afrontarse desde la conciencia de la abstención. Porque a fin de cuentas, escribir implica varias etapas de intenso trabajo que no se realizará de manera automática ni de cantina en cantina. El que sigue creyendo que ser escritor es estar borracho todo el tiempo y que los textos se escriben solos, lo siento: escribir implica trabajar, no hay cómo esquivarlo. También es errado pensar que todos los escritores somos aficionados a la bebida y a la parranda, por el simple hecho de serlo.
Es posible que el elemento "soledad" influya grandemente en esto del beber. Recordemos que escribir es el oficio más solitario del mundo. Debe uno aislarse, encerrarse, estar a solas consigo mismo, su mente, sus palabras y sobre todo, con sus obsesiones personales. Y hay gente para quienes la soledad es simplemente invivible. Por otro lado, hay gente que no comprende que un escritor, cuando escribe, necesita, ansía y desea estar a solas, a toda costa. Quizás ahí un par de drinks no caen mal.
Otra suposición es que ese aislamiento, el enfrentamiento con los fantasmas y obsesiones personales y posibles frustraciones a la hora de redactar, "obliguen" a un par de cocteles para desconectar el cerebro del lado oscuro que puede posesionarse de un escritor en dichas soledades. Pensemos también en la cantidad de escritores y poetas suicidas. El mundo de la literatura no es precisamente un paraíso...
Hay gente que cree que quien escribe embriagado o drogado no es capaz de hacer un buen trabajo o que su trabajo no es "meritorio" porque escribió, digamos, en un "estado alterado artificialmente". Me permito disentir. A fin de cuentas, alcohol o drogas no te transportan a otro planeta sino a otras capas de tu interioridad, a lugares que a veces no se está dispuesto a acceder desde la sobriedad. Con esto no estoy insinuando que para escribir es imprescindible utilizar estimulantes. Pero considero que el que escribe debe conocerse bien a sí mismo y saber cómo funciona mejor a la hora de escribir. Y si siente que su lucidez y su fluidez narrativa están en su pico después de varias copas pues... ¡salud! Y a escribir.
viernes, diciembre 29, 2006
Fin de año del misántropo moderno
Pero no todo está perdido para los misántropos como yo en estas épocas. Precisamente una de las buenas cosas es que medio mundo se va la ciudad, el teléfono no suena y nadie toca el timbre. Época fabulosa para sentarse a leer horas, a ver películas, a dormir horas extra y hacer todos los pequeños mandados que intentamos hacer desde hace semanas pero que no se pudo por el puto trabajo (definamos trabajo: esa deshonrosa labor que hace uno para pagar las cuentas, que nos robotiza cada día más y que no tiene nada o mucho que ver con lo que realmente querés hacer en la vida, con tu pasión real y verdadera, en mi caso, la literatura).
Salvado el bombardeo navideño entramos a la época de fin de año. Las obligaciones continúan pero son algo más flexibles. Lo único que sí me parece válido de estos últimos días del año es el ejercicio de repasar lo acontecido en los últimos doce meses y la planificación del siguiente. Hay gente que jamás reflexiona sobre sus actos y sobre su vida, y si no fuera por estas fechas, se la pasarían en una inconciencia personal permanente. De los famosos propósitos de año nuevo, supongo que muy pocas cosas se cumplen. Pero el hecho de asumir que se quiere cambiar algo y ojalá intentarlo y mejor aún, lograrlo, no puede ser más que algo positivo.
En lo personal no suelo hacerme propósitos para el año venidero. Pienso en cosas que quisiera acontecieran, pero estoy clara que muchas de ellas dependen de elementos que están fuera de mi control. A veces me planteo propósitos, pero no pasan de 2 o 3. Para este nuevo año, la verdad es que todavía no me propongo nada, aunque siempre está el deseo de escribir una nueva novela y ojalá sea este año.
Pienso en el año pasado, claro. Este año en particular podría quizás pasar a mi historia personal como uno de los más aburridos y monótonos. La mayor parte del año fue una gran rutina fastidiosa que no me tiene ni más cerca ni más lejos de mis metas personales. Un año de estancamiento, si se quiere. No se lograron las cosas que quería se lograran, aunque me esforcé para ello, pero de nuevo, depende de factores que me superan.
Puedo enumerar, como cosas positivas, el hecho de no haberme enfermado (fuera de un par de ataques de alergia y de algunas crisis de migraña); mis queridas compañeras felinas siguen vivas y bien de salud. Hubo dinero suficiente para pagar el día a día, pero nada más. Leí un par de buenos libros, pero no leí tanto como me hubiera gustado; eso sí, fui bastante compulsiva con la compra de libros (vivir rodeada de librerías no ayuda mucho) y ahora tengo un buena provisión de lecturas pendientes. No escribí nada nuevo, por lo menos no novela, cuento o poesía aunque escribí algunas crónicas que me parecen decentes y publicables. Un par de textos míos aparecieron en algunas antologías. Retomé con disciplina el gimnasio, que había descuidado un poco, y en consecuencia, también me discipliné con una alimentación sana. Volví a meditar. El blog sobrevivió pese a varias situaciones que me hicieron considerar seriamente en cerrarlo.
Ojalá el otro año sea mejor, o por lo menos, diferente. Que no sea tan rutinariamente monótono como éste porque si hay algo que seca poco a poco el espíritu es la rutina. Y ojalá que este año me acerque de nuevo a la literatura, que es lo único que me anima a salir de la cama todos los días, lo único que me interesa en la vida.
Aprovecho para darles las gracias a los que han visitado este blog y les deseo que sus deseos se conviertan en realidad. Y nos leemos en el 2007.
